el abc del nihilismo
septiembre 13, 2025 § Deja un comentario
El nihilista no debe esforzarse demasiado. Y es que difícilmente podemos imaginar que sigan habiendo creyentes de aquí a…. ¿cien mil años? ¿Habrá quien sepa, eruditos al margen, que hubo un tal Jesús de Nazaret? ¿Y que fue confesado como Dios por millones de mujeres y hombres? Ni siquiera podemos confiar en que siga habiendo humanidad.
De ahí que el envés de la fe sea la convicción de que el tiempo debe tener un final. Y un final que no debería andar muy lejos… desde la óptica de Dios. Más aún: un final que incluya algo así como un reset cósmico… tras separar el trigo de la cizaña. Donde el cristianismo abandona la perspectiva escatológica, el nihilista, sencillamente, gana. Y por goleada.
Sin embargo, el problema de esta perspectiva es que resulta, literalmente, increíble. Aunque también es verdad que la esperanza creyente, y en tanto que apunta a lo imposible, nunca fue, salvo quizá en los inicios, una expectativa de la que pudiéramos hacernos una idea.
política y argumento
septiembre 12, 2025 § Deja un comentario
Si todo es política, incluyendo las relaciones familiares, entonces cualquier argumento que gire en torno a lo discutible termina en los lodos del ad hominem. Pues, como vio Carl Schmitt, el punto de fuga de la perspectiva política es la distinción amigo/enemigo. Y el enemigo es, por definición, aquel que debemos negar por lo que es. Aunque los prejuicios del consenso político nos den a entender lo contrario. Que todo sea política, al fin y al cabo, significa que la principal cuestión que debe resolverse, y cuanto antes, es quién manda, esto es, quién pronunciará la última palabra —quién decidirá.
Ahora bien, si esto es así, entonces la pretensión platónica de que la razón tenga algo que decir —y algo determinante— en el terreno de la política es vana. De hecho, fue el mismo Platón quien se dio cuenta de ello antes que nadie. En este terreno, el sofista siempre tiene —y tendrá— las de ganar. Será que, para la filosofía, también vale aquello de que hay un hiato insalvable entre verdad y mundo. Pues, parafraseando a Kafka, hay verdad, pero no para nosotros. Para nosotros lo que puede pasar por verdadero. Y, políticamente, que pueda pasar por equivale a imponer. Aun cuando sea con vaselina.
De hecho, la última verdad, en tanto que se presenta paradójicamente, siempre fue impracticable. En el Gorgias, el aguijón socrático no logró penetrar en la piel de Calicles. Y no porque este tuviera mejores argumentos, sino porque, de hecho, nunca le interesaron. En vez de argumentos, el ejercicio del poder. Por eso mismo, el Gorgias acaso sea una de las mejores introducciones al pensamiento de Nietzcshe.
cuestiones básicas sobre el poder
septiembre 11, 2025 § Deja un comentario
La cuestión: bajo qué poder nos hallamos, es decir, nos encontramos a nosotros mismos. Hoy en día, y espontáneamente, creemos que bajo ninguno. O mejor dicho: que la mayoría de los poderes que nos rodean son simplemente circunstancia, poderes con los que tenemos que lidiar. Hoy en día, nos encontramos a nosotros mismos en relación con nuestros deseos. No es lo mismo, En realidad, supone un encogimiento de la existencia.
Ciertamente, hay el poder gigantesco —el tsunami. Pero, de sufrirlo, lo sufriríamos por accidente. Es lo que tiene experimentarse a uno mismo como el centro de control. O también, el lado perverso de la dignificación ilustrada de la autonomía.
Una de las principales aportaciones del monoteísmo de Israel fue la de comprender el poder de Dios, como, por un lado, un poder creador y, por otro, como el poder del juicio. Y ello frente al de los dioses, el cual siempre estuvo del lado de lo simplemente gigantesco o impresionante. En cualquier caso, tanto el poder creador como el poder del juicio serían las dos caras de una misma moneda. Al menos, porque la creación como dádiva reclama el deber de preservarla de nuestra impiedad.
No hay que ser muy lúcido para caer en la cuenta de que, actualmente, el sentido de la creación así como el de hallarse sub iudice no es que sean, precisamente, comunes. Quizá porque tradicionalmente el primer poder se ha asociado a la imagen de un demiurgo espectral, aun cuando se vista con los ropajes del Dios cristiano; y porque el del segundo, a la de un dios enfurecido. En su lugar, evolucionismo y ley civil. No son incompatibles. Pero se imponen como si lo fueran.
Es posible que los emancipados de Dios —y quién no, modernamente— hicieran bien en preguntarse qué perdieron con su emancipación —y no solo qué lograron. De hecho, la mayoría de ellos ignora que Dios ya nos liberó, en su momento, del dios. Otro asunto, sin embargo, es que el dios se colase por la puerta de atrás con el triunfo histórico del cristianismo. Pero, como acabo de decir, este es otro asunto.
problemas aristotélicos
septiembre 10, 2025 § Deja un comentario
Quizá el problema de Aristóteles, por lo que tengo entendido, fue el de intentar resolver la cuestión acerca del ente como ente —esto es, al margen de cualquier atributo— en los términos de una existencia primera o fundamental. O al menos, este fue el problema de sus comentaristas. Y es que el ente en cuanto tal —el interrogante que apunta a un puro haber— en modo alguno podrá comprenderse en referencia a algo en concreto, ni siquiera cuando ese algo se entienda como un primer motor. Al fin y al cabo, donde nos preguntamos por qué hay algo en vez de nada, la entidad está de más —y, por eso mismo, hay más de lo que hay. De ahí que la realidad de un haber en cuanto tal sea, en cierto sentido, anterior a la existencia —y, consecuentemente, ande rozando la nada. La cuestión es, precisamente, en que sentido es anterior. Pues es obvio que no estamos hablando de una anterioridad temporal.
Quizá no sea casual que aquellos cuya existencia ha girado en torno a esta cuestión, en definitiva, en torno a la pregunta por lo verdadero avant la lettre, hayan terminado admitiendo, de un modo u otro, que todo es de nada. O en cristiano, gracia.
estupefacción
septiembre 9, 2025 § Deja un comentario
La filosofía, se dice, comienza con el asombro. Y es así —aunque también podríamos añadir que la sospecha juega aquí su papel. El asombro, en cualquier caso, va más allá de la simple curiosidad. Esta se dirige al cómo, aun cuando este se encuentre agazapado bajo una pregunta por el porqué. Así, podemos sentir curiosidad ante el hecho de que las cosas se caigan cuando las soltamos. O ante el crecimiento de la hierba. En cambio, el asombro es provocado por el simple hecho de que algo sea.
Esto podría pasar por una clasificación escolar… si no fuera que, por debajo de cada uno de estas cuestiones, late una actitud vital, diferentes modos de estar en el mundo. El curioso —y todos lo somos, en mayor o menos medida— sigue siendo un mono, aunque superior. Quien se asombra, sin embargo, queda fuera de juego. Pues no es posible responder a la pregunta del asombro —por qué algo y no, más bien, nada— sin, de algún modo, interiorizar la nada de un puro haber, aquella que abraza, precisamente, cuanto es. Y es por eso que quienes cultivan el asombro serán, de algún modo, transformados por esa docta ignorantia en la que el asombro se resuelve sin suprimirse. De ahí que difícilmente puedan sentirse cómodos en esos lugares comunes que hacen posible, precisamente, la vida en común.
el Dios imposible
septiembre 8, 2025 § Deja un comentario
Dios es imposible. Ciertamente. Ahora bien, esta fue un afirmación cristiana antes que atea, aun cuando la cristiandad nos obligase a mirar en otra dirección. Y tuvo que ser así. Pues, de no haber permanecido agazapada bajo los oropeles de la religión, la revelación del Gólgota difícilmente hubiese sobrevivido al paso de los siglos.
