la historia interminable
diciembre 23, 2011 § Deja un comentario
Abraham concibe a Isaac ya anciano. Las mujeres santas que pueblan los relatos bíblicos —las madres de Israel— fueron, en su gran mayoría, mujeres estériles. Los tiempos de Dios son, sin duda, tiempos finales, aquéllos en los que hombre, enfrentado a su propia impotencia, ya no puede esperar nada de sí mismo, ningún futuro, ningún happy end. De ahí que los relatos bíblicos insistan en el carácter humanamente increíble de los tiempos de Dios. Dios, o mejor dicho, todo lo debido a Dios ocurre como lo sobrehumano del hombre, esto es, como aquello del hombre que el hombre en modo alguno puede reconocer como una de sus posibilidades. De ahí que los tiempos finales solo puedan ser vividos como un tiempo imposible. Y de ahí también que esos tiempos no sean los de un yo que, por defecto, se sostiene sobre una buena imagen de sí mismo. El hombre de los tiempos de Dios es incapaz de decir impunemente ‘yo’. El yo de los tiempos de Dios ya no vale como yo. Estrictamente hablando es un resto, un clamor, un cadáver andante. Por eso la vida que ese infrahombre pueda darnos —y, por eso mismo, recibir— no puede comprenderse propiamente como suya… aunque tampoco como una vida solo de Dios, como si se tratara de la posesión divina de un cuerpo inerte. Quizá sea por eso que el lenguaje de la fe suponga la quiebra del mito religioso según el cual el hombre y Dios permanecen cada uno en su lugar. Y es que no hay mito que pueda soportar que la vida que podamos esperar más allá de la muerte no sea la que se nos concede desde el más allá al modo de una recompensa, sino la de un Dios que solo puede dar esa vida renunciando precisamente a su divinidad.
J no fue, ciertamente, Eurípides
diciembre 23, 2011 § Deja un comentario
El Dios bíblico no interviene en el mundo de los hombres a la manera del deus ex machina de las tragedias de Eurípides. Si YHWH exige fe y no culto —si no hay culto que valga para YWHW— es porque YWHW no se encuentra ahí para garantizar el futuro del hombre siempre y cuando el hombre haga lo debido. La relación del creyente con el futuro de Dios es la relación de quien solo puede confiar, en medio de la perplejidad de Job, en que el Sí tendrá la última palabra… aunque no sepa ni el cuándo, ni el cómo, ni el dónde. Para un creyente, el futuro solo puede darse como promesa de Dios, en el doble sentido de este ‘de’. El cristianismo, de hecho, es un judaísmo que comprende que la promesa de Dios solo puede realizarse como el darse mismo de Dios. Desde los ojos de la fe, el futuro del hombre se encuentra ligado al futuro mismo de Dios y, así, los tiempos finales, los días del cumplimiento, difícilmente pueden ser vistos de otro modo que como un tiempo imposible, o por decirlo a la manera de los teólogos, como un fin del tiempo o eternidad, al fin y al cabo, como el acontecimiento de un Dios que, en su mismo acontecer, pone fin a la Historia. De ahí, que la apocalíptica no pueda desligarse de la experiencia creyente sin que esta misma experiencia se transforme en una religión entre otras. Estrictamente, no se trata de un supuesto —no se trata de oponer ingenuamente un optimismo naïve al pesimismo lúcido de quien contempla el naufragio de los hombres sub specie aeternitatis—, sino de la ciega confianza que se desprende, como el aliento en quien respira, de la experiencia misma de la vida como aquello que nos ha sido dado en el seno mismo de la muerte… por un Dios que no aparece de otro modo que como esa misma vida dejada de la mano de Dios.
nihil obstat (y 2)
diciembre 18, 2011 Comentarios desactivados en nihil obstat (y 2)
Puede uno pasar por cristiano, no porque cree, sino porque logra velarse a sí mismo su incredulidad, que en su desnudez le causaría horror.
Karl Rahner
nihil obstat
diciembre 15, 2011 Comentarios desactivados en nihil obstat
No podemos fugarnos de la cárcel de nuestro corazón. El hombre puede, sí, material e imaginativamente, emprender trabajos, proyectar viajes, entregarse por entero al goce; puede procurarse un trato amable con el resto de los hombres; puede aturdirse con mil recursos y evasiones para huir de aquella conciencia silenciosa, perforadora, implacable, la conciencia de la soledad, del sin-sentido, de la nada de las cosas.
Kar Rahner
el tamaño no importa
diciembre 14, 2011 § Deja un comentario
Toda alteridad se alza.
passive atack
diciembre 13, 2011 § Deja un comentario
Hay en nosotros un pasivo que se resiste a la acción. Se trata del no que habita en lo más profundo de nuestra psique, de una desafección de fondo que ahoga las pretensiones de realizar algo de valor. Puede que la libertad no consista tanto en la posibilidad de elegir sin coacciones —pues no puede haber acción que no pueda comprenderse como reacción—, sino en el hecho de vencer esa resistencia, esa pasividad que de tan íntima creemos que es lo más verdadero que hay en nosotros. Puede, por tanto, que no haya más libertad que la de quien se vence a sí mismo. La cuestión, sin embargo, es en nombre de qué puede darse esta victoria, pues el mundo parece hallarse del lado de ese agujero negro de la existencia que es nuestro no.
ideen
diciembre 13, 2011 § Deja un comentario
De lo real —de su impasible alteridad— tan solo tenemos una idea. Lo real siempre se encuentra ahí, pero como algo ajeno, extraño, otro. Sobre el aparecer mismo de lo real siempre recae la sospecha de que es algo demasiado nuestro —demasiado a medida de nuestra receptividad— como para que merezca nuestra admiración. Y así, mientras tanto, nosotros seguimos con nuestras cosas, yendo de aquí para allá, como si importase.
estado sólido
diciembre 12, 2011 § Deja un comentario
La soledad, esa piedra masculina que reposa en una habitación sin horas, como un planeta hermoso y advertido.
Una fruta de hierro.
