modernismo

marzo 1, 2011 Comentarios desactivados en modernismo

Para comprender nuestros tiempos basta con imaginar que alguien dijera que ama a su esposa solo por ser la madre de sus hijos. La mayoría no comprendería por qué este simple hecho —tan enorme por otro lado, si se tiene en cuenta que no hay vida que, en verdad, no haya sido arrancada de la muerte— sea suficiente para querer a alguien. La mayoría no estaría dispuesta a aceptar que el gusto apenas importara en este asunto tan crucial. Lo que ignora la mayoría —el motivo de su moderna ingenuidad— es que las preferencias del consumidor difícilmente nos permiten ir más allá del propio ombligo. No es de extrañar que nada decisivo ocurra para quienes el mundo, lejos ya de su antigua hostilidad, no ofrezca otra cosa que cosas que comprar.

no hay arte sin obsesión

marzo 1, 2011 Comentarios desactivados en no hay arte sin obsesión

Diría que es, cuanto menos, muy díficil dedicar tu vida a una sola cosa o, como también suele decirse, alcanzar un mínimo de integridad, sin sentirse impulsado por un difuso deseo de autodestrucción.

Josep Llort, autorretrato

marzo 1, 2011 Comentarios desactivados en Josep Llort, autorretrato

Hay quienes viven de la pintura. Hay quienes viven, los menos, para la pintura. Los primeros acaparan la atención del presente. Los segundos, lo ignoran. Los primeros, son felices. Los segundos, se encuentran más allá de su felicidad. Los primeros, morirán mirándose el ombligo. Los segundos, no pueden soportarse. Que la verdad esté del lado de los segundos es algo que debería, cuanto menos, provocar el temblor de las gentes.

 

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after victory

febrero 28, 2011 Comentarios desactivados en after victory

La decepción sucede a la satisfacción de la necesidad. Quizá por eso aquello último difícilmente podrá darse como la realización de un deseo.

paradise

febrero 28, 2011 Comentarios desactivados en paradise

¿Alguien se imagina un Paraíso con deberes morales? En el mundo de la comunión de los santos todo se haría por inclinación (sobre)natural. Ningún conflicto puede habitar en lo más profundo de los entes espirituales. Ninguna exigencia se les impondría contra su sensibilidad. De hecho, el combate interior solo aparece donde seguimos divididos y, por defecto, no hay división que valga para quien ha logrado, más allá de la muerte, la anhelada integridad. Un santo coincide, pues, con su modo de ser. La vida de los santos sería, al fin y al cabo, un juego y el cielo un chiquipark. La estética, el puro gozo de vivir, se revelaría como el summum de la existencia y la ética, en definitiva, no sería más que esa escalera que dejamos caer una vez alcanzamos la altura deseada. Los santos son, así, como niños. Son lo que son. Sin mandato que los mantenga fuera de sí mismos. No obstante, ¿quién puede desear honestamente esta santidad? Un cielo paradisíaco ¿no supondría el más espantoso de los vaciamientos? ¿Acaso esa beatitud —esa inocencia, esa integridad— no es la de las alimañas? Para los hombres, no hay beatitud que no sea un descenso, una humillación, una kenosis. Un santo que haya dejado atrás la posibilidad del mal, tampoco puede, propiamente, ser bueno. Un santo, en este sentido, es un idiota moral, una bestia etérea. Una vez más se confirma el carácter perverso de nuestros ideales de pureza. Y es que la imagen de una vida sin mácula siempre representa lo que en modo alguno podríamos humanamente admitir.

solo Dios es bueno

febrero 28, 2011 Comentarios desactivados en solo Dios es bueno

No es casual que la santidad cristiana esté por encima de la beatitud. Ninguno de nuestros santos —ninguno de los que llegaron a responder a Dios— fueron, lo que se dice, vidas al margen de la tentación. Más aún: quien abraza el mal —quien consigue, contra sí mismo, amar a su enemigo— difícilmente puede desprenderse del olor de la sangre derramada. Quien anda entre pobres no acaba precisamente limpio. Por eso conviene cristianamente decir una y otra vez que del cielo no tenemos ni idea. De lo contrario corremos el riesgo de hacer de nuestros beatillos, santos antes de tiempo.