Al decir que Dios es imposible, me refiero a que la realidad de Dios en sí no puede comprenderse como una posibilidad del mundo, ni siquiera de uno superior. En modo alguno, cabe ubicar espacialmente la extrema alteridad de Dios. O por decirlo en trinitario, al margen del Hijo, el Padre carece de entidad. Y esto significa que, siendo real, aún tiene pendiente la existencia.
Me atrevería a decir que el en sí de Dios es la voluntad de anida en el seno del puro haber y por la que hay mundo. O dicho de otro modo, el hágase original —y por eso mismo, originario— se encuentra inscrito en la negación de sí de la nada, esto es, de la oscuridad y el silencio sin resquicio propios de un haber sin mundo. Y es que la nada no es nada, es decir, doble negación. El haber de un puro haber es no siendo aún un haber en concreto. Ahora bien, esto es así no porque el puro haber sea anterior en el tiempo —pues el tiempo es el efecto de la kenosis de Dios, aquella por la que Dios es imposible—, sino porque no hay haber de las cosas que no remita retroactivamente al fondo abisal —y, en consecuencia, mítico— de un puro haber. Y si este puro haber es el de Dios no es solo porque se trate de un non plus ultra, sino porque existimos como los arrojados que se encuentran expuestos a la posibilidad de la aniquilación —y, por eso, arrojados significa también donación. En el puro haber, reside la posibilidad del fin del mundo, una posibilidad continuamente diferida, sin embargo, por la kénosis de Dios. De ahí que, bíblicamente, el haber de Dios carezca de atributos. En este sentido, la imposibilidad de Dios sostiene lo posible. Es decir, Dios en sí es no siendo nada —y consecuentemente, fantasma, un clamar por la carne.
Por eso mismo, cristianamente, el primer atributo de Dios es el cuerpo de un abandonado de Dios que se abandona a Dios. Es por el fiat incondicional del crucificado que Dios adquiere entidad —una entidad humana— y se hace presente en el centro de lo histórico. Cuanto quepa decir acerca de Dios es cuanto cabe proclamar de aquel que pasó por enviado de Dios. Y no desde los prejuicios religiosos que podamos mantener sobre Dios, lo que, precisamente, dan a Dios por descontado… al margen de su hacerse cuerpo. Y es que la cruz no deja las cosas de Dios tal y como estaban.
No obstante, ¿dónde queda, entonces, el poder de Dios? La pregunta no es secundaria. Al menos, porque no tiene sentido referirse a Dios al margen de su poder o definitiva realización. En cristiano, suele hablarse del poder de la impotencia. De acuerdo. Pero este o es el verdadero poder, o la fe es, sencillamente, una ilusión. Así, el cristianismo responde al interrogante sobre el poder de Dios convirtiendo la imposibilidad de Dios en motivo de la esperanza creyente. Pues la esperanza creyente es un esperar, en último término, lo imposible en nombre de Dios. Y nada más imposible que la resurrección de los muertos. Así, y en nombre de Dios, los muertos deben resucitar… aun cuando no podamos hacernos una idea, salvo la delirante, de cómo podrá suceder. De hecho, que las imágenes del final de los tiempos sean delirantes sugiere, como mínimo, que no podemos creer desde nuestro lado, es decir, desde una posición de dominio, incluso si esta se viste con las excusas del sentimiento religioso de quienes están satisfechos con su fe. Donde transformamos la resurrección de los muertos en una expectativa humanamente asumible dejamos de creer. Pues creer implica creer en lo que no es posible creer. En su lugar, pasamos a suponer, lo que indica que aún no estamos los suficientemente desesperados como para esperar lo imposible en nombre de.
pistas
septiembre 7, 2025 § 2 comentarios
Quién busca señales, verá señales. Quien no, tan solo verá coincidencias. Pero ¿ hay señales? Cristianamente, la respuesta es un crucificado en nombre de Dios. Y esto fue y sigue siendo desconcertante para los buscadores de pistas. Pues, para el cristianismo, un más allá meramente topológico es irrelevante. Lo relevante: la encarnación de Dios. Al fin y al cabo, lo que la cruz nos revela es que Dios es un Dios que, desde el principio, no quiso serlo al margen del cuerpo de quien se abandonó a Dios en medio del abandono de Dios. Así, no fueron los ilustrados los primeros en constatar que Dios, en sí mismo, es un fantasma. Fueron, en realidad, los cristianos. Aunque tardasen siglos en comprender las últimas implicaciones de lo que inicialmente proclamaron.
relatos de carne y hueso
septiembre 6, 2025 § Deja un comentario
Es imposible, cuando menos, entender, y menos hoy en día, las fórmulas cristianas donde no tenemos presente las historias que les dan pie. Las fórmulas o las polémicas de los inicios. Por ejemplo, la que mantuvo Pablo con Santiago acerca de la necesidad de circuncidar a los gentiles que pretendían hacerse cristianos. Actualmente, esto nos parece un requisito meramente formal y, por tanto, propio de mentalidadesintolerantes. Pero basta con imaginar que los supervivientes de los campos de exterminio hubieran decidido tatuar a sus hijos con la estrella de David que los nazis impusieron a sus víctimas para hacernos una idea de lo que significaba la circuncisión. De ahí la resistencia de la comunidad de Jerusalén a quien sostuvo, dándose de apóstol, que ya no era necesario el viejo ritual.
Sin embargo, ¿por qué Pablo creyó que este dejó de ser obligatorio? ¿Quizá porque la liberación que supuso la resurrección inauguraba una nueva época? Así, en vez del no olvidemos de dónde venimos, el ten presente que se nos ha dado una nueva humanidad. Evidentemente, quien no no experimenta la liberación o, cuando menos, no se pone en la piel de los liberados, difícilmente podrá hacerse cargo de lo que aquí estuvo en juego.
dos ciudades
septiembre 5, 2025 § Deja un comentario
La revelación, en Israel, siempre fue la de una voz. Pero una voz se escucha —y no simplemente se oye— en la oscuridad. Y es que, bíblicamente, la verdad acerca de Dios se revela donde se derrumban los muros de la ciudad —donde la violencia, el hambre, el abuso de poder, en definitiva, la desgracia se imponen como la definitiva sentencia del mundo. Ahora bien, la verdad acerca de Dios nunca se le presentó a Israel, salvo en las fases más tempranas, como la de un deus ex machina, algo así como el séptimo de caballería. Israel no llegó a creer hasta que no sufrió la dura experiencia del exilio. Solo entonces comprendió que Dios es más que un único dios. La experiencia de Dios comienza, ciertamente, con el asombro ante lo dado. Pero no se completa, como quien dice, sin esa voz cuyo eco escuchamos en el clamor de los sin Dios. Y bajo un cielo de plomo.
Atenas, sin embargo, nunca fue por ahí. Para el griego, el lugar de la revelación es la atalaya de quien mantiene una debida distancia —la atalaya del dios. Al fin y al cabo, se trata de un caer en la cuenta, el cual, sin embargo, nada tiene que decir, ni mucho menos proclamar, una vez irrumpe el tsunami de la catástrofe. Pues nada humano sobrevive a esta.
Voz o visión. No es exactamente lo mismo. Aunque en ambos casos, aquello a lo que apuntan sea la realidad de una raíz que carece de entidad. Con la voz, queda comprometido el cuerpo. Aquí no habrá error, como si se tratase, simplemente, de enfocar sin que nos tiemblen las manos, sino acusación, el motivo de la cual fue, desde el principio, una congénita indiferencia o impiedad. En cambio, donde prevalece la visión, el cuerpo —su modo de percibir— es el lastre.
Occidente —mejor dicho, la cristiandad— es el resultado del cruce entre el profeta y el sabio. Y esto significa que Occidente, en lo que respecta a la verdad de Dios, siempre jugó con las cartas marcadas. Tampoco debería, sin embargo, sorprendernos. Pues el doble juego quizá sea lo que hace posible un éxito histórico.