R. Courtoisie
ellos
diciembre 10, 2011 § Deja un comentario
A veces las preguntas son muy simples. En cristiano, solemos decir que el pobre nos juzgará. Que el sí o el no de nuestra existencia lo decidirá, por ejemplo, aquel desgraciado de la esquina que pide para poder seguir metiéndose en el estómago sus dos o tres tretabricks diarios de don Simón. Pero ¿hemos de entender que efectivamente habrá un día en que seremos juzgados junto al resto de la humanidad y este pobre hombre se encontrará frente a nosotros, aunque sea bajo la forma de un espectro, para decretar si nos salvamos o nos hundimos? Y si no es así tal cual, un cristiano honesto debería poder decirnos en qué sentido hemos de entender lo anterior.
desire
diciembre 9, 2011 § Deja un comentario
Supongamos que uno comienza a sentir un cierto desapego hacia aquella mujer que ama. No es lo mismo decirse que uno ya no siente lo mismo que antes, que decir, como los antiguos griegos, que el espíritu (o el dios) de la desafección se ha apoderado de uno. Quien se dice a sí mismo lo primero es porque se identifica con esa desafección, en general con su inclinación más intensa, e intentará, consecuentemente, seguir su empuje. Su tema será, por lo común, el de cómo realizar un deseo que se concibe como el único indicador de la felicidad. En cambio, quien se dice lo segundo, quizá tenga más posibilidades de enfrentarse a sí mismo, pues es más fácil extirpar un deseo que se comprende como si se tratara de un tumor. Aquí la identidad no depende tanto del deseo como de saber a qué debe responder la propia vida, cosa que solo llegamos a entrever donde hemos encarado el final. Cualquier deseo que no se encuentre alineado con este sentido de la deuda es, por consiguiente, una interferencia. No es casual, pues, que el carácter sea hoy en día algo tan excepcional. Un consumidor, eso que somos al fin y al cabo, no es más que un niño malcriado, alguien que cree con excesiva ingenuidad que todo acontece según la medida de su sensibilidad.
lo tahmod
diciembre 9, 2011 § Deja un comentario
El deseo, en sus inicios, depende ti. Luego tú dependes de él.
teofanía
diciembre 8, 2011 Comentarios desactivados en teofanía
Eliminar el mito para reemplazarlo por una vivencia religiosa presuntamente más pura significa renunciar a la cercanía del Dios.
Walter F. Otto
superstitio
diciembre 7, 2011 § Deja un comentario
El creyente auténtico, el verdadero, no puede ser otra cosa que un supersticioso. Y es que la posición típica del creyente cuando invoca a Dios, ese característico estar de rodillas, no es originariamente un modo entre otros de expresar la fe, sino la corporización misma de lo divino. El término latino superstitio significa, de hecho, un detenerse ante lo que nos supera, una parálisis. La cuestión es qué produce nuestra superstición. Para la típica sensibilidad religiosa de hoy en día, la inmensidad del cosmos, su inabarcabilidad. Lo habitual es sentirse extasiado ante las medidas del universo, ante el hecho de que un millón de años sea apenas un comienzo. Para muchos de los hombres y mujeres de sensibilidad religiosa sigue valiendo hoy en día lo que valía para el antiguo, aunque sea bajo otros ropajes: lo divino es siempre cuestión de tamaño. Sin embargo, para un creyente —y esto es así desde los tiempos bíblicos— lo que provoca su parálisis, lo que le obliga a arrodillarse, no es tanto la grandeza, la aparición de lo paranormal, sino el hecho de que el cosmos por entero se encuentre sometido a la nada de Dios. Que el todo no sea todo. Es por eso que quien se arrodilla de verdad —quien sufre de superstición— no sea aquél que supone que eso es lo que debe hacer para ponerse en contacto con lo divino, sino aquél que se halla doblegado por la imposible trascendencia de Dios, por su intratable silencio. Como si de Dios no pudiéramos tener otra cosa que el testimonio creyente. Al fin y al cabo, un creyente permanece de rodillas porque, poseído por la altura de Dios, es incapaz de comprender. La vida es un misterio, no porque sea muy difícil de explicar cómo fue posible la vida, sino porque la vida solo puede dársenos bajo el horizonte mismo de la muerte. El misterio es de qué va el sí, cuando el sí es una excepción. Lo dicho: una superstición.
Suzanne
diciembre 7, 2011 § Deja un comentario
Jesucristo fue marinero hasta que comprendió que solo podían salvarse los que se estaban hundiendo.
Parménides
diciembre 6, 2011 § Deja un comentario
¿Qué cabe decir de la realidad? Pues que podemos verla, tocarla, olerla… La realidad es la realidad de las cosas, de todo aquello que podemos traernos entre manos. Al menos eso es lo que diríamos con un mínimo de sentido común. Por eso resulta cuanto menos chocante que Parménides dijera aquello de que la realidad como tal nunca puede ser objeto de nuestra sensibilidad; que toda apariencia es el encubrimiento de una realidad de la que tan solo podemos saber aquello que todo decir algo de algo —todo logos o razón— da por descontado: que es una, imperecedera, ilimitada. Esto es, que no es cosa en absoluto. De aquí a decir con Platón que de la realidad como tal solo podemos tener una idea hay un paso. Ahora bien, lo cierto es si podemos ver las cosas como esas cosas tan reales de ahí afuera es porque su realidad sigue siendo algo pendiente, porque, en definitiva, la realidad, aquello definitivo y en verdad otro de las cosas que vemos ahí afuera es aquello que siempre queda por ver en nuestra visión de las cosas. Luego dirán que no hay más cera que la que arde.