(Y quien objete que para ser santo antes hay que ser beato, debería tener en cuenta que la beatitud precede a la santidad solo en el orden del conocimiento. En este orden, primero va el síntoma y luego la cosa. La Iglesia, ciertamente, ha de poder declarar la beatitud para poder reconocer la santidad. Pero en el orden del ser primero va la respuesta —la santidad— y, luego, la integridad como el obligado horizonte de una vida marcada por la insoportable llamada de Dios.)

más madera para un cristianismo fácil

febrero 27, 2011 Comentarios desactivados en más madera para un cristianismo fácil

Del libro de Job: si aceptamos de Dios los bienes, ¿no vamos a aceptar los males? Del libro de las Lamentaciones: ¿No proceden de la boca de Dios los males tanto como el bien? (3, 38). De las sentencias de Qohelet: observa la obra de Dios ¿quién podrá enderezar lo que él ha torcido? […] Dios ha creado los dos contrarios para que el hombre no pueda averiguar nada tras de sí (7, 13-14). Del profeta Isaías: Yo soy Yavhé y no hay otro, artífice de la luz, creador de las tinieblas, hacedor de la paz y creador del mal. Yo Yavhé hago todo esto (45 6-7). Y, finalmente, de la regla de la comunidad de Qumrán: Él creó a los ángeles de la luz y a los ángeles de las tinieblas y sobre ellos fundó todas las obras.

¿Basta con decir que todo esto es material espurio, restos de una mentalidad que no deberíamos tener en cuenta? ¿Acaso la poda no supondría de nuevo hacer de Dios algo a nuestra medida? 

sobre el cristianismo hippy

febrero 27, 2011 Comentarios desactivados en sobre el cristianismo hippy

Quienes aborrecen la reflexión teológica en favor de un cristianismo de los sentimientos, olvidan que la experiencia creyente es indisociable de la cuestión acerca de qué ocurre con ese Dios que parece abandonar a sus fieles en los momentos cruciales. No es causal tampoco que esos mismos cristianos no sepan qué hacer con la dogmática. Ignoran que ésta, lejos de zanjar la cuestión sobre Dios, la mantiene abierta como una cuestión sangrante, pues ¿acaso decir que el Crucificado fue Dios verdadero y hombre verdadero es decir algo que podemos sentimentalmente dar por bueno? Esos cristianos del cojín olvidan, al fin y al cabo, que sapere significa, de entrada, saborear. Un cristianismo que eluda la pregunta por la verdad solo puede engendrar cristianos encantados de conocerse.

y la palabra se hizo carne

febrero 27, 2011 Comentarios desactivados en y la palabra se hizo carne

Una cosa es perdonar a tu enemigo porque te sientes espontáneamente inclinado a ello, si es que esto fuera posible, y otra hacerlo porque has encarado a Dios, esto es, porque sabes que no hay nada más allá de ese perdón.

H2O

febrero 26, 2011 Comentarios desactivados en H2O

Decir que de Dios en sí mismo tan solo tenemos un nombre equivale a decir que de Dios no hay atributos que valgan. Ni siquiera el de la bondad. Estrictamente hablando un nombre sin referencia es un símbolo, algo cuya referencia está por ver. Como cuando nos encontramos con un trazo indescifrable en una piedra de la antigüedad o como cuando el silencio sucede al ruido del mundo (1 Re 19 11-13): Dios es siempre el que debe acontecer —o mejor dicho: el que se encuentra por volver. Ciertamente, alguien aquí podría levantar la mano y poner sobre la mesa aquellas citas bíblicas que caracterizan a Dios como, por ejemplo, misericordioso. Sin embargo, quien proceda de este modo olvida las otras citas, las que lo comprenden, precisamente, como terrible. Así pues, si los atributos son tan contradictorios es que, en realidad, no atribuyen nada. Decir que Dios es bueno y, al mismo tiempo, cruel es no decir nada de Dios. En todo caso, supone decir que tanto la bendición como la desgracia son debidos a la trascendencia de Dios, al eclipse del séptimo día. Solo bajo el prisma deformado del helenismo podemos dar por sentado que el Dios bíblico posee una naturaleza, un modo de ser. Desde la experiencia veterotestamentaria de Dios, lo único que podemos decir de Dios es que, en tanto que vivimos de su ausencia, Dios sigue pendiente como el por-venir absoluto del mundo, esto es, como su término o final. Y es que la realidad de Dios, al fin y al cabo, no puede comprenderse como la de una molécula de agua, la cual, como sabemos, puede adoptar tres estados diferentes. Hay señales de Dios, pero nunca son las que esperábamos. Y es que de Dios no hay más señal que la que nos señala como culpables, literalmente, como aquellos que aún deben responder. ¿O es que acaso alguien puede admitir como señal el llanto, el clamor que le distingue como aquel que, de entrada, se encuentra como Caín, fuera de lugar?

las cosas de Job

febrero 26, 2011 Comentarios desactivados en las cosas de Job

La Ilíada es grande sólo porque toda vida es una batalla, la Odisea porque toda vida es un viaje, el libro de Job porque toda vida es un enigma.

G.K. Chesterton

Job el edomita grita pidiendo un sentido: pide a Dios que se dé un sentido a Sí mismo.

G. Steiner

Quien se interesa por la Biblia y la literatura acabará dando vueltas en torno al libro de Job como un satélite.

