títeres
febrero 18, 2024 § Deja un comentario
La crítica ilustrada a la superstición, a pesar de sus logros, terminó tirando al niño junto con el agua sucia. Y aquí el niño es el poder cognoscitivo o revelador de lo simbólico. Es cierto que el gen —las hormonas— te hacen ver cosas que habitualmente no ves: cualquier mujer como diosa; una rata como un plato de la nouvelle cousine; un cadáver, como comestible. Así, es inevitable, por ejemplo, creer que somos títeres de un gen egoísta. ¿Superstición? No me atrevería a decirlo. Tampoco, casi nadie hoy en día. Aunque el término títeres sea, de hecho, una metáfora —un esto como aquello. De hecho, es nuestra metáfora. El lenguaje es un conjunto de metáforas. O mejor dicho, un idioma es un texto —una textura. Y todo lo vemos —todo se nos aparece— a través de un idioma.
La cuestión es qué texto revela lo que hay más allá de cuanto hay, esto es, del todo. Pues los diferentes textos no poseen el mismo alcance. Y es que no parece que sea lo mismo decir que somos títeres de un gen egoísta que decir, pongamos por caso, que existimos como arrancados. Esto último no niega lo primero —aun cuando añada que no solo somos títeres. La metáfora del gen egoísta, en cambio, rechaza que podamos ser algo más. No nos enfrentamos simplemente a textos distintos.
La metáfora hace mundo. Y por eso mismo —porque es palabra justa— es, de entrada, verdadera. En tanto que la metáfora hace mundo, no cabe dudar de su adecuación. Pues no hay hechos anteriores a las metáforas fundadoras. En realidad, presuponer lo contrario —a saber, que hay hechos puros, al margen de la significación— es ya de por sí una metáfora, la que dio pie, precisamente, a la Modernidad. La fragmentación —entender la metáfora únicamente como un bello modo de hablar, y no como hallazgo— fue siempre diabólica. Literalmente.
Sin embargo, no es fácil determinar qué texto está más cerca de la verdad —de lo que en verdad tiene lugar y no simplemente pasa. Pues, como acabamos de decir, no hay hechos con los que contrastar las hipótesis. Las metáforas que hacen mundo producen los hechos que las confirman. A la hora de dilucidar qué texto da en el clavo —o, cuando menos, un primer golpe— no tenemos más remedio que enfrentarnos a la vieja pregunta de la metafísica: de qué hablamos cuando hablamos del haber en cuanto tal. Es a partir de las respuestas a esta pregunta —unas respuestas, en cualquier caso, paradójicas— que se abre el espacio para el lenguaje significativo o, si se prefiere, para la metáfora más cercana a lo real. Es decir, para el mundo más próximo a lo que en verdad acontece, a la negación de la nada del puro haber. Consecuentemente, si al principio fue la no-nada —el Sí, la Voluntad, la negación de la nada—, el poder de afirmación de la metáfora verdadera solo puede entenderse como el eco de esta negación primordial, anterior a los tiempos.
Así, es verdad, pongamos por caso, que María fue virgen. Pues el mal no alcanzó lo más íntimo de ella. Pues solo como virgen pudo amar como don de Dios al que probablemente fuese el hijo de una violación. No estamos hablando de algo fácil, ni siquiera de algo moralmente exigible, sino más bien de lo imposible. Y lo imposible siempre apuntará a que haya algo en vez de nada —al acto creador, al Sí como doble negación. La superstición surge solo cuando nos servimos de las imágenes de lo imposible… habiendo perdido de vista la situación en la que estas se nos impusieron como verdaderas. Al fin y al cabo, una vez olvidamos las historias humanas que hay detrás de la metáforas fundadoras. Y quizá demasiado humanas.
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