el fumar mata
diciembre 6, 2011 § Deja un comentario
¿Es Dios alguien para sí mismo? Si lo fuera, entonces no acaba de coincidir consigo mismo y, por consiguiente, se encontraría pendiente de reconciliación. Dios estaría en falta, al igual que los hombres. Pero no parece que la mayoría de los creyentes de hoy en día estén dispuestos a sostener esto. Pero si, por contra, Dios coincidiera consigo mismo, entonces no podríamos decir que fuese propiamente alguien, esto es, una persona. Dios sería, en este sentido, algo como pueda serlo una fuerza o una energía… y el hombre se hallaría, sin duda, por encima de Dios. Pues quien se encuentra más allá de sí mismo es más que aquello que no es más que lo que es. Con todo, la tradición bíblica se decanta por la primera opción. Según esta tradición, el hombre es la imagen de Dios. Y esto, entre otras cosas, significa que Dios quiere reconocerse en un hombre… con el que no acaba de identificarse. Aquí ocurriría lo que en el caso de esos jóvenes que se pasan la tarde mirándose al espejo: que porque no acaban de reconocerse en su imagen, buscan su mejor versión para poder, al fin y al cabo, admitirse. Así pues, si Dios es persona —si Dios es alguien para sí mismo—, entonces Dios no puede dejar de buscar, a la manera de una divinidad adolescente, lo mejor del hombre… para poder reconocerse en él. O, por decirlo de otro modo, Dios cuando ama al hombre, esto es, cuando le persigue con sus exigencias, no deja de amarse a sí mismo. Dios pretende embellecer al hombre para poder decir yo soy ése del mismo modo que la chica se maquilla ante el espejo para poder decir, contra sus temores iniciales, que ella es, al fin y al cabo, esa bella imagen. Dios no sería, por tanto, el ideal del hombre, sino que el hombre que Dios quiere es, por decirlo de algún modo, el ideal de un Dios que originariamente no puede decir otra cosa de sí mismo que yo soy, de un Dios que no acaba de ser sin el hombre, un Dios que, al fin y al cabo, tiene pendiente su modo de ser. Por eso resulta tan extraño que Dios termine por decir yo soy ése, siendo ése un Crucificado. Pues nadie puede reconocerse en un desecho sin negarse para siempre, es decir, sin morir para sí mismo. Que la mejor imagen para Dios sea la de un hombre que cuelga de un madero como un abandonado de Dios no puede representar otra cosa que el fracaso de Dios a la hora de transformar al hombre en un alma bella. Como si Dios, en definitiva, se viera obligado a admitir que no puede mostrarse de otro modo que como un hombre dejado de la mano de Dios. Sin embargo, es en medio de este fracaso que todo comienza de nuevo, para el hombre… y también para Dios. No casualmente, Pablo habla de nueva creación o de una humanidad nueva a la vista de la Cruz. El fracaso de Dios, su aceptación del hombre tal y como es, su renuncia a embellecer al hombre —lo que en teológico decimos su misericordia, ese incomprensible ponerse en manos del hombre— obliga al hombre a admitir su separación de Dios como aquello con lo que ha de contar sea como sea. Del mismo modo que todo comienza de nuevo para esa chica que admite que no es más que el adefesio que el espejo se encarga de mostrarle una y otra vez con cruel insistencia. Dios, por otro lado, ya no puede concebirse más allá del Crucificado. Tras la Cruz, lo único que tenemos de Dios es el Espíritu de esa reconciliación entre Dios y el hombre. Es obvio que el Dios que aquí se trata —el Dios que abraza la deformidad del hombre, el Dios que se humilla hasta identificarse con el abandonado de Dios— no es la divinidad que aguarda la ascesis, la purificación del hombre. No otra cosa pretende decirnos el dogma de la Trinidad. Para que luego algunos digan por ahí que esto de la Trinidad es una fumada, cuando lo cierto es que quien tiene nublada la vista lo primero que tendría que hacer es, precisamente, dejar de fumar.
Os 6,6
diciembre 3, 2011 § Deja un comentario
Que Yavhé no quiere sacrificios, sino justicia es algo sabido. De hecho, el monoteísmo se sostiene en gran medida sobre esta convicción. Y, por lo común, esto se entiende de manera muy elemental: lo que quiere Yavhé no es lo que quieren el resto de lo dioses. Ahora bien, que un dios no quiera sacrificios es como si una mujer rechazara el anillo que le ofrece su prometido… a quien, por otro lado, dice querer con locura: algo no acaba de funcionar. Una mujer que no acepte la ofrenda de su prometido es una mujer que no quiere sentirse obligada a responder en igual medida. Es decir, no quiere sentirse en deuda con él. Sin embargo, ¿quién puede amar, si de algún modo no se siente en deuda con aquel o aquella a quien dice amar? ¿Acaso los amantes no se deben, uno al otro, la vida? Es sabido que en la Antigüedad, el sacrificio ritual –la inmolación de las vírgenes– no pretendía otra cosa que obtener el amor de la divinidad, su bendición, su correspondencia. Los pueblos le entregaban a su dios lo mejor que tenían, las vidas más puras. En este contexto, un dios que rechazase el sacrificio de su pueblo solo podía comprenderse como un dios que no quería saber nada de su pueblo. Por tanto, Yavhé se revelaba, cuanto menos, como una divinidad difícil, insatisfacible, por no decir, caprichosa: una divinidad que abandonaba a sus elegidos. Ahora bien, supongamos que la mujer de antes fuera una mujer pobre, cuyos hermanos pequeños llevasen días sin comer. La situación cambia y mucho: ella no puede aceptar la ofrenda de su prometido… si antes no ha saciado el hambre de sus hermanos. Es como si ella le dijera: si me quieres de verdad, dales de comer. O también: no puedo responderte —no puedo estar por ti— mientras ellos se mueran de hambre… La moraleja es inmediata: Yavhé no puede satisfacer la necesidad religiosa del hombre, mientras hayan quienes sufren un mundo a todas luces injusto. Bíblicamente, no cabe, pues, una relación directa con Dios. O, por decirlo de otro modo, Dios responde a la necesidad religiosa del hombre con una llamada —un mandato— insatisfacible y no con una intervención que nos hiciera sentir como los más afortunados de los hombres. Que, con todo, sigan habiendo quienes sostengan que el Dios bíblico es una divinidad entre otras, como si de lo que se tratase es de obtener su favor, aunque éste fuera el de un corazón puro, es algo que no puede producirme otra cosa que perplejidad. Como si no supieran leer.
