apuntes de última hora: Nietzsche 2

mayo 15, 2026 § Deja un comentario

Para Nietzsche no hay algo así como lo verdadero. De hecho, la referencia a la verdad no deja de ser un instrumento de la voluntad de dominio. Pues quien es capaz de imponer su discurso como verdadero —y, por eso mismo, como indiscutible— tiene, literalmente, las de ganar. Ahora bien, no hay lo verdadero porque no hay hechos objetivos, por así decirlo, hechos que cualquiera puede constatar como lo que es… y punto. Todo hecho carga con un cierto prejuicio. Literalmente. No hay visión de los hechos que no incorpore un cierto saber —una cierta interpretación. Ver es siempre un ver como —un ver esto como aquello. Es por esto que Nietzsche sostuvo que el mundo, en última instancia, reposa sobre la metáfora. Así, pongamos por caso, quien ve un martillo sabe para qué sirve. De lo contrario, no verá un martillo. Y por tanto, quien ve un martillo, ve un clavo… aun cuando ningún clavo esté ahí, junto al martillo. Sin embargo, a pesar de que nos parezca que estamos ante un hecho objetivo, lo cierto es que en el mundo de los antiguos aborígenes de Australia, pongamos por caso, no habían martillos. Por eso mismo, esos aborígenes, de tener un martillo enfrente, no habrían podido ver un martillo, sino que, probablemente, habrían visto un hacha defectuosa. Hay un mundo para cada perspectiva del mundo. Es decir, cada mundo contiene sus propios hechos. Y según Nietzsche, no es posible salir de la perspectiva. De ahí que su concepción de la verdad suela denomniarse perspectivismo.

Ciertamente, estamos ante la definitiva vuelta de tuerca del antiplatonismo de Nietzsche. Pues que estemos instalados en la perspectiva significa que esta no es un modo de ver lo que, como tal, se encuentra más allá de la misma. Para Nietzsche, no hay algo así como lo real-absoluto que se encuentre, de algún modo, más allá de la perspectiva. Según Platón, las apariencias son, por defecto, un modo de ver, una perspectiva. La aparición de lo real —su realización o hacerse presente— siempre es relativa a un punto de vista o sensibilidad. Pero porque constituyen una perspectiva de, las apariencias apuntan a una realidad que, en sí misma, no admite perspectiva. Tan solo cabe un acceso racional a lo real-absoluto —y por eso, lo real en sí o absoluto es idea. En este sentido, hay perspectiva porque hay lo real. Por ejemplo, en cualquier caso veremos un cubo en perspectiva —y si las perspectivas son diversas es porque diversos son los puntos de vista. Ahora bien, si podemos poner encima de la mesa diferentes dibujos de un mismo cubo es porque hay cubo. El cubo en sí o al margen de la perspectiva sería la fórmula matemática del cubo, su idea. Y porque un cubo no es cualquier cosa, su realidad determina lo que puede valer como perspectiva —como un dibujo del cubo.

En Nietzsche, sin embargo, no hay algo así como el cubo más allá de las perspectivas del cubo. La fórmula matemática del cubo —su idea— sería una perspectiva más, sin duda descarnada. Pues, como cualquier perspectiva, obedece a un determinado interés, en este caso, el de la manipulación técnica. Así, para la matemática, un cubo no puede ser, por ejemplo, la figura geométrica de la perfección divina. Que alguien pueda verlo de este modo tendrá que ver, valga el juego de palabras, con él, no con el cubo. No hay realidad en sí que trascienda las apariencias, sino solo construcciones lingüísticas —discursos— que tejen mundos. En consecuencia, tampoco hay, estrictamente, apariencia (pues toda apariencia es, por definición, apariencia de). Que la metáfora esté en la base de los mundos significa que el martillo que usamos no es la ejemplificación del martillo en sí, que es lo que diríamos de mantenernos en el platonismo escolar, sino que hay martillo porque hay clavos —y viceversa: quien ve un clavo ve un martillo. Más: hay martillo y clavos porque hay carpinteros. Y hay carpinteros porque hay hogares. Etcétera. El mundo es un texto. Es decir, una textura. No hay, por tanto, hechos aislados —hechos puros— ni por extensión, cosas que sean independientes del texto al que pertenecen.

De ahí que Nietzche proclame que Dios ha muerto… y no que ahora nos hemos dado cuenta de que nunca ha existido, como cuando los niños comprenden que los reyes magos siempre fueron los padres (esto, en todo caso, es lo que diría un ilustrado, un Hume, por ejemplo). En el mundo antiguo, hubieron dioses. Pero ya no pueden haberlos. De hecho, quien dice que para él hay Dios, con el propósito de refutar a Nietzsche, ya le está dando la razón implícitamente. Pues que Dios haya pasado a ser el objeto de una creencia —al fin y al cabo, de una suposición— solo es posible en un mundo en donde Dios ya no tiene cabida. No es secundario que la palabra creencia ya no signifique espontáneamente lo que significó en el origen. Pues la fe de los primeros creyentes, antes que expresar la suposición de que había un papá en los cielos —pues no necesitaban suponerlo—, refelejaba, más bien, una firme confianza en que, al final, papá se haría presente. Y a su favor.

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