apuntes de última hora: Platón 4

mayo 16, 2026 § Deja un comentario

Platón al preguntarse sobre la justicia —sobre la posibilidad de una polis justa o bella— establece un paralelismo —una analogía— entre la división tripartita del alma y los tipos de hombre. Así, habrán tantos tipos —estamentos, linajes— como dimensiones del alma. Estos tipos se caracterizan por la dimensión del alma que pesa más. Habrán, por tanto, los campesinos, artesanos, comerciantes… cuya vida gira en torno a lo básico, por así decirlo. En estos, el centro de gravedad lo ocupa la dimensión apetitiva del alma. Habrán, también, aquellos cuyo existencia gira en torno a la fuerza, el poder de realización, la valentía, en definitiva, a la parte irascible del alma. Son los guerreros. Finalmente, encontramos a los que no viven más que para la verdad. Hablamos de los filósofos, los amantes del saber. Esto es, aquellos que persiguen lo verdadero más allá de lo que nos parece verdadero. Pues amar es perseguir lo que merece ser perseguido.

Evidentemente, el filósofo vive centrado en las demandas del alma racional. La idea de fondo es que la polis solo logrará ser bella o justa —es decir, sus partes solo conseguirán ajustarse a su debida proporción— donde esté gobernada por quien sabe ser justo consigo mismo, esto es, capaz de gobernarse a sí mismo. Es lo que, en los manuales, cae bajo el epígrafe de la doctrina del filósofo rey. En principio, la analogía entre los diferentes tipos de hombre y las dimensiones del alma le permite a Platón entender la justicia política en los términos morales de un gobierno de sí. Pero, también, hace posible comprender la formación del carácter en términos políticos, esto es, como gobierno de sí. Al fin y al cabo, la libertad —ese estar por encima de lo que nos sucede y no importa, el llevar las riendas de uno mismo— es entendida como un dominio de sí. La injusticia política —el desorden social, el conflicto civil…— es, en el fondo, una injusticia moral, el resultado de ignorar dónde se encuentra la debida proporción, la justa medida, en definitiva, el resultado de un dejarse llevar por lo que, en un primer momento, nos seduce debido a su carácter ilusorio, y por eso mismo, ilusionante, apartándonos de la verdadera aspiración del alma, que no es otra que la que apunta a lo verdadero. Y es que la cuestión tanto moral como política no es qué principios e instituciones deben regular la vida en común, en definitiva, cómo limitar el ejercicio del poder para que no devenga un abuso de poder, una tiranía —esta, de hecho, será la cuestión política de la modernidad ilustrada—, sino quién, de entre los diferentes tipos de hombre, debe gobernar. Cada hombre, ciertamente, posee las tres dimensiones del alma. Pero, teniendo en cuenta que no todas pesan por igual en los diferentes tipos de hombre, la lucidez de cada tipo consiste, precisamente, en aceptar su lugar dentro de una polis justa o bella. Al igual que, en un cuerpo, el estómago debe aceptar que quien gobierna es el cerebro. Un cuerpo en el que mande el estómago fácilmente acabará con problemas de salud.

El principal rasgo del filósofo o sabio en lo que respecta al gobierno, tanto de sí mismo como el de los demás hombres, es la prudencia, esto es, la habilidad para situarse en el punto medio entre dos extremos, según el contexto. La prudencia no es, por tanto, pusilanimidad o apocamiento, sino un saber qué exige cada situación, en definitiva, un saber situarse. Y lo que no exige, sobre todo en lo que respecta a los asuntos humanos, es caer en uno de los extremos entre los que se sitúa la genuina virtud. Se trata, pues, del equilibrio. Es como en el caso del buen cocinero: que sabe encontrar el punto exacto de sal. Y aquí no hay recetas que valgan. De hecho, los asuntos humanos se mueven siempre entre dos contrarios. Así, pongamos por caso, la valentía se sitúa entre la cobardía… y la temeridad. Ambos polos son desproporcionados, uno por defecto, y otro por exceso. Quien se sitúa en los extremos sufre, por tanto, una falta de lucidez. Sin embargo, no sabemos de antemano en qué consiste actuar o decidir con valentía. Pues depende, como decía, del momento o situación. Habrá momentos en los que la valentía se sitúe más cerca de la temeridad, y otros en los que se acercará a la cobardía. Pues hace falta mucho valor para admitir una rendición. No todo el mundo es capaz de saber qué reclama el momento. Hay pocos que sepan cocinar, encontrar el punto exacto de sal.

