buenas aptitudes
enero 20, 2012 § Deja un comentario
Uno no alcanza la verdad, sino que en todo caso es alcanzado por ella. (O lo que viene a ser lo mismo: la verdad no exige tanto una capacidad de intelección como de sufrimiento.)
Protegido: 1D : apuntes sobre la libertad
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gnóthi seautón
enero 18, 2012 Comentarios desactivados en gnóthi seautón
Si no cabe algo así como un conocimiento de uno mismo es porque cualquier cosa que podamos decir acerca de nosotros mismos —cualquier declaración del tipo yo soy así o asá— siempre termina o debería terminar con un y, sin embargo, no acabo de ser tal y como digo. Y es que no podemos conocernos hasta el final donde somos precisamente los que no acabamos de coincidir con nosotros mismos. Por eso no podemos dejar de hacer el ridículo cuando decimos con la boca bien abierta yo soy… Y con todo nadie puede renunciar a conocerse sin morir para sí mismo.
aquarium (2)
enero 18, 2012 § Deja un comentario
Muchos de los que aún se preguntan por si hay o no hay otro mundo, se lo preguntan como si fueran peces abisales que se interrogan sobre si hay algo más allá del océano. De hecho, esos peces no pueden ni siquiera imaginarse una existencia como las de los hombres y mujeres, pongamos por caso, de NY. Para los abisales, una ciudad como NY es sencillamente inconcebible. Y resulta obvio que nuestra situación es tan profunda como la suya. Modernamente, solo fantaseando podemos concebir un cielo que valga fuera de nuestro mundo. Ahora bien, nuestra dificultad no quita que en realidad pudiera haber otros mundos más allá. De hecho, lo más probable es que haberlos, los haya. De hecho, seguimos sin tener mucha idea de tot plegat. Sin embargo, lo cierto es aunque los hubiera, estos no serían otra cosa que otro mundo dentro del mismo mundo, esto es, una nueva dimensión de una y la misma totalidad. Lo que para los antiguos era un cielo habitado por seres divinos, para nosotros sería simplemente una dimensión aún por descubrir, una nueva América, un nuevo continente que explorar. Con todo, tan solo ingenuamente creeríamos que ese descubrimiento confirma la vieja fe en el Dios bíblico. Pues esa fe de buen comienzo surge no ya como una creencia entre otras en la efectividad de lo sobrenatural, sino como un cuestionamiento de la totalidad, esto es, como la impugnación de su autosuficiencia. Y no porque al mundo le falte otro mundo, sino porque el mundo por entero se encuentra bajo amenaza o, como también suele decirse, pendiente de juicio. La caída de lo sobrenatural, la perdida de credibilidad del ámbito que en principio debiera proporcionar un sentido a la existencia, es tan antigua como el monoteísmo. En verdad, bíblicamente la cuestión del sentido es desplazada al final de los tiempos. Así, sobre este asunto, Dios dirá. El sentido de nuestra existencia, como Dios mismo, aún está por ver. Quien se encuentra sometido a Dios no se encuentra, pues, sometido ni a un arquetipo o ideal —lo que en bíblico se denomina ídolo—, ni a una fuerza o poder al que podríamos conectarnos, aunque se trate de la fuerza del amor, sino al mandato que se desprende de la pérdida de credibilidad del arquetipo y de la trivialización de las fuezas que intervienen en el mundo, al fin y al cabo, del hecho de que la luz y la tiniebla son debidas al mismo Dios (Is 45, 7), a su intratable trascendencia. Por tanto, un creyente es aquél que soporta sobre su espalda la falta de sentido de un mundo que, por eso mismo, pende del hilo de la voluntad de Dios. El creyente no es aquél que sabe de Dios —aquél que supone que Dios es de un modo u otro—, sino aquél que sabe, por haberlo sufrido, que en el presente no cabe honestamente hacer otra cosa que obedecer a la demanda infinita de un Dios cuya voz es la de los muertos que reclaman una vida que no llegaron a vivir.
tal cual
enero 18, 2012 § Deja un comentario
Que el cristianismo es otra cosa puede verse en el hecho de que no nos dice aquello tan típico de la religión, a saber, que el hombre debe elevarse por encima de su propia miseria para hacerse capaz de Dios. En verdad la moraleja es la contraria: quien es capaz de Dios —aquél que puede responderle— es, más bien, el incapaz de elevarse hacia Dios. Por lo común, rameras y publicanos, hombres y mujeres que de tan cubiertos que están de su propia mierda en modo alguno pueden aspirar a ser alguna vez de los buenos.
meditaciones cartesianas (2)
enero 17, 2012 § Deja un comentario
Es posible que Descartes, a la hora de demostrar la existencia de Dios, no diga otra cosa que la siguiente: que la certeza del sí va con la certeza de la existencia del no-yo. Efectivamente, yo no puedo estar seguro de mí existencia más allá de mi actividad mental. La certeza de mí mismo es la certeza de mi propia finitud o limitación temporal, pues solo puedo estar seguro de que existo mientras dure mi pensamiento. Ahora bien, no podría experimentar la certeza de mi propia finitud, si no fuera en el marco de lo infinito. Así pues, en tanto que me encuentro a mí mismo, me encuentro a la vez inmerso en una pura exterioridad, en el seno de un ilimitado hay. Si puedo decir ciertamente que hay un afuera de mí mismo es porque puedo estar seguro de mi existencia mientras pongo en duda que haya un mundo que se corresponda con mis ideas acerca del mundo.
Winston
enero 17, 2012 § Deja un comentario
El hombre tropieza con la verdad… pero se levanta y sigue su camino.