mil quinientos metros lisos
diciembre 1, 2011 § Deja un comentario
Resulta obvio que sin reflexión no vamos muy lejos. Otra cosa, sin embargo, es qué merece nuestra reflexión. Por lo común, la reflexión tiene que ver con el cómo. Así, un corredor de los mil quinientos suele preguntarse sobre la mejor manera de plantear la carrera. Y quien no lo hace no suele ganar. Ahora bien, la reflexión también puede afectar a la meta: ese mismo corredor también podría preguntarse qué sentido tendría ponerse a correr… teniendo en cuenta, por ejemplo, que nos vamos a morir. La primera cuestión no divide a los hombres. O mejor dicho, la diferencia entre quien se pregunta por el cómo y quien no puede que sea anecdótica. Tiene que ver con la efectividad de lo que hacemos, al fin y al cabo, con lo que exige nuestra adaptación a las circunstancias. La segunda en cambio divide a los hombres sustancialmente. Pues quien se pregunta por el sentido de las metas habituales no suele comenzar la carrera. Su vida queda, como quien dice, en suspenso. Por eso no es causal que los primeros triunfen y los segundos no. Lo soprendente es que un Platón viera en Sócrates, acaso el primero que hizo de su vida un interrogante, a aquél que, a diferencia del resto, supo vivir en verdad. Pero lo cierto es que de esta lluvia vienen nuestros lodos, esto es, Occidente, pues solo en Occidente aquellos que se han convertido en un problema para sí mismos alcanzan algo así como una grandeza de espíritu… aunque sea al precio de no saber cómo ubicarse en este mundo. De ahí que la cuestión de la política en Occidente sea, precisamente, la de cómo conciliar una vida lograda con una vida en común, cuestión que, no obstante, acaso solo pueda resolverse en falso.
canal plus
noviembre 30, 2011 § Deja un comentario
Si somos algo más que un manojo de impulsos es porque podemos decirnos que no somos más que un manojo de impulsos. No es lo mismo un chimpancé que un chimpancé que es consciente de ser un chimpancé. El primero es un chimpancé. El segundo algo menos que un chimpancé… pues lo cierto es que si es algo más será porque no acaba de reconocerse en aquellos rasgos que lo caracterizan como chimpancé. Tan solo puede decir yo quien no coincide consigo mismo, quien no es lo que parece.
casi elemental
noviembre 30, 2011 § Deja un comentario
No deja de ser curioso que quien cuida de sí mismo no se preocupe demasiado de sí mismo. Quien cree que su valor depende de que su figura o su carácter se correspondan con lo que marcan los cánones, difícilmente podrá soportarse cuando su figura o su carácter no coincidan con lo esperado… cosa que, por otro lado, es lo habitual. Como si al cabo una cierta libertad de espíritu, ese socrático dominio de sí, solo pudiera darse a quien, habiendo dejado de mirarse al espejo para saber quién es, se encuentra más allá de sí mismo, enajenado de toda inmediatez, por obedecer a una demanda insatisfacible. Quien cuida de sí mismo no suele, pues, encontrarse allí donde está. Tenía razón Northrop Frye cuando decía que no hay más que dos tipos de personajes literarios: los que están a favor de la búqueda y los que no. O por decirlo de otro modo, lo que siguen buscando aun cuando encuentren y los que creen haber encontrado lo que solo pueden retener y, por consiguiente, tirar.
rodilleras
noviembre 29, 2011 § Deja un comentario
El primer capítulo de la serie que Kieslowski dedica al decálogo nos da una pista de lo que pueda ser una oración. El hombre, tras la muerte del hijo, no puede hacer otra cosa que doblegarse. La cuestión es ante qué. Y lo que filma Kieslowski es, sencillamente, la verdad del monoteísmo, a saber, que quien permanece de rodillas ante Dios –quien se encuentra sometido a su realidad– permanece ante la imagen inerte de Dios, ante su silencio. Como si solo pudiera en verdad dirigirse a Dios quien sufre la altura de un Dios que abandona a sus elegidos. Como si, al fin y al cabo, no fuéramos otra cosa, ante lo inevitable de la muerte, que este permanecer a la espera de un Dios cuya existencia ni siquiera podemos honestamente suponer.
carpe diem
noviembre 29, 2011 § Deja un comentario
No es posible vivir el momento, si no vamos más allá del momento. Quien dice vivir el momento sin ser consciente de su final, no vive el momento sino, en cualquier caso, un amasijo de sensaciones. En definitiva, nada extraordinario. Pues acaso lo extraordinario solo pueda dársenos como el fracaso de lo ordinario en su intención de ser algo definitivo, excepcional.
6:00 am
noviembre 28, 2011 § Deja un comentario
Lo más cierto es que no viviremos siempre. Tarde o temprano llegará el día de nuestra muerte. De aquí a unos años —o quizá de aquí a unas horas— la vida seguirá sin ti. Pero tampoco vivirá eternamente ese cuerpo que acaricias. Murieron tus padres. Morirá tu esposa. Morirán tus amigos. También morirán tus hijas. Ninguno de tus contemporáneos vivirá de aquí a cien, doscientos años. Nuestro cuerpo se revela como el mero portador de una vida que se reproduce ciegamente a sí misma. Prevalece, pues, la muerte. ¿De qué va todo esto, el bullicio de la vida, la alegría de esos niños que juegan con el agua como si, al fin y al cabo, no hubiera más que vida? ¿Qué hacemos aquí?
cuestión de técnica
noviembre 27, 2011 Comentarios desactivados en cuestión de técnica
No debería sorprendernos que nuestra época la realidad solo pueda pensarse como materia prima y no como aquello siempre pendiente del mundo, pues donde todo es modificable —y éste y no otro es el supuesto fundamental de la era de la técnica— la cuestión de lo real como la cuestión de lo indeleble de la existencia, del inalcanzable ahí, al fin y al cabo, de lo santo es sencillamente implanteable. Con todo, como decía Nieztzsche a propósito de Dios, quien pierde aquí no es la realidad, sino el individuo, pues un individuo que se deja por el camino la huella de un más allá sin rostro es un individuo que, tarde o temprano, cederá su individualidad a las exigencias uniformizadoras de una determinada posibilidad del Hombre.
el amigo de Nietzsche
noviembre 27, 2011 Comentarios desactivados en el amigo de Nietzsche
Ciertamente, sabemos demasiado, demasiado especialmente de cosas de las que no podemos saber, de las cosas últimas, de la muerte.
