verdad y apariencia
octubre 5, 2026 § Deja un comentario
La reflexión, ese volver sobre lo dado y, en concreto, sobre lo que damos por descontado, nos empuja a admitir que la verdad de lo real —sus carácter inalterable— no coincide con ninguna descripción del mundo, al fin y al cabo, de los hechos. Pues estos siempre vienen cargados de significación. Y lo real, en cuanto tal, muestra el rostro de la Esfinge: nada que decir. El significado es un texto —una textura—. El martillo, por ejemplo, remite al clavo. De haber un martillo que no remitiese a un clavo, entonces no sería un martillo… sino algo cuyo significado se establecería por analogía. Así, ese martillo sería, pongamos por caso, un hacha defectuosa. Un martillo solo es un martillo en un mundo en el que también hay clavos.
Hay tantos mundos como textos, aunque la exterioridad —un ahí sin mundo— sea siempre una y la misma. Los hechos tienen que ver con el cómo se nos presenta —con el aparecer—, no con el carácter absoluto de un puro haber, de lo real en sí. Hay el haber —y como el haber de las cosas—. Pero sin este como, el haber es, sencillamente, el acontecimiento fundacional y, por extensión, el non plus ultra de la reflexión. No es posible ir más allá del hay el haber.
Ahora bien, lo cierto es que se trata de un acontecimiento paradójico. Pues el puro haber no es nada, al margen de su realización como el haber del mundo. Es no siendo nada. Dicho de otro modo, la negación de sí —el no (es nada)— es inherente a la nada de un puro haber. Por eso mismo, hay algo en vez de nada y, en definitiva, tiempo. Hay el haber. Pero nada hay que no se realice. Y el haber, en cuanto tal, se realiza negándose a sí mismo: es su negación de sí. De ahí que las cosas que hay —el mundo— sean la realización del puro haber. Ciertamente, la Creación tuvo lugar ex nihilo.
A partir de aquí, cualquier habla sobre lo que es —que si hay una divinidad personal o, más bien, un espíritu de interconexión, vida post mortem o reencarnación, libertad o dependencia…— sea, en el fondo, un hablar por hablar. Da un poco igual. La significación —el mundo— es un intento de descifrar el rostro de la Esfinge, el espejo en el que la Esfinge intenta decirse a sí misma qué o quién es. Pero porque la Esfinge es la Esfinge, los mundos —su sentido— tienen que fracasar. Al fin y al cabo, el habla pretende fijar con la cópula lo que no admite fijación. Pues no hay luz sin oscuridad —y viceversa—. Es lo que tiene que la nada se realice como lo otro de sí. En cuanto es late la sombra de su contrario. Así, por ejemplo, en el abrazo de un madre hay amor. Pero también retención. El Sí va con el No. El juicio separa, divide. Y así decimos “este es el abrazo del amor”… aunque el veredicto sea, en realidad, provisional. Pues el polvo sigue ahí, bajo la alfombra. Y quizá sea por esto que, para Israel, el juicio sea algo propio del final de los tiempos. La cuestión no es qué es sino qué acabara siendo… si es que hay un final.
Ante lo real-absoluto —frente a lo inmodificable, lo decisivo o último— no cabe, por consiguiente, un saber. En cualquier caso, la decisión. Ex 24,7: Na’asé ve-nishmá (primero haremos y, luego, ya entenderemos). La sentencia parece talibán. Pero está lejos de serlo para quien ha visto más de la cuenta. O Dioniso, o el Crucificado. Dios no nos debe ninguna explicación.
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