conspiranoia

marzo 21, 2020 § Deja un comentario

Nos resistimos a creer que las cosas suceden porque sí. Que haya cisnes negros. Incluso tras las pandemias, tiene que haber alguien detrás (y alguien con oscuras intenciones). Que si la CIA, el foro de Davos —hasta hace poco la conspiración judía… Aquí topamos con una variante del prejuicio religioso, aquel por el que nos sentimos en manos de un titiritero espectral. Sin embargo, supongamos que efectivamente fuera así: que cuanto pasa obedeciese a un plan. ¿Por qué este plan tendría que ser el de un padre, aun cuando fuese perverso? Cuál sería nuestra sorpresa si lográramos constatar que no somos mucho más que los sims de un mundo creado por un friqui marciano al que se le ha ido el juego de las manos. Si hay un porqué, este no puede ser una intención. Al menos, que esta sea la de un Dios al que le falta, precisamente, llegar a ser un alguien (y que por eso mismo quiere —y no puede por sí solo— ser alguien). En ese caso, seríamos aquellos en cuyas manos está el destino de ese Dios. Quizá el error religioso consista en creer que Dios puede hacer cuanto le plazca. Esto es, en creer que la potencia de Dios es su fuerza y no, más bien, su posibilidad.

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