W. Churchill
aquarium
enero 16, 2012 § Deja un comentario
Somos esos peces que, de tan sumergidos en la profundidad, ya no pueden creer que haya un mundo más allá del mar. Y ello a pesar del testimonio de los delfines o las ballenas. Ahora bien, algunos sostienen que, aunque existiera, ello no probaría la existencia de un genuino más allá, sino solo de un mundo diferente al nuestro. Estrictamente hablando un genuino más allá no sería otro mundo, sino lo otro del mundo, esto es, lo más parecido a la nada que pueda haber.
meditaciones cartesianas (1)
enero 16, 2012 § Deja un comentario
El yo es el fundamento de la certeza —de un saber legitimado por el método—, pero no de lo real, pues la exterioridad propia de lo real no se da en relación con las condiciones de receptividad del yo, sino como la puesta entre paréntesis del mundo que se corresponde, precisamente, con esas condiciones. La simple sospecha de que seamos lombrices que se preguntan si el mundo no será acaso distinto al sistema de sensaciones que capta nuestra piel —el único sentido de la lombriz— basta para que lleguemos a la conclusión de que la exterioridad no acaba de coincidir con el mundo.
over the rainbow
enero 15, 2012 § Deja un comentario
La trascendencia de un mundo sobrenatural no trasciende lo suficiente como para que valga como trascendencia. Un dios solo impresiona por su gigantismo. Su exceso es el exceso de lo superlativo, no el de esa nada cuyo solo aroma basta para que sintamos el vértigo de estar en el mundo. No hay genuina desmesura en un dios que solo marca paquete, aunque éste sea el de una suma bondad. La prueba de que lo sobrenatural no trasciende de veras es que los espectros solo impresionan a quienes no se han acostumbrado a ellos. Bastaría que nuestros muertos se sentaran a ver la tele para que su más allá dejara de impresionarnos. Como dejó de impresionarnos hace ya tiempo ese fuego caído del cielo que es el rayo. O el tornado que pone las vacas a volar. Tan solo el temblor de un hombre que hubiera sido abandonado en medio de un cosmos infinito y despoblado de dioses nos indicaría de una vez por todas que no hay más Dios que el que está por ver.
non plus ultra
enero 15, 2012 § Deja un comentario
El más allá no es propiamente otro mundo, sino la nada que cuestiona la autosuficiencia de este mundo, el non plus ultra que pone entre paréntesis la totalidad en la que nos hallamos inmersos. La totalidad no puede serlo todo para quien apura lo más vivo de la vida en el seno de la muerte. Pero lo que se deduce de este no puede serlo todo, no es que tenga que haber otro mundo, sino que la respuesta a la pregunta por el significado de la existencia no nos pertenece. No podemos ir más allá de este cuestionamiento radical de todo cuanto es. Nuestra situación es la de quien permanece sub iudice. Ahora bien, nos precipitaríamos, en el doble sentido de la expresión, si de ahí saltáramos al no hay significado. Es muy posible que quienes dan el paso de la credulidad infantil al nihilismo renuncien a su verdad, a lo más auténtico de sí mismos. Pues acaso no seamos otra cosa que ese estar arrojados a un más allá que no tiene otro vestigio que la desnudez del hombre. En tanto que arrojados a un más allá sin imágenes somos los que fueron arrancados de este mundo. No somos los que pueden constatar la efectividad de otro mundo, pues no hay otro mundo que éste, aun cuando todavía nos queden muchos mundos por descubrir. En tanto que librados a una nada substancial, somos la quiebra de la inmanecia, la grieta que impide que se cierre el círculo de la totalidad. Quienes renuncian a este cuestionamiento de la totalidad tarde o temprano acabarán inmersos en esa totalidad que no se atreven a cuestionar. O lo que viene a ser lo mismo, difícilmente llegarán a comprenderse de otro modo que como una simple resultante de sus circunstancias. Únicamente como arrojados podemos existir como arrancados. En cualquier caso, lo cierto es que por nosotros mismos no iremos más allá de Job, de su santa perplejidad. Quien se encuentra anclado en la incertidumbre creyente —quien arraiga en la invocación que no espera otra respuesta que la imposible— no puede dar por descontado otro Dios que aquél que coincide con ese silencio que abraza por entero todo cuanto es. Entre la ausencia y el porvenir de Dios anda, pues, el hombre.
abstract
enero 15, 2012 § Deja un comentario
Entre la ausencia y el porvenir de Dios anda el hombre. Pero solo ante un Dios tan esquivo puede el hombre reconocer al Crucificado como Dios sin caer en las impostaciones del gnosticismo.
cottolengo
enero 14, 2012 § Deja un comentario
El otro día, a la salida de un «jueves», Alex Escoda me cuenta que un deficiente del Cottolengo al que le estaba dando de comer le dice como quien no quiere la cosa aquello que muchos hijos de cristianos ya no pueden ni siquiera balbucear, a saber, que ahí arriba me espera un mundo mucho mejor para mí. ¿Una ficción útil, una vez más? Puede. Sin embargo, no tiene por qué ser así. Al menos, en el caso creyente. Me explico. Una cosa es la expectativa que obedece a nuestra necesidad de escamotear la angustia ante la muerte y otra la esperanza que corresponde a una existencia que abraza lo más vivo de la vida. En el primer caso, la expectativa, por lo común repleta de imágenes, nace y muere en nosotros. Y, así, quien necesita creer de este modo siente intensamente que tiene que haber un ‘mundo de paz y amor’ más allá de la muerte porque, de lo contrario, difícilmente podría soportar su vida de ahora. En cambio, la esperanza creyente no nace de un yo que necesita decirse que no hay en realidad muerte. Arraiga, mas bien, en esa perplejidad que va de la mano de una vida que solo puede darse frente al acontecimiento mismo de la muerte de los hijos, propios y ajenos. El tema aquí no soy yo y mi angustia, sino la muerte, siempre injusta, del inocente. De hecho, no sé si la muerte tendrá o no la última palabra. De hecho, no tengo ni idea. Pero lo cierto es que la vida que nos ha sido dada no debe acabar con la muerte. Tan solo sé que una vida debida a Dios —una vida que únicamente puede vivirse como dada en tanto que soporta la infinita altura de Dios—, no puede acabar sin haber vivido en verdad. La esperanza creyente carece, en realidad, de expectativa. Y una esperanza que no se sostiene sobre ninguna imagen del más allá, en cualquier caso se acaba imponiendo como la expresión —el síntoma— de cómo vivimos esta vida. Al fin y al cabo, la esperanza creyente es la exigencia que va con una vida adherida a la vida más frágil —del mismo modo que la sensación de tener un suelo bajo los pies va con el andar— y no ese supuesto que necesitamos afirmar con la intención de reducir nuestra desesperación ante la muerte.
