platonismo y nihilismo
noviembre 27, 2024 § Deja un comentario
El platonismo medio —el que triunfó históricamente— fue con respecto a Platón lo que la cristiandad fue con respecto al cristianismo: una versión de manual. Y es que el último Platón no tiene nada de idealista. En cualquier caso, fue un idealista a la Hegel: la doble negación —el sí como negación de la negación— es el alfa y el omega de cuanto hay. La dialéctica —y todo pensamiento profundo, tarde o temprano, termina desembocando en la orilla de Heráclito— difícilmente congenia con la creencia, ciertamente ingenua, de que al final no habrá más que luz… al menos, porque si todo fuese luz, no habría luz. Un mundo en el que, habiendo luz, no hubiese oscuridad se revelaría, en el caso de que llegásemos a ver algo, como irreal. Satán debe permanecer, como quien dice, bajo las botas del arcángel.
Así, Platón supo ver o cuanto menos intuir que el haber en cuanto tal —el ser con independencia de su hacerse presente, esto es, al margen del tiempo— no es nada en concreto. Su naturaleza es, sencillamente, la de lo abstracto —y esto no debemos entenderlo como si hablásemos de una abstracción, del resultado de un proceso mental. Al contrario. Hay más realidad en lo abstracto que en lo concreto… porque, en lo concreto, el carácter absolutamente otro de lo real da un paso atrás. Lo real, en sí mismo, es idea. Y la idea solo es accesible al pensar.
Todo cuanto vemos y tocamos podemos verlo y tocarlo porque lo real se da relativamente, es decir, ajustándose al molde de nuestra receptividad… y, por tanto, perdiendo por el camino, como decíamos, su carácter otro o absoluto. Esto último, no obstante, es un modo de hablar. Pues lo absoluto no es anterior a su negación de sí. No hay tiempo con anterioridad a dicha negación. Es el paso atrás, como quien dice, lo que constituye lo absoluto de la existencia —el carácter ab-suelto de lo absolutamente otro o real. La negación de la nada es el envés del puro haber… en tanto que el puro haber es no siendo nada. Sin embargo, queno sea nada significa que tiene que ser algo. De ahí que ser y deber ser sean lo mismo. Y quien dice deber ser dice bien.
Por consiguiente, el mundo —el haber de las cosas, el que las cosas sean… y que, con el paso de los días, vayan dejando de ser lo que parecen, esto es, deformándose— es el otro lado de la doble negación . Y, por eso mismo, el mundo no es nada. ¿Lo primero? Un acto sin sujeto —el hágase de la creatio ex nihilo. Ahora bien, aquí hay que tener en cuenta que lo primero, como decíamos antes, no es anterior a todo tiempo en tanto que lo primero da origen, precisamente, al tiempo. No habrá, por tanto, un final del tiempo… mientras haya el haber. No puede haber ese final. Y si no hay un final del tiempo, nada nuevo —nada en verdad otro— puede tener lugar.
Ahora bien, esto es lo que afirma el nihilismo: no cabe esperar nada que no sea el eterno retorno de lo mismo, en definitiva, el eterno combate entre el bien y el mal. A lo sumo, que haya más bien que mal. Ciertamente, Nietzsche creyó que el platonismo es la raíz del nihilismo negativo —el que mereció su desprecio— por devaluar la vida… al contrastarla con el ideal. Pues nada de lo que podamos vivir estará a la altura del paradigma que juzga la existencia desde arriba. Sin embargo, la devaluación fue el resultado de la lectura de manual del pensamiento de Platón. En sus diálogos, sobre todo en los últimos, no hallamos una devaluación del mundo, a pesar de su carácter derivado, sino un ejercicio de extrema lucidez. Y en este sentido, es posible que Platón estuviera más cerca de Nietzsche de lo que él mismo se imaginó.
Quizá solo la mentalidad apocalíptica, la cual experimenta el mundo como un territorio de combate entre las fuerzas del bien y las del mal, pueda hacer frente al nihilismo. La creencia de que al final todo será luz sin sombra es una ingenuidad. En cualquier caso, lo dicho: Satán bajo las botas del arcángel.
Más aún: si Dios es la voluntad de Dios —si lo primero es el hágase—, entonces la bondad de Dios —y, en definitiva, su quién— dependerá de la posición que adopte el hombre en medio de dicho combate. Esto es, de su fe. Y por eso mismo, el cristianismo acaso sea, en el fondo, una religión nietzscheana. Al menos, porque el Dios cristiano es el Dios que, negándose a sí mismo, se encarna en un crucificado… arrojando al hombre a la rebelión contra lo absoluto del retroceso de Dios en nombre, precisamente, del acto creador.
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