Jesús, un mito
septiembre 4, 2025 § Deja un comentario
La divinización de Jesús ¿supuso una mitificación del hombre? Es posible que hubiese algo de esto en bastantes de las variantes del primer cristianismo. Sin embargo, la mitificación presupone que todavía nos mantenemos dentro de las coordenadas de la religión, las cuales dan por descontado que Dios posee entidad al margen de su hacerse hombre. Ahora bien, el cristianismo, cuando proclama que Jesús es Dios, no nos está diciendo que Jesús se hiciera divino, sino que Dios, más bien, se hizo hombre —y que, por eso mismo, Jesús es Dios. Cristianamente, todo cuanto que decir sobre Jesús se dice sobre Dios. Y esto, ciertamente, no deja las cosas de Dios como estaban. Pues la exaltación de Jesús tiene como condición un Dios en caída libre, como quien dice.
más qué es
septiembre 3, 2025 § Deja un comentario
Decimos: esto es así…. porque siempre ha sucedido así. Pero también es cierto que el dios no necesita reiterar su aparición. Bastó Hiroshima para darnos cuenta de que es mejor no estar cerca. Quizá sea verdad que, en cualquier caso, permanecemos aferrados a la impresión, a los mecanismos cerebrales que fijan nuestras primeras convicciones.
Sin embargo, hay más. Pero acaso, parafresando a Kafka, no sea para nosotros. Para nosotros una mezcla de asombro y espanto. Y este acaso sea el principio de cualquier profundidad.
qué es
septiembre 2, 2025 § Deja un comentario
Vemos lo que vemos —y tal y como lo vemos. Así, decimos: hay árboles. O también: hay Dios porque siento que hay un Dios. No es necesario suponer que quizá estemos dentro de un sueño o bajo los efectos de una brutal alucinación. De hecho, esta extravagante suposición tan solo posee una función epistemológica al apuntar a la posibilidad de la certeza absoluta —y la noción de verdad desborda, originariamente, los límites que le impone la preocupación por una saber del que no quepa la más mínima duda. Para desconfiar de los que nos parece verdadero, bastan los resultados de la investigación: la tierra no es plana, el Sol no gira, en la mesa sobre la que nos apoyamos hay más vacío que materia…
Estos resultados, no obstante, simplemente proporcionan una nueva apariencia… que difícilmente llegaremos a incorporar. Se trata de la realidad que se presenta al intelecto, y, por eso mismo, a sus condiciones. Estamos, pues, ante una realidad deducida —y aquí el cuerpo no nos sigue: la mesa sigue siendo dura, no podemos vernos dando vueltas alrededor del Sol… De ahí la pregunta metafísica par excellence por la ignotum X de la experiencia, por lo real al margen de su hacerse presente —una pregunta que, de hecho, pretende pillar la cosa por detrás, como decía Hegel.
El presupuesto implícito de las apariencias es, por tanto, que hay más —que tiene que haberlo. Sin embargo ese más nunca será el de otro mundo. Pues en ese caso simplemente habríamos desplazado la cuestión. Aunque nos lo imaginemos así.
volver al quicio
septiembre 1, 2025 § Deja un comentario
La paz de ánimo —la serenidad— solo se alcanza aceptando que formamos parte de aguas que nos cubren, como decía Merton. Y esto, hasta cierto punto, es así.
Sin embargo, hay otra espiritualidad, aquella en la que el creyente es sacado de quicio por el llanto ensordecedor de las víctimas de la historia. Aquí, la paz de ánimo encuentra su envés en la tensa esperanza de quien mantiene los ojos abiertos y las manos ocupadas repartiendo el pan de cada día. El compromiso creyente con los hambrientos posee, en realidad, una dimensión eucarística y, por eso mismo, sacramental.
El riesgo de la espiritualidad del formar parte es el de acabar siendo espectadores del naufragio de tantos. Como también, el riesgo de la espiritualidad de los dequiciados es el de transformar la esperanza en un ideal al alcance de nuestro activismo.
No hay, por tanto, respuesta a lo que debemos hacer. En su lugar, llamada. Es decir, in-vocación. Y Dios ya decidirá, como quien dice.
no hay tautología
agosto 31, 2025 § Deja un comentario
El principio de identidad —A es A— es algo más que una verdad formal, al revelar el doble lenguaje que constituye el habla. Ciertamente, cuando nos situamos exclusivamente en la perspectiva lógica, perdemos de vista su carácter revelador. Pero el principio de identidad es inútil —esto es, no sirve como regla del apañárselas con cuanto nos rodes— si no remite, al fin y al cabo, a un algo. A es A no dice nada si no podemos afirmar que una manzana es una manzana.
Evidentemente, si permanecemos en el lado del concepto, no hay más que decir. Y por eso mismo, una madre es por definición una madre, pongamos por caso. Pero una vez descendemos al terreno de la individualidad, siempre cabe decir más. Pues individualidad significa posibilidad de negar el ajuste con el concepto, un ajuste por el que —conviene destacarlo— lo particular llega a ser, precisamente, lo que es. Y dado que esta posibilidad permanece, cuando menos, latente en lo más íntimo, la negación se revela como el sesgo de la individualidad.
Así, la posibilidad de que una madre abandone a sus hijos sigue ahí, en cualquier madre… en tanto que madre. De lo contrario, no tendría sentido hablar de malas madres. No hay madre que, siendo una buena madre, no conserve en su seno a la mala. De ahí que antes nos refiriésemos al habla como doble lenguaje, en definitiva, a la ambigüedad que atraviesa cuanto es. Hablamos, en definitiva, del tiempo.
Para entendender mejor esto último, consideremos lo siguiente. Decimos el presente es presente. Y creemos estar diciendo una obviedad. En cierto modo, es así. Pues, siendo lo obvio lo obviado, solemos pasar de largo ante este tipo de afirmaciones. Ahora bien, porque pasamos de largo, no nos damos cuenta de que la obviedad dice siempre más de lo que aparentemente dice. En este caso, que el presente se nos presenta como presente, es decir, como dádiva. De este modo, al presentarse como don, la presencia de cuanto tiene lugar es remitida a un antecedente que, en última instancia, apunta al pasado absoluto de un puro ahí. Todo es de nada.
En general, podríamos afirmar que con el principio de identidad, una vez se aplica a lo que es, la primera aparición del término se sustrae a la segunda —y por eso mismo deviene algo más. A es A —algo es lo que es— porque A no acaba de ser A. Es lo que tiene la singularidad de un A —en definitiva, del esto que es A. Esta sustracción o retirada sostiene la posibilidad de dejar de ser lo que se es. Todo esto se encuentra infectado de la nada de un puro ahí —de la nada de la que procede… pues hay algo porque la nada no es; porque la realidad de la nada del puro haber consiste en una negación de sí: no es nada. Hablamos, por tanto y como decíamos, del tiempo. Así, es verdad que un amigo es un amigo. Pero porque la amistad determina al amigo como tal, el amigo es algo más que un amigo,a saber, alguien que podría dejar de serlo.
Más aún: quien dice yo soy el que soy ya por eso mismo está más allá de su concepto, modo de ser o aspecto. Ahora bien, por eso mismo, sin su aspecto ese yo no es aún nadie.
Traducción cristológica: Dios —trinitariamente, el Padre— está eternamente más allá de su cuerpo porque sin ese cuerpo colgando de una cruz no es nadie. Y si pillamos esto —mejor, si no lo experimentamos, es decir, padecemos— va a resultar difícil no escandalizarse… por poco que conservemos una cierta sensibilidad religiosa.
sin duelo
agosto 30, 2025 § Deja un comentario
¿Nos atreveríamos a criticar a una madre por limpiar a diario la tumba de su hijo y ponerle flores? ¿Por agarrarse a su cadáver? El duelo nos obliga a permanecer junto al muerto. ¿Estamos ante un desvarío que deberíamos evitar? No me atrevería a decirlo. Al fin y al cabo, se trata de un no debes partir.
