burbujas

septiembre 1, 2020 § Deja un comentario

El capitalismo, hoy en día, es un sistema burbujeante. Crecer a punta de burbuja. Es lo que tiene una economía basada en el dinero-deuda: que el dinero fluye inevitablemente hacia la especulación. Los gobiernos no saben qué hacer ante las burbujas… porque no hay nada que hacer. Pues no hay ley sin resquicios. De hecho, una burbuja como la inmobiliaria da trabajo a muchos (y a muchos que, difícilmente, encontrarían otro empleo). Luego pinchar y morir. El hecho es la solución.

de la izquierda y el poder (y 3)

agosto 27, 2020 § Deja un comentario

Es importante entender que, donde distribuimos dinero, lo que distribuimos, en último término, es deuda. Y el valor de una deuda depende, como es obvio, de la solvencia del deudor. Por eso, todo se derrumba donde se amontonan los impagos —donde la economía real no puede seguir el ritmo de la financiera–. Y esto es lo que ocurre tarde o temprano (y por lo que parece, cada vez más temprano que tarde). Podríamos decir que el capitalismo actual posee, en lo relativo a las rentas, el esquema de una estafa piramidal o, como suele decirse en el argot, un esquema Ponzi. Ahora bien, quienes pierden con el desplome de esta pirámide invertida no son aquellos que pudieron transformar rápidamente el dinero fresco en activos fiables. Son los que viven de un sueldo. Pero también de los beneficios de una pequeña o mediana empresa. Por eso una política que pretenda un mundo más justo tendría que abandonar los viejos esquemas, muy ligados al capitalismo decimonónico, para centrarse en la cuestión de la naturaleza de lo que hoy funciona como medio de cambio —en la naturaleza del dinero—. Cuando menos, porque el poder ya no se basa en acumular plusvalía, por decirlo así, sino por crear —y poseer— activos financieros, esto es, dinero cuyo respaldo en la economía real es cada vez más estrecho. El problema que plantea un dinero convertido en deuda es que el dilema al que se enfrenta la economía política ya no se plantea como una disyuntiva entre crecimiento y desigualdad, sino entre desigualdad e hiperinflación. Sencillamente, si el dinero que se mueve en la nube especulativa descendiera a la economía real —esto es, se redistribuyera—, nadie tendría el suficiente dinero como para comprar una barra de pan. Por consiguiente, no parece que se trate simplemente de aumentar los impuestos y resdistribuir la nueva renta (aunque a corto plazo deba hacerse… siempre y cuando seamos conscientes de que a mayor deuda pública, mayor cantidad de impuestos será destinada a saldar parte de la misma y, por tanto, menos dinero habrá para asuntos sociales). Pues la cuestión de fondo es con qué renta se juega. Como se ve, no estamos ante un asunto fácil. Ni de lejos.

de la izquierda y el poder (2)

