mediocridad cristiana

mayo 29, 2020 § Deja un comentario

El cristianismo actual parece que se sitúa ante la siguiente disyuntiva: o pacta con el mundo, traduciendo su kerigma de modo que pueda ser admitido por las tragaderas modernas; o sigue en sus trece, repitiendo las fórmulas de la tradición como si la crítica ilustrada —y postilustrada— al imaginario religioso no fuera con él. En el primero caso, el cristianismo termina cayendo en la tibieza, convirtiéndose fácilmente en una variante de una ética emancipativa o, lo que acaso sea peor, de una espiritualidad de trazo grueso. Como si la sentencia del Apocalipsis —¡Ojala fueses frío o caliente! Pero porque eses tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca (Ap 3, 15-19)— fuera simple retórica. En el segundo, el cristianismo mantiene un cierto vigor, pero al precio de caer en el talibanismo. Es lo que tiene un cristianismo en retirada. En los campos de combate, la derrota, mientras que dentro de la fortaleza amurallada en la que se replegó el cristianismo más conservador, todo está impregnado de un fuerte olor a formol. La sensibilidad religiosa, que la hay, hace tiempo que ha optado por otros lenguajes. Hay algo; el amor es lo fundamental; deberíamos conectarnos al fondo nutricio del cosmos… Carnaza para imberbes. Es como si el cristianismo hubiera perdido la batalla de la inteligibilidad —como si se avergonzara de la revelación o ya no supiera qué hacer con ella. ¿Jesús es Dios? ¿En serio? ¿La cruz nos salva? ¿De qué? No vamos a ir tan lejos, decimos… Jesús, a lo sumo, representa el poder de una bondad sin resquicio. Vale. Pero ¿qué poder? ¿Acaso la victoria no está del lado de los que carecen de piedad —de los psicópatas? ¿Dios? Hay una energía, un poder subyacente. De acuerdo. Pero ¿quién asegura que juegue a nuestro favor? Los cerdos de pata negra se equivocarían si creyesen que sus cuidadores los aman. Ciertamente, el perdón —la resiliencia— nos hace humanamente mejores. Pero ¿tenemos aún que hablar de redención de una culpa original, una redención de dimensiones cósmicas? Por no hacer referencia a la cuestión decisiva, a saber, qué vida pueden esperar los que murieron injustamente antes de tiempo. Y aquí no vale suponer que para ellos, el cielo. Al menos, porque esta suposición no es cristiana. Podríamos decir que el cristianismo sobrevive, aunque agónicamente, reproduciendo las herejías que en su momento condenó. Así, o Jesús es un ejemplo de integridad moral, pero no más; o es un Dios paseándose por la tierra. Pero el cristianismo proclama que Jesús fue hombre y Dios —que no hay otro Dios que el crucificado. Y esto es incomprensible donde nos mantenemos en la órbita de lo que espontáneamente entendemos por divino. La revelación es reveladora porque es religiosamente inaceptable. Pues la cruz no solo afecta al hombre, sino también —y quizá sobre todo— a Dios (y no porque Dios sienta en lo más íntimo el dolor de su enviado). No deberíamos olvidar que las viejas herejías no dejan de ser un intento de hacer razonable la confesión cristiana.

Quizá el cristianismo haría bien en recuperar la fuente judía. Pues solo a partir de ella, el cristianismo podrá situarse de nuevo en la posición desde la cual la palabra Dios resulta significativa —la posición de los excluidos, de los que no cuentan para el mundo. Y no porque los excluidos necesiten imaginar a un Dios de su parte, sino porque ni siquiera pueden ya imaginarlo. Desde la óptica de Israel, Dios en verdad no es aún nadie sin el fiat del hombre. Y esto es difícil de admitir para quien quienes dan a Dios por descontado. El cristianismo falsea la encarnación donde parte de un Dios cuya esencia o modo de ser está decidido de antemano, esto es, al margen de la historia. En lo que respecta a la fe, todo comienza con aquellos que, como abandonados de Dios, ofrecen un gesto de piedad donde la piedad no es posible —y lo ofrecen como muertos, esto es, como los que no tienen vida por delante: las madres cuyos hijos fueron asesinados por el enemigo; la víctima que comparte el pan con su verdugo en tiempos de hambruna; aquel que se da asco a sí mismo porque hay niños que viven de los escombros. Y es que hoy, como siempre, la única clave de lectura del credo cristiano son las historias de aquellos hombres y mujeres que volvieron con vida del infierno, una vida con no es solo suya. Aunque tampoco solo la de Dios.

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