origens
septiembre 5, 2026 § Deja un comentario
Originariamente, un dios exige un trato, una negociación. Del trato va la experiencia primordial de lo divino —y aquí se inserta el sacrificio y su lógica del do ut des—. Es lo que tiene enfrentarse a un poder excesivo. También, sin embargo, cabe la manipulación. De ahí la magia: poder contra poder. En la selva, prevalecen los sortilegios. En campo abierto, el comercio. En la selva no suelen haber volcanes estallando. Simplifico, obviamente.
Pues bien, un Dios intratable —un Dios que sustituye la negociación por la Alianza— debió de parecer algo así como un oxímoron para la mentalidad pagana, es decir, campesina. Pues ¿cómo puede ser divino un Dios que no se manifiesta como dios, sino como el silencio que cubre por igual los campos de amapolas que los de la muerte —como el Dios del séptimo día—? Más aún: ¿acaso no fue provocador que Israel, tras el exilio, proclamará que no hay otro Dios? Dios en verdad nunca se expuso en presente indicativo. Ni siquiera indirectamente. Tras el muro, no hay nada que ver.
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