Sin embargo, en nuestras ciudades, tan modernas, el negocio de las funerarias —nuestro higienismo— nos impide experimentar el duelo… por poco que nos despistemos. Una vez comunicamos la muerte de nuestro padres, hijos, hermanos… todo sucede metódicamente. Y con rapidez. Se trata de alejar la muerte. Mejor que conserves un buen recuerdo.
Y así el duelo, hecho de desgarro y silencio, se transforma en su simulacro: unas palabras durante el funeral y, si fuera posible, muy cargadas de sentimiento. También ayuda el cant dels ocells. Que la gente se ponga a llorar… aun cuando apenas conociese al muerto. A esto se lo denomina, por lo común, espectáculo.
el darse de Dios y la idolatría
agosto 29, 2025 § Deja un comentario
Que el en sí sea siempre un para mí implica que Dios aparecerá como dios. Dios en sí se revela como la abstracción de dios —como lo que queda de Dios donde ya no queda nada del dios. Y no hay nada más real que lo abstracto.
La idolatría es, por tanto, inevitable. La cruz —el silencio de Dios en medio del infierno— es el único antídoto. Pues en la cruz hace saltar por los aires cualquier creencia o suposición —todo mapa mental. La cuestión es qué vida puede haber más allá del Gólgota —más allá de la revelación de Dios.
Para los griegos, esta pregunta carecía de sentido. Pues, según ellos, nada humano sobrevivía a la catástrofe, al derrumbe de los cielos. Ya conocemos, en cambio, la respuesta cristiana: tan solo cabe esperar la vida de quienes regresan con vida de la muerte —y esta vida es la vida de Dios.
Ahora bien, no hay vida sin cuerpo. Ni siquiera la de Dios. De ahí, los relatos de la resurrección, en definitiva, de esas víctimas que estando muertas , al no tener ya vida por delante, llegan a perdonar, y creemos que desde lo más íntimo de ellas mismas, a sus verdugos.
¿Imposible? Por supuesto. Ahora bien, no terminamos de comprender qué significa hallarse expuestos a la realidad de Dios —a su acontecimiento— donde seguimos aferrados a lo que el mundo puede admitir como posibilidad, incluyendo la religiosa.
el tamaño no importa
agosto 28, 2025 § Deja un comentario
Hay un árbol frente a ti. ¿Qué es? Un árbol. Pero te vas acercando cada vez más. ¿Qué sucede? La perspectiva se estrecha. Pero ahí sigue habiendo un árbol. Ahora bien, al aproximarte, ese árbol te afecta en mayor medida. El olor de las hojas, su humedad, la rudeza del tronco… no es que se te hagán más presentes, sino que, sencillamente, se te hacen presentes —aparecen— como teniendo una existencia propia. Sin embargo, tendrás que pagar un precio: ya no ves el árbol, sino que captas sus fragmentos. La hoja, la corteza, la rama… siguen siendo partes de. Pero solo por principio Una vez se nos presentan como tales, su formar parte deviene secundario. El Uno se replica en lo individual. Todo es el todo. De hecho, esta fue la intuición fundamental del neoplatonismo.
Más aún. Supongamos ahora que a medida que te acercas al árbol también vas reduciéndote hasta alcanzar el tamaño de una célula, penetrando en el cuerpo de una de las hormigas que recorren el tronco. La hormiga desaparece del campo de visión: su interior es en ese momento tu nuevo mundo. Pues un mundo es siempre relativo al tamaño, las medidas, la proporción. Ahora bien, por eso mismo, el tamaño solo le importa al mundo.
Sin embargo, ¿qué permanece por encima o más allá del mundo? El ahí de lo que hay. Este es siempre el mismo… no siendo nada en sí mismo. Mejor dicho: es no siendo nada en concreto. Oscuridad y silencio sin resquicio. Es por eso que el puro ahí es lo más real —lo irreductible o indomable, lo otro o absoluto. En definitiva, lo que no puede aparecer como tal sin que desaparezca el mundo. Pues la condición del mundo es el retroceso del puro ahí. Así, el mundo se nos da como representación. Esto es, el en sí deviene un para mí.
Hay, ciertamente, otros mundos, al igual que hay lo que trasciende los mundos. Pero lo que trasciende los mundos nunca será un mundo superior, sino lo otro del mundo. Y mejor no topar con eso: que pase de mí este caliz.
de entrada
agosto 27, 2025 § Deja un comentario
En el prólogo al cuarto evangelio encontramos, como es sabido, algo que si se piensa bien, resulta cuando menos curioso, a saber, la utilización del término logos, un término extraño a la tradición deuteronómica. También es sabido que los evangelios se escriben en una época en la que la influencia del helenismo se respiraba en el ambiente. Por eso mismo, Juan pudo asociar, y como quien no quiere la cosa, la Palabra de Dios a la razón que rige cuanto es.
Ahora bien, digo que es curioso porque esta asociación admite una doble dirección. O bien, la entendemos asimilando a Jesús de Nazaret a lo que se nos muestra naturalmente como divino. O bien, vinculando la experiencia de lo divino a quien muere como un apestado de Dios. Es evidente, que con esta segunda lectura lo divino deja de presentarse como hasta el momento. Tras el Gólgota, las cosas de Dios, por así decirlo, no permanecen donde estaban. De ahí que podamos hablar de revelación. En cambio, desde la primera óptica tan solo hay ilustración. Aunque nos sorprenda. En el primer caso, partimos de Jesús es Dios. En el segundo, de Dios es Jesús.
No obstante, el triunfo histórico del cristianismo se debe a que, como Iglesia, nunca renunció a esta ambigüedad, la que se mueve entre la religión y la fe, una ambigüedad que se desprende de la circularidad de las dos fórmulas anteriores. De hecho, popularmente siempre se prefirio seguir con esa variante del ángel de la guarda de nuestra infancia —la que no quiere saber nada del escándalo de la revelación— que con el Dios que, desde el principio, no quiso ser nadie sin la adhesión incondicional —es decir, contra toda evidencia— del hombre de Dios.
la oración como mantra
agosto 26, 2025 § Deja un comentario
Limitarse a recitar lo que otros oraron en verdad… Como quien quiere permanecer cerca… estando lejos. Muy lejos. Y puede que este recitar sea incluso más auténtico que la oración de quienes, al orar, se apoyan únicamente en su sensación de contar con la ayuda de Dios. Al final, la fidelidad es seca.
la sabiduría y sus tautologías
agosto 25, 2025 § Deja un comentario
Aristóteles, en su Ética a Nicómaco, dejó escrito que los amigos son el único refugio ante la desgracia —y aquí podríamos añadir cualquier frase de este estilo: una madre nunca abandona a sus hijos, el amor es libre, etcétera. La pregunta sería si esto es verdadero. Y la respuesta es que es tautológicamente verdadero. No hay posibilidad de que haya una madre por ahí que abandone a su hijo… pues, de hacerlo, no sería, propiamente, una madre. No es esto lo que hace una madre, decimos. Así lo que es una madre —su esencia— va con el tener que ser una buena madre. Lo mismo podríamos decir con respecto a lo que es un amigo o el amor.
Sin embargo, aquí la referencia a lo bueno no implica un compromiso estrictamente moral. Y es que también cabe una definición de, por ejemplo, el maligno. Un psicópata es quien debe comportarse conforme a su esencia, naturaleza o modo de ser. Con todo, nunca sabremos hasta qué punto el amigo siempre estará ahí o nuestra madre no nos abandonará bajo ninguna circunstancia.
¿Qué se desprende de lo dicho? Pues que la definición de lo que es un amigo —o una madre, o el amor…— va con una exigencia, un deber ser, una tendencia a realizarse como tal. Ahora bien, esto significa que, como posibilidad, la esencia es, en cierto modo, anterior a la existencia. De hecho, esto es lo que sostuvo Platón. Pero, en ese caso, el problema es del tránsito de la posibilidad a la existencia o, en términos Aristotélicos, de la potencia al acto.
Platón, como es sabido, lo resolvió apelando a un creador, un demiurgo. Sin embargo, Platón fue consciente de que esta era una solución mítica, es decir, una que suponía abandonar la necesidad para regresar al relato de hechos que hubieran podido no suceder.