en la cuerda floja
enero 11, 2012 § Deja un comentario
Un creyente se encuentra entre la credulidad y el nihilismo. Por eso, porque la fe es una excepción, la mayoría o es crédula o nihilista.
Giordano Bruno probablemente arde en las llamas del infierno
enero 11, 2012 § Deja un comentario
La sensibilidad para la trascendencia solo puede sobrevivir donde el mundo se encuentra acotado por el misterio, esto es, donde la totalidad se revela como no-todo. La experiencia del más allá de lo visible es consubstancial a la experiencia del todo como algo limitado por lo invisible, es decir, por la nada de Dios, ese hueco, esa falta o ‘im-posibilidad’ que hace posible, precisamente, que podamos enfrentarnos a un mundo. La experiencia de la trascendencia es inseparable, por consiguiente, de la experiencia de la radical contingencia, no ya de la existencia humana, sino de todo cuanto es. Para quien se encuentra sometido al más allá, el mundo pende de un hilo. Sin embargo, lo fácil es suponer que tras el muro hay otro mundo, por lo común, un mundo sin tara. Ahora bien, el más allá, no se da como otro mundo, sino como lo otro del mundo, como la innegable efectividad de la nada. Nuestra relación con el más allá está hecho de interrogantes, no de certezas. El creyente no se relaciona con Dios como aquél con quien podemos tratar —a través del culto o de la magia—, sino como aquél que solo cabe invocar. Un mundo sin tara aún formaría parte de la totalidad —aun se daría según nuestra medida— como para que sea en verdad otro. La resistencia bíblica a las imágenes de Dios tiene, pues, su razón de ser. Dios es intratable. Quien cree en otro mundo no encara la trascendencia, sin que propiamente la enmascara. Como aquél que, teniendo dificultades para creer en fantasmas buenos, identifica a Dios con la substancia del mundo. Un mundo sin final —un mundo que no se encuentra limitado por la nada de Dios— es un mundo que, en su autosuficiencia, acabará siendo divinizado. Al fin y al cabo, una ingenuidad. No casualmente la iglesia entendió muy pronto que se habían acabado las misas, si el panteísmo de Giordano Bruno iba a misa. Pero esto que es lo que finalmente ha sucedido. A pesar de la hoguera.
Giordano Bruno probablemente arde en las llamas del infierno
enero 11, 2012 § Deja un comentario
La sensibilidad para la trascendencia solo puede sobrevivir donde el mundo se encuentra acotado por el misterio, esto es, donde la totalidad se revela como no-todo. La experiencia del más allá de lo visible es consubstancial a la experiencia del todo como algo limitado por lo invisible, es decir, por la nada de Dios, ese hueco, esa falta o ‘im-posibilidad’ que hace posible, precisamente, que podamos enfrentarnos a un mundo. La experiencia de la trascendencia es inseparable, por consiguiente, de la experiencia de la radical contingencia, no ya de la existencia humana, sino de todo cuanto es. Para quien se encuentra sometido al más allá, el mundo pende de un hilo. Sin embargo, lo fácil es suponer que tras el muro hay otro mundo, por lo común, un mundo sin tara. Ahora bien, el más allá, no se da como otro mundo, sino como lo otro del mundo, como la innegable efectividad de la nada. Nuestra relación con el más allá está hecho de interrogantes, no de certezas. El creyente no se relaciona con Dios como aquél con quien podemos tratar —a través del culto o de la magia—, sino como aquél que solo cabe invocar. Un mundo sin tara aún formaría parte de la totalidad —aun se daría según nuestra medida— como para que sea en verdad otro. La resistencia bíblica a las imágenes de Dios tiene, pues, su razón de ser. Dios es intratable. Quien cree en otro mundo no encara la trascendencia, sin que propiamente la enmascara. Como aquél que, teniendo dificultades para creer en fantasmas buenos, identifica a Dios con la substancia del mundo. Un mundo sin final —un mundo que no se encuentra limitado por la nada de Dios— es un mundo que, en su autosuficiencia, acabará siendo divinizado. Al fin y al cabo, una ingenuidad. No casualmente la iglesia entendió muy pronto que se habían acabado las misas, si el panteísmo de Giordano Bruno iba a misa. Pero esto que es lo que finalmente ha sucedido. A pesar de la hoguera.
experience
enero 9, 2012 § Deja un comentario
Lo que se llama experiencia no es otra cosa que la decepción consecutiva a una causa por la que nos hemos apasionado durante un tiempo. Cuanto mayor haya sido el entusiasmo, mayor será la decepción. Tener experiencia significa expiar los entusiasmos. Yo no habría entendido nada de la vida, si no hubiera abrazado tonta, febrilmente, algunas causas que ahora, cuando lo pienso, me hacen enrojecer. Pero debo a esas vergüenzas, a esos «remordimientos», la poca sabiduría que he adquirido.
