el ver y la verdad

junio 15, 2026 § Deja un comentario

Vemos las cosas como las vemos. Así, podemos ver a cada mujer y a cada hombre como si tuviera que soportar un destino, un karma. Pues no toda suerte es igual. O podemos verlos bajo la tutela de su daimon. Aquí el ver va con el ver como, en definitiva, con el creer: esto como aquello. Y aquí nadie elige el como. Viene gratis con la época, la circunstancia. La creencia es, en este sentido, espontánea.

Sin embargo, solo hace falta que nos interroguemos por su verdad para que demos un paso atrás. La teoría —literalmente, ver las cosas desde la distancia del dios— fue, como sabemos, un invento griego, un invento que produjo un nuevo tipo de sujeto, el individuo. Un individuo es un aislado, un outsider. Y no porque sea socialmente un paria, sino porque su punto de partida es la escisión de sí: sabe que la tierra no es plana… aunque siga viéndola —y procediendo— como si lo fuera. El problema político es que el como sí se impone como incuestionable —y de ahí la marginalidad de los sócrates. Hay verdad, pero no para el nosotros. Al fin y al cabo, el trayecto que se inicia con el examen de uno mismo terminará en la perplejidad: lo divino sostiene el mundo; pero lo divino como tal es la negación de sí de la nada. El solo sé que no sé nada no fue una boutade. Pero tampoco, el eppur si muove. La intimidad se alimenta del secreto, siendo la ironía —la distancia hecha carne— su expresión más cruda, a pesar de la risa tracia que provoca. Así, la escisión interior encuentra su envés político en la escisión de los habitantes de la ciudad. La lucidez siempre fue dramática.

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