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[La vida contemplativa y el ideal ascético constituyen] una metamorfosis de la fe cristiana primitiva en el regreso de Cristo […] en la medida en que se basa en la permanente esperanza de este regreso; por lo tanto, continúa considerando que el mundo está maduro para la decadencia e impulsa a los fieles a alejarse de él, para estar así preparados para la inminente aparición de Cristo. La esperanza del regreso de Cristo, que se volvió insostenible en su forma originaria, […] se transformó en el pensamiento de la muerte, que ya después de Ireneo debe acompañar permanentemente al cristiano; en el memento mori con que el saludo cartujo resume la sabidruía fundamental del cristianismo más profundamente que, por ejemplo, la fórmula moderna según la cual no debe «interponerse ningún obstáculo entre los cristianos y su fuente primitiva», fórmula un tanto superficial si se olvida que el mundo —según la visión del cristianismo— es parte de ese obstáculo.
*
Originariamente el cristianismo habló de un nuevo tiempo sólo bajo una condición que no se cumplió, la condición de que se extinguiera el mundo existente y dejara lugar a uno nuevo. [….Pero] es el mundo lo que se ha afirmado, no la esperanza cristiana del final.
*
El cristianismo es algo demasiado elevado como para que, en un mundo tan alienado del cristianismo, se le permita al individuo identificarse fácilmente con él sin más.
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Entre los hombres serios, el cristianismo nunca se ha fundado en nada que no fuera el carácter impío del mundo.
Franz Overbeck
Gregoire Ahongbonon
noviembre 26, 2011 § Deja un comentario
El otro día un catequista me decía aquello tan típico de que la luz habita en nuestro interior y que solo era cuestión de liberarla como quien se quita la mierda de encima, despojándonos de todo ese egoísmo que la encubre. Cuando le dije que eso era precisamente lo que defendía el gnosticismo, una de las primeras herejías, de hecho, la perenne tentación del cristianismo, la respuesta fue que le daba igual, que no hay que ser tan intolerantes como los primeros cristianos. No es de extrañar que con estos catequistas el cristianismo de corte progresista se vaya hundiendo cada vez más en la miseria del buen rollismo. Estos catequistas no entienden que quienes responden a la voluntad de Dios, esto es, aquéllos que se convierten en rehenes de los abandonados de Dios, no suelen emplear la metáfora de la luz. Es decir, no se piensan a sí mismos como gusiluces de la bondad. Más bien, ocurre al contrario: creen que nadie está más lejos de Dios que ellos. O como decía de sí mismo Gregoire Ahongbonon, el patriarca de los hospitales que atienden a los enfermos mentales en África, esos parias de los parias: esto que hago no sale de mí. A la luz de estas palabras, la bisoñez de estos catequistas del buen rollo parece infinita por no decir blasfema. Y es que el firme rechazo de los primeros creyentes a las metáforas del gnosticismo no responde a la intolerancia, sino a la necesidad de preservar la indecibilidad de las escenas originarias, al fin y al cabo, de las vidas que responden al mandato imposible de un Dios que se encuentra, ciertamente, más allá de la disyuntiva entre la luz y la oscuridad.
regar un árbol seco
noviembre 26, 2011 § Deja un comentario
¿Cómo entender el gesto cristiano? Según cuenta Primo Levi en si esto es un hombre, algunas de las internas, aun cuando se dieran perfecta cuenta de cuál iba a ser su final, seguían lavando a sus crías como si nada hubiera cambiado. ¿Se trata de una ilusión, de las típicas cosas que uno suele hacer cuando prefiere negar la evidencia? Posiblemente. Sin embargo, cabe también que se trate de otra cosa: del deber de cuidar de esa vida por encima de todo. Sin duda, el gesto de esas madres se muestra a ojos del mundo como regar un árbo seco, como algo ciertamente inútil, por no decir absurdo, pero acaso no haya otra libertad para el hombre que la que procede del mandato imposible de un Dios invisible. Pues es solo gracias a esos gestos que el mal queda incomprensiblemente en suspenso o, como se dice en cristiano, sub iudice, en vez de revelarse de una vez por todas como esa última palabra que parece ser.
Antichrist (2)
noviembre 26, 2011 § Deja un comentario
¿Podemos tomarnos en serio el mal –podemos encarar su exceso– sin personificarlo? ¿Podemos enfrentarnos a nosotros mismos sin identificar el no que nos habita con nuestros propios excrementos? Difícilmente. Sin embargo, al personificarlo tendremos la ilusión de que podemos eliminar el mal como quien tira de la cadena o se quita de encima la roña. Pero uno no puede situarse honestamente ante las cámaras de gas, ante el espíritu que las anima, como si se tratase de una enfermedad. El mal no tiene remedio. Uno puede, sin duda, tirar de la cadena, pero el cuerpo seguirá obstinadamente produciendo sus excrementos. Va con la vida, con la naturaleza misma de las cosas. Así pues, la única manera de tomarse en serio el mal –el único modo de evitar hacer del mal un concepto, una abstracción–, evitando al mismo tiempo la tentación de identificarlo simbólicamente con la bruja, es creyendo que Satán existe en cada uno de nosotros. Que vivir es, sencillamente, vivir de espaldas a Dios, negarlo. Estamos ciertamente en las antípodas de Rousseau, cuyo pensamiento irrumpe en la Modernidad como una especie de gnosticismo apto para todos los públicos. Pero creer que en lo más profundo habita algo así como una chispa divina, que en el fondo todo hombre es bueno, probablemente sea pecar de ingénuos, por no decir de mala fe. El mal no es un error, una desviación, sino el espíritu que mueve el mundo. Lo letal es naturalmente el índice de un nuevo nacimiento. Por eso solo quien comprende el carácter definitivo del mal –solo quien ha visto que el mal solo puede ser cercenado con un mayor mal– podrá ver en el abrazo que algunas víctimas ofrecieron a sus verdugos no ya una solución moral al problema del mal –pues no hay hombre que sea capaz de comprender este abrazo como una de sus posibilidades–, sino el abrazo mismo de un Dios que ya no puede seguir siendo solo divino, allá en las alturas, donde el mal se impone como la última palabra del mundo.