parque temático
enero 9, 2012 § Deja un comentario
Cada loco tiene su tema, sí. O, lo que viene a ser lo mismo, la vida de cada uno pivota alrededor de un solo tema. Un tema es algo pendiente, aquello que no termina de resolverse. Así, no estaría nada mal que nos preguntáramos al menos una vez en la vida de qué va el nuestro. Para unos —unos cuantos bastantes— el tema es si alguien me querrá de verdad. O si podré ligarme a un chico que valga la pena. O si, finalmente, conseguiré que me den ese papel protagonista. O si llegaré a ser como mi padre. O si tendré hijos. O si me publicarán la novela sobre el explorador de mi tatarabuelo. O si al final descubriré la vacuna de la malaria. O si soy o no el enviado. O si podré entregarme de corazón a los pobres. O si acabaré entendiendo de qué va todo esto. En cualquier caso, el tema es acabar de ser lo que uno no acaba de ser. Al fin y al cabo, triunfar. O mejor dicho, reconocerse en el propio triunfo. Pero si nos pasamos la vida en torno a un tema; si un tema es algo pendiente, estrictamente, un futuro absoluto es porque todo éxito es siempre un malentendido. Como si el yo solo fuera posible sobre la base de una irremediable extrañeza de sí. Como si la vida no pudiera decidirse de una vez por todas en ningún presente. Con todo, lo cierto es que cada tema suele ir acompañado, a modo de contrapunto, de una voz que nos indica cual debería ser en realidad nuestro tema, una voz en el fondo espectral. Y es por eso que no acabamos de encajar con nosotros mismos: no porque tengamos un tema aún por resolver, sino porque eso que deseamos alcanzar no creemos que sea lo que debemos alcanzar. Aún así, es posible que esa voz tenga más razón de lo que nos gustaría admitir, pues es posible que nuestros temas, sean los que sean, en tanto que nuestros, en verdad no importen. Ahora bien, es igualmente posible que no esté en nuestras manos obedecer el mandato de esa voz como si ése fuera en verdad nuestro único tema.
made in France
enero 8, 2012 § Deja un comentario
Dice Bergson que el esfuerzo creador que manifiesta la vida es de Dios, si no es el propio Dios. De hecho, no supone nada nuevo decir que se trata de la convicción básica de muchos creyentes de hoy en día. Pero la mayoría de estos creyentes no caen en la cuenta de que no es posible decir al mismo tiempo lo primero y lo segundo: si el effort créateur es de Dios, entonces no puede ser Dios. Y vicerversa. Aunque a la mayoría de los creyentes de hecho les da igual decir una cosa que otra, lo cierto es que uno puede preguntarse honestamente si el encuentro decisivo con Dios —el hecho de estar sometido a su altura y, por consiguiente, a su mandato— puede comprenderse en los términos de un saber acerca de la fuerza que sostiene el mundo. El mundo, ciertamente, (de)pende de Dios, pero no según el modo de la substancia, esto es, de lo subyacente, sino según el modo del juez que se encuentra fuera de la escena del crimen. Si el mundo está sujeto al juicio de Dios es porque Dios se encuentra fuera de campo y no en el fondo de todo cuanto existe. Y es que la experiencia bíblica del mundo no es la de las religiones al uso. Para quienes poseen una típica sensibilidad religiosa, el mundo se halla sostenido por un poder, el cual es, en tanto que originario, de Dios. Por eso la pregunta de la disputa religiosa es qué poder sostiene en verdad el mundo, pues quien pueda participar de ese poder tendrá asegurada cuanto menos una cierta plenitud. Pero un judío no se interesa por el poder —la fuerza, la plenitud—, sino por la salvación. Esto es, para un judío, la cuestión es si este mundo o, cuanto menos, el justo de este mundo merecerá la misericordia de Dios. Y si esta es la cuestión y no otra es porque en el fondo la experiencia judía del mundo no es, precisamente, la de un lugar habitable, lo que se dice un hogar, sino la de un mundo dejado de la mano de Dios, un mundo en donde Dios se ha tomado un merecido descanso, un mundo que permanece a la espera, precisamente, del despertar de Dios. Quien se encuentra ante Dios no se encuentra, pues, como aquél que se pregunta qué debe hacer para conectarse con la fuente de la vida, sino como la de ese condenado a muerte que se mantiene en vilo a la espera de una medida de gracia.
incipit
enero 8, 2012 § Deja un comentario
Pero ¿no experimentamos en la profundidad de toda auténtica soledad que incluso más allá de toda sociabilidad —y precisamente ahí— existe una tensión entre el bien y el mal, entre la plenitud y la deficiencia, que me acompaña y está presente en el hombre individual? Y, con todo, soy constitutivamente incapaz de comprenderme como fuente definitiva de este decir sí y decir no a mí mismo, incapaz de comprenderme como el garante de la incondicionalidad que no poseo en este decir sí o no, pero que está ciertamente implicada en ello. El encuentro con la voz original, con quien pronuncia la voz original del sí y el no, no se puede sustituir por el encuentro de uno consigo mismo.
teatrillo
enero 8, 2012 § Deja un comentario
El tiempo de la reflexión no coincide con los tiempos de la vida. Por defecto, la reflexión te saca fuera de la escena. La situación del espectador no es la del actor. Ambos no pueden ver lo mismo. Una cosa es mirarse al espejo y otra ver cómo te miras al espejo. En el primer caso, percibes, aunque sea de reojo, esa falta de coincidencia —ese hueco, ese déficit— que constituye la posibilidad de decir yo. En el segundo caso, simplemente ves tu propio cuerpo como si fuera el cuerpo de un otro. La cuestión es a quién pertenece la verdad. O mejor dicho: a quién se le dará el derecho a decir la última palabra sobre ese yo que se mira al espejo con una mezcla de fascinación y desprecio.
