mística e irrupción

julio 30, 2020 § Deja un comentario

Desde la perspectiva religiosa, Dios irrumpe como el enteramente otro. De acuerdo. Pero ¿cómo irrumpe Dios? Mejor dicho ¿cómo es posible? Según el místico, embargando el alma. Según el profeta, invocándonos con una voz, de entrada, inaceptable. Obviamente, no se trata de lo mismo. Pero, cuando menos, podemos plantearnos la posibilidad de que estemos ante irrupciones complementarias. De hecho, hay quienes defienden que, a diferencia del profetismo bíblico, la mística sería el modo materno, por decirlo así, de experimentar a Dios. Al fin y al cabo, la experiencia mística tiene mucho de matricia. Ahora bien, quizá no esté de más preguntarse en primer lugar si el Otro, como tal, puede irrumpir —e irrumpir como Dios. Acaso el Otro, ¿no permanece siempre más allá de su ofrecerse como el contenido de una experiencia, aunque sea embriagadora? La unión mística ¿no implica un retroceso de la alteridad de Dios? Aquí podríamos apelar a que dicho contenido no acaba de encajar en los moldes de nuestra receptividad —al hecho de que nos desborde. Y por ello, tendría sentido, según los místicos, hablar de una irrupción del enteramente otro. Pero este desborde ¿no sería, más bien, el síntoma de lo que tan solo aún no acabamos de entender? ¿Es que Adán no se quedó sin palabras la primera vez que vio estallar un volcán? ¿Fue Adán un místico? Un topo ¿no queda conmocionado cuando siente la presencia del niño que juega con él? Y ese niño ¿no sería como un dios para el topo —no siéndolo, en realidad? Con respecto a la alteridad, deberíamos desconfiar de las sensaciones, por muy intensas que sean. Nada que se nos presente como Dios es Dios. Dios, en cuanto alteridad radical, no pertenece a ningún mundo, ni siquiera oculto. Su trascendencia es temporal, antes que espacial. Con la caída, Dios fue sepultado en un pasado anterior a los tiempos (y de ahí que se dé en adviento, como suele decir E. Jüngel). Si el absolutamente Otro es, por defecto, lo eternamente extraño —lo siempre pendiente de la existencia—, entonces no parece que podamos hablar de una experiencia inmediata de Dios, por muy parcial e inefable que sea. Sencillamente, el Otro, en cuanto tal, no puede darse a una sensibilidad. Su carácter otro o ajeno desaparece en su mostrarse. Y no porque nos queden rasgos por percibir, sino porque la alteridad, en sí, carece de rasgos. De hecho, se trata de una falta esencial. En este sentido, me atrevería a decir que, a diferencia del místico, Israel está más cerca de dar en el clavo (nunca mejor dicho). Y es que, desde un punto de vista bíblico, no cabe una experiencia de Dios que no sea la de lo debido a Dios, a saber, el don de la vida y la Ley. Sin embargo, hay que entender bien esto último. Pues no decimos que el don de la vida y el deber de preservarla frente a la crueldad sean efectos inmediatos de la presencia de Dios. Al contrario: lo debido a Dios es lo que se desprende de su desaparición —del hecho de haber sido privados, precisamente, de su actualidad. Dios en verdad no aparece como dios, ni siquiera tangencialmente. Sin duda, la experiencia del don —de la paz o la bendición— se aproxima a la vivencia mística. Pero quien se siente bendecido —quien percibe la existencia como gracia— no se funde. Entre el sentimiento de formar parte y el de la unión no hay una mera distinción de grado. Ni Moisés, ni Jesús de Nazaret fueron unos místicos, a pesar de haber intimado con Dios. A menos que estemos dispuestos a convertir la mística en un cajón de sastre. No es casual que Marcos pusiera la palabra Abbá —la expresión de la mayor intimidad— en boca de Jesús durante el episodio, sin duda sangrante, de Getsemaní.

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