Matusalen

julio 6, 2021 § Deja un comentario

Hasta la época de los Macabeos, en el AT la bendición de Dios se reflejaba en una vida larga y fecunda. Nada, por tanto, de una vida postmortem. Y por eso Dios es Dios: ningún hombre puede aspirar a los cielos. La cuestión de una vida más allá se plantea solo ante el problema del justo sufriente. Sencillamente, Dios no puede abandonar a los suyos. De ahí que la cuestión de la trascendencia sea inseparable, bíblicamente hablando, de la cuestión de la justicia, aunque algo de esto encontramos también en Platón. Sin embargo, no se trata únicamente de la reparación, sino, sobre todo, de la recreación. Y esto significa que Dios y el mundo, tal y como está, no acaban de ser compatibles; que no es cuestión de que nos pongamos a hacer los deberes. El mundo es irreparable. O mejor dicho, tan solo un Dios puede restaurarlo. Y esto, donde la palabra Dios ha dejado de ser significativa, está muy cerca de decir que no hay nada que hacer. Una espiritualidad que no tenga en cuenta que el horror es el envés de la paz —que no hay luz sin oscuridad— sigue siendo el mismo opio de siempre.

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