N. Frye

 

la importancia de hacer los deberes

febrero 25, 2011 Comentarios desactivados en la importancia de hacer los deberes

No creo que hoy la experiencia religiosa esté aún ligada a la convicción de que “Dios existe” y puede que sea nuestro deber (de cristianos) ayudar a los demás a que se den cuenta de ello.

G. Vattimo

ladrón de bicicletas

febrero 25, 2011 Comentarios desactivados en ladrón de bicicletas

Ves a un hombre de mediana edad deambulando por la calle, sin trabajo y, probablemente, sin familia. ¿Qué imagen sostiene su esperanza? Pues, si continúa en pie —si logra soportarse— es porque tiene una ficción a la que agarrarse, una figura arquetípica con la que identificarse, una incomprensible elevada idea de sí mismo, un ídolo. O, en su defecto, porque posee una convicción básica del tipo mi dios no me abandonará. Sin embargo, da igual una cosa u otra. Se trate de un ídolo o de una creencia, lo cierto es que el juego se sigue jugando en el espacio de lo humano. Y, por consiguiente, nada definitivo se juega aquí. Muletas para disimular la cojera. Droga dura. No debería extrañarnos, así, que nada comience en verdad hasta que un hombre se queda sin imágenes —hasta que no soporta el peso de la altura de Dios—. Es posible que los grandes textos bíblicos no quieran decirnos otra cosa. Al fin y al cabo, un creyente de raza está más cerca del nihilismo que muchos de nuestros ateos de salón, algunos de los cuales han sustituido la increíble confianza en Dios por una ingénua confianza en las posibilidades del mundo.

el viejo Dietrich

febrero 25, 2011 Comentarios desactivados en el viejo Dietrich

«Un Dios que existe no existe», dijo Bonhoeffer. Y muchos cristianos estarían de acuerdo. Sin embargo, ¿cómo es que estos mismos cristianos, por lo común, siguen dirigiéndose a Dios como si Dios existiera? Aquí la cuestión es muy simple: o Bonhoeffer tiene razón o no la tiene. Y si la tiene, ¿en qué sentido podemos seguir con Dios?

tal cual

febrero 24, 2011 Comentarios desactivados en tal cual

¿Puede sobrevivir un Padre a la muerte —cruenta, injusta— de su Hijo? Algunos siguen creyendo que sí. Por lo común, no son padres —ni, por descontado, madres—. Suelen argumentar que estas cosas no hay que tomárselas al pie de la letra —que hay que interpretarlas—. Sin embargo, ellos son los primeros en creer al pie de la letra: que si Dios se encuentra por ahí, tutelando nuestra existencia; que si Moisés dividió efectivamente el mar; que si María fue físicamente virgen, etc.  En este sentido, resulta difícil entenderlos. Aunque, de hecho, deberíamos darles la razón: para comprender el alcance de ese acontecimiento crucial no hay más que seguir el curso de las palabras que se emplean. Solo que no parece que estén dispuestos a hacerlo. Si se dice que en el Gólgota muere el Hijo de Dios, entonces el Padre, por mucho que lo sienta, no puede quedarse tal cual por encima de esa cima. O por decirlo con otras palabras: si únicamente en esa Cruz se revela Dios mismo, entonces Dios no puede limitarse simplemente a contemplar los hechos. Quizá sea por eso que, con el tiempo, los creyentes llegaron a decir algo tan inaceptable para la conciencia común como que en esa Cruz tuvo que morir Dios mismo para que el homo sacer pudiera dar(nos la) vida en medio de la muerte.

complete rest

febrero 24, 2011 Comentarios desactivados en complete rest

La mujer, ¿reposo de guerrero? Ciertamente, hay algo muy básico en todo esto. Sin embargo, una vez más se cumple aquello de Hegel: que lo natural en el hombre es que deje de ser natural. Una vez más, lo que tiene que ser no coincide con lo que debe ser. O lo que viene a ser lo mismo: una gran perturbación acaso sea el precio que terminamos pagando por ser lo que somos.

factum

febrero 22, 2011 Comentarios desactivados en factum

No hay hechos últimos. O mejor dicho: lo último es que no hay hecho último. De lo que se deduce que lo último no es un hecho, sino la exigencia misma de lo último. (Como para que a estas alturas siga habiendo alguien que insista en la existencia de Dios.)

Dogville (1)

febrero 22, 2011 Comentarios desactivados en Dogville (1)

Cabe la posibilidad de que Dogville sea también un panfleto antisemita. ¿O acaso hubiera habido esa ilustración final —ese pequeño holocausto— si el pueblo de Moisés, ese perro furioso, hubiera sido capaz de acoger a la hija de Dios? Sin embargo, lo más probable es que Lars von Trier dé por hecho que, en el fondo, todos somos unos malditos judíos.

más allá de Onán

febrero 22, 2011 Comentarios desactivados en más allá de Onán

Intimidad es vulnerabilidad, pues lo más íntimo en modo alguno nos pertenece.

