Sócrates y Fausto

septiembre 16, 2022 § Deja un comentario

Ya he leído todos los libros [traducción: ya sé de qué va el juego]. Pero la carne está triste. ¿Qué significa esto? Pues que el saber va con la desilusión, literalmente. Y sin ilusión no hay motivo. Quien sabe en qué consiste el juego que todos jugamos, difícilmente cederá a la seducción —al brillo— de las apariencias. Así, puede que haya una demostración que nos diga qué importa en verdad, esto es, al margen de lo que nos parece que importa. Ahora bien, para interiorizar lo que en verdad importa —para vivirlo— no basta con saberlo: hace falta que también nos lo parezca. Es decir, necesitamos hacer cuerpo de lo que importa, incorporarlo. Pues el saber, por sí solo, no provoca el estremecimiento —el temor, pero también la alegría— de la carne. Necesitamos, en definitiva, encontrar una ilusión que coincida con los resultados de la reflexión.

Sin embargo, esto no es posible. Pues no hay ilusión sin truco (y el truco consiste, como sabe cualquier mago, en desviar la atención). ¿Cómo podrá parecérnoslo si la reflexión nos hizo desconfiar, precisamente, de las apariencias —si su resultado es, en efecto, un no poder tomarse en serio los trampantojos que facilitan la incorporación? De poder confiar de nuevo en lo que nos parece que es, ¿acaso no retrocederíamos al territorio de lo opinable o ilusorio? Pero la reflexión quema las naves. No es casual que Fausto fuese incapaz de incorporar lo que llegó a comprender. Y por eso mismo no pudo evitar destrozar a Margarita. Aunque esa no fuera su intención. Sencillamente, no fue capaz de ilusionarse con ella.

Con todo, podríamos preguntarnos si la hubiera destrozado de haber sabido amarla irónicamente. Al menos, porque el irónico es aquel que puede ilusionarse con su papel —esto es, tomárselo en serio como los niños se toman en serio sus juegos—… porque sabe que, al fin y al cabo, no hay más que papeles. Y en un papel no puedes salirte del guión. O no, antes de tiempo. Como vio Sócrates, no hay segunda ingenuidad que no sea irónica.

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