catecismo

mayo 9, 2021 § 4 comentarios

Si Jesús es la respuesta, ¿cuál es la pregunta? ¿Acaso qué esperanza para los malditos? Y si es así —que lo es—, entonces ¿no resulta ridículo hacer de Jesús simplemente un hombre a imitar o, lo que quizá sea más desconcertante, un amigo con el que hablar de nuestras cosas en la intimidad?

§ 4 respuestas a catecismo

  • Quentin dice:

    Jesús es aquel que Dios envió para mostrar su nueva y radical enseñanza. Del antiguo testamento, donde el hombre prometió fidelidad a Dios, Jesús nos condujo al nuevo testamento, en el que Dios ofreció fidelidad al hombre.

    Antes de Jesús, el hombre era inmaduro. Obraba de acuerdo con el temor a Dios. Tras hablar Jesús, al hombre se le abrieron los ojos. Empezó a obrar de acuerdo con el amor a Dios.

    Jesús nos mostró a todos la verdad más radical y a la vez más sencilla: la del amor. Es el camino que conduce al progreso de la dignidad de la persona y del grupo, la que hace crecer la alegría en los corazones, la que transmite seguridad al hombre en sus decisiones, en los pasos que va dando a lo largo de la vida.

    Jesús habló en los templos y plasmó en los evangelios la verdad que sostiene todo el universo, la única que le da sentido, la que conoce la madre que abraza al hijo y aquel que se desvive por la felicidad de su pareja, la del amor. Antes de Jesús muy cerca estaba esta certeza de los ojos de los hombres pero muy lejos de su espíritu. Cuando Jesús, con bellas y cercanas parábolas expuso lo que Dios quería de nosotros su mensaje se abrió paso sin cesar, de forma arrolladora, a lo largo y ancho del mundo. La ola de alegría inmensa que lanzó desde Galilea barrió como maremoto imparable toda la faz de la tierra. El mensaje de Jesús se instaló en todos los corazones a los que llegó.

    Hoy en día nadie discute ya el legado de Jesús, todo hombre sabio lo asume: el amor es la llave que abre todas las puertas. Cristianos, musulmanes, judíos, budistas, agnósticos y ateos, todos ellos siguen los pasos del enviado de Dios.

    Sí, Jesús fue un líder, un adalid enviado por Dios que habló a todos los hombres. Jesús no se dirigió solo a los desahuciados. Habló de hecho con mayor empeño a los favorecidos, precisamente para que comprendieran que su camino debía pasar por acoger a los perdidos, por consolar a los sufrientes. La liberación del maldito no llega en la otra vida, la alcanza en la presente, cuando recibe la mano tendida de aquel que se compadece.

    Jesús es pues la respuesta a aquel que se plantea cómo caminar hacia Dios.

  • Carmen dice:

    Estoy de acuerdo en que la pregunta sea cómo conozco la voluntad de Dios para mi vida. Para la mayoría, seguramente, supone la necesidad de ese diálogo interior por el que intentamos incorporar y hacer nuestra la sensibilidad de Jesús, las palabras de Cristo, que nos transmiten las escrituras (todas) y la tradición. Es posible que otros, tras haber pagado un altísimo precio, ya en esta vida quizá puedan prescindir de ese paso. Creo que algo así subyace a lo que contaba Gustavo Durán a sus hermanos, en una carta escrita tras visitar a su madre en 1934, encerrada en un psiquiátrico a instancias de su marido y por motivos poco claros, que terminó perdiendo la razón allí. «Al preguntarle que a qué hora se dormía y a cuál se despertaba, me contestó: “No me preocupo; Dios me duerme y él me despierta. Eso, como tantas cosas, es asunto de él y no mío” […] Me enseñó un zurcido que había hecho en un pañuelo, y como yo le dijera que antes lo hacía mejor, me dijo: “Es que antes era Petra Martínez quien bordaba y cosía, y ahora es una loca. Para ser hecho por una loca no está mal”. Le pregunté si iba a misa, por saber si su obsesión religiosa era tan grande como hace años. “Hasta hace poco –me contestó–, me entretenía ir a rezar, ahora he visto que eso es cosa de gente sensata” (transcribo literalmente las palabras). “¿Hablas con los demás?, ¿tienes alguna amiga aquí?”, le pregunté. “Ninguna, no hablo con nadie –me dijo–; nadie me entiende. Mi nombre es ‘Me dejó mi Dios’, y no lo entienden”».

  • Jordi Mateu dice:

    Acaso porque nosotros también somos “malditos”.

    “Malditos” por olvidar a nuestros hermanos.

  • Iñaki dice:

    En El Corán (Cap.4:37), se habla del vecino, se concreta la figura de aquel con el que se convive, se le vea mucho o poco, dando muestras esta religión de una delicadeza en el civismo entre las personas: el vecino puede venirnos bien para comprender qué podemos hacer con el prójimo; visto así me atrevería a decir que aquel que omite la ayuda de su vecino necesitado, no obra según la voluntad del Señor. Pero esto es algo concreto, del mismo modo que puedes dar limosna a aquel que te pide en la calle, esquivarle es no cumplir con la voluntad del Señor. De nuevo es algo concreto, algo que podemos hacer, dentro de nuestras posibilidades por amor a Dios. Por amor a Dios, cuidado entonces con eso de hacernos misioneros por una temporadita, ¿por amor a nosotros mismos?. A lo que voy es que no sé qué queremos decir cuando decimos que olvidamos a nuestros hermanos. Nos podemos hacer de la Orden de Predicadores en donde todo es de todos y se intenta vivir en armonía entre los hermanos para dejar de ver lo horrible que resulta la impotencia ante la injusticia del mundo. Y aquí me gustaría hablar bien del temor a Dios ¿quién no lo tiene? Es un temor a ofenderle, a no estar a la altura del amor que nos pide, ¿es esto inmaduro?
    La voluntad de Dios es Jesús, y es la misma para todos, ya es responsabilidad de cada uno su propia negación.

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