La respuesta a esta dificultad la dio, de algún modo, el mismo Platón en sus últimos diálogos y la afinó su discípulo Aristóteles. Posteriormente, la redondearon con Spinoza y Hegel. Grosso moso, consiste en comprender la posibilidad como dinámica, en definitiva, como energía o poder. Esto es, la posibilidad es su realización. Así, no es que, por un lado, haya posibilidades —esencias, formas…— y, por otro, las cosas que las realizan. El carácter real de la esencia no trasciende su realización —y por eso mismo, no chorismos, hiato. Hay un movimiento interno a la esencia que la empuja a darse en lo concreto.
Ahora bien, la realización supone que la esencia es dejada atrás, como quien dice. Pues nada se realiza como debiera. No hay nada que sea por entero lo que muestra ser. Y esto —y aquí ya topamos con Hegel— es lo que tiene que ser. La ambigüedad atraviesa cuanto es. Hablamos, por descontado, del ser como tiempo, y, por eso mismo, de la dialéctica entre el aparecer y el desaparecer.
La traducción teológica surge sin esfuerzo. Así, o bien Dios es al margen del acto creador; o bien Dios, en sí mismo, no se diferencia del acto creador —de su voluntad. En el primer caso, tendríamos religión. En el segundo, monoteísmo. Y en su perspectiva, la bondad de Dios acaso debiera comprenderse como el envés de su retroceso o altura. Pues hay mucha piedad en un Dios que sea niega a sí mismo para que haya criatura. El hágase, en realidad, siempre fue una kenosis, un séptimo día.
el sueño de Escipión
agosto 24, 2025 § 1 comentario
Una de los leitmotivs de la espiritualidad antigua consiste en observar cuanto nos sucede desde la óptica del dios. Así dice Cicerón, por ejemplo: miramos desde arriba los asuntos humanos y, al contemplar las cosas superiores y celestes, despreciamos dichos asuntos como mezquinos y limitados. O Séneca: sabré que todo es pequeño cuando haya tomado la medida de Dios. Desde arriba, el lujo, el anhelo de poder, las guerras, nuestros deseos, la búsqueda de renombre… se tornan ridículos. Al fin y al cabo, se trata de vivir desde la perspectiva de la caducidad, por no decir de la propia muerte. Y es que, únicamente de este modo, cabe reconocer el valor del simple hecho de existir y, de paso, llegar a distinguir entre lo que importa y lo que no. Asentados mentalmente en la atalaya del dios, la sociedades humanas se muestran como colonias de hormigas.
Salta a la vista el paralelismo entre lo anterior y el libro de Job. ¿La diferencia? Job cae de rodillas, mientras que el griego se mantiene en pie.
Spinoza y, posteriormente, Nietzsche darán, sin embargo, una vuelta de tuerca: sub specie aeternitatis, nada importa. No hay bien, no hay mal. Tan solo, cosas que suceden. La pureza de la infancia y los genocidios de la historia se encuentran en un mismo plano.
Con todo, la pregunta que permanece en el aire es si los asuntos humanos son en verdad ridículos —o, más bien, solo es lo que nos parece… desde otro punto de vista. En definitiva, si es posible dar en el clavo de lo real más allá de las apariencias. O mejor, teniendo en cuenta que no podemos evitarlas —pues todo lo real aparece o se hace presente—, la pregunta sería, más bien, si hay alguna perspectiva de la que podamos decir que es verdadera.
Ciertamente, no la hay con respecto a los hechos. Pero, por eso mismo, la cuestión sobre la última verdad apuntará inevitablemente al conjunto de la existencia y, en definitiva, a la posibilidad de un valor adherido a cuanto es… lo que, por otro lado, conduce a la distinción entre hecho y acontecimiento. Pero este sería otro asunto.
retrocesos espirituales
agosto 23, 2025 § Deja un comentario
Donde olvidamos que la esperanza cristiana en la resurrección de los muertos —ese imposible— nace de la pregunta por el destino de las víctimas inocentes de la historia —esto es, donde esta cuestión no provoca nuestro insomnio, como quien dice—, fácilmente hacemos de dicha esperanza el motivo de una ilusión: “no terminaré muriendo”. Como si la resurrección de los muertos fuese, simplemente, un modo de hablar de la inmortalidad del alma. Y, evidentemente, no se trata de lo mismo.
tolerancia y creencia
agosto 22, 2025 § Deja un comentario
Todos tendemos a creer en lo que se cree —en las creencias que flotan en el ambiente. Es por esto que las creencias compartidas, las cuales van asociadadas a la buenas costumbres, constituyen algo así como una argamasa social. La cuestión es que, en las sociedades tolerantes, no cuentan con esa argamasa. En su lugar, los códigos de circulación. Y a estos les basta la exigencia de respetar la libertad del otro.
En las sociedades tolerantes la creencia ha pasado a ser, por tanto, un asunto privado, personal. Como los gustos. Y ello, ciertamente, afecta a su pretensión de verdad. La creencia siempre tuvo su envés político. Al fin y al cabo, la solución de Occidente a las guerras de religión consistió en dejar de tomárnoslas en serio.
Y es así que Dios se convirtió, de nuevo, en un dios. Aunque también es verdad que mejor esto que matarnos unos a otros en su nombre, lo que, de hecho, supone caer en un contradictio en terminis. De ahí que para recuperar a Dios tengamos que volver a leer para, al menos, caer en la cuenta de que Dios en verdad nunca fue el objeto de una creencia. Esto es, de una suposición. Pues la fe siempre fue antes un mantenerse a la espera que un dar por descontado.
compradores
agosto 21, 2025 § Deja un comentario
El problema del individuo moderno es que difícilmente se experimentará a sí mismo en relación con lo que le supera, sea la inmensidad del cosmos o el exceso de los horrores históricos. En vez de ello, permanece frente al escaparate o excitado ante el próximo unboxing. Entre el oficio y la distracción, el indiviso deambula por la vida alejado de sí mismo, , esto es, de su escisión. Como las bestias, que tampoco están divididas, distanciadas de su naturaleza. Esto, de hecho, siempre ha sido así. De lo contrario, Platón no hubiera escrito que una vida que vuelve sobre sí misma —y que, por consiguiente, deja de ser indivisa— tiene más valor que una que se deja arrastrar por la inercia de los días. Sin embargo, este contraste, hoy en día, resulta ininteligible. Pues el sabio —o en la tradición cristiana, el santo— ya no es un referente. En su lugar, el triunfador, hablemos de un futbolista, un rapero o de Elon Musk.
De hecho, que existamos arrojados a nuestra posibilidad significa que todo, al fin y al cabo, se decide en torno a la cuestión del poder: a qué poder nos encontramos sometidos incondicionalmente; cuál es el límite de nuestra posibilidad… Pero no es el mismo poder el que se ejerce sobre uno mismo en nombre de lo que nos invoca, siendo inalcanzable, que el que se lleva a cabo sobre —y probablemente, contra— los demás.
padre e hijo
agosto 20, 2025 § 2 comentarios
El cristianismo es la religión del Hijo. Y porque es así el Padre se hace presente —llega a ser el que es— en el centro de lo histórico. El Hijo, estrictamente, no representa a un Padre que habita los cielos como pueda habitarlo un dios. Pues el Padre, por sí solo, aún no es Dios, sino la voluntad de Dios, una voluntad cuya aspiración es, precisamente, la de tener un cuerpo. Dios llega ser el que es en la carne. Este y no otro es, de hecho, el leitmotiv de la dogmática trinitaria, su música de fondo.
La cruz del Hijo, por tanto, arranca al Padre de su aún nadie —de su silencio. Por la entrega del Hijo, el Padre es, por tanto, alguien y no, simplemente, algo sumamente poderoso. Proclamar, como proclama el cristianismo, que Dios es Jesús —y que, por eso mismo, Jesús es Dios— equivale a confesar, por tanto, que el crucificado, un hombre de Dios, es el quien de Dios. Más allá de silencio de Dios hay la carne de Dios.
