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octubre 10, 2024 § Deja un comentario
El haber es siempre para aquel a quien se le revela el haber. Pero aquí no hay perspectiva —ni, en consecuencia, posibilidad de dominio: no cabe someter el haber, ni siquiera a las condiciones de la objetividad. Pues el haber, en cuanto tal, no es nada en concreto. Y sin embargo, hay el haber.
El haber, en cuanto tal, es la condición de posibilidad del mundo. Ahora bien, no hemos de entender esto último como si el haber como tal fuese algo anterior al mundo. El haber como tal no es nada sin el haber del mundo. El haber como tal es —se da o hace presente— como el haber del mundo. No obstante, hay mundo porque el haber como tal retrocede en el haber del mundo. De ahí que todo se encuentre sometido al tiempo —que nada termine de ser lo que parece. La negación de sí del haber como tal en favor del haber del mundo es interna al haber como tal.
Podríamos decir que esta negación de sí es voluntad. O, si se prefiere, Dios. En este sentido, el silencio de Dios —su retroceso o paso atrás hacia un más allá de los tiempos— sería el envés de su voluntad. Así, el silencio de Dios deviene la mayor objeción contra dios. Y me atrevería a decir que esto es lo que acaso Nietzsche no terminase de comprender —y sí, Israel—, a saber, que la nada, al fin y al cabo, no es nada. Y que, por eso mismo, el Sí y el No —la bondad y el exterminio— no valen, ni pueden valer, por igual.
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