los discursos del odio

junio 30, 2026 § Deja un comentario

El origen de los discursos del odio es, sin duda, el resentimiento. La guerras fraticidas arraigan en la envidia de Caín. Ciertamente, podemos estar tentados de juzgarla como inmoral. Pues es verdad que la envidia no nos deja en paz —y que, por eso mismo, termina pudriendo el alma del envidioso. La virtud de Abel, frente a Caín, fue que daba lo que le había sido dado. Y esta actitud es, desde luego, más sana que la de quien vive sometido a la voluntad de dominio. No deberíamos olvidar que Caín fue el fundador de la ciudad. Y sus muros, según el texto bíblico, no solo nos preservan del enemigo, sino también de Dios. O mejor dicho, crean el enemigo… al protegernos epidérmicamente de quienes pretenden esclavizarnos —y digo epidérmicamente porque se trata, al fin y al cabo, de una reacción natural—. La marca de Caín nos da a entender que Abel no se presenta como una solución al conflicto político. Es, más bien, la figura humana del retroceso de Dios. Tras la expulsión del Edén, hemos de contar con la ciudad y sus muros. La vergüenza es el envés de la pérdida de la inocencia —y, por ende, del asesinato. A lo sumo, habrá quienes sigan dando lo que les ha sido dado. Pero serán la excepción y, por eso mismo, el signo de. Abel es, en el fondo, una figura monacal.

Sin embargo, donde unos tienen de más a costa de los que tienen de menos será inevitable ver ese exceso como una afrenta. Basta con imaginar que eres esa madre que implora caridad para alimentar a su recién nacido… mientras, los que sí podemos hacerlo, pasamos de largo. El no hay derecho es inseparable, como categoría política, del resentimiento. Habrá, como decía antes, quienes logren separarlo —y es bueno que los haya. Pero, también como decía, serán los menos. Las guerras fraticidas siempre encontraron su impulso inicial en el pan de cada día —o, mejor dicho, en su falta. Otro asunto es que los discursos del odio adquieran una dinámica propia. Así, fácilmente, terminaremos vomitando nuestra mierda sobre aquellos que consideramos tarados. Pues, al fin y al cabo, ellos representan lo que rechazamos de nosotros mismos. No es casual la catarsis que provocan dichos discursos. Y ahí reside su peligro. Un peligro mortal.

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