agosto 10, 2020 § Deja un comentario

De momento, las izquierdas andan demasiado obsesionadas con las luchas culturales como para caer en la cuenta de cuál es el verdadero tema. La libertad política no pasa por poder elegir, pongamos por caso, el sexo como quien elige una marca de refrescos, sino por liberarse de cuanto nos somete con naturalidad. Ahora bien, esta naturalidad no es la de la naturaleza —nadie es menos libre porque no pueda elegir su sexo—, sino la del artificio que pasa por natural o inalterable. En realidad, donde la izquierda se centra en una libertad entendida a la manera del consumidor termina por bailarle el agua al sistema. Las luchas culturales, dejando a un lado su relativa legitimidad, no dejan de ser una maniobra de distracción. De ahí que, para una izquierda responsable, lo primero sea revelar el carácter invisible del poder al que estamos sometidos. Y este carácter tiene que ver actualmente con la transformación del dinero en deuda. Mientras el dinero siga siendo lo que ahora es no hay programa emancipador que valga. Pues, contra lo que aún ingenuamente suponen las izquierdas, la desigualdad no disminuirá porque distribuyamos mejor, aun cuando los parches de la distribución contribuyan, sin duda, a mejorar el nivel de vida de unos cuantos. Precisamente, porque el dinero es lo que es, las políticas del reparto están abocadas a alimentar la bestia (y de esto fue más consciente Keynes que los keynesianos). O mejor dicho, dichas políticas dependen de que la bestia siga siendo la que es. Algo no termina de funcionar donde un trabajador apenas puede pagarse una vivienda digna o ahorrar para su vejez, donde el desempleo termina viéndose como la constante gravitatoria del sistema. Por no hablar del desastre ecológico que nos viene encima. Y aquí no hay parches —o compensaciones— que valgan. Ciertamente, la modificación del dinero-mercancia en dinero-deuda hizo posible el desarrollo moderno de Occidente. Pero las condiciones de posibilidad de dicho desarrollo constituyen al mismo tiempo su non plus ultra —o por decirlo a la marxista, las condiciones de su implosión. Al personal se le pondrían los pelos de punta, por ejemplo, si supiera que el dinero que cree tener en el banco en realidad no lo tiene… a pesar de que los mecanismos del sistema le permitan creer que lo tiene. Las crisis económicas que nos azotan últimamente tienen que ver, no tanto con una distribución desigual, sino con el hecho de que el dinero que corre por ahí hace tiempo que dejó de ser contante y sonante. O mejor dicho, la desigualdad hoy en día no encuentra su origen en la acumulación de capital —en la apropiación indebida de la pluvalía—, sino en el hecho de que los medios de cambio circulantes —el dinero— es creado de la nada a través, en última instancia, de la intervención de los bancos centrales. La paradoja de las políticas expansivas —aquellas que intentan salir de la crisis con un aumento significativo del gasto público y, por extensión, de la deuda pública— es que constribuyen a aumentar la desigualdad donde pretenden reducirla. Pues el aumento del gasto público solo será posible trayendo al presente, por decirlo así, dinero del futuro —dinero que aún no es tal… porque aún está pendiente de que lo sea. Y que lo termine siendo o no dependerá de que con el dinero” creado de la nada se produzcan aquellos bienes que, por defecto, deben respaldarlo. De no ser así, el sistema terminará colapsando. Y colapsa cuando el nuevo dinero desaparece en la nada de la que nació. Ciertamente, aquí no todos pierden. De hecho, pierden los que viven de su sueldo —o de los beneficios de una pequeña empresa. En cambio, ganan los que, por estar mejor situados, se anticipan al desastre convirtendo su dinero en bienes de alta liquidez. El sistema pende de un hilo donde el dinero contante y sonante —o en técnico, el dinero-mercancía— se transforma en un pagaré, esto es, donde sistemáticamente se emite deuda como medio de cambio.

Para ver las costuras del sistema simplemente hay que tener presente qué es lo que el sistema presenta como sólido… no siéndolo en absoluto. En definitiva, cuál es la ficción que se nos ofrece como obviedad. Y actualmente, esta no es otra que las que hace posible la ilusión de tener dinero… donde solo poseemos deuda. Por eso los grandes bancos no pueden quebrar. Si quebrasen, caeríamos en la cuenta de que, en realidad, nunca tuvimos el dinero que habíamos depositado en ellos tan tranquilamente. Una cuenta corriente no es un recibo, aunque lo parezca, sino una deuda que el banco contrae con el depositante (aunque, estrictamente, estaríamos hablando de una deuda sobre otra, una deuda tranferida, pues el dinero que depositamos ya es hoy en día dinero-deuda). Cuando alguien abre una cuenta bancaria, le presta su dinero al banco. Ahora bien, el banco, como sabemos, utiliza ese dinero para prestarlo a un cierto interés. Estrictamente hablando, una vez lo depositamos, dejamos de tenerlo: lo tiene otro, aquel al que el banco, precisamente, le concedió un crédito. Cuando pagamos en una tienda el banco salda parte de su deuda con el depositante. Y esto es posible porque el banco posee la suficiente liquidez o, en técnico, reservas (y si no, se las facilita el Banco Central). De ahí la ilusión de que el dinero que depositamos está a buen recaudo: como si estuviera en una caja fuerte. Pero no es así. No hay liquidez suficiente como para que la banca pueda saldar a la vez la totalidad de sus deudas. El riesgo del negocio bancario es, por tanto, sistémico. Pues consiste en contraer deudas a corto —un cuenta corriente puede ser liquidada en cualquier momento— contra activos a largo (los créditos que se cancelan). Y un activo a largo está por ver. En realidad, es una apuesta: se apuesta a que el prestatario será solvente. Un banco no tiene nada de sólido. Su solidez, como la de los antiguos dioses, posee los pies de barro.

de la izquierda y el poder (1)

