dar razón

febrero 12, 2026 § Deja un comentario

Por lo común, el creyente permanece pegado a su mapa mental. Es decir, las cosas son —se dice a sí mismo— tal y como las siente. Hay un Dios que se preocupa por nosotros. Y cuanto más pegado, más satisfecho de su fe. Lc 18, 9-14.

Sin embargo, también se le pidió que diera razón de su esperanza. Y este es el asunto: que permanecer pegado supone un haber renunciado a la inquietud por la verdad. De hecho, la reflexión lo intranquiliza. Pues ¿acaso esta no exige tomar una cierta distancia?

Con todo, hay dos modos de distanciarse. Uno es el propio de la filosofía. El otro, el de quienes se encuentran en los Gólgotas de la historia. En ambos, Dios queda en suspenso, aunque esta suspensión —resulta obvio— no afecta por igual al filósofo que a los crucificados a causa de nuestra impiedad. En el segundo caso, el suspenso de Dios se experimenta en carne viva. Por eso, la reflexión altamente especulativa de quien ama la verdad solo será teológica si no la lleva a cabo en su nombre, sino en el de aquellos que se encuentran suspendidos. Como Dios mismo. Ahora bien, de llevarse a cabo, la creencia —mejor dicho, la fe— ya no tendrá como punto de partida el sentirse bien creyendo. Aunque tampoco hablamos de lo contrario.

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