estupefacción

septiembre 9, 2025 § Deja un comentario

La filosofía, se dice, comienza con el asombro. Y es así —aunque también podríamos añadir que la sospecha juega aquí su papel. El asombro, en cualquier caso, va más allá de la simple curiosidad. Esta se dirige al cómo, aun cuando este se encuentre agazapado bajo una pregunta por el porqué. Así, podemos sentir curiosidad ante el hecho de que las cosas se caigan cuando las soltamos. O ante el crecimiento de la hierba. En cambio, el asombro es provocado por el simple hecho de que algo sea.

Esto podría pasar por una clasificación escolar… si no fuera que, por debajo de cada uno de estas cuestiones, late una actitud vital, diferentes modos de estar en el mundo. El curioso —y todos lo somos, en mayor o menos medida— sigue siendo un mono, aunque superior. Quien se asombra, sin embargo, queda fuera de juego. Pues no es posible responder a la pregunta del asombro —por qué algo y no, más bien, nada— sin, de algún modo, interiorizar la nada de un puro haber, aquella que abraza, precisamente, cuanto es. Y es por eso que quienes cultivan el asombro serán, de algún modo, transformados por esa docta ignorantia en la que el asombro se resuelve sin suprimirse. De ahí que difícilmente puedan sentirse cómodos en esos lugares comunes que hacen posible, precisamente, la vida en común.

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