(No es casual, por tanto, que una amante siempre acabe siendo testigo de la caída de aquel a quien cree amar.)

dilema

febrero 21, 2011 Comentarios desactivados en dilema

Caben dos posibilidades. O bien existe otra dimensión —oculta, sobrenatural— en donde no hay desgracia, o bien no hay más cera que la que arde y, por consiguiente, el mal no encuentra la horma de su zapato en ningún más allá. En el primer caso, ese otro mundo sería el mundo verdadero, mientras que el nuestro no sería más que una copia defectuosa. Las hombres buenos lo serían por imitación —por sintonía—, mientras que los malos lo serían por ignorancia o impericia. Y sin duda es una manera de verlo. De hecho, la más consoladora. Sin embargo, de ser cierta, lo divino o, si se prefiere, Dios mismo— no dejaría de ser propiamente un hecho, un elemento que, aunque supremo, pertenecería, en definitiva a la totalidad. El único inconveniente de esta visión es que no deja lugar para la voluntad, pues solo un Dios que se sitúe fuera de la Creación —y, por tanto, inexistente—, solo un Dios que nos obligue a admitir que no hay más cera que la que arde, puede someter al hombre a esa demanda imposible que, con independencia de su modo de ser, le libere del poder de las circunstancias.

un puente sobre el Sena

febrero 21, 2011 Comentarios desactivados en un puente sobre el Sena

1. Un estruendo: la / verdad misma / hace acto de presencia / entre los hombres / en pleno torbellino de metáforas.

2. Una hoja / sin árbol para Bertold Brecht: / ¿Qué tiempos son estos, / cuando hablar / es casi un crimen / porque ello / encierra tanto ya dicho?

3. Los prófugos papagayos grises / dicen / misa en tu boca. / Tú oyes llover / y piensas que también esta vez / es Dios.

Paul Celan

pregunta tema

febrero 21, 2011 Comentarios desactivados en pregunta tema

Quienes sostienen la existencia de los ángeles ¿estarían dispuestos a invertir la cantidad de dinero de aquellos programas de investigación que pretenden demostrar, por ejemplo, la existencia de fantasmas o, cosa más interesante, de una conciencia después de la muerte? Si su respuesta es que no hace falta, pues ya están convencidos de su existencia, entonces ¿no deberían admitir que su creencia tiene más que ver con ellos —con su necesidad de creer— que con el valor intrínseco del objeto de su creencia? En vez de decir que existen los fantasmas ¿acaso no deberían decir que a ellos ya les va bien creer en su existencia? Probablemente tenga más fervor quien arriega su vida en busca del santo grial que quien defiende que el santo grial es una metáfora, en último término, algo que exige una interpretación. La cuestión, sin embargo, es quién puede hoy creer con esta sinceridad.

una historia poco bíblica

febrero 21, 2011 Comentarios desactivados en una historia poco bíblica

Hubo una vez un muñeco de sal que recorrió regiones enteras hasta que llegó al mar. Al llegar a la orilla el muñeco le preguntó: ¿quién eres? Y el mar le respondió: ven y lo verás. Primero hundió un pie y luego el otro, mientras obsevaba con temor como se disolvían. Le preguntó de nuevo: ¿quién eres? Y el mar no respondió. Su cuerpo se iba diluyendo poco a poco a medida que entraba en el mar. Finalmente, antes de fundirse por entero, escuchó una voz interior que le decía: el mar soy yo. (Compárese con Ex 3, por ejemplo. O, también, Mc 15, 34.)

