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diciembre 13, 2021 § Deja un comentario

Somos reos de la imagen. O mejor dicho, de la mejor imagen. De ahí que no sepamos qué hacer con los cuerpos. Pues ninguno se ajusta a lo que debería, según su photshop. Tarde o temprano, aparece la ambivalencia, la tara como sello de su singularidad. Así, o desechamos una y otra vez el cuerpo que nos desgrada, a la manera del consumista, o aprendemos a vivir con la tara. Esto es, a amarla, por decirlo así. De hecho, ningún cuerpo perfecto se deja abrazar (ni, por lo común, abraza: la perfección, tarde o temprano, muere de éxito). En cualquier caso, un cuerpo perfecto exige adoración. Y ahí convertimos nuestra existencia en un error. Pues nos equivocamos donde orientamos nuestra vida hacia lo que no existe. Con todo, con respecto a este asunto tampoco hay receta que valga: hay cuerpos —carácteres— ciertamente malignos. Y uno haría bien en alejarse de los tóxicos. A menos que pretenda salvarlos (aunque pagando un alto precio). Sin embargo, solo un Dios fue capaz de querer tal cosa.

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