Comprender el cristianismo como una religión entre otras es no haber pillado todavía su audacia —su desconcertante seriedad. Quizá no fuese casual que los romanos tildasen a los primeros cristianos de ateos. Pues que, desde el principio, la voluntad de Dios —la voluntad que es Dios en sí— fuese la de depender del hombre que depende de Dios no es algo que termine de casar con lo que espontáneamente entendemos por divino. Y porque la revelación siempre nos coge con el pie cambiado, quizá tampoco sea casual que muchos de los se dicen a sí mismos cristianos sigan dirigiéndose al Padre como si este fuese alguien al margen de su cuerpo. En este sentido, podríamos decir que su cristianismo es el de Jesús que anduvo por Galilea, esto es, un judaísmo edulcorado con los toppings —o la excusa— de Jesús de Nazaret como enviado de Dios.
aporías del tiempo
agosto 19, 2025 § Deja un comentario
Decimos: el tiempo puede dividirse en infinitos instantes. ¿Qué presupone esta afirmación? En primer lugar, que el tiempo es algo así como una línea continua. En segundo lugar, que hay el instante. Pero ¿cómo este podría hacerse presente? ¿Acaso el tiempo no implica que no haya, precisamente, el instante? El instante no puede suceder. En cualquier caso, el instante es lo dejado atrás por el tiempo —y por eso mismo, no cabe constatarlo y, por extensión, medirlo. Si, de hecho, medimos el tiempo es porque hacemos de un valor mínimo el trasunto convencional del instante.
El instante sería, por tanto, como el punto geométrico: una noción. Pues, al igual que el punto geométrico no ocupa ningún espacio, el instante no dura. Por consiguiente, el tiempo estaría formado, no ya por unidades de tiempo, sino por lo que no es tiempo. Esto es, por lo eterno.
Así, la noción de instante, como la del punto geométrico, presupone la idea abstracta de una unidad absoluta, es decir, indivisible, una idea que va adherida al lenguaje. Pero también la relación entre un todo y sus partes. Así, nos imaginamos la línea continua del tiempo como si fuera un salsichón: podemos cortarlo potencialmente en trozos cada vez más pequeños. No hay nada compuesto —y toda cosa es compuesta— que no pueda descomponerse. Ahora bien, ¿con qué toparíamos al final? De hecho, no toparíamos. Y es que si este final fuese algo en concreto —algo material—, aún cabría seguir cortando, como quien dice. La idea de una unidad absoluta es, en realidad, una noción cuyo referente —el instante, el punto geométrico— carece de la concreción de lo palpable. Nada más real que la idea, decía Platón. Y no lo dijo por decir. Hay lo absoluto. Pero su haber no es el de presente. Al fin y al cabo, lo Uno solo puede hacerse presente como lo múltiple —como aquello que lo confirma al negarlo. O por decirlo de otro modo, la eternidad es el instante. Pero el haber de la eternidad no es el de lo presente, sino el de lo que debe ser o realizarse. Pero el instante solo puede hacerse presente como momento. En definitiva, como tiempo —como lo que niega el instante, la eternidad.
Por tanto, al final, lo eterno. Sin embargo, eterno no pueda, de hecho, realizarse… como tal. Hay tiempo porque la eternidad fue dejada atrás en su realizarse. Porque la eternidad es lo que debe ser, la eternidad es su tener que hacerse presente —y por eso mismo, es en su negación de sí. Nada habría —nada sería— si lo irrealizable como tal no debiera ser. Y quien dice irrealizable dice imposible.
Hay momentos. Como, también, podemos dibujar un punto. Pero ni el momento, ni el punto que dibujamos son instantes o puntos simples, sino siempre su re-presentación. Así, el instante o el punto se hacen presentes en lo que no es estrictamente ni instante, ni punto. Es decir, relativamente.
Paralelamente, el paso del tiempo es indisociable de la metamorfósis de cuanto es. Todo cambia de forma. Si las cosas no modificaran su forma —en general, si nada se moviera—, no habría tiempo. Ahora bien, las cosas se mueven en relación con lo que no se mueve. Pero ¿qué es lo que no se mueve? Por definición, lo sustancial, el substrato de cuanto es, en definitiva, su base o fundamento. Y, como decíamos, lo substancial, tradicionalmente, es lo eterno. O por aquello de elevarse a lo paroxístico, hay lo que hay porque (la) nada se mueve — y solo puede moverse hacia lo que no es nada. Se trata del movimiento inherente a la nada.
Pues bien, con respecto a este asunto, ¿en qué consistió la operación originaria de la Modernidad? Por decirlo brevemente, en transferir el poder de lo sustancial al ego cogito. Este sería el espectadorque, permaneciendo en su posición, constata la transformación de cuanto es. Hay tiempo. Pero porque lo que permanece inmóvil, en primer lugar, es la conciencia de sí como res cogitans. Y si decimos en primer lugar es porque la conciencia, tarde o temprano, llegará a la conclusión de que la materia, en cuanto tal, también es sustancia.
Sin embargo, la unidad del ego cogito , el envés de su carácter sustancial, depende de la memoria —de su capacidad para reunir el pasado y presente en un momento dado. Este momento depende, por su parte, de que el ego cogito pueda decirse a sí mismo que sigue siendo el mismo que el que era hace un momento. Pero ¿podría decírselo sin recurrir, cuando menos, a lo que recuerda? Esto es, sin verse a sí mismo —y por tanto, sin diferir de los recuerdos… con los que, por otro lado, se identifica. Ciertamente, la Modernidad piensa la temporalidad desde la sustancialidad del ego cogito. Pero el ego cogito no funda la temporalidad, sino que la presupone. Absurdo. Podríamos decir que la Modernidad se inicia con una especie de juego de manos.
Las consecuencias teológicas saltan a la vista… siempre y cuando no suframos de miopía.
el prejuicio de la mística
agosto 18, 2025 § Deja un comentario
La experiencia mística presupone, conceptualmente, que pertenecemos a y no solo formamos parte. O por decirlo de otro modo, que en el fondo de cuanto es habita el Espíritu, cuyos destellos se encuentran en lo más profundo del alma. El arrebato místico sería, por tanto, el correlato sensible de esa pertenencia esencial. Con estos arrebatos, el yo perdería, sin duda, su individualidad, la cual arraiga en la negación del Espíritu…, pero sin dejar de ser uno mismo. Esto último parece contradictorio. Sin embargo, no lo es. Y es que, desde la óptica mística, somos los que pertenecemos a. En este sentido, la individualidad sería un espejismo.
Sin embargo, hoy en día, espontáneamente decimos que el arrebato mísitico refleja tan solo una alteración cerebral. Así, se provocaría igualmente un efecto místico ingiriendo, por ejemplo, ciertas drogas o padeciendo determinadas enfermedades mentales. La pregunta es si esta constatación demuestra que la experiencia mística es tan solo una ilusión.
La respuesta, no obstante, es inmediata… si tenemos en cuenta que no hay hechos químicamente puros. O mejor dicho, que no hay visión que no posea una carga teórica, esto es, que no lleve incrustada un saber de qué se trata, al menos hasta cierto punto. Todo ver es un ver como.
Por ejemplo, si ahora pudiéramos mostrarles un billete de cincuenta euros a los antiguos egipcios, no verían dinero. No podrían verlo. En su mundo, sencillamente, no hay papel moneda —ni puede haberlo. Paralelamente, a los viejos chamanes no les impresionaría la crítica moderna a la cosmovisión religiosa: tú ves lo que ver porque has ingerido peyote. Que pudieran acceder al éxtasis a través de estimulantes o de ciertos estados mentales es, de hecho, lo que daban por descontado. Es decir, no cuestionaría su convicción fundamental, a saber, que hay un mundo superior y que es posible acceder a él… a través, precisamente, de ciertas prácticas. Estas serían, por eso mismo, la llave que abriría la puerta.
