paráfrasis de Heráclito

septiembre 29, 2023 § Deja un comentario

Por decirlo en breve, un mundo en el que no hubiese mal —ni tampoco pudiera haberlo— no sería bueno De hecho, de habitar ese mundo, aunque fuese como espectros puros, no podríamos evitar la sensación de irrealidad. Si el todo fuese el todo, no habría el todo. Para que haya lo que hay, el puro haber —estricta oscuridad y silencio— tiene que desaparecer en el haber de las cosas. Sin embargo, lo que no aparece —lo que no se hace presente de algún modo— propiamente no es. El puro haber no es nada —y aquí conviene tener en cuenta que una doble negación equivale a una afirmación. Y por eso mismo —porque la nada no es— hay mundo. El mundo es, al fin y al cabo, el resultado de la negación de la nada —de la voluntad de no ser nada. Al principio, hubo el hágase —y un hágase por el cual lo absoluto se dirige, en la negación de sí, hacia lo otro de sí. El único absoluto es el absoluto que es no siendo nada.

En cierto sentido, podríamos entender el pensamiento dialéctico de Heráclito como una prolongación del de Parménides. Como si Heráclito se limitase a estirar el chicle. Ahora bien, al estirarlo hasta rozar la contradicción, el chicle termina por romperse. Ciertamente, decir lo real equivale a decir lo Uno —o eterno, ilimitado, etc. Pero lo real aparece en lo diverso —y por eso mismo lo real no aparece como tal. No vemos el todo-uno… como tampoco lo eterno o ilimitado. De ahí que lo real en sí solo pueda ser pensado. Hasta aquí Parménides.

Sin embargo, porque no hay realidad que no se haga presente, de un modo u otro, lo real en sí propiamente no es. O mejor dicho: es no siendo nada. La condición del mundo es la desaparición o paso atrás de lo real en sí o absoluto. Lo real se hace presente dejando como tal —esto es, en tanto que Uno, eterno, etc— de estar presente. Y aquí comienza Heráclito. Lo real se muestra en aquello que, de algún modo, lo niega. El modo del haber traiciona el haber… al hacerlo presente. Todo es, por consiguiente, tiempo, el paso del ser al no ser —y viceversa. No es casual que Heráclito eligiese la imagen del fuego para referirse al arjé. Pues el fuego avanza consumiendo —negando— aquello que lo hace posible.

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