elegidos
noviembre 29, 2025 § Deja un comentario
La noción de elección divina ha jugado un papel, me atrevería a decir que constituyente, en la formación del sujeto occidental, el cual tiene dos vectores: el que apunta al sacerdote y el que apunta al übermensch nietzscheano. El punto de partida, como es sabido, fue la autocomprensión de Israel como pueblo elegido. Aquí Israel dio una vuelta de tuerca con respecto a la monolatría inicial: no es solo que Israel tuviera un dios de su parte, sino que, como pueblo, había también sido elegido para dar testimonio a la humanidad del Dios verdadero, lo que no coincide exactamente con un dar cuenta de la verdad de Dios —de hecho, este será el paso que dará Atenas. Esta vuelta de tuerca afecta, es evidente, a la experiencia misma de la divinidad. Al menos porque Dios deja de percibirse como simplemente lo gigantesco. Abraham, el primer creyente, responde a una llamada —y, a partir de ese momento, creer será responder a la invocación de Dios. Y todo responder carga con una responsabilidad.
El profetismo supuso igualmente un paso al frente en esta dirección. Y es que el profeta no es alguien capaz de conectar con la otra dimensión, sino el llamado. El chaman no tiene vocación de chaman. Pero fue en los tiempos de Ezequiel en donde la elección recayó oficialmente en el individuo. La salvación comienza a comprenderse como un asunto judicial: los fieles serán absueltos, mientrras que los impíos, condenados. Paralelamente, desde el horizonte apocalíptico en el que se inscribe el cristianismo, la llamada va adherida a la proclamación: id y anunciad fue el mandato sin el cual la resurrección, de haberla habido, no habría sido más que un fenómeno paranormal.
¿Por qué entonces esto de los dos vectores? ¿Quizá porque la raíz es la misma? Tan solo hizo falta que la palabra Dios perdiera su relevancia social como para que el hombre ocupase el lugar de Dios. El sujeto moderno ya no se comprende a sí mismo como jugando un papel en la historia de la salvación, un relato de trazo cósmico, sino como el que debe transformar el mundo por su cuenta y riesgo, un deber que no responde a ninguna llamada de lo alto, sino únicamente al impulso. Conatus essendi. Como si la llamada procediera de lo más profundo de la psique. Como si la invocación solo pudiera entenderse únicamente como inquietud.
Sin embargo, aquí la sospecha podría ejercerse contra sus maestros. Pues quién se cree el héroe de la transformación ¿acaso no es el títere de una anónima voluntad de poder cuyo principio es el de si es posible, debe realizarse, sean cuales sean las consecuencias? ¿Acaso no es este el principio mismo de la voracidad capitalista?
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