un escándalo es un escándalo

febrero 17, 2011 Comentarios desactivados en un escándalo es un escándalo

El escándalo —lo intolerable—: que esa cruz sea la cruz de Dios. Es decir, que Dios no se presente como poder, sino como impotencia. Esto es, precisamente, lo que no podemos aceptar. ¿En qué sentido puede seguir siendo Dios un Dios que acaba colgado de un madero, un Dios que no se manifiesta tal y como debe ser? ¿Cabe confiar en un Dios que no parece capaz de sacarnos del atolladero? ¿En qué sentido puede seguir siendo ese Dios crucificado un Señor? ¿Besaríamos la mano de Vito Corleone si no fuera capaz de protegernos? El problema no es que cristianamente digamos que el Dios que se revela en la Cruz es un Dios débil. El problema es que no nos escandalizamos aún lo suficiente. ¿Cómo podemos proclamarlo y quedarnos tan anchos? ¿Acaso podemos admitir tal decepción? El hecho fue que el hombre de Dios —aquel en quien, según dicen algunos, habitaba el espíritu, esto es, la fuerza, el impulso mismo de Dios— no fue capaz de transformar el corazón de sus verdugos. Así pues, o bien en esa cruz murió, una vez más, el profeta y, por consiguiente, aún nos mantenemos judíamente a la espera de Dios; o bien en esa cruz murió un impostor, alguien que creyó poder ofrecer antes de tiempo la misericordia que solo Dios puede ofrecer en los días del Juicio. Lo que no podemos decir, sin que sea cuestionado el significado mismo de la palabra «Dios», es que en el Gólgota fue crucificado Dios mismo. Y si cambia el significado —si queda alterada la posición de Dios— es porque en verdad no hay «deus ex machina» que valga, esto es, porque en realidad no existe ese Dios que el hombre espera encontrar. Ahora bien, algunos se preguntaran por qué seguimos, con todo, empleando la palabra «Dios», si no se trata de «Dios» en el sentido usual del término. La respuesta solo es comprensible para quien admite el carácter histórico de lo real: si seguimos hablando de Dios es porque el vínculo de Dios con el hombre solo puede tener lugar en la inmolación misma de lo divino. Por eso de Dios solo poseemos sus restos, su espíritu. Estrictamente, el lenguaje del cristianismo es un metalenguaje: un lenguaje acerca del lenguaje acerca de Dios. Aquí la provocación de Duchamp puede servirnos como pista. Como es sabido la experiencia del arte contemporáneo solo es posible en el interior de un discurso sobre el arte. Si esos burgueses se escandalizaron cuando vieron en la sala de exposiciones un urinario en vez de un cuadro de Ingres no fue porque se encontraran con algo diferente a lo esperado —como ocurriría, por ejemplo, si el pintor fuera David y no el Ingres anunciado—, sino porque toparon con algo que en modo alguno podían aceptar como algo bello. Y, sin embargo, si el urinario de Duchamp es bello, si representa una belleza ausente —si la encarna— no es porque se parezca a una belleza ideal, sino porque ocupa el lugar de una belleza imposible. Decir, pues, que el sujeto de la revelación es Dios mismo equivale a decir que no se trata de una iluminación: no es que el hombre se haya dado cuenta de que la palabra «Dios» se refiere a un Crucificado en vez de, por ejemplo, a Zeus o a Moloch. Duchamp profanó el templo de la belleza como la Cruz profanó el Templo de Israel. Y si ello fue posible es porque el lugar de Dios fue ocupado por lo que nos queda de Dios cuando ya no queda nada de Dios, a saber, un excremento, un nadie, una huella de Dios. Al fin y al cabo, el aliento de un Crucificado.

 

 

actualidad del cristianismo

febrero 17, 2011 Comentarios desactivados en actualidad del cristianismo

A veces me preguntan si el cristianismo puede ser una religión para nuestros días. Y mi respuesta es siempre la misma: diría que no. Una religión para nuestros días es, por ejemplo, el budismo. De hecho, el budismo, en tanto que religión sin Dios, se ofrece ciertamente como una solución para quienes queriendo ir más allá de sí mismos, no están dispuesto a regresar al Dios de su infancia. El budismo sería, pues, una religión para nuestra mayoría de edad, como quien dice. En cambio, el cristianismo difícilmente puede ser una religión actual en tanto que, de entrada, no se revela como una solución a nuestro estrechez de miras. El kerygma cristiano no está ahí para compensar nuestra sequedad espiritual. Más aún: como religión de los días finales, si es que de hecho se trata de una religión, el cristianismo nunca ha sido actual. O lo que viene a ser lo mismo: porque su mensaje es un mensaje de ultratumba, el cristianismo nunca se ha conciliado con ningún presente. Al contrario. Precisamente porque el cristanismo quiebra la autosuficiencia de cualquier actualidad, el cristianismo se revela como la única verdad acerca de lo último, esto es, acerca de la indigna muerte de los justos. De hecho, lo que confiesa un cristiano, a saber, que la Cruz es el único lugar en donde uno puede toparse con Dios, es algo que ninguna sensibilidad actual puede honestamente admitir.

égalité

febrero 16, 2011 Comentarios desactivados en égalité

Aquello que nos debemos unos a otros —el compromiso ético— no puede basarse en ningún hecho, ni siquiera en el hecho de la igualdad. Así, por ejemplo, no podemos decir que debemos respetarnos porque, en definitiva, somos iguales. Basta con negar este hecho, basta con cuestionar debidamente esta igualdad para dejar de sentir el poder del mandato moral. Al fin y al cabo, ningún hecho posee autoridad. Ningún hecho puede moralmente obligarnos. Por tanto, el carácter imperativo del no matarás en modo alguno procede del reconocimiento del hecho de que seamos iguales, sino que más bien ocurre al revés: porque se nos impuso con autoridad el no matarás, cualquier vida humana, sea cual sea su mérito, se nos revela como igual. Aquí la cuestión es, sin embargo, de dónde procede esa autoridad.

