un Dios sin nadie que pueda dar testimonio
septiembre 7, 2024 § Deja un comentario
¿Cuál es el inconveniente de que Dios no sea un ente, ni siquiera aunque añadamos el adjetivo supremo? Pues que seguiría habiendo Dios… de extinguirse la humanidad. Al igual que damos por descontado que el cosmos continuaría a su bola. Pero ¿por qué deberíamos entenderlo como un inconveniente? O mejor, ¿para quiénes lo sería? ¿Para aquellos que comprendieron, junto con el antiguo Israel, que Dios no puede pertenecer al todo sin transformarse en un dios? Cuanto pertenece al todo, incluso tratándose de su piedra angular, no puede comprenderse como el fundamento del todo.
Imaginemos que la humanidad se extinguiera como antes se extinguieron otras especies. Si Dios es el Dios que invoca al hombre —y no, el Dios que además lo invoca— ¿a quién podría llamar Dios? No parece que, para el creyente, tenga mucho sentido un Dios concebido como la pieza que sostiene el edificio del mundo, esto es, un Dios que sobreviva a su criatura. Pero en ese caso ¿acaso no deberíamos admitir que Dios es una proyección del hombre? Quizá si hablamos del dios de la religión. Pero no, si Dios es el Dios cuya creación supuso una negación de sí hacia su quién de carne y hueso. Dios y hombre se copertenecen. Y puesto que el hombre existe como arrojado al mundo, esta copertenencia abraza la totalidad de cuanto es.
Evidentemente, lo anterior no termina de hacer buenas migas con el presupuesto fundamental de la actividad científica —aunque también del sentido común—, a saber, que el cosmos está ahí —y lo seguirá estando— con independencia de que haya alguien que pueda observarlo. Pero si la ciencia y el sentido común dan en el clavo, ¿no deberíamos aceptar que el cosmos está por encima de un Dios que es su voluntad de depender del hombre que depende de Dios —del Dios que solo se hace presente a través de la adhesión incondicional del hombre de Dios? Ciertamente… si no fuera porque Dios-en-sí no es nada. Porque Dios es su negación de sí en favor de lo otro de sí —y por eso mismo, Dios-en-sí es como nadie—, la posibilidad del aniquilación permanece, junto con el don de la existencia, como la imposibilidad que sostiene cuanto es. Nada habrá una vez se extinga la humanidad. Aunque esa nada esté llena de rocas incandescentes.
Con todo, y en nombre de una vida que nos ha sido dada desde el retroceso de Dios, no es eso —la extinción— lo que espera el creyente. Aunque contra toda evidencia.
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