Teresa Forcades
enero 7, 2012 § Deja un comentario
En el monasterio de les benetes de Montserrat se masca, sin duda, la paz. Las monjas parecen estar cortadas por un mismo patrón. Todas ellas muestran idéntica mansedumbre. Y todas ellas parecen estar ahí por el mismo motivo: en un momento u otro sintieron la llamada de Dios. Teresa Forcades, por ejemplo, le confiesa al convidat Albert Om que su vocación fue una especie de rapto, algo así como un encontrarse sometida a una fuerza irresistible. ¿Qué demuestra esto acerca de Dios? Antes quizá hubiéramos dicho que todo. Hoy deberíamos decir que nada. Lo que antes se comprendía como respuesta a una demanda del más allá, hoy se explica como algo que se cuece dentro de los estrechos límites de la subjetividad. De hecho, uno puede sentirse llamado por Dios donde simplemente teme enfrentarse a la realidad del mundo o donde no se atreve a sustituir a su madre, como diría Freud. Además es cierto que si te pasas el día sintiendo las vibraciones de Dios es muy difícil que tu cuerpo no acabe adaptándose a su frecuencia de onda. Cómo no va a ser así, si incluso parece ser que las vacas dan mejor leche escuchando un cuarteto de Mozart que bacalao. No obstante, hay dos tipos de hombres: aquellos para quienes el todo lo es todo; y aquellos para quienes, extrañamente, el todo no lo es todo. Y cabe la sospecha de que lo humano se decida más del lado de los segundos que de los primeros. Por eso es posible que las Teresa Forcades de turno estén más cerca de la verdad de lo que podemos modernamente suponer… a pesar de que la impresión es que han hecho de la nada del más allá, de su hiriente silencio, no ya el motivo de una sobrehumana obediencia al mandato de los excluidos, sino la excusa para encontrar un buen rollo en los recovecos del más acá.
UVI
enero 7, 2012 § Deja un comentario
Según Martin Buber la enfermedad espiritual de nuestro tiempo consiste en que uno cuando ora no puede evitar reflexionar sobre el sentido de su oración. El hombre moderno no puede, por ello, dirigirse a un Dios personal sin caer en las procelosas aguas de la mala fe. No casualmente la única noción de divinidad que parece armonizar con el espíritu de los tiempos es aquélla en la que Dios pasa a ser algo así como la electricidad o el aire que respiramos. Pero este Dios, contrariamente al Dios bíblico, no exige ninguna adhesión para valer como Dios. Basta con que lleguemos a saber de su efectiva existencia como quien llega a saber de la existencia, pongamos por caso, del bosón de Higgs. Y acaso sea por eso que el cristianismo solo pueda sobrevivir modernamente como una variante del antiguo gnosticismo… cosa la cual, sin embargo, no puede significar otra cosa que la muerte del cristianismo qua cristianismo. (Algunos, con la intención de cuadrar el círculo, prefieren hablar de Dios como de un interlocutor oceánico. Pero esta manera de dar cuenta de Dios no parece muy seria que digamos. Más bien da la impresión de ser un renovado intento, tan sacerdotal por otra parte, de nadar y guardar la ropa.)
cabalgata
enero 7, 2012 § Deja un comentario
Algunos cristianos aún se preguntan cómo creer hoy en día —o, cuanto menos, cómo poder seguir creyendo en un Dios que se ha vuelto sencillamente irreal—. Pero el hecho preguntárselo ya es un síntoma. Nosotros mismos encontraríamos ridículo que algunos de los descendientes de los aztecas se preguntaran cómo recuperar su ancestral sentido de la divinidad en un mundo en donde el sol se ha revelado como un simple astro. Y es que una vez sabemos que los Reyes son los padres resulta difícil, por no decir imposible, asistir a la cabalgata con la misma ilusión de nuestros hijos. Como si uno pudiera decidir sobre lo que honestamente es capaz de creer.
Harper’s Bazaar
enero 6, 2012 § Deja un comentario
Dice Demi Moore en una entrevista reciente a propósito de su ruptura con Ashton Kutcher: «[mi mayor temor es] llegar al final de mi vida y sentir que no merezco ser amada. Que hay algo malo en mí. […] Me daba miedo ser abandonada. [Pero ahora no estoy dispuesta a permitir que] las heridas me conviertan en alguien que no soy.» Los miedos atávicos siguen, sin duda, ahí. La cuestión, no obstante, es si uno puede desprenderse de aquellos miedos contra los que, precisamente, se afirma a sí mismo.
black death
enero 5, 2012 § Deja un comentario
El otro día vi Black Death, una película de cierto interés, aunque fallida, sobre la caza de brujas durante los tiempos de la peste. Viéndola te das cuentas de ciertas cosas. Por ejemplo, que la fe va indisociablemene unida al temor. Que donde hay presencia de Dios, también están presentes los demonios. Que una cosa va con la otra. El mundo de la Edad Media era ciertamente un mundo en donde el más allá podía hasta olerse. Más aún: los hombres del medioevo existían en medio de un combate entre potencias antagónicas, combate en el que, quisiéranlo o no, debían tomar parte. La disyuntiva es inevitable: o te salvas o te condenas. No caben ahí las medias tintas, el anar fent del oficinista. Por aquel entonces, creer suponía, sin duda, enfrentarse al maligno, el cual se encarnaba, al igual que la bondad de Dios, en ciertos hombres y mujeres: el enemigo, las brujas, los nigromantes… La cuestión que nos plantea la película, aun con los tonos de la serie B, es si cabe creer en un Dios personal y presente, sin unas buenas dosis de superstición. La respuesta es que acaso solo podamos creer verdaderamente bajo el influjo de una superstición. El discurso de la bruja en el tramo final de la película podría firmarlo ciertamente cualquiera de los que hoy en día poseen una sensibilidad religiosa actualizada: Dios no existe, pero la naturaleza lo suple con creces. Ahora bien, la relación que podamos tener en cualquier caso con la naturaleza no puede ser en modo alguno personal: las fuerzas no exigen obediencia, sino solo un saber adecuado, en definitiva, una buena técnica. Un Dios personal solo hace culpables, hombres y mujeres que deben responder por una falta —una negación— que va con ellos. Pero también es posible que solo un culpable pueda hacer de su vida una pasión.