la madre naturaleza

febrero 16, 2011 Comentarios desactivados en la madre naturaleza

Algunas mujeres se quejan de que los hombres solo ven, cuando las miran, un cuerpo. Algunos hombres dicen, por su lado, que las mujeres solo se fijan en su cuenta corriente. Sin embargo, la naturaleza es sabia. Si a la hora de reproducirse solo contara el alma del hombre o la mujer —un gran carácter, una vida elevada—, entonces haría ya tiempo que habríamos dejado de existir. Pues una cosa es que demos por sentado que cualquier hombre o mujer valgan la pena y otra que, de hecho, valgan la pena. Por suerte para la especie, tirán más dos tetas que dos carretas. La individualidad, mejor dicho, el exceso que sostiene una individualidad, nunca hizo buenas migas con lo general.

impotencia del reduccionismo

febrero 16, 2011 Comentarios desactivados en impotencia del reduccionismo

Desde una cierta distancia, un hombre es un bicho que no puede aceptar que lo es. Este rechazo de sí —este no poder soportar la integridad del propio cuerpo— es, en definitiva, aquello que nos define… si es que se trata de una definición. Por eso la palabra ‘ser’ no puede menos que aplicarse paradójicamente al caso del hombre: el hombre no se encuentra —no es— allí donde está. Heidegger decía que el hombre propiamente no es, sino que ex-siste. Un hombre siempre quisiera hallarse en otra parte, fuera de su actualidad. Y quiza sea ésta la razón por la que lo humano del hombre no coincide con un determinado modo de ser. En este sentido, porque el hombre es su estar en falta —porque la mancha nos pertenece como lo más íntimo—, el hombre no es más que su posibilidad. Ningún porvenir —nada de lo que pueda prometer un ídolo— logra realizarnos. ¿Debería, pues, extrañarnos que el nihilismo —la convicción de que la nada prevalece— haya construido su hogar en las entrañas del idealista? ¿Debería sorprendernos que acaso no haya más reconciliación que la de quienes quisieron vivir como perros sin vergüenza?

sacramentum

febrero 15, 2011 Comentarios desactivados en sacramentum

Para un cristiano —y probablemente también para un judío— solo hay una cosa sagrada y es el hambre, la miseria de los hombres, su precariedad.

Job’s

febrero 14, 2011 Comentarios desactivados en Job’s

En el mundo antiguo —un mundo animado por presencias invisibles, un mundo que da por hecho que todo se encuentra lleno de dioses— ¿cómo expresar la revelación misma de lo real, de aquello que se encuentra más allá de la distinción mítica entre la deidad y la alimaña, si no es por medio de una imagen de Dios? Sin embargo, si es que tiene que representar esa irrupción, el asalto de la gran opacidad, no puede tratarse de una imagen al servicio de la lógica típicamente religiosa del do ut des. De ahí, el rostro imposible del Dios del monoteísmo, el mismo que doblega el espinazo de Job, el Dios que, en tanto que se ubica, como quien dice, más allá del cielo y la tierra, no puede ni siquiera ser reconocido como divinidad. Una divinidad, por defecto, admite un trato y el Dios de Job es, ciertamente, intratable. Pocas veces caemos en la cuenta de que el Creador —el Dios del séptimo día— es Señor de la luz y la oscuridad, el mismo que declara por medio del profeta algo tan desconcertante como que «yo provoco el bienestar y la desgracia» (Is 45, 7). Un mundo creado —un mundo sometido a la radical trascendencia de Dios y, por tanto, a su imposible facticidad—, más que atravesado por el aura de lo numinoso, es un mundo pendiente del hilo de una última palabra. Si la realidad de Dios —si Dios en sí mismo— se encuentra, por defecto, más allá del cielo y del infierno; si la escisión entre bien y mal es tan solo humanamente relevante, aun cuando esto no sea poca cosa, entonces nada hay aún decidido en la Creación. La imagen de una divinidad sin tara, aquella que, sea cual sea su aspecto, sirve de horizonte de la existencia humana, es tan solo eso, una imagen, un presencia fantasmal, una fabulación. La indistinción propia de lo real —su carácter impenetrable— continúa al margen y, por eso mismo, cualquiera de las posibilidades humanas, cualquier figura con la que el hombre pueda identificarse, sea divina o demoniaca, se halla bajo la sospecha de lo artificial. Mientras Dios siga encontrándose más allá del cielo y del infierno, todo en verdad se encuentra aún por venir. Y quizá sea por esto mismo que un creyente no puede confiar en otra cosa que en un acontecimiento mesiánico, el que precede a la irrupción del Juicio de Dios. Esperar en creyente es esperar la favorable decisión de Dios, el imposible final del tiempo. La esperanza creyente no puede comprendrese, pues, como una evolución del mundo. ¿Acaso esperar que el león coma hierba supone esperar algo del mundo? Por eso el hombre que se encuentra ante ese Dios, el verdadero, no puede dejar de invocarle de rodillas. Somos los que seguimos sin saber nada de lo que pueda ser Dios en sí mismo. Somos los que permanecemos a la espera de Dios. La fe que nos permite habitar el mundo en pie —la creencia en la posibilidad de lo inmaculado— es, al fin y al cabo, una fe basada en una imagen hecha a nuestra medida, nada verdadero en definitiva. No debería extrañarnos, pues, que la resistencia del hombre a admitir un Dios demasiado real se ponga de manifiesto incluso donde, en principio, no debería: en el seno mismo de los textos bíbilcos. ¿Cómo, si no, comprender el añadido de un happy end al libro de Job?

