la gran ironía cristiana

febrero 23, 2020 § Deja un comentario

Hay que tomarse la utopía en su sentido más literal: no hay lugar para un mundo feliz. Así, podríamos pensar que Platón, al escribir su República, nos ofrece una solución al problema de la polis: solo puede haber justicia, si el filósofo gobierna. Pues solo quien sabe gobernarse a sí mismo será capaz de gobernar a los demás. De acuerdo. Ahora bien, esto es lo mismo que decir que la justicia es imposible. Pues el filósofo no está por la labor, aun cuando en su juventud hubiera podido estar tentado por la reforma política. Por no hablar del impasse que supone que, para que pudiera gobernar, los demás tendrían que aceptar su autoridad. Sin embargo, la aceptarán si han sido educados por el filósofo.Y esto solo es posible, tratándose de una educación general, si gobierna. Es como si Platón quisiera decirnos que la polis no tiene remedio. La República es, por eso mismo, un texto irónico. Pues se presenta de entrada como una solución.

Algo parecido podríamos decir del credo cristiano: la respuesta a los problemas del mundo pasa por la intervención final de Dios. En los tiempos finales, los muertos resucitarán y habrá una nueva Creación —una nueva humanidad. Ya lo dijo Pablo: si Cristo no resucitó, vana es nuestra fe (1Co 15, 14-19). Y esto está muy cerca de decir que la fe es un absurdo. Ciertamente, no lo fue para Pablo y los primeros cristianos. Para ellos, la resurrección fue un dato de la experiencia. Ya no lo puede ser para nosotros. Mejor dicho: ni siquiera originariamente se trató de un dato. Quienes acompañaron a Pablo en su camino hacia Damasco no vieron lo que él vio. Pues para caer en la cuenta de quién fue Jesús de Nazaret —para caer del caballo— se necesitaba tener fe en la promesa de Dios —o siendo más estrictos en la promesa mesiánica. Aquí no encontramos con un impasse semejante al de la República: si la resurrección es la base de la fe, entonces la fe no puede ser la condición de las apariciones del resucitado. Podríamos hilar más fino y decir que la condición de la fe en el resucitado no es dicha fe, sino la creencia, como acabamos de decir a propósito de Pablo, en la intervención final de Dios (resurrección de los muertos incluida). Así, la fe en el resucitado encontraría su raíz en las apariciones. Son estás las que dotan de contenido a la expectativa mesiánica. En cualquier caso, la ironía sigue presente. Pues, al menos para nosotros, proclamar que o hay resurrección, o el mundo está perdido es como decir que el mundo está perdido. A menos que la resurrección no se entienda como el resultado de la acción de un deus ex machina… aun cuando se lo pareciese a los testigos de la resurrección. Pero este es otro asunto.

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