un mundo feliz
enero 4, 2012 § Deja un comentario
Una buena parte de nosotros vivimos rodeados de aquellos en los que podemos razonablemente confiar. Así, creemos, por ejemplo, que nuestra mujer no contratará a un sicario para librarse de nosotros. O que el camarero que nos sirve el café a diario no escupirá en nuestra taza. O que nuestros hijos, cuando envejezcamos, no nos dejarán en la calle. Este mundo tan nuestro es un mundo digno de confianza, habitable, un mundo en donde las cosas son en gran medida lo que parecen. El peligro existe, sin duda, pero está convenientemente identificado. El malo es el jorobado, el indio, la madastra. Y Dios está de nuestra parte. O la buena energía. Así pues, un mundo que se revela como apto es un mundo en donde cada cosa se encuentra en su lugar. Por eso, cuando las cosas que nos importan tarde o temprano dejan de ser lo que parecen, no podemos evitar la sensación de que nuestro mundo se hunde. Cuando, por ejemplo, aquellos hijos con los que jugamos al pilla-pilla deciden abandonarnos, ya ancianos, en una gasolinera. Tarde o temprano, nuestro mundo se revela como un espejismo en medio de una naturaleza que no distingue entre bien y mal, vida y muerte. Y es que lo natural es que la vida avance devorándose a si misma. Las golondrinas que alimentan a sus polluelos, los dejarán morir de hambre, si se adelanta el invierno. Los leones son capaces de matar de un zarpazo a sus cachorros solo para provocar el celo de las hembras. Por eso, quizá únicamente quien se encuentra sometido al extravagante mandato de un Dios que no admite negociar con los hombres pueda seguir siendo una excepción al orden natural de las cosas. La cuestión, sin embargo, es quién en medio de un mundo habitable podrá creer en semejante Dios.
ensalada griega
enero 3, 2012 § Deja un comentario
Es un hecho que el cristianismo sobrevive, como todas las revoluciones, traicionando sus orígenes. En este sentido, tenemos una amplia mayoría de cristianos que en vez de proclamar que no hay otro Dios que el crucificado, prefiere seguir creyendo en un dios a la griega, es decir, un dios con unos buenos atributos, capaz de intervenir en los asuntos humanos por la fuerza, como quien dice, solo que aquí la fuerza no sería otra que la de una bondad infinita. Como si el cristianismo nunca hubiera dicho que el Dios que se revela en el Gólgota es un Dios que no puede llegar a ser, esto es, acontecer sin la respuesta del hombre.
razones
enero 3, 2012 § Deja un comentario
Estamos tan acostumbrados a ello que apenas nos damos cuenta de lo que supuso que los hombres intentaran dirimir sus diferencias no por medio de la violencia o apelando simplemente a lo que siempre se había hecho o creído, sino al poder de convicción del mejor argumento. No debería extrañarnos, pues, que las exigencias de la racionalidad se experimentaran en su momento, el de la Atenas de Pericles, como una liberación de las sujeciones propias de las épocas o circunstancias. El argumento válido, en tanto que obliga a todos por igual, se revela, pues, como el único garante de la igualdad. Ahora bien, quien admite el caracter emancipatorio de una razón universal, debería estar dispuesto a conversar con el caníbal para hacerle ver que su hambre es un error.
a ver quién puede más
enero 2, 2012 § Deja un comentario
El problema del politeísmo es el de la jerarquía de los poderes divinos. La cuestión que el politeísmo debe resolver es, al fin y al cabo, muy simple: ¿qué poder —qué dios— es el más capaz? ¿Cuál es la fuerza que sostiene el mundo? La cuestión del politeísmo es, por tanto, la misma cuestión que se planeta la ciencia. Se trata, en definitiva, de saber con qué poder o fuerza habrá que vérselas. Qué poder tendremos que controlar, sea ritual o técnicamente. Es por eso que el monoteísmo difícilmente podrá entenderse como un politeísmo de un solo dios, pues el que cree en YWHW no busca participar de su fuerza, como esos pobres hombres que buscan el amparo del padrino con más cojones. Para YWHW, como es sabido, no hay culto que valga, no hay sacrificio que pueda ponerle en deuda con el hombre. Y porque el Dios bíblico es insatisfacible, el creyente solo puede invocar su misericordia o su perdón. La relación creyente con Dios no se sostiene, pues, sobre un saber acerca de la divinidad, sino sobre la experiencia fundamental de un Dios que, estando fuera de campo, mantiene el mundo en vilo o, por decirlo de otro modo, sub iudice. Un creyente está convencido de que el mundo no tiene remedio; que la solución a la existencia no pasa por encontrar aquella fuerza a la que conectarse; que el veredicto de Dios es solo cuestión de tiempo. No casualmente YWHW es un Dios de condenados a muerte, como quien dice, de aquellos que no tienen otro futuro que el que una medida de gracia pueda concederles y que, por eso mismo, se sienten obligados infinitamente con aquellos que comparten su misma situación como si fueran hijos bastardos de un mismo padre. Es así que un Dios que se manifiesta como juez y no como fuerza en modo alguno puede entrar en la pugna religiosa. El monoteísmo es, ciertamente, otro asunto.
el poder de los comienzos
enero 2, 2012 § Deja un comentario
Como el pasado ya no ilumina en futuro, el espíritu camina entre tinieblas.
