deseo de dios —o de diosa
septiembre 14, 2023 § 2 comentarios
Hay algo de análogo entre la relación del antiguo creyente con Dios y la que mantiene con la mujer que desea aquel que no se cree digno, por jorobado, de esa mujer. Pues automáticamente el jorobado siente que esa mujer es una diosa de cuyo favor depende por entero. Sin embargo, lo que el jorobado ignora es que, debido a su desprecio de sí, nunca podrá admitir la entrega de la mujer que desea: ella, sencillamente, no puede amarlo. Evidentemente, se trata de un error. Pues esa mujer, a pesar de su brillo, también anda como el dromedario, soportando el peso de su joroba. Aunque nos lo parezca, no es en verdad divina. Estricto oropel.
Aquí la libertad del jorobado pasa, como es obvio, por liberarse de su deseo. Por lo común, esta liberación exige un sacrificio: hay que apartar ese amor por un amor más grande. Kierkegaard. Con todo, probablemente solo se librará de su deseo cuando acepte, no ya que todos deambulamos como jorobados, aunque esto sea cierto, sino que ningún éxito importa, ni siquiera el que procede del sacrificio, para un Dios que anda rozando el nadie. Todo comienza a partir de esta revelación.
Así, difícilmente comprenderemos un texto como la Biblia hasta que no caigamos en la cuenta de que solo un Dios que quiso desaparecer para que fuera posible el mundo nos libera de nuestra espontánea dependencia de los dioses. Como si no hubiera otro padre que aquel que nos abandonó antes de tiempo —aunque por eso mismo haya historia. Pues ninguna historia es posible donde aquel que creemos que es nuestro padre sigue ahí, tutelando nuestra existencia. O mejor dicho, como si lo hiciese. A veces pienso que donde creemos que hay un dios que maneja los hilos, garantizando de paso el sentido de tot plegat, no estamos tan lejos del nihilismo. Al menos, porque no puede haber nada en verdad nuevo —ninguna alteridad— donde damos por descontado el amparo de un dios. A lo sumo, la novedad, ese simulacro de lo nuevo.
«desterrar la fe de la dependencia»
Kierkegaard parece decirnos que, al encarar la realidad de la nada, o del vacío, estamos al menos en contacto con lo que realmente es.
Claro. De hecho, topar con la nada —con el silencio de Dios— es lo que narra el episodio de Getsemaní. Y Hegel, con respecto a esto del sentimiento de dependencia, decía que si la fe se basara en este sentimiento, el perro sería el creyente ideal. De hecho, algunos santos recurrieron a la imagen del perro a la hora de dar cuenta de su relación con Dios.