reality bites
noviembre 26, 2011 § Deja un comentario
¿Qué significa vivir entre sombras? Las cosas por lo real de las cosas. Como si no hubiera más realidad que la que podemos agarrar o ingerir… cuando lo cierto es que lo real es lo que se encuentra siempre más allá de nuestro tacto: lo real es lo que se resiste a ser modificado, interiorizado, retenido. La realidad es, por definición, lo indigerible del mundo. De hecho, ocurre con lo real lo que ocurre con aquel desván en el que se nos prohibió entrar: que en la casa no habrá otro espacio más cargado de entidad que ése. Es por esto que los hombres se dividen entre quienes son conscientes del carácter diferido de lo real y los que creen que no hay más realidad que la que uno se trae entre manos. Entre quienes viven este mundo como si fuera un escenario y quienes se toman las apariencias en serio. Y, ciertamente, no hay más cosas que las que nos traemos entre manos. Pero esto es posible solo porque la realidad de esas mismas cosas es algo aún pendiente. Una vez más, la prohibición –el No– en la base del ultra-Sí.
Athenas & Jerusalem
noviembre 25, 2011 § Deja un comentario
Según Platón quien renuncia al más allá, renuncia a sí mismo. Pues lo más auténtico que hay en nosotros es, precisamente, esa aspiración a lo que se muestra de una vez por todas, a lo que se da por entero, a una existencia sin resquicio, aspiración que, como sabemos, no puede ser colmada por nada de lo que nos traemos entre manos. De ahí que quien vive conforme a esa aspiración viva apuntando a un más allá de lo dado. Sin embargo y como sabemos también, este más allá es un más allá que, como tal, no admite concreción. Se trata, por supuesto, de un más allá sin dioses. La exigencia de algo definitivo, la exigencia misma de lo verdadero carece de imagen, es decir, no se revela a la manera de una imagen paradigmática, sino que, como tal, se mantiene en el filo de lo abstracto como la pura exigencia de ser incondicionadamente a la que se encuentra sometido todo cuanto es. Porque todo cuanto es no acaba de ser lo que parece, todo cuanto es se encuentra sometido a la exigencia de ser lo que parece. Se trata, en definitiva, de una exigencia imposible que, sin embargo, no podemos eludir, pues en el fondo no somos otra cosa que un estar sometidos a esa exigencia. Así, el poeta aspira a unas últimas palabras, el músico a esa melodía que coincida con el silencio, el amante a encontrarse con lo intangible de aquel a quien cree amar… Esto es: si alguien es poeta o músico o amante… es porque deben alcanzar lo que no pueden alcanzar. Y lo que no es esta búsqueda es comercio, trato, transacción. Simple intercambio. Quien no se enfrenta a lo que de algún modo le supera no vive, pues, en verdad.
Pues bien, ¿qué dice un judío de todo eso? Mejor dicho, ¿qué hace? Por decirlo brevemente, posponer el más allá. Como es sabido, para el creyente, el más alla de Dios no se da según el modo del presente. O bien Dios se revela como aquél que tuvo que quedarse atrás para que fuera posible el mundo o bien como algo por-venir, siendo ambas visiones de Dios las dos caras de una misma moneda. A diferencia de Platón, un judío está convencido, pues, que del más allá no tenemos ni siquiera una idea. El más allá en cualquier caso se da como esa nada que rodea al mundo por entero. Pero por eso mismo todo queda marcado con el aura del vacío de Dios. El creyente permanece a la espera de Dios y, por eso mismo, permanece sometido, no ya a la exigencia de alcanzar lo incondicionado, al fin y al cabo, una cierta plenitud, sino al mandato que se deriva, precisamente, del silencio mismo de Dios, el que nos obliga a dar de comer al hambriento y de beber al sediento.
43 grados por volumen
noviembre 24, 2011 § Deja un comentario
En los asuntos humanos es frecuente emplear la misma palabra para decir cosas distintas. Pasa con la palabra ‘amor’, la palabra ‘libertad’, la palabra ‘justicia’… En general, pasa con todas nuestras grandes palabras. Y, por supuesto, también con la palabra ‘espíritu’. Es por eso que fácilmente creemos que las diferentes religiones, desde el hinduismo hasta la de los guaranies, por el simple hecho de emplear la misma palabra están, en el fondo, hablando de lo mismo. Pero aunque sobre el papel decir espíritu equivalga a decir impulso o fuerza, es obvio –o debería serlo– que una cosa es el anhelo o la inquietud que te empuja hacia lo que se encuentra en cierto modo más allá de lo visible –lo que en griego se entendía como amor a la verdad– y otra la fuerza de la resurrección, aquélla que abraza lo más bajo de los hombres. Como si el espíritu de Dios, el único que podemos comprender como debido a la inalcanzable realidad de Dios, solo pudiera darse como el amparo que se dan los enemigos irreconciliables donde ya no queda nada de Dios. O por decirlo de otro modo, porque Dios no es espíritu –porque Dios no es una fuerza– podemos reconocer el espíritu que resucita a los muertos como el espíritu mismo de Dios.
