Raimon
febrero 2, 2024 § 1 comentario
Ayer, tomando un café en Caspe, se me apareció Dios. Una vez más. Era Raimon, el indigente del lugar —y como indigente no estaba mentalmente muy fino. Me habló de sus padres, de su infancia. Una completa desgracia. A la calle. ¿Deliraba? Quizá. Pero se non è vero, è ben trovato: podría perfectamente no estar delirando. La situación tuvo algo de insoportable. ¿Cómo podía soportar dejarlo ahí y seguir con lo mío? Y luego dirán que Dios es el amigo que siempre nos acompaña (y nos ama con locura). ¿Sí? No lo parece, en el caso de Raimon. Sin embargo, ¿quién podrá dejar todo atrás y sacar a los Raimon de la sima en el que se hallan? No es una cuestión de valor. O mejor dicho, el valor no es lo que viene primero. Es posible que nunca caigamos en la cuenta de lo que supone confesar que la voz de Dios es la de quienes sufren en sus carnes su trascendencia. Y esto es lo vertiginoso. Al menos, para quien haya sido rozado por el aliento de Dios —y Dios padece halitosis. Quizá no sea casual que los elegidos —desde los profetas hasta los santos— no sean, precisamente, aquellos que, de entrada, proclaman lo a gusto que se encuentran sintiéndose cerca de Dios.
está claro que ese ser perdido se puede consolar al ser escuchado como una sesión de terapia del psicoanalista. Dios hacia donde señala pues a quién escucha o a quien lo ha perdido todo. Ese Dios abandonado no está en el rostro anónimo pues quien lo ve sigue con paso ligero hacia delante sin detenerse.