¿quién te juzga?

enero 5, 2021 § 1 comentario

Donde el cristianismo deja a un lado el que nos encontramos sub iudice —y, por consiguiente, donde olvida el horizonte escatológico de la existencia, el que el sí o el no de nuestro estar en el mundo aún esté en el aire, nunca mejor dicho— inevitablemente tira al niño con el agua sucia. Esto es, pierde su sustancia, de tal modo que fácilmente acabará decantándose por la interpretación gnóstica del kerigma. Así, Dios deja de ser el Padre para transformarse en un océano —y por eso mismo, el crucificado no será mucho más que un maestro de verdad que tuvo un mal final. Sin embargo, lo cierto es que el gnóstico riega fuera de tiesto. Para comprender que hay detrás del sub iudice basta con imaginar que nos hallamos ante Óscar Romero, Grégoire Ahongbonon, Mik Fleming…. esto es, ante los santos. Y aquí caben dos posibilidades: o su entrega nos deja igual, aun cuando podamos admirarlos —como si nada estuviese en juego, salvo el tener de vez en cuanto sentimientos de compasión—; o por el contrario, su integridad nos sacude de tal modo que no podemos seguir como antes. O bien, permanecemos en el incurvatus in se; o bien respondemos como Abraham, Moisés o Pedro: aquí estoy; qué quieres que haga. Ninguna conversión puede haber en relación con un supuesto acerca de la naturaleza divina —ni siquiera donde nos decimos a nosotros mismos que el amor es divino— o donde partimos de nuestra voluntad de perfección moral, sino solo ante los hombres y las mujeres de Dios. Evidentemente, preferimos pasar de largo. En el fondo, se trata de la parábola del joven rico.

De ahí que el cristianismo no sea para tibios —a los tibios, Dios los vomitará de su boca (Ap 3, 16). Y de ahí también que, sensatamente, no quepa algo así como un deseo de Dios… aun cuando el encuentro con el verdaderamente otro —ese extraño— sea lo que, en el fondo, anhelamos. De hecho, los trampantojos que inspiran el deseo ocultan nuestro anhelo más íntimo, el de ponernos en manos del otro. O mejor dicho, el de amarlo. Sin embargo, el amor solo surge como respuesta a un haber sido amados o, siendo más estrictos, perdonados. No es casual que donde le damos la espalda a Dios —y esto es lo que significa existir— le demos la espalda a lo que en verdad somos: hombres y mujeres que se encuentran expuestos a una alteridad que se revela como lo eternamente pendiente del mundo. Al fin y al cabo, la primera pregunta es quién es nuestro verdadero Padre —quién decide el sí o el no. Pues nadie sabe qué quiere hasta que no sepa qué quiere de él su Padre. Y la convicción cristiana es que el Padre no tiene otro rostro que el de un crucificado que perdona a sus verdugos. En sí mismo, un Padre no es más —pero tampoco menos— que un fantasma, una voz que clama por volver al cuerpo. Por eso, solo ante un Padre que llega a ser en el Hijo —ante un Dios encarnado— se decide el querer, el amor. Nadie puede darse a sí mismo la absolución. El narcisista cree que puede hacerlo —que basta con mirarse al espejo. Pero el espejo nunca miente: la más bella siempre será otra. Y esto es, precisamente, lo que el narcisista no está dispuesto a admitir.

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