picaresca

mayo 11, 2021 § 1 comentario

Ya sabemos como vemos, bíblicamente, a los pobres: como a esos hermanos a los que les debemos una vida. Como si fuéramos su rehén. Sin embargo, ¿cómo se ven los pobres a sí mismos, o mejor, entre ellos? Pues como se ven unos a otros los que pertenecen a cualquier estamento, esto es, como rivales. O más o menos. Así, hay buena y mala gente, aquellos en los que confiar y rateros, amables y amargados. Como si cada lugar en el mundo fuese un mundo. Basta con leeer el Lazarillo o Misericordia de Galdós para saber de qué estamos hablando. La pobreza siempre fue degradante. También la opulencia, aunque no en el mismo sentido. Por eso, el riesgo del compromiso social es el de caer en un cierto paternalismo. Ciertamente, no hay derecho a que vivan como perros. Pero no se trata de un asunto sentimental. Aunque el sentimiento sea un primer impulso (y acaso no puede dejar de serlo). Pues será verdad que estamos en deuda con ellos. Pero el cuerpo no nos acompaña. Para el cuerpo lo que prevalece es la reacción —y aquí cuanto más cerca, más repugnancia. Como dice Jon Sobrino, nadie sabe quién es un pobre hasta que no inspira su mal olor (y aquí podríamos añadir un le inspira). Quizá por eso no hay amor que, en el fondo, no sea sacrificial —que no suponga la inmolación del cuerpo. Hay que tener esto presente para, cuando menos, ver por donde van los tiros de la Encarnación.

§ Una respuesta a picaresca

  • Quentin dice:

    El amor tiene que ser sacrificial. Pero no hay que olvidar nunca la ponderación, la mesura. Porque la doctrina de Jesús, tal como Él la expuso, en su estricta esencia, es pura ingeniería. Busca resultados directos en el otro. La ingeniería cristiana es la que sabe manejar los recursos de cada persona para ser compartidos con el prójimo. Cada uno debe orquestarlos según su medida. Exigir de manera irracional una dedicación completa o abusiva ha sido uno de los errores reiterados del teólogo.

    Jesús no quería fanáticos ni iluminados junto a sí. La vida que llevó la encajó en el paradigma que Dios otorgó al ser humano: el de la dualidad esfuerzo-descanso. Tal como se concibió la creación la noche abría el paso al reposo tras el trabajo diurno, el sábado invitaba a la recuperación tras la dura semana y las fiestas anuales de pascua suponían un periodo vacacional tras un año de esfuerzos.

    Jesús comía, bebía y reposaba junto a los suyos cuando terminaba su agotadora jornada, se apartaba de las multitudes cuando culminaba unos días seguidos de predicación y disfrutaba con los discípulos de las fiestas pascuales. Precisaba de un descanso y lo disfrutaba.

    Vivir bien es saber esforzarse para poder descansar. Y saber descansar para poder esforzarse.

    Ser cristiano no es ni debe ser ningún drama. Ser cristiano consiste más en la amabilidad, la sencillez y la atención que en el sacrificio, la humillación o la entrega. Más en la sonrisa cariñosa que en la mueca de angustia. Más en la caricia cálida que en el arrebato de fuerza.

    Porque ser cristiano es sobre todo ser y no tanto hacer.

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