aprender a leer

abril 15, 2020 § Deja un comentario

Salvo que lea tonterías, nadie entiende nada de lo que lee hasta que no se imagina a su autor diciéndoselo o contándoselo. De lo contrario, lo leído fácilmente nos resbala. No es lo mismo leer, pongamos por caso, que tan solo lo invisible es real que escucharlo de boca de Platón, como quien dice. Ante un diálogo platónico es inevitable que terminemos diciéndonos de acuerdo, lo he entendido: esto es lo que piensa Platón. Y por supuesto, esto está muy cerca de no haber entendido nada. No es lo mismo leer los fragmentos del libro de Job en donde se nos narra la perdida de los hijos y el desprecio de la esposa que escucharlo de un Job que tuviéramos en frente. En el primer caso, es posible que nos quedemos igual: vale, se le murieron los hijos; ahora tiro porque me toca. Raramente, en el segundo. Una palabra fue, antes que grafo, voz —antes cuerpo que un contenido mental. No es casual que la filosofía, en tanto que reflexión sobre la experiencia, naciera con la escritura. Pues la escritura —como la pregunta acerca de qué estamos hablando— nos distancia de lo dicho. En el texto —y la raíz de texto es, precisamente, textura— las palabras terminan remitiendo unas a otras. Un texto se basta a sí mismo.

Cuanto acabamos de decir no implica, sin embargo, que la palabra de la experiencia sea incapaz de incorporar la más mínima reflexión. Al contrario. La reflexión que va con la experiencia —la distancia que provoca— no es la que pone en suspenso el significado de las palabras, como si fuéramos un dios al que nada humano le afectase, sino la que, debido al sufrimiento que tarde o temprano acompaña al simple hecho de seguir con vida, nos deja, precisamente, sin palabras. La voz incorpora, por decirlo así, el hiato que nos separa de lo natural o común, de cuanto nos parece que es, un hiato que todavía sangra —que aún no ha sido pensado. No hay voz que no proceda de un desengaño. Por eso, quien sabe leer, tras haber prestado oídos a quien tiene algo que decirnos, no sale disparado a por un bloc de notas. Se queda en silencio (y quizá porque las palabras que leyó son las que anteceden al silencio).

Quien sabe leer, lee escuchando —yendo hacia atrás, retrocediendo hacia el llanto o el hueco que sostienen las palabras pronunciadas como si fueran piedras. Al fin y al cabo, la lógica del argumento —o del relato— enmascaran la voz. Y sin voz no hay significado, sino solo diccionario. Un texto exige el comentario, la paráfrasis, la glosa. En modo alguno, la voz. De ahí que acaso la única palabra viva sea la del poeta. En el poema, no hay modo de arrancar la palabra de la boca. Y es que acaso la boca que merece ser leída es aquella que emite las últimas palabras, aquellas que deberíamos pronunciar antes de guardar (el) silencio. Frente a un escritor que valga la pena escuchar —y aquí hablamos probablemente de un escritor en fase terminal— uno siempre debería preguntarse qué has visto tú que no hayamos visto los que aún creemos que hay algo por descubrir (y acaso conquistar).

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