la macro en cuatro párrafos
enero 17, 2025 § Deja un comentario
En el capitalismo, la crisis empresarial es la condición de posibilidad del crecimiento económico. Una cosa va con la otra. Es decir, ciertas empresas o ciertos sectores empresariales tienen que entrar en crisis para que pueda haber crecimiento. Y no porque la crisis constituya un estímulo para hacerlo mejor; no —o no solo— porque sea un acicate para la innovación, sino porque el valor del ahorro con el que se financia la inversión que da pie al crecimiento económico equivale al valor de las ventas no realizadas —de los productos que quedan como muertos en el almacén. Así, las empresas que no han realizado las ventas esperadas, probablemente —pues dependerá de las dimensiones del stock— disminurián su producción durante el siguiente ejercicio… con lo que se verán obligadas a reducir plantilla. En principio, los nuevos desempleados tendrían que emplearse en las empresas de nueva creación —lo que tampoco es, sin embargo, tan fácil o inmediato—, las cuales se financiarían, precisamente, con el ahorro disponible. Es lo que tiene que una economía se comprenda como un flujo circular de renta. Esto, sobre el papel.
¿Cuál es el problema, entonces? Que ese ahorro puede no volver al circuito económico. Esto es, que en el flujo circular haya cada vez menos renta circulando. Hablamos del atesoramiento. Ello implicaría entrar en una espiral deflacionista… lo que deprime cualquier economía. Evidentemente, no se trata de poner el dinero, tal cual, bajo el colchón. Pero hay muchas maneras de ponerlo sin, literalmente, ponerlo. Por ejemplo, depositándolo en las Caimán. Entonces ¿qué tendríamos? Desempleo sin nuevos empleos. Es decir, desempleo crónico… si es que la evasión del capital deviene algo así como una constante gravitatoria. De ahí que Keynes reclamase que el Estado ocupase el lugar de los empresarios que, ante la falta de ahorro, no pudieron jugársela. Y no para producir, en su lugar, tazas, ordenadores, coches, destornilladores…, sino para edificar hospitales, pavimentar caminos o contratar servicios públicos.
Sin embargo, Keynes, además, propuso que, ante las fugas de capital y, por tanto, donde disminuyese el ahorro disponible, la banca financiase las inversiones con dinero creado de la nada, como suele decirse —aun cuando, de hecho, lo que crean los bancos no es dinero, sino deuda que funciona como medio de cambio: el dinero, en realidad, se crea una vez se ha saldado la deuda crediticia con el banco. Ahora bien, el primer precio a pagar para que la renta siga circulando a pesar del atesoramiento, es una inflación crónica. Pues muchas inversiones financiadas con dinero creado de la nada fracasarán, sobre todo si los tipos de interés están por los suelos —y por eso mismo, la cantidad de “dinero” en circulación aumentará en mayor medida que la nueva producción. De ahí que, a partir de Keynes, el principal objetivo de los bancos centrales sea el control de la inflación: que esta no se salga de madre. El pleno empleo será —o debería ser— un producto lateral.
Con todo, hay un segundo precio a pagar: el de la quiebra bancaria. La razón es simple: donde el dinero de nueva creación, en vez de destinarse a financiar la actividad productiva, se destina a las finanzas, en definitiva, a la especulación financiera, el riesgo —enorme— es que las burbujas que genera la especulación terminen estallando… lo que sucederá tarde o temprano. Y cuando estallen, los activos de la banca no bastarán para saldar su deuda con los depositantes. Esto es, el dinero de estos desaparecerá como si fuese un fantasma. Mal asunto. Muy mal asunto. Este es uno de los motivos por los que, pongamos por caso, las viviendas, al haberse convertido de facto en un activo financiero, no pueden bajar significativamente de precio. O viviendas inaccesibles —y por tanto, expolio de la mayoría—, o conservar nuestro dinero en el banco. Tertium non datur.
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