A. de Tocqueville
mister G.
enero 2, 2012 § Deja un comentario
Envejecer es retirarse progresivamente del mundo de las apariencias.
JW Goethe
saber de Dios
enero 1, 2012 § Deja un comentario
Hoy en día un gran número de teólogos, católicos y protestantes, saben más de la vida interior divina que la de sus familiares más próximos.
¿y si fuera verdad…?
diciembre 31, 2011 § Deja un comentario
Una vida con sentido es una vida que sabe que forma parte de un orden más amplio. Que las cosas no suceden sin más. Una vida con sentido es, pues, una vida que puede dormir en paz, incluso cuando las cosas no acaban de ir conforme a lo debido. Para esa vida, las cosas de este mundo apuntan a una plenitud de la cual únicamente poseemos los vestigios. Y puede que, en definitiva, sea cierto que Dios es la luz que sostiene todo cuanto es. Que este mundo sea simplemente un campo de pruebas. Que, al fin y al cabo, se trate de purgar el propio karma. Que la muerte sea tan solo una transición a otra forma de conciencia. Pero si esto es verdad, entonces el monoteísmo bíblico es un delirio, una extravagancia, una creencia propia de neuróticos. Es de sobras conocido que la experiencia básica del judío no es la de un mundo con sentido, sino la de la radical contingencia de cualquier sentido que repose sobre el orden del mundo. Las cumbres olímpicas no dan la medida del hombre y el mundo no es, por consiguiente, imperfecto, sino, en cualquier caso, incierto. Los dioses y los hombres se encuentran en el mismo pack de un mundo dejado de la mano de Dios. Dios, para un judío, no se revela pues como la sustancia del mundo, sino como la voluntad de la que pende el mundo como si de un hilo se tratara. El mundo por entero se encuentra sub iudice para quien permanece en la perplejidad sufriente de Job. Ni la luz ni la tiniebla se muestran como algo último. Es por eso que el sentido que pueda dar el Dios bíblico es un sentido aplazado, algo aún por ver. Estrictamente, un por-venir. Y es por eso también que bíblicamente suele decirse que Dios se da en el modo de la promesa. En los tiempos del presente, de Dios tan solo tenemos un mandato, un imperativo tan inaplazable como insatisfacible, a saber, el de atender a la demanda del oprimido como si fuera la demanda misma de Dios. El hombre debe aprender a vivir sin otro anclaje que el de la obediencia a una exigencia infinita, esto es, a vivir como un culpable que aguarda la redención de un Dios sin rostro. Lo dicho, un insomnio, un exceso, una enfermedad. Con la paz que da saber que todo se encuentra ya decidido de antemano. Que el mundo es tan solo un lugar de paso, un ámbito en donde, tras la debida purgación, podamos dejar nuestro cuerpo de gusano para volar como crisálidas hacia un más allá sin sombras.
simples
diciembre 29, 2011 § Deja un comentario
Vivimos lejos de la vida. Nuestros días se suceden sin que sepamos hacia dónde. La distracción es nuestro único aliciente. Pero este es el efecto no previsto de una vida asegurada tras los muros de la ciudad. Cómo cambiarían las cosas si pudiéramos oler la muerte a nuestro alrededor, si viviéramos, por ejemplo, en medio de un clima de violencia. Puede que incluso llegáramos a creer sinceramente en algo. Más aún: que la bondad se revelase como un valor.
… y concibió por obra del Espíritu Santo
diciembre 28, 2011 § Deja un comentario
El relato de la anunciación suele entenderse, sobre todo por los pagos del cristianismo conservador, en clave paranormal: como si se tratara de una variante cristiana del mito aquél en donde Zeus, con el aspecto de un cisne, fecunda a Leda, una humana. Pero esto es a todas luces increíble. Más aún, de ser cierto, lo único que quedaría demostrado es que existen seres superiores —se traten de dioses, fantasmas o extraterrestres más o menos buenos— capaces de fecundar a nuestras hembras. Sin embargo, bíblicamente Dios no se revela en verdad como una divinidad que pueda intervenir en los asuntos humanos alterando el orden natural de las cosas. Parece, pues, que el único modo de salvar el relato pase por la vía de la interpretación metafórica: como si lo único que se nos dijera es que María concibió a su hijo en el espíritu de la bondad de Dios. Ahora bien, si el relato neotestamentario insiste en que María no conocía a ningún hombre cuando concibió a Jesús es porque no pretende decirnos solo eso. De lo que se trata sobre todo es de darnos a entender que ese embarazo era humanamente imposible, esto es, que la concepción de María solo fue viable por la gracia de Dios. De hecho, el relato no es en la Biblia tan excepcional. Bíblicamente, los embarazos imposibles, sean de vírgenes o de mujeres estériles, pretenden indicarnos que la vida debida a Dios es aquélla que se nos da cuando ya no nos queda vida por delante, esto es, cuando la vida que nos queda es una vida que en modo alguno podremos reconocer como nuestra. Por tanto, la intervención de Dios es algo esencial en el relato de la anunciación. Dejarla de lado tiene más que ver con nuestras dificultades con Dios que con las exigencias de una lectura que pretenda ser honesta. Ahora bien, si Dios no interviene al modo de un fantasma bueno, ¿cómo es posible decir que concibió por obra y gracia de Dios? De hecho, es muy posible que tan solo tengamos que leer el relato en clave judía para caer en la cuenta de lo que quiere transmitirnos. Bíblicamente, estar lleno de Dios equivale a estar sometido por entero a Dios… y solo los desamparados, los dejados de la mano de Dios, aquellos que ya no pueden confiar en su posibilidad, se encuentran enteramente sometidos al poder —la posibilidad— de Dios. Así pues, lo más probable es que María fuera una madre soltera… lo cual, en el contexto de una sociedad de raíces