ironía y encarnación

abril 8, 2020 § Deja un comentario

Cuanto más somos conscientes de que, en el fondo, no tenemos ni idea, más tendemos a situarnos irónicamente con respecto al juego que jugamos por el simple hecho de existir. Un irónico nunca termina de encontrarse en donde está. Todo es vanidad y alimentarse de viento, que diría Qohélet. La sospecha irónica recae, antes que nada, sobre uno mismo, sobre las creencias que adoptamos a la hora de hacer de este mundo un hogar. Un irónico nunca dirá te amo, sino como dice el poeta, te amo. Es lo que tiene esto de la distancia interior que produce la vida examinada —una vida que se extraña de sí misma. El filósofo —y el filósofo es el irónico par excellence— encarna un estado de suspensión, un estar por encima de lo que pueda sucederle, sea o no satisfactorio. La aspiración a la verdad —a saber qué hay de verdadero, de sólido, en cuanto nos traemos entre manos— inevitablemente termina constatando que hay verdad, aunque no para nosotros. Otro asunto es que tengamos que enfrentarnos al horror. Ciertamente, un griego diría que nada humano sobrevive a la catástrofe. Y desde nuestro lado, acaso esto sea indiscutible. Sin embargo, hay quienes han regresado con vida del infierno, una vida que difícilmente cabe comprender como mera supervivencia: se trata de la vida que han dado a quienes, habiendo quedado reducidos a un resto, no podían esperar ninguna otra vida. Y la dieron siendo ellos mismos un resto. Aquí la cuestión es si Satán —el verdugo, el que te dio de comer a tus hijos sin que tú lo supieras— tendrá o no la última palabra. Y para poder creer que no, hemos de apuntar a quien creyó antes que nosotros, no porque lo supusiera, sino porque fue bondad donde solo podía haber crueldad. Aquí la ironía se revela, en cualquier caso, como penúltima palabra. Por no decir, como impiedad. La esperanza —la fe en el imposible triunfo del bien— no tiene otra raíz que la de aquellos que la encarnaron. Y no porque fueran genéticamente buenos, sino porque lo fueron en aquellas situaciones en las que en modo alguno podían serlo. Pues quizá sea cierto que lo humano solo obtiene su medida en relación con lo sobrehumano. Aunque lo sobrehumano conserve, al superarla, la corporalidad de lo humano. Dios en verdad nunca fue solo un Dios.

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