la muerte del hijo
noviembre 23, 2011 § Deja un comentario
Que se te muera un hijo es quizá lo más terrible. Con la muerte del hijo ocurre lo que en absoluto debe ocurrir. No se trata solo de una reacción emocional. No se trata solo de una tristeza instintiva. Se trata de lo que sucede cuando eres capaz de ver que la vida de tu hijo es una vida arrancada de la muerte. Y lo que sucede es que no puedes aceptar lo que, por otra parte, tarde o temprano ocurrirá. Si la vida es una excepción a la muerte, la vida no debe morir. Sin embargo, la muerte –la muerte del hijo– es lo que ocurre con el tiempo. Acaso lo único que ocurre en verdad, esto es, definitivamente. Eso es lo terrible: que aunque no lo veas, pasará. ¿En qué situación te deja, pues, saber que esa vida que se te dió se encuentra siempre dentro de un plazo? Probablemente, uno no pueda hacer otra cosa que arrodillarse como hizo el bueno de Job, ponerse, en definitiva, en manos de un Dios indecible, un Dios que no aparece por ningún lado salvo como el vértice de una existencia que no podemos abrazar por entero. Para quien haya superado la infancia resulta evidente que la existencia reposa sobre una incomprensibilidad de fondo, pues aunque vivir signifique estar del lado de la vida, lo cierto es que sin muerte no se nos hubiera dado ninguna vida. Por eso toda existencia que sea mínimamente consciente de lo que supone vivir no puede menos que concluir de rodillas. Y quizá sea por esto que cristianamente la visión del Cruz como la cruz del Hijo de Dios sea un modo de decir que Dios solo se da en verdad cuando se arrodilla impotente ante el hombre. Reconocer al crucificado como Hijo de Dios es reconocer, pues, que Dios en realidad se pone en manos del hombre como aquél que debe decidir el sí o no de Dios. Ahora bien, si Dios sigue siendo Dios a pesar de su humillación es porque el hombre es juzgado allí donde juzga a Dios. Como en el caso del juicio de Salomón, es el dolor ante la muerte del hijo lo que revela la paternidad del padre y si el cristianismo es brutal es porque reconoce de una vez por todas que Dios solo puede valer como Padre donde une su destino al del hombre.
una vida con sentido
noviembre 22, 2011 § Deja un comentario
Es de cajón que el sentido de una vida se halla en estrecha relación con la posibilidad de que ésta pueda comprenderse formando parte de un todo más amplio, se trate del orden del universo o del ideal del mundo. Esto es, una vida con sentido es, por principio, una vida integrada en lo que de algún modo la supera. Si el sentido depende de un orden, entonces una vida con sentido es una vida cuyo particular modo de ser, cuyas costumbres se encuentran alineadas con las exigencias paradigmáticas de dicho orden. Si, en cambio, depende de un ideal emancipatorio, entonces una vida con sentido es aquélla que actúa tácticamente según las demandas que se desprenden de ese ideal. En cualquier caso, se trate de las costumbres o de la acción, una vida con sentido es una vida que hace lo que debe, siendo lo debido algo de lo podemos hacernos una idea o imagen. Así, podriamos decir que la experiencia del sentido se muestra como una experiencia formalmente religiosa. Y es que una vida posee un sentido si puede concebirse vinculada –religada– a lo vale en verdad, sea la vida arquetípica del dios o un porvenir sin tara. Es por eso que la catástrofe que supuso la Modernidad –literalmente, la caída de los cielos– no conduce de por sí al nihilismo, sino al hecho de que la experiencia del sentido dependa exclusivamente de que el hombre pueda seguir creyendo en el carácter liberador de los ideales que pretenden transformar el mundo. Ahora bien, quien entiende lo anterior y sepa de qué va esto del monoteísmo judeocristiano, entenderá que éste no termine de casar ni con la Antigüedad ni con la Modernidad. Efectivamente, para un creyente el orden del mundo no se revela como una última palabra. La experiencia del mundo como Creación es la experiencia de la insuficiencia del todo. El relato del Genésis no pretende ofrecer propiamente una explicación, sino desdivinizar las potencias del mundo y, por extensión, el mundo en su totalidad. Dios no es una fuerza que opere dentro del mundo, sino que se revela más bien como el silencio que cubre por entero el juego de las fuerzas, manteniéndolo, por eso mismo, en suspenso. La experiencia del mundo como un mundo que pende por entero del hilo de Dios es la experiencia de la totalidad como no-todo. O lo que viene a ser lo mismo de la radical contigencia del cosmos. El hombre que experimenta el mundo de este modo es un hombre que no puede, pues, acabar de integrarse en él. Algo esencial sigue estando pendiente donde el hombre vive de acuerdo con las exigencias de un orden cósmico. Para un judío, pues, la vida conforme al arquetipo no tiene nada de definitiva. Y no puede tenerla porque el mal –las fosas comunes, las cámaras de gas, la tortura de un niño…– no se concibe judíamente como ignorancia o impericia, sino como uno de los dos posibles efectos de la radical trascendencia de Dios. Así, porque Dios se encuentra siempre más allá de lo dado, hay luz y hay oscuridad. O, por decirlo con otras palabras, porque hay Dios, el hombre se encuentra bajo el poder de la maldición del mismo modo que se encuentra bajo el amparo de la bendición. Ahora bien, por eso mismo, un creyente tampoco puede tomarse del todo en serio las pautas militantes que se desprenden de la imagen de un mundo ideal. Sin duda, no es lo mismo fundar un orfanato en Calcuta que traficar con huérfanos. Sin duda, el mundo es mejor donde ganan quienes hacen lo primero. Pero un creyente está convencido de que ganen los buenos no significa que triunfe la bondad, pues tarde o temprano los buenos acabarán por pervertir lo que lograron. Un creyente, pues, está más cerca del nihilismo que la mayoría de los que dicen no creer en ningún dios… aun cuando confíen, no obstante, en el destino que le revela su carta astral o en las posibilidades emancipatorias de la utopía política o moral. Y es que en realidad la vida creyente responde a la falta de sentido de un mundo que, a causa de ese mismo sinsentido, solo puede admitir de Dios el mandato imposible que nace del estómago de los abandonados de Dios.
