efigies
febrero 6, 2026 § Deja un comentario
La presencia siempre viene cargada de contenido, presupuestos, paradigmas. Así, toda presencia se da en el marco de una cosmovisíón, cuyas coordenadas no se discuten. Y no se discuten —salvo acaso por los filósofos— porque hay imágenes que la refuerzan sólidamente: en Roma, la efigie del emperador era algo así como una constante gravitatoria; en la cristiandad, la cruz. La presencia siempre estuvo acompañada de la espada. O lo que es lo mismo, de una política —de una coerción. Una vez se derrumban las estátuas, solo quedan los afectos personales y la fantasía como salvaguardas de las viejas creencias. No debería extrañarnos que la fe, modernamente, haya terminado apoyándose en el sentimiento de una dependencia fundamental, tal y como sostuviera Scheliermacher. Un débil apoyo, sin duda. Pues conduce, fácilmente, a comunidades de iluminados. La fe devino, así, romántica. En este sentido, Schelling fue más lúcido al afirmar que el monoteísmo es un ateísmo. Como no dejó de serlo cuando añadió, si no recuerdo mal, que el ateísmo es el único punto de partida de una fe que no le da la espalda a la verdad.
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