disminuir para crecer

julio 10, 2020 § Deja un comentario

En las espiritualidades de diferente cuño, hay una especie de leitmotiv moral: uno tiene que desaparecer para poder conectarse con la divinidad o, si se prefiere, con el fondo nutricio del cosmos. Así, deberíamos renunciar a nosotros mismos —a nuestro deseo de posesión— para alinearnos con el anhelo más profundo. Disminuir para crecer sería el lema. Y algo de esto hay. La cuestión es si se trata de una enseñanza. Sin duda, en cierto modo lo es. Como decían los estoicos —o Buda—, la felicidad no se alcanza a través de la satisfacción de nuestras múltiples —e interminables— necesidades, sino reduciéndolas al mínimo. El hombre no tiene suficiente con lo suficiente. Pero lo que va más allá de lo suficiente —aquello a lo que apunta la inquietud, cuanto, en definitiva, importa— no es una cosa más. Aunque inicialmente nos lo parezca. Una cosa más siempre está de más. Al fin y al cabo, pretendemos reconciliarnos con la alteridad de la que fuimos separados, sentir que formamos parte de un orden que nos supera —del bien o la paz. Es verdad que los sucedáneos están ahí: la tribu, la patria, el club. Y por eso la vida del espíritu exige discernimiento, un mínimo de lucidez para distinguir el trigo de la paja. Pero podríamos preguntarnos si la enseñanza de las diferentes tradiciones espirituales, más allá de la disciplina a la que nos obligan, es verdadera —si traduce nuestra relación con lo que en verdad acontece o tiene lugar. Y bíblicamente, la verdad en este sentido no se decide en el ámbito de la interioridad, aun cuando sea cierto que no solo de pan vive el hombre, sino frente a los desposeídos por el hambre. Como decía Nikolái Berdiáyev, mi hambre es un problema material. Pero el hambre del hermano es un asunto espiritual.

De hecho, no da la impresión de que las víctimas estén por la labor de disminuir. Ya fueron disminuidas —hasta el punto de que dejaron de contar para el mundo. Las víctimas no desean a Dios… como quien desea lo que queda lejos de su alcance pero cabe alcanzar, aunque sea con la punta de los dedos, sino que claman —y desgarradamente— por Dios. Su oración es el padrenuestro, un pedirle a Dios por Dios, como decía Metz. No parece que sea lo mismo. En el caso de la ascesis, el horizonte es la felicidad o la plenitud. En el de las víctimas, la redención. En el primero, se trata de ascender o participar. En el segundo, de responder a la voz que se desprende de un Dios en caída libre. Ciertamente, hay una presencia de fondo anterior al mundo, por decirlo así, la que provoca, precisamente nuestro asombro —la que produce el sentimiento de estar en paz en el mero estar. Y es mejor asombrarse de vez en cuando, que vivir pegados a nuestra estrecha circunstancia. Pero, desde el lado de las víctimas, esa presencia es también indiferente a su dolor. El sufrimiento no es debido solo a que no hemos sabido hacer los deberes. Va con la existencia —con el haber sido arrojados al mundo. Es cierto que donde permanecemos atados a nuestro deseo de ser como Dios, seguiremos siendo incapaces de Dios. Pero de ello no se desprende que si logramos despojarnos de cuanto nos sobra, lleguemos a hacerle un hueco a Dios. En realidad, el riesgo es que lleguemos a despojarnos incluso de los que sobran. Es lo que tiene confundir precio y valor. Cuanto vale tiene un precio. Pero no todo lo que tiene un alto precio posee valor. Traducción: el encuentro con Dios lleva a la ascesis, a una vida de renuncia. Pero la ascésis no conduce, por si sola, a Dios. En cualquier caso, a lo que suponemos que es Dios.

Sin duda, hay un misterio de fondo. No obstante, se trata de un misterio interpelado por el llanto de los que sobran. Para las víctimas no hay reparación que valga desde nuestro lado. Y la desposesión ascética no deja de ser un logro del hombre, aunque se vista con los oropeles de la renuncia de sí. En última instancia, no parece que la divinidad a la que aspira la espiritualidad del ascenso sea el Dios que quedó herido de muerte con el desprecio de primer hombre. Y menos aquel que no tiene otro rostro que el de un crucificado en su nombre. Cristianamente, no cabe otro encuentro con Dios que el que tiene lugar al pie de una cruz. En verdad, Dios y el hombre se encuentran como pobres. Como pobre —como empobrecido por el mundo— el hombre se vuelve capaz de Dios. Pero no porque a través de su disminución pueda coronar la cima de Dios, sino porque solo a través de la fidelidad del disminuido, Dios podrá reconocerse de nuevo en el hombre (y por eso mismo darse como hombre de Dios en el centro de la historia). Puede que efectivamente haya algo así como un fondo nutricio. Pero ese fondo, desde la óptica de los evangelios, no es aún el de Dios. Al menos, porque la pregunta no es cómo lograremos conectarnos de nuevo con Dios, sino si Dios podrá reconocerse de nuevo en el hombre… para llegar a ser el que fue.

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