Hamburgo

marzo 17, 2024 § Deja un comentario

“Tras el bombardeo de Hamburgo —escribe el historiador Keith Lowe en Continente salvaje—, no fueron las 40.000 muertes lo que llenó de malestar a la población alemana, sino cómo se produjeron. Historias de un infierno enfurecido, de vientos huracanados y tormenta de chispas que quemaban el pelo y los vestidos de la gente —estas cosas acaparan la imaginación con mucha más eficacia que los datos numéricos puros y duros.”

Este fragmento nos permite entender cómo procede la imaginación bíblica. Pues supongamos que tenemos que dar fe de lo que tuvo lugar a quienes no estuvieron allí. Resulta evidente que nos veríamos casi obligados a acentuar, por no decir, exagerar. La descripción objetiva quizá baste para hacernos una idea, pero no para incorporar el horror. Esto es, para hacer cuerpo de cuanto supera, y con creces, una descripción objetiva. Un infierno enfurecido. La imparcialidad —la visión sub specie aeternitatis— va de la mano de la impiedad. Desde la grada del entomólogo, no hay diferencia entre los hombres y los insectos. De ahí que no pueda diferenciar entre hechos y acontecimientos. Pues lo que acontece y no tan solo pasa siempre se revela desde la óptica del final del mundo.

Sin embargo, el entomólogo podría objetar que, tarde o temprano, llegaremos al mismo puerto: desde la óptica de la eternidad nadie cuenta. Como no cuentan los insectos. Ahora bien, para quien comprende la diferencia, no es lo mismo enfrentarse a lo que reclama una respuesta que a lo que simplemente exige una reacción conveniente. El acontecimiento va con la aparición —y nadie aparece a quien solo ve cosas que pasan. Por terribles que sean. La Ilustración riega fuera de tiesto al tachar de superstición las imágenes delirantes de la esperanza bíblica. De hecho, al hacerlo peca de analfabetismo, aun cuando tuviera sus buenos motivos para pecar: la Iglesia, mejor dicho, su implacable poder, no ayudó precisamente a que aprendiéramos a leer.

Hay que haber estado en el infierno —y quien ha leído, pongamos por caso, a Primo Levi puede decirlo— para padecer hasta el tuétano qué significa un acto de bondad.

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