agosto 8, 2020 § Deja un comentario

Desde el lado de las izquierdas, el compromiso político de la ciudadanía se concibe como presión —y una presión avalada moralmente. Se trata de apretar en la dirección de una sociedad más justa o, si se prefiere, de algún proyecto emancipador. Como si la pugna política fuera como el juego de la soga en donde gana el equipo que tira de un extremo con más fuerza. Sin embargo, uno podría preguntarse si la comparación es adecuada, esto es, si quienes ejercen un verdadero poder están, de hecho, jugando al mismo juego que quienes se encuentran por debajo. Pues llama la atención que, cuando las izquierdas consiguen gobernar, difícilmente pueden llevar a cabo su programa… más allá de lo cosmético. Tarde o temprano, topan con un no es posible, un no que se pronuncia desde el exterior del juego político. Tomarse en serio el poder supone tomar en serio la naturaleza de esta imposibilidad. Y es que el ejercicio del poder no consiste tanto en doblegar como en situar al vencido en la impotencia. El poder, sencillamente, establece los límites de lo posible. Es dentro de estos límites que se despliega el juego de lo político… como si fuera una lucha por el poder. Pero el verdadero ejercicio del poder es anterior a dicho juego. El poderoso no juega, sino que establece las reglas de juego. En este sentido, todo poder es divino. Las leyes democráticas, como sabemos, se justifican como una limitación o distribución del poder. Sin embargo, el poder, por defecto, se sirve de la leyes que, en principio, pretenden limitarlo. De ahí que un pensamiento político que pretenda estar del lado de los que apenas cuentan tenga que comenzar reflexionando sobre aquello de lo que depende, hoy en día, el poder que divide el mundo entre los que valen y los que sobran. Dicho con otras palabras, las izquierdas seguirán dando palos de ciego donde no tengan en cuenta que el tema ya no es tanto la distribución de las rentas generadas por la producción de bienes y servicios como los factores que determinan lo que va a ser aceptado como dinero (y, de paso, su producción). Y no porque quien posee mucho dinero posea mucho poder, aunque también, sino porque el verdadero poder consiste en decidir qué va a emplearse como medio de cambio. Pues el dinero ya no es lo que fue (y aún espontáneamente diríamos que es). Y si hablamos aquí de decisión es porque en modo alguno es obvio que se trate, precisamente, de una decisión. No tiene nada de anecdótico que Facebook quisiera —y siga queriendo— emitir su propia moneda.

desenmascarar a la banca

marzo 22, 2020 § Deja un comentario

Si el dinero es deuda —y hoy en día, lo es—, entonces la deuda tiene que saldarse para que, sencillamente, el dinero no se volatilice. O por decirlo en plata, para que la gente de un día para otro no se encuentren con las cuentas corrientes vacías. Esto es lo que aún no ha entendido la izquierda, cuyos esquemas mentales siguen anclados en el marxismo o, de haberse renovado, en las luchas culturales. La izquierda aún no comprende que un depósito bancario no es dinero en la caja fuerte, sino una inversión. Literalmente. Y en una inversión, el retorno puede ser cero (y esto es lo que ocurre, grosso modo, cuando una banco quiebra). Por tanto, la izquierda haría bien en entender que, en las crisis financieras, no se trató de salvar a los banqueros, sino de salvar nuestro dinero.

Ciertamente, a la banca ya le va bien (y en este sentido, podríamos decir que el Estado es rehén de la banca). Es como si los bancos jugaran en un casino que les permitiese quedarse con las ganancias y, por contra, transferir las pérdidas a la sociedad (vía rescate). Injusto, sin duda. Pero es lo que tiene que el dinero haya pasado a ser un apunte contable —que los medios de cambio se creen concediendo créditos. Esta —y no la plusvalía— es la verdadera raíz de la injusticia hoy en día. La creciente desigualdad nace de que no todos acceden a la vez al dinero fresco, el que emiten los bancos centrales al comprar, a través principalmente de la banca, los títulos de deuda pública con la que se financian actualmente los Estados. Y es que quien accede en primer lugar al dinero fresco puede comprar activos —desde fincas hasta productos financieros— cuando aún están baratos. Pues la inyección de dinero hará que de dichos activos suban de precio. Una jugada redonda… hasta que el castillo de naipes se desmorona.

De ahí que la solución pase por que la creación del dinero no esté en manos de la banca; que los depósitos de la gente estén en el Banco Central. Es lo que defienden algunos de los economistas más lúcidos en estos momentos (y que no son, precisamente, de izquierdas, como Joseph Huber o Michael Kumhof). La banca podría dedicarse transparentemente a lo que se dedican hoy en día los fondos de inversión y sus variantes. De momento, ofrecen productos de riesgo haciéndonos creer que simplemente los depositamos en una caja fuerte. Aun cuando no ignoremos que aprovechan nuestros depósitos para conceder créditos, seguimos ignorando cómo lo hacen y qué implica. La izquierda, por tanto, tiene el deber de desenmascarar a la banca. Y esto supone ir más allá de la subida de impuestos o de la demagogia que consiste en demonizar a los banqueros —o en gritar con el megáfono en mano que la deuda injusta no se paga. No hay deuda injusta, sino en cualquier caso, un uso injusto de la deuda. Por no decir que un banquero puede ser ambicioso o perverso —como también buena gente—, pero que la perversión reside en el sistema. Hoy en día, como siempre, el poder reside en quien tiene el poder de crear dinero. Y actualmente dicho poder reside en la banca.

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando la categoría ECO en la modificación.