más Kierkegaard

junio 29, 2021 § 1 comentario

En los Diarios de Kierkegaard encontramos lo siguiente: todos los que saben callarse se convierten en hijos de los dioses; pues callando es como nace la conciencia de nuestro origen divino. Los charlatanes nunca serán más que hombres. Y es cierto, a su modo. ¿Cómo es que la sensación de profundidad la da quien guarda silencio, y no quien se llena la boca con grandes palabras (y que por eso mismo nos vienen grandes)? ¿Acaso porque ha caído en la cuenta de que no hay nada que decir —que el habla no logra escapar del escenario, de lo que nos parece que es? ¿Será por está razón que el Dios de Getsemaní fue el más penetrante? ¿Es posible que el secreto de lo real consista, precisamente, en que no hay secreto? El cofre, cerrado a cal y canto, no guarda ninguna joya. Y quizá sea por este vacío que cuanto despreciamos, mientras intentamos abrir el cofre, posea el aura de la excepción, aquella que solo llegará a deslumbrarnos, si fuese el caso, cuando apenas nos quede tiempo por delante.

§ Una respuesta a más Kierkegaard

  • Carmen dice:

    ¿Cómo se resuelve la dialéctica “hasta las piedras clamarían” y “no echar las perlas a los cerdos”? Pero también cómo eludir la jaula de hierro que ejerce la normalidad a la hora de hablar de lo que escapa a ella? Por ejemplo, en un podcast muy reciente que me manda una amiga, tres padres hablaban de las diversas discapacidades de sus hijos y lo que supone vivir con ellas. Aunque sé positivamente que, al menos en un caso, no es esa la única realidad que hay en sus experiencias, al final los discursos parecen quedar en una descripción puramente negativa, centrada en lo que sus hijos carecen y que, como los buenos padres que son, desearían para ellos. Hace falta un maestro de la lengua y con experiencia en este campo, como lo fue Joan Margarit, para que surja un poema como “Los ojos del retrovisor” que cuente la auténtica realidad/tesoro que la sub/a-normalidad esconde; hay que ser lector con experiencia en lo que el poema trata para atestiguar que la riqueza de los ojos que ese espejo refleja no es pura fabulación lingüística-poética. Y el resto, quizá, ya haríamos bastante con leerlo y releerlo, esperando atentamente a que se nos ilumine su contenido.

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