platónicas

febrero 14, 2011 Comentarios desactivados en platónicas

Esto de la filosofía es, ciertamente, algo extraño. Para quien existe en la interrogación —para quien se pregunta por qué algo ahí en vez de nada—, una silla no puede ser únicamente una silla. Es siempre algo más, literalmente, algo en verdad otro. Como si lo que se nos da a la sensibilidad, en tanto que siempre se da según nuestra medida, no pudiera en ningún caso reflejar la alteridad propia de lo real. Y quizá por eso haya más verdad en quien, henchido de superstición o locura, ve espíritus por todas partes, sean angélicos o demoníacos, en vez de tan solo cuerpos.

san valentín

febrero 14, 2011 Comentarios desactivados en san valentín

A veces pienso que las reglas del trato no tienen otro propósito que mantener una distancia de seguridad o, lo que viene a ser lo mismo, la de preservar la posición del cliente. Y es que, bajo condiciones normales, nadie puede resistirse a quien le pide con autoridad que le ame. Como si entre los hombres algo solo pudiera en verdad tener lugar imperativamente. Como si solo el mandato que nace de las entrañas del otro pudiera asaltar nuestra cómoda existencia, interrumpir, al fin y al cabo, el oficio de vivir.

rosa rosae

febrero 14, 2011 Comentarios desactivados en rosa rosae

Un simbolo no es signo de nada. Un signo es una cosa en lugar de otra: como el humo en relación con el fuego o la palara «casa» en lugar de tal o cual casa. Un símbolo, en cambio, es invariablemente algo a medias: aquello a lo que apunta no puede, en sí mismo, hacerse presente. Así, entendemos que el Hijo solo deviene símbolo del Padre, una vez el Padre ha muerto. Un símbolo siempre se encuentra en falta, como quien dice. Aunque en ambos casos hay representación, solo en el símbolo no puede haber más que representación. Con todo, porque un símbolo no significa nada, un símbolo es lo que significa. Como si no hubiera más presencia que la de la ausencia.

ich glaube manchmal

febrero 14, 2011 Comentarios desactivados en ich glaube manchmal

Creo, a veces.

Ludwig Wittgenstein

mitológicas

febrero 14, 2011 Comentarios desactivados en mitológicas

El hombre, por defecto, habita un mundo mítico, el mundo de la infancia. Pero ¿qué dice el mito? Pues que hay bien y mal como hay día y noche, belleza y fealdad. El espacio abierto por el mito —el espacio mismo de la cultura— es necesariamente un espacio bipolar. El cosmos nace del corte seco, preciso, sanagrante de Teseo. Tan solo en el interior de este espacio, el hombre puede comprenderse a sí mismo como un ser definido por su indefinición, esto es, como alguien marcado definitivamente por el lugar que ocupa entre la divinidad y las bestias. Ahora bien, este espacio solo es posible donde la realidad ha sido dejada atrás, olvidada, repudiada. Y es que lo último no es la separación, sino la indistinción de esos poderes incompatibles que el mito expone, precisamente, como si fueran algo último. La realidad es en realidad densa, opaca, impenetrable. ¿Debería extrañarnos, pues, que el hombre, por decirlo a la manera de Eliot, no pueda soportar demasiada realidad? Únicamente en el seno de una cultura —y, por consiguiente, en lo falso—  pueden los hombres existir humanamente. Como la imagen de la Górgona, la realidad es fascinante y repulsiva a la vez. Por eso quienes soportan el peso de la realidad tarde o temprano se dan cuenta de que la máxima belleza es monstruosa; que el día exige la noche como su condición de posibilidad; que el bien no puede realizarse sin una u otra forma de violencia; que una de las raíces del mal es querer cortar el mal de raíz…  Una vez se derrumbaron los altos muros del mito —la cultura, la religión—, el hombre solo puede sobrevivir a la irrrupción de lo real como resucitado.

algo huele a podrido en Dinamarca

febrero 13, 2011 § Deja un comentario

El día en que el cristianismo y el mundo se hagan amigos, el cristianismo desaparecerá.

