implicaciones epistemológicas de la caída
mayo 20, 2026 § Deja un comentario
Podemos decirlo de diferentes modos. Por ejemplo, que existimos como arrancados. O como animales caídos. Es lo que Hegel —y aquí utilizamos el lapiz depunta gruesa— denominaba conciencia infeliz o instisfecha. De ahí, el que nunca nos terminemos encontrando en donde estamos. Esto es, de ahí la inquietudcomún.
Sin embargo, me atrevería a decir que no es exactamente lo mismo comprenderse a uno mismo como arrancado que como caído. En el primer caso, lo real-otro es lo que ha sido dejado atrás. Y, por eso mismo, podríamos entender platónicamente nuestra insatisfacción congénita como nostalgía de absoluto —o si se prefiere, de los cielos. En el segundo, sin embargo, el giro es distinto. Pues, aun cuando también podamos entendernos desde esta óptica como separados de una genuina alteridad, el acento es puesto en el mundo como el único mundo que hay. Aquí, antes que como separados, nos experimentamos como formando parte (y porque antes fuimos separados…sin posibilidad de retorno). El mundo, por consiguiente, no es lo que se sitúa objetivamente frente al yo, como si el yo se ubicase fuera del mundo, sino como lo que produce, precisamente, la conciencia del mundo. Como si esta fuese, en definitiva, un bucle de la tierra. Ahora bien, lo que esto último implica es que el significado no es algo que se añada espuriamente a la descripción matemática del mundo, sino que penetra sus entrañas. En este sentido, el mundo es texto.
Ciertamente, lo anterior identifica apariencia y mundo… con lo que la reflexión, en tanto que problematiza los presupuestos de cualquier cosmovisión, se revelaría como un mero juego de palabras. Sócrates, a ojos de muchos de sus contemporáneos, fue un retórico más, aunque quizá fuese el más hábil. Sin embargo, el resultado de la reflexión no es una cosmovisión más ajustada, sino un descrédito de cualquier cosmovisión —de las apariencias. Se trata, obviamente, de la paradoja del saber que sabe que, en el fondo, no se sabe. Pues las apariencias, en definitiva, son la realización de lo real… y por eso mismo, lo real se revela como nada en concreto, comola tensión del vacío. Y esto equivale a decir como una pura exigencia de realización… en tanto que la nada de un puro haber absoluto es no siendo nada y, por eso mismo, debe ser algo.
De ahí que para los sócrates quepan dos salidas: o bien, permanecer en la atalaya del espectador como arrancado; o bien, abrazar irónicamente las apariencias. Como el actor que asume su papel sabiendo que es un papel… pero que aceptando que, tras el mismo, no hay ningún rostro. No es lo mismo.
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