presencias reales

mayo 18, 2020 § Deja un comentario

Hay dos modos de estar frente a cuanto es. O bien, tratándolo como cosa —o también, pasando de largo, sabiendo que está ahí, pero como si no estuviera—; o bien, cayendo en la cuenta, con la mirada del asombro, de que simplemente es o está-ahí. La rosa es sin porque, decía el Silesius. Pero el mundo nos obliga a cortarlas. No podemos permanecer en el asombro. No es posible dejar que las cosas simplemente sean. Pero donde nos limitamos a su valor de uso —donde damos por descontado que una montaña no es más que una cantera— nuestro desarraigo es irreparable. Antiguamente, el ritual mediaba entre la experiencia de lo sagrado —de un formar parte originario— y la de un mundo a nuestra disposición. O por decirlo de otro modo, la presencia, antes que objeto, era dada. La donación precedía al trato. Ya no. Que hoy en día consideremos el ritual como una supertición quizá tenga que ver con que nuestra actitud principal hace tiempo que dejó de ser la del agradecimiento. Todo se nos presenta según la medida de nuestro deseo. Y de ahí nuestra contumaz insatisfacción.

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