el libro negro

junio 11, 2020 § 1 comentario

Leyendo el Libro negro de Ilyá Ehrenburg y Vasili Grossman, un inventario de las masacres nazis sobre territorio soviético, escrito sobre todo a partir del testimonio de los supervivientes, uno no puede evitar preguntarse de nuevo cómo fue posible. ¿Quién será capaz de tanta barbarie? Aquí no tardamos en ponernos junto a Hobbes, al menos en lo que respecta al diagnóstico: el hombre no es de fiar, no tiene remedio. Homo homini lupus. No es causal que Hobbes escribiera su Leviatán teniendo muy presente las guerras de religión que, en su momento, devastaron Europa. El libro comienzo con la matanza de Babii Yar en Kiev. Miles de ancianos, mujeres y niños, principalmente judíos, murieron sin piedad a manos de los alemanes —y con la entusiasta colaboración de la población no judía. El relato te hiela la sangre. Puedes seguir con el resto de matanzas. Pero hay que tener estómago. Sencillamente, nos enfrentamos a la desproporción. Y ante esta, la normalidad deviene una farsa. Puede que no haya Dios —y si lo hubiera, no sería tal y como nos lo imaginamos. Pero de lo que no hay duda es de la existencia de Ha-Shatán. La paz es siempre una tregua.

Sin embargo, nos equivocaríamos si creyéramos que los alemanes que invadieron Kiev —y los colaboracionistas ucranianos— fueron los malos, mientras que nosotros, los que fácilmente nos escandalizados ante sus actos, estamos del lado de los buenos. Mientras no salte la chispa, todo el mundo es bueno. O más o menos. Entre los carniceros de Kiev, hubo buena gente. Pero en el corazón de la buena gente anida espontáneamente el odio, el resentimiento, la rabia. La raíz es el desprecio natural: el cerdo español, la rata catalana, el pijo, la cucaracha tutsi. La nani que cuida de tus hijas con cariño casi maternal será la primera en anudarles la soga al cuello… si se diera la ocasión. Como si el hombre solo pudiera comprenderse a sí mismo —estimarse— en relación con el enemigo, aquel que representa lo peor, la tara que no podemos soportar en nosotros mismos. El chivo expiatorio fue antes un chivo, esto es, un animal abyecto. Para amar al enemigo, antes tendríamos que dejar de ser quienes somos. Y no parece que esté en nuestras manos dejar de serlo.

De hecho, el mismo llyá Ehrenburg escribió lo siguiente:

«¡Maten! ¡Maten! En la raza alemana no hay nada aparte de mal. ¡Acaben con la bestia fascista de una vez para siempre en su guarida! Apliquen fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas. Tómenlas como su despojo legal. ¡Maten! Cuando su asalto avance, ¡Maten, ustedes, bravos soldados del ejército Rojo!» Más aún: «¡Maten! ¡Maten! En la raza alemana no hay nada aparte de mal. ¡Acaben con la bestia fascista de una vez para siempre en su guarida! Apliquen fuerza y rompan el orgullo racial de esas mujeres alemanas. Tómenlas como su despojo legal. ¡Maten! Cuando su asalto avance, ¡Maten, ustedes, bravos soldados del ejército Rojo!»

Y por si no bastara con lo anterior:

«Los alemanes no son seres humanos […] No debemos hablar más. No debemos excitarnos. Debemos matar. Si no has matado al menos un alemán en un día, has derrochado ese día […] Si no puedes matarlo con una bala, mátalo con una bayoneta. Si tu sector del frente está tranquilo, o estás esperando para un gran ataque, mata un alemán mientras tanto. Si dejas un alemán vivo, él matará a un ruso, violará a una rusa. Si ya has matado a un alemán, mata a otro. Nada nos es más grato que un montón de cadáveres de alemanes. No cuentes los días. No cuentes los kilómetros. Cuenta solamente el número de alemanes que has matado. Mata al alemán, es lo que te pide tu abuela. Mata al alemán, es lo que te pide tu hijo. Mata al alemán, es lo que te pide tu patria. No lo olvides. No lo dejes pasar. Mata.»

§ Una respuesta a el libro negro

  • Carmen dice:

    Exponiéndola de forma muy simplificada -rayana en el simplismo- la solución de la psicología evolutiva sería: hay dos formas básicas de enfrentarnos a la alteridad y/o los conflictos, como los chimpancés que fuimos, es decir, eliminando cruenta y definitivamente al otro-rival; o como los bonobos que también fuimos o con quienes nos cruzamos, fagocitando al otro mediante la fusión del sexo (¿una forma más placentera y provisional de enfrentar la diferencia, pero con la pretensión igualmente de eliminarla-dominarla?). Si no se cierran las posibilidades, habría que contemplar una tercera vía, la creación, siempre provisional y perfectible, de una forma de convivencia/equilibrio que dé su espacio y tiempo a la diferencia, lo que puede ser a modo de un “eco-sistema” que necesita estar abierto para no terminar en la muerte final de la indiferenciación entrópica. La cuestión sería, ¿cómo de abierto y a qué fuente de energía externa se concibe? Ahí la ciencia ficción pude proporcionar imágenes actuales para interrogantes de siempre.

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