un juego de espejos
noviembre 7, 2026 § Deja un comentario
En el fondo, sabemos que no valemos gran cosa. Este es nuestro punto de partida. Cenicientas. De ahí la búsqueda de alguien que nos juzgue, que nos diga lo que valemos. Hablamos de la figura del padre. Pues un padre —no necesariamente nuestro progenitor biológico— es quién decide nuestro valor. También, hablamos de la figura de la madre. Sin embargo, su amor es incondicional. Para una madre, el hijo ya vale por el simple hecho de nacer. La madre hace posible algo así como una confianza básica, de fondo. Sin embargo, esta confianza, siendo determinante, no es suficiente. El mundo nos exige aportar valor. No basta con nuestra presencia, con simplemente estar ahí. De ahí la importancia de una figura paterna, la que corta el vínculo umbilical con la madre. Dime quién es tu padre y te diré quién eres.
El error consiste en confundirnos de padre —en creer que quien nos juzga es la gente, es decir, cualquiera—. En ese caso, seremos cualquiera, al estar sojuzgados por lo impersonal —por lo que se dice, se hace—. Al fin y al cabo, somos la respuesta a la demanda del padre. ¿Por qué, sin embargo, se trata de un error? Porque la gente juzga por las apariencias, por lo que tenemos de valioso, por nuestra propiedades, en definitiva, por nuestro éxito o brillo —y quizá no sea casual que exitus signifique, originariamente, morir para uno mismo—.
Por lo común, para una mujer, el padre es el príncipe, el hombre que verá en ella lo que nadie más ve, precisamente, su valor. Una mujer, por lo común, es juzgada —y redimida— por quien la ama. En cambio, para un hombre, también por lo común, un padre es un héroe, un comandante. Es quien nos lanza a la misión —y, por eso mismo, nos libera del bucle narcisista: tú no importas, importa lo que debes hacer en nombre de lo que se encuentra más allá de uno mismo—. Con todo, cuando regresemos no habrá ningún padre esperándonos. Y de ahí que debamos ocupar su lugar.
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