De ahí que la crítica moderna a la religión solo sea posible desde el presupuesto de que no hay otro mundo, ontológicamente superior. Así, antes que descubrir, los argumentos ilustrados confirmarían el prejuicio del que parten. Al igual que en el caso del viejo chamán. O de Teresa de Ávila.
Y ahora la pregunta es qué prejuicio daría en el clavo de lo real. Evidentemente, la respuesta dependería de lo que entendamos por real. Pues bien, no parece que podamos decantarnos por los antiguos… si no partimos de nuestro estar constitutivamente expuestos a una alteridad que, en sí misma, anda rozando la nada. Donde partimos del ego cogito como principio y fundamento del saber, no puede haber otra verdad que la que se muestra como adecuación entre nuestras representaciones mentales y los hechos a los que estas apuntan. Sin embargo, la verdad de la alteridad avant la lettre en modo alguno puede comprenderse como adecuación. Pues que haya alteridad no es, propiamente, un hecho. Pero este es otro asunto.
la experiencia de Dios
agosto 17, 2025 § Deja un comentario
Por lo común, decimos que experimentamos el hambre o la sed, el desprecio o el triunfo, la violencia, el amor… También, la vida en su conjunto… siempre y cuando podamos comprenderla como un trayecto hacia —como consumación—, esto es, como un viaje y no como una mera sucesión de las cosas que nos pasan. No obstante, estas experiencias quizá no puedan ponerse en el mismo saco.
Una experiencia avant la lettre, y a diferencia de lo sensacional, ese chute de adrenalina, siempre apunta al acontecimiento que interrumpe —y en vertical— la rutina diaria y, por eso mismo, no saca de su quicio. Y esto así aun cuando esa irrupción sea el precipitado de un éxodo interior. Nadie experimenta, propiamente hablando, una montaña rusa o un juego. Aquí, en cualquier caso, estaríamos únicamente ante la imitación de la experiencia, al igual que la novedad supone el simulacro de lo nuevo. Y es que la experiencia supone, en cualquier caso, la invasión de la alteridad, la cual se presenta siempre como la realidad del aún nadie.
Teniendo esto en cuenta, podríamos ahora preguntarnos en qué consistiría una experiencia de Dios. Espontáneamente, creemos experimentar lo divino ante lo gigantesco, el exceso natural que desborda por entero nuestra sensibilidad. Pero esta experiencia es, en tanto que relativa, circunstancial. Pues basta con que aprendamos a dominar lo gigantesco para que deje de conmovernos.
Ciertamente, la devastación que supone un tsunami o el estallido de un volcán puede marcar nuestra existencia, dividirla en un antes y un después. Pero esta división será epidérmica —aunque la herida sea profunda— si no queda abrazada por el silencio que cubre por igual tanto los cadáveres abandonados en el campo de batalla como la sonrisa inocente de un niño. Es a partir de este silencio que podemos comenzar a hablar sin caer en la cháchara.
De hecho, los textos bíblicos que remiten a la experiencia de Dios van en esta dirección: desde el cara a cara de Moisés en el Sinaí hasta el Gólgota, pasando por Elías y, aunque no en último lugar, Job. Es verdad que, bíblicamente, la experiencia de Dios es la de su voz. Ahora bien, esta no se escucha directamente, sino a través del clamor de los que sufren su altura, esto es, de quienes experimentan el silencio de Dios. De ahí que la fe, propiamente, nunca dé por descontada la ayuda de Dios. La esperanza creyente fue, antes que una previsión, un permanecer a la espera de la Palabra de Dios. Al fin y al cabo, un Dios invisible, como tal, no puede aparecer.
Sin embargo, el cristianismo da un paso al frente. Pues los testigos del acontecimiento del Gólgota, tan ligado al tercer día, comprendieron, aunque no sin cojear, que no hay —ni habrá— otra presencia de Dios que la del abandonado de Dios que se abandona a Dios. De ahí que el crucificado sea, cristianamente, reconocido como la Palabra de Dios. Para un cristiano, la experiencia de Dios no consiste únicamente en soportar fielmente su silencio —y obrar en consecuencia—, sino en adherirse al crucificado. Esto es, en seguirlo.
Por eso, en la perspectiva cristiana, la experiencia de Dios fue, y desde los comienzos, indisociable del encuentro con el crucificado. O, tras el paso de los siglos, con los de quienes siguieron sus huellas.
Otro asunto es que la cristiandad haya sobrevivido haciéndonos creer que es posible algo así como un acceso directo a Dios.
estoicos de ayer y hoy
agosto 16, 2025 § Deja un comentario
El estoicismo está de moda. Sobre todo, entre los altos ejecutivos. O los estresados. Al menos, si tenemos en cuenta la cantidad —notable— de libros que se publican sobre el asunto. Hasta podríamos hablar de una autoayuda inteligente.
Uno de los consejos típicos del estoicismo recomienda, como sabemos, anticipar imaginativamente lo peor que pudiera sucedernos. La idea que sostiene esta práctica es que, en el fondo, los males no deberían afectarnos, esto es, modificar la paz del alma. Que nada te turbe, que nada te espante… por decirlo a la manera de Teresa de Ávila.
Y es que, cuanto no depende de nosotros, se nos impone como si fuera un destino. Sin embargo, podemos situarnos por encima, como quien dice. En esto consiste nuestra libertad. Y para ejercerla, deberíamos tomar distancia, situarnos en la perspectiva del dios. Así, caeríamos en la cuenta de que, sub specie aeternitatis, somos algo así como una anécdota cósmica, una ilusión óptica. Aunque no nos lo parezca. De hecho, las espiritualidades —o muchas de ellas— consisten en interiorizar la mirada del dios. La cuestión es de qué dios.
Y entonces topamos con la Biblia. Aun cuando no quepa negar la influencia del estoicismo en la tradición cristiana, lo cierto es que hay un factor diferencial —y decisivo. Pues a diferencia del sabio, el santo es un desquiciado. Y desquiciado no por lo que le pueda caer sobre la espalda —esas cruces—, sino por la vida de perro que llevan tantas mujeres y hombres.
De no tener esto en cuenta, al final nos parecerá que todos los gatos son pardos.
¿un Mesías militar?
agosto 15, 2025 § Deja un comentario
Cristianamente, se suele decir que la esperanza judía en un Mesías a la David, esto es, militar fue, al menos por parte de los discípulos, un malentendido. Sin embargo, al desestimar fácilmente esta esperanza, probablemente perdamos de vista el carácter provocativo del cristianismo. Pues quienes sufrieron la brutal dominación romana ¿acaso podían confiar en quien ofrecía la otra mejilla? Los prisioneros de Auschwitz ¿es que no miraban al cielo esperando los aviones de los aliados?
Creer que la violencia no libera, sino que, únicamente, pospone la liberación es, en realidad, una osadía. Y una osadía que, honestamente, no sirve a quienes permanecen aplastados por la bota del opresor… salvo que anden rozando la mística o el estoicismo. Ofrecer la otra mejilla es, al fin y al cabo, un gesto escatológico. En el mientras tanto, a veces, es necesario usar el látigo que expulsó a los mercaderes del Templo. De hecho, al de Nazaret no lo crucificaron por buenazo.
una nota a Ser y tiempo
agosto 14, 2025 § Deja un comentario
En su intento de superar las aporías del pensamiento que parten de la centralidad del ego cogito, Heidegger sostuvo, como es sabido, que la respuesta a la pregunta por el sentido del ser no puede clavarla la reflexión que se interroga sobre la certeza de las representaciones del mundo. La razón —y aquí entro en la paráfrasis— es que esta reflexión solo es posible ignorando nuestra originaria exposición a un ahí. Por eso mismo, los resultados de la reflexión que parte de un poner entre paréntesis la veracidad de nuestras representaciones del mundo son siempre un segundo plato. Al fin y al cabo, partir de la representación en lo que respecta al saber supone, implícitamente, colocar al cogito en la torre de control que decide qué avión aterriza, esto es, la realidad de cuanto es. Ahora bien, esta centralidad del sujeto impide pensar lo real desde el lado, como quien dice, de lo real. Esto es, en su carácter otro o absoluto.
