hacerse una idea y caer en la cuenta, una vez más
abril 4, 2024 § Deja un comentario
Una cosa es dar por hecho que vamos a morir y otra hallarse a las puertas de la muerte. En el primer caso, el dar por hecho va con el como si no. Difícilmente podremos negar la evidencia, en el segundo. El aliento de la muerte lo cambia todo. Quiero decir que la muerte —su poder, su capacidad para la des-ilusión— se impone como el exceso mismo de lo real. Sencillamente, no cuentas. Creímos que importábamos. Pero andábamos en el error. La vida del espíritu comienza donde caemos en la cuenta y no donde seguimos suponiendo. Esto es, donde topamos cara a cara con lo real. Pues el espíritu solo vive de la verdad —y lo real es verdadero porque des-miente. cualquier representación. La vida del espíritu supone un comenzar de nuevo. Y todo comienza de nuevo tras ser descabalgados.
La vida del espíritu intenta anticipar, en la medida de lo posible, el momento de la sensación verdadera. ¿Cómo? Pues escuchando a quienes volvieron con vida de la muerte —es un decir. Las grandes obras de la cultura —desde la Biblia hasta Les Particules élémentaires de Houellebecq; desde el cine de Tarkovski hasta el Quatuor pour la fin du Temps de Messiaen— son, precisamente, eso: testimonios. No es lo mismo leer a Megan Maxwell que a Dostoyevski. Es decir, la primera acaso pueda entretenerte. El segundo, te sitúa más allá de ti mismo, en el territorio de lo concluyente. No es lo mismo pasarse el día oyendo regaetton, el cual inevitablemente convoca al mono que llevamos dentro, que escuchar periódicamente Erbam dich o variantes. No hay gustos inocentes.
Y me atrevería a decir que el desprecio de la cultura que se observa en las denominadas nuevas pedagogías, tan centradas en una aproximación superficial a tot plegat, quizá consiga producir mujeres y hombres aptos para trabajos en los que serán fácilmente sustituibles. Pero difícilmente adultos que no comulguen con ruedas de molino. La vida nunca fue una fiesta non stop. En el fondo, se trata de un asunto climático. Incluso me atrevería a decir que el éxito de dichas pedagogías nos arrojarán a una nueva Edad Media cultural —pocos sabrán; para el resto morcilla. Y quizá no solo cultural.
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