Sören Kierkegaard

la ira de Dios

febrero 10, 2011 § Deja un comentario

Comprender el cristianismo —o, cuanto menos, intuir qué tiene de inadmisible—, pasa por comprender que los pobres, esos hijos de puta, no son tanto el objeto de nuestra caridad como el sujeto de nuestra condena o salvación. O por decirlo de otro modo: uno no responde cristianamente a la llamada de los excluidos cuando simplemente se deja llevar por el impulso de la compasión, sino solo cuando se encuentra sometido a su mirada, aquella que se revela, precisamente, como el juicio mismo de Dios. O ¿acaso creemos que ellos pueden existir como si nuestra satisfacción no existiera? Sus hijos se mueren de inanición, mientras que los nuestros desprecian la comida. Tan solo mientras le dan la espalda a nuestra felicidad, pueden mostrarse como unos pobrets. Entre los nuestros hay, sin duda, hombres y mujeres de buen corazón, pero el simple hecho de que tengamos un futuro y ellos no, crea una brecha insalvable entre ambos, una diferencia que, más que de grado, parece de naturaleza. Al fin y al cabo es muy sencillo. Nosotros tenemos vida por delante. Ellos, no. Ellos ya están muertos. Supongamos que el mundo fuera un lager. Nuestros monasterios serían, pues, los monasterios de los SS. ¿Creemos que los prisioneros podrían comprender la bondad de esos monjes rubios y colorados como algo de Dios? ¿Los mendrugos que reparten, como algo querido por Dios? La ira judía ¿no estaría, pues, justificada como la indignación misma de Dios? Un Dios que no solo se compadece, sino cuya voz ya no se distingue del clamor de los sin Dios, ¿acaso no se identificará también con su ira? Por eso no comprendemos el perdón mismo de la víctima como el perdón mismo de Dios, hasta que no admitimos que la víctima tiene todo el derecho, como quien dice, a cortar nuestra cabeza en el nombre mismo de Dios, incluso cuando esta cabeza sea la cabeza de un monje bueno. Y por eso, para un cristiano, quizá no haya bondad más verdadera que la que nace de ese perdón. Cualquier otra bondad —cualquier otra ánima— aún es demasiado de nuestra como para que merezca el nombre de divina.

 

solo Dios basta

febrero 10, 2011 § Deja un comentario

Dice la canción: «nada te turbe, nada te espante/ quien a Dios tiene/ nada le falta/ […] solo Dios basta.» Pues bien, ¿acaso podemos cantarlo en medio de los campos, en el borde las fosas comunes de la Historia, sin que se nos caiga la cara de vergüenza? Hay ciertas formas de fe que, más que ingénuas, paracen blasfemas. Con todo, una cosa es que lo cantemos nosotros —los que apenas hemos visto nada— y otra que lo canten quienes están a punto de respirar el gas o de recibir el tiro en la nuca. Una cosa es confiar en Dios cuando aún podemos fácilmente confiar y otra, muy distinta, confiar en Dios cuando ya no cabe esperar ninguna intervención de Dios. Lo primero es algo propio de onanistas. Lo segundo, una pro-vocación. Y es que si la vida del espíritu es la vida abierta no tanto al más allá, sino por el más allá —por su vacío, su silencio—, entonces no hay más elevación que la de la Cruz. Por eso, si nosotros, los aún satisfechos, podemos cantar ese canto como un canto aún provocador es porque en los campos hubo quien lo hizo. Un canto cristiano en medio de la urbe no puede ser más, si ha de ser creíble, que el eco de otros cantos. No en vano, Pablo estaba convencido que su fe no era otra que la fe que le transmitió el Crucificado, aquel que murió, de hecho, como un maldito de Dios. El verdadero espíritu de Dios nace, pues, de la inadmisible fidelidad a Dios de quien ha sido abandonado por Dios.

de dioses y hombres

febrero 10, 2011 § Deja un comentario

… como si la fuerza del espíritu solo pudiera darse como la misma fuerza de Dios, no ya fuera del mundo, entre los elevados muros del monasterio, sino en el culo del mundo, entre aquellos que juzgarán justamente la elevación de los hombres de Dios como una afrenta a Dios.

amar la simplicidad

febrero 8, 2011 Comentarios desactivados en amar la simplicidad

Hay que admitir de una vez por todas que aquel que pretende tener el alma bella no puede abrazar la carne. Para quien comprende el carácter trascendente de lo real, este mundo se revela, de hecho, como un mundo de sombras. Por eso, está convencido que quienes sufren las cosas de este mundo es porque su visión aún no posee el alcance que debería tener. En cambio, quien se ha elevado lo suficiente —quien no puede evitar sentirse como un extraño en este mundo— se encuentra más allá de todo sufrimiento: como si no fuera con él. Sin duda, puede sentirse fuertemente conmovido por el dolor ajeno, pero en verdad no le incumbe: como si, al fin y al cabo, Treblinka se tratara solo de un mal sueño.