tribales, era como decir una cualquiera. Una madre soltera era rechazada incluso por sus propios padres, pues, al no poderla casar con nadie, ya no servía para nada que valiera la pena. Era, por encima de todo, un motivo de vergüenza, una cosa impura. La mujer que concibiera sin estar casada pasaba a convertirse de inmediato en un desperdicio social. De hecho, un fragmento del Talmud atribuye la paternidad de Jesús a un legionario romano, un tal Pantera… con lo que, al margen de la maledicencia que pueda haber en este rumor rabínico, es posible que Jesús fuera el hijo de una violación. Es como si María hubiera sido una judía que, en la Alemania de los años cuarenta, llevara en su seno al hijo de un SS… Decir, por tanto, que el embarazo de María era humanamente imposible no significaría, pues, que fuera fisiológicamente imposible, sino humanamente inviable, esto es, algo que ni María ni ninguna otra mujer pueden llevar a cabo sin destruirse psíquicamente. Admitir un embarazo de este calibre era simplemente cerrarse las puertas del mundo y, en definitiva, de cualquier vida mínimamente digna. María en el momento que concibe a su hijo ya no puede esperar otro futuro que el de los miserables… y en la tradición bíblica todo lo que queda del hombre cuando el hombre ya no puede confiar en su posibilidad es, sencillamente, de Dios. Podríamos decir que lo más humano —lo que humanamente habríamos aceptado o incluso exigido— hubiera sido abortar. Que María, con el apoyo de ese viudo que fue José y que probablemente le doblase la edad, decidiese acoger la vida marcada que llevaba en su seno como una vida sagrada —como una vida nacida de la altura de Dios, como quien dice— es el milagro, por no decir el delirio, que invierte la lógica de este mundo. Se trata de lo increíble no porque sea inexplicable, sino porque es humanamente injustificable. La obligacion de alumbrar esa vida aquí no viene del lado del hombre, sino del lado de un Dios… que deja, precisamente, que estas cosas pasen. De ahí que la primitiva devoción a María esté lejos de ser una superstición. Lucas, por ejemplo, tuvo claro de buen comienzo que no es posible comprender a Jesús sin el fiat de María. Sobre el papel parece que el relato evangélico sea una variante de los mitos que pretenden legitimar a ciertos hombres como caídos del cielo. Pero quien sepa leer entre líneas se dará cuenta que el relato de Lucas, aunque siga el modelo del mito, no tiene su centro de gravedad en la intervención divina, sino en la aceptacion de María. Lucas, como el resto de los autores bíblicos, se sirve del mito para decir lo que ningún mito podrá admitir, a saber, que el poder de Dios —su posibilidad— se encuentra en manos de los pobres. Sin duda, de esas lluvias marianas llegaron los lodos de un Jesús que si predicaba eso tan imposible del amor al enemigo es porque de algún modo se supo fruto de ese amor.
bastan los cuerpos
diciembre 27, 2011 § Deja un comentario
Dice Judith Butler que ser un cuerpo es, en gran medida, estar privado de un recuerdo completo de la propia vida. Y no le falta razón. De hecho, ésta es la tesis básica del psicoanálisis y, en última instancia, la convicción más arraigada de la antropología veterotestamentaria: uno no puede reconocerse en aquellos acontecimientos que lo originan. Esto es, nadie puede apropiarse de lo que hizo posible que pudiéramos decir yo. El origen es de por sí traumático, algo que debe ser olvidado por prescripción médica. O mejor dicho: nacemos de un gran rechazo, de un desprecio infinito, en bíblico, del repudio mismo de Dios. La enfermedad mortal, la angustia de Kierkegaard, un fenómeno típicamente protestante, y no por casualidad, tiene que ver con el hecho de que no hemos olvidado lo suficiente esa parte de nosotros que tuvimos que negar —o, mejor dicho, amputar— para llegar a ser alguien. Quien puede creer en sí mismo es porque ha conseguido dar el pego, ocultar su tara, esa lacra que no puede aceptar, ni en sí mismo ni en los demás… y que, sin embargo, le acompañará mientras viva como lo más verdadero de sí mismo. Así pues, si podemos decir yo es porque no podemos admitir la integridad del propio cuerpo. De ahí que aquellos que no conciben otra plenitud que la de una vida inmaculada tengan dificultades para comprender que no puede haber otra redención que la que pasa por abrazar esa boñiga que tuvimos que dejar atrás para poder confiar en nuestra posibilidad.
falta de crédito
diciembre 27, 2011 § Deja un comentario
Es muy posible que ciertas verdades últimas, por ejemplo, el que la vida se nos haya dado dentro de un plazo y, por tanto, como una especie de crédito que deberíamos saldar, al fin y al cabo, esas verdades en las que se concentra la experiencia de la propia finitud, no podamos vivirlas in abstracto. No basta con saber que ciertas verdades últimas son, precisamente, verdaderas para que podamos vivir conforme a ellas. Hace falta también integrarlas en la totalidad de la existencia. Hace falta que nuestro cuerpo también las crea. Por eso, es muy posible que solo podamos asumirlas imaginando que hay alguien ahí arriba que nos ha concedido un tiempo de vida para hacer algo con ella, esto es, imaginando un dios que hoy en día en modo alguno podemos dar por sentado y que, por tanto, únicamente cabe suponer con algunas dosis de mala fe. Con todo, esto quizá sería lo más fácil. Tan fácil como acaso decir aquello de que la vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no significa nada. Lo difícil es vivir estas verdades últimas a la judía, esto es, abrazando la vida como una vida debida a un Dios que ni siquiera admite ser invocado como divinidad. Un Dios que se da en el modo de la falta, que aún está por ver. Un Dios por-venir.
