objetividad

marzo 5, 2020 § Deja un comentario

La conciencia es la posibilidad de vernos desde fuera… como si no fuéramos más que una pieza entre otras —como uno más. Desde fuera no dejamos de ser el *mote* —la etiqueta— que otros puedan colgarnos, la caricatura de nosotros mismos. Y en ello hay algo de espiritual: no somos tan importantes. Sin embargo, al mismo tiempo no podemos evitar la impresión de que, al objetivarnos, se nos roba el alma —de hecho, esta es la impresión que tuvieron los indios cuando los fotografiaron por primera vez. Pues el alma no puede verse desde fuera —y no porque no podamos decir nada del alma desde la posición del espectador, sino porque lo único que podremos decir es que el hombre se conduce como si tuviera un alma o conciencia. En el fondo, este es el problema del solipsismo: que en modo alguno cabe certificar la existencia de otras mentes. Ahora bien, aquí podríamos decir lo que suele decirse de las meigas gallegas, a saber, que no existen, pero haberlas, haylas. Al menos, porque el alma es un eterno diferir de cuanto pueda objetivarnos —un decirse a sí mismo, no termino de ser ni siquiera en aquello que me caracteriza. O por decirlo en bíblico, un encontrarse expuesto a la imposible posibilidad de la alteridad.

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