Platón atribuyó la crisis de Atenas a la demagogia de los sofistas. Como es sabido, estos se presentaban como maestros del uso de lenguaje. Su punto de partida era que, en los asuntos humanos, no hay hechos a los que apelar para demostrar que tal o cual acción es buena o mala. Precisamente, porque, como decía en el párrafo anterior, dichos asunto se mueven entre dos extremos. Todo es mezcla. No hay gesto humano que sea químicamente puro. Así, por ejemplo, en el abrazo de una madre hay, por un lado, amor hacia el hijo y, por otro, amor hacia el vínculo con el hijo. No es exactamente lo mismo.Y, por lo común, no terminamos de saber qué pesa más en cada abrazo. En cualquier caso, nos parecerá que pesa más un extremo que otro. Y ello dependerá de cómo lo enfoquemos —de cómo presentemos la situación. El sofista era especialista en enfocar. Esto es, de hacer ver por medio del discurso, como si fuera químicamente puro, lo que en definitiva es mezcla. Para el sofista no hay la justicia, la belleza, el bien… sino únicamente definiciones formales de lo justo —darle a cada uno lo que merece—, la belleza —la justa proporción entre las partes—, el bien —lo que debe ser—… que únicamente sirven para enmarcan una discusión —para que unoa discusión sobre lo justono termine siendo una confrontación sobre, porejemplo, gustos gastronímocs—, pero qué nada dicen sobre en qué consiste darle a cada uno lo que se merece… etcétera. El hombre, decía Protágoras, es la medida de todas las cosas. La concreción de lo justo, lo bello, el bien… siempre dependerá de la sensibilidad, es decir, de lo que nos parezca. No hay modo, según el sofista, de ir más allá, en relación con estos asuntos. El truco del sofista consiste en mostrar como si fuera indiscutible —esto es, como si fuera un hecho— lo que, en realidad, admite diferentes ópticas. Platón sostuvo que la raíz de la descomposición social es, precisamente, la demagogia del sofista y, por extensión, la democracia. Hoy hablaríamos de populismo. Pues populista es quien sostiene, pongamos por caso, que la inmigración es el cáncer de Occidente. Sencillamente, no es verdad. Aunque tampoco lo es su contrario.

Paralelamente, Platón expulsará a los malos poetas de la polis justa. Y aquí por poeta no hemos de entender a quien, debido a su particular sensibilidad, descubre asombro donde el resto solo ve costumbre, sino a los que divulgan mitos falsos. El mito —las historias ejemplares— configuran en buena medida las expectativas humanas y, por ende, el carácter. Así, por ejemplo, las historias románticas determinan lo que una pareja puede esperar —y, por eso mismo, exigir— de su relación. El problema de ciertos mitos es que nos mantienen en la ilusión, alejándonos de lo verdadero y, por tanto, de la sabiduría que se encuentra en la base de una genuina libertad o, por decirlo de otro modo, de la felicidad. Al fin y al cabo, esta consiste en un saber vivir. En este sentido, por seguir con nuestro ejemplo, podríamos preguntarnos si el mito del amor romántico acaso no regará fuera de tiesto y, por eso mismo, impedirá que las relaciones lleguen a buen puerto al hacerles creer a los amantes que el juego es otro que el que, en realidad, se juega.

Sin embargo, a pesar de lo que suele decirse, la polis justa no es un ideal… al que podamos aproximarnos o que pueda realizarse en mayor o menor medida. O el filósofo gobierna, o no gobierna. De hecho, no es casual que la polis justa sea, literalmente, una utopía. Pues la palabra utopía signica más allá de cualquier lugar (y, por eso mismo, realización). Se trata, pues, de un imposible. Lo que debiera ser no es, por tanto, posible. El porqué de esta imposibilidad reside en una paradoja. Pues el filósofo solo podrá gobernar a los demás si estos le conceden autoridad. Y solo le concederán autoridad si son educados por él. Ahora bien, para que los demás admitan ser educados por el filósofo, antes deberían haberle concedido autoridad. Y esto… dejando a un lado que al filósofo tampoco es que le interese demasiado gobernar una polis. Al fin y al cabo, el modo de ser del filósofo no termina de hacer buenas migas con los lugares comunes —los tópicos— que hacen posible la convivencia.

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