Dios no es mamá
noviembre 22, 2011 § Deja un comentario
Cuando se encuentra sepultado por la vergüenza, decepcionado de sí mismo, un judío no busca el consuelo de una madre, sino la voz de un padre que le diga que debe hacer para recuperar la dignidad. Es por eso que un judío que esta convencido de haberle fallado a Dios no puede hacer otra cosa que ponerse en manos de Dios, esto es, del pobre que lo representa y preguntarle que debe hacer por él. Otra cosa es lloriqueo infantil. Por eso cierta visión del cristianismo se equivoca cuando, creyendo que Dios es antes que nada una madre, ofrece un consuelo infinito a quienes viven cubiertos de sus propios excrementos. La mujer que vió morir a sus hijos en las cámaras de gas en su lugar, ahora en vez de haber fundado un orfanato en Jerusalén seguiría en el regazo de aquél que, ofreciéndole una fácil compasión, estaba más pendiente de saciar su sensibilidad que de salvarla a ella de la miseria moral en el nombre mismo de Dios.
… pero tampoco papá
noviembre 22, 2011 § Deja un comentario
Cuando el rigor de la Ley se hace insoportable –cuando con el paso de los días caemos en la cuenta que nunca estaremos a la altura de la inviable demanda de Dios– necesitamos creer en la posibilidad de un consuelo infinito. Dios se revela, entonces, como madre. De ahí a que en verdad sea una madre media, sin embargo, una gran distancia. Dios en realidad no es ni papá ni mamá, sino que se da como papá o mamá… según la necesidad del hombre. Es decir, del lado del hombre Dios es visto de un modo u otro, pero del lado de Dios no podemos decir que Dios sea una cosa u otra. Para la Biblia judía, Dios se encuentra siempre más allá de cualquiera de sus epifanías, pues lo que podamos decir con respecto al modo de ser de Dios depende siempre de la situación del hombre. Así, porque Dios se muestra de un modo u otro siempre en relación con esa situación, Dios, para la existencia judía, nunca acaba de darse por entero. De hecho para un judío, Dios es principalmente Señor, lo cual significa que tanto la luz como la oscuridad, la dicha y la desgracia, frente a las tentaciones maniqueas, son debidas a una y la misma trascendencia. Como si luz y oscuridad, bendición y maldición, fueran los dos lados de una misma moneda… que, en sí misma, todavía está por ver. O, por decirlo con otras palabras, el mundo en su totalidad, incluidas las diferentes visiones de Dios, penden del hilo de la voluntad de Dios. Ninguna de las manifestaciones de Dios resulta pues decisiva para el hombre. Ninguna de las diferentes epifanías resuelve de una vez por todas qué pueda ser Dios. Del lado de Dios nada está decidido aún. Es por esto que, del lado del hombre, la relación con Dios nunca podrá desprenderse de las oscilaciones propias de la Historia, pues cuando en un momento dado necesitamos creer en la bondad infinita de Dios, tarde o temprano encontraremos a faltar la firmeza paternal de un Dios que juzga al hombre. Y, por eso mismo, un judío jamás podrá aceptar lo que un cristiano confiesa abiertamente, a saber, que Dios se da por entero en un Crucificado. Pero es posible que solo la Cruz pueda revelarnos que no hay juicio más definitivo que el de un Dios que, humillado hasta la muerte, perdona lo que ningún hombre puede honestamente perdonar.
tabú
noviembre 21, 2011 § Deja un comentario
La Ley, para un judío, es lo que el hombre debe hacer para preservar el aliento de Dios. Pues sin Ley es difícil que pueda seguir estando presente lo que debe seguir estando presente, al fin y al cabo, la aparición de lo Otro. La Ley es la huella de esta aparición. Es cierto que muchos prefieren olvidar. Es cierto que muchos de los que sobrevivieron a los campos, por ejemplo, aún se resisten a hablar del asunto. Sin embargo, es igualmente cierto que algunos siguen conservando su número en el brazo. A pesar del dolor, creen que deben hacerlo para tener presente aquello a lo que les obliga precisamente ese dolor. En este mismo sentido, también podríamos decir que no todo en el cuerpo del otro debe estar disponible para saciar nuestro deseo, si de lo que se trata es de preservar la huella de su alteridad. El tabú tiene que incidir en ese cuerpo, pues de lo contrario y teniendo en cuenta que necesitamos comer, difícilmente reconoceremos el carácter otro de su presencia. Sin Ley todo se encuentra sometido a la implacable erosión del tiempo o a la voracidad de un deseo que no puede soportar ninguna alteridad. Por eso resulta cuanto menos sorprendente que Pablo diga aquello de que la Ley no salva, a pesar de ser de Dios. Ahora bien, si puede decirlo es porque, a diferencia de muchos cristianos de hoy en día, sabe perfectamente que donde hay Ley, el hombre no puede poseer un corazón puro. O bien porque la prohibición engendra de por sí un impulso transgresor; o bien, porque tarde o temprano nos serviremos de la Ley para creer que la elevación es debida a nuestro mérito. La antropología de Pablo es, ciertamente, incompatible con la de nuestros tiempos: para Pablo, el hombre, por sí mismo no puede salir de sí mismo, pues el hombre no puede soportar durante demasiado tiempo la altura de Dios. Tarde o temprano, recurrirá a la Ley de Dios para curvarse de nuevo sobre su propio ombligo. O creerá que merece lo que en su día recibió como indigente. De ahí que un cristiano no pueda admitir lo que modernamente damos por sentado, a saber, que el hombre es bueno por naturaleza y que de lo que se trata es de proceder metódicamente para desembarazarse de todo aquello que encubre nuestra bondad natural. Esto es, como sabemos, gnosticismo. Y, por eso mismo, no cabe ser cristiano donde podemos concebir una salvación ligada a una Ley que pretende garantizar la cercanía de Dios, cuando lo cierto es que, si alguien se encuentra cerca de Dios es porque Dios decidió acercarse al hombre por medio de su propio sacrificio. Pues solo sometido a la deuda que supone el sacrificio mismo de Dios, puede el hombre responder a Dios.