De ahí que, según Heidegger, el sentido de ser solo pueda escudriñarlo quien topa con el exceso de lo que es, y no por aquellos que se sitúan en la atalaya del espectador con la intención de medir con exactitud lo que, previsamente, ha sido reducido a cantidad. El hecho fundamental con respecto a la cuestión sobre el haber es que este, precisamente, se nos da. Y se nos da signficamente, esto es, como mundo interpretado. No hay acceso a lo real que no este mediado por una comprensión de fondo. Y esto es lo que hay que pensar.
Es cierto que, de entrada, pertenecemos a un mundo en el que lo que hay posee un sentido. Como también que solo desde esta pertenencia se nos da lo que hay. Sin embargo, que de facto esto sea así no implica que lo primero —el punto de partida del pensar acerca de lo real en cuanto tal— sea nuestra expuesta pertenencia al mundo. Me explico.
El punto de partida del pensar es el darse de lo real como mundo. Pero con anterioridad a la donación hay la aparición… aunque se trate de una anterioridad en la que no podemos estar desde el principio. Al fin y al cabo, la donación del mundo presupone la desaparición de lo que aparece sin porqué… como la rosa del Silesius. Ahora bien, esta anterioridad no puede elucidarse fenomenológicamente. Pues es, precisamente, anterior a nuestra pertenencia al mundo. Por eso, tan solo podemos vislumbrarla en esos momentos en los que, perteneciendo ya a un mundo, el tiempo queda en suspenso. Esto es, cuando la rosa que estuvimos a punto de cortar se nos aparece —se nos revela— sin porqué.
Pertenecer a un mundo supone, por tanto, volverle la espalda a la aparición. El mundo es el fondo difuso de la aparición. Pero al igual que la aparición es lo dejado atrás por el mundo. Es así que salimos del mundo una vez acontece el sin porqué. O por decirlo de otro modo, el mundo queda en suspenso —y de paso, nuestra pertenencia al mundo— en el instante en que contemplamos la rosa sin porqué.
Es posible que esto sea lo que pensó el Heidegger terminal. Pero ignoro hasta qué punto.
bokeh
agosto 13, 2025 § Deja un comentario
La rosa es sin porqué, escribió el Silesius. Ni siquiera se nos muestra. Tan solo puede contemplarse. Y quien contempla no ve nada. Al menos, porque toda visión arrastra su carga teórica, una cosmovisión de fondo, en definitiva, un mundo. Un billete de cincuenta euros, para los aborígenes del Mato Grosso, no es más que un trozo de papel. Toda visión supone un ver como. Y ante la rosa del Silesius no hay como que valga.
Aun cuando este ahí, provocando nuestro asombro, la rosa sin porqué aún no pertenece al mundo. Esto es, aún no nos ha sido dada. Todavía no no nos vemos obligados a hacer algo con ella, aunque sea pasar de largo. Está ahí, simplemente, porque está ahí. La aparición es tautológica, carece de relaciones. Simplemente, se sostiene por sí misma. Como si estuviese más allá del tiempo. En tanto que un hecho es una relación entre cosas, la rosa sin porqué no es, propiamente, un hecho. Es un acontecimiento. El mundo es simplemente un entorno —y, además, difuminado. Como en esas fotografías con efecto bokeh.
También el perdón del Gólgota fue un acontecimiento.
la inhospitalidad y el zen
agosto 12, 2025 § Deja un comentario
Israel fundó la religión de la inhospitalidad… si es que estamos propiamente ante una religión al uso. Pues, para quienes andan dando vueltas en busca de un tierra donde arraigar, resulta evidente que las mujeres y los hombres existen como arrancados —y arrancados no es lo mismo que separados. En cambio, el paganismo fue —y sigue siendo— una religión del formar parte, una religión campesina. En esta se trata, sobre todo, de alinearse con el viento más propicio, en definitiva, de sintonizar. Por otro lado y como es sabido, el budismo zen es una espiritualidad sin Dios —y esto significa, entre otras cosas, asumir que nada sostiene la vida que nos ha tocado en suerte. De ahí su concentración en el presente: ahora estoy escribiendo… y eso es todo. Una cosa tras otra. Sin horizonte. El maestro zen siempre se encuentra en donde está. Como una vaca —y no lo digo en un sentido peyorativo. Pues la vaca tiene suficiente con el agua que sacía su sed. No hay más. Nada que ver con la angustia de fondo de quien no termina de hallarse en su presente.
Así, en cada caso lo que nos saca de quicio no es lo mismo. En el caso del paganismo, el palo entre las ruedas, el inconveniente, el desajuste. De lo que se trata es de reparar. Para el budismo zen, el ruido del mundo, la distracción, el neguit de quien ignora de qué va el juego. Israel, sin embargo, no duerme ante la injusticia histórica: qué vida pueden esperar aquellos que murieron antes de tiempo a causa de nuestra impiedad. Y este es un interrogante cuya respuesta no es una solución.
Con todo, las diferencias tampoco es que sean tan nítidas. Los límites son borrosos. Y es que, por ejemplo, Israel también tiene su momento zen, como quien dice. Me refiero al momento del heme aquí, aquel en el que el creyente topa con el non plus ultra de la realidad divina, la que se revela, precisamente, como oscuridad y silencio. Desde la óptica pagana, el equivalente sería el momento de la muerte. De ahí que la espiritualidad pagana gire en torno al memento mori y, en definitiva, a la experiencia de la caducidad. Sea como sea, en estos momentos, somos de una pieza.
El aire de familia es innegable. Ahora bien, las diferencias también saltan a la vista… si no sufrimos miopía. Y es que lo decisivo es qué hacemos una vez nos hemos dado de narices con el muro. No es exactamente lo mismo en cada caso.
Dios y la metáfora
agosto 11, 2025 § Deja un comentario
No hay reducción conceptual que valga a la hora de incorporar el acontecimiento originario o, mejor dicho, el hecho de encontrarnos esencialmente expuestos al mismo. Tan solo cabe la metáfora, un como. Así decimos: existir es vivir como arrancados. O como náufragos.
Llama la atención, sin embargo, que dichas metáforas apunten a lo que, en el día a día, es excepcional. De hecho, la metáfora a la que recurrimos a la hora de comprender en qué consiste la vida que nos ha tocado en suerte no es la del naufragio, sino la del viaje. Ulises regresó a Itaca, aunque transformado. Abraham, en cambio, partió sin saber adónde. Esto es, sin un mapa que pudiera orientarlo. Tan solo tuvo fe. Como el náufrago que, agarrado a un tablón, espera, despojado de cualquier expectativa, que alguien lo recoja o que la corriente le arrastre a tierra firme.
preexistencia
agosto 10, 2025 § Deja un comentario
Ciertamente, el teologúmeno de la preexistencia del Hijo se presta a malentendidos… los cuales tienen que ver con una lectura literal del prólogo del cuarto evangelio, el cual posee, sin duda, un carácter mítico. Pero una lectura literal del mito es, precisamente, lo que no debemos hacer. Y no porque exija una interpretación —no porque el mito, diciendo lo que dice, pretenda decirnos algo muy distinto. El mito no remite a ningún hecho… aun cuando no pueda evitar recurrir a la narración. En tanto, que apunta a una realidad anterior a los tiempos, en el mito no puede haber hechos que valgan —y, por tanto, lo verigiquen. Nada sucedió antes de que hubiera un presente. Pero una lectura espontánea del mito, inevitablemente, se interrogará sobre los hechos que correspondan a sus enunciados.
Ahora bien, que nada sucediera significa que sucedió la nada. En el fondo, el mito, en tanto que se dirige al origen de cuanto es —y teniendo en cuenta que dicho origen, por defecto, no puede pertenecer al mundo al que da pie— , tiene que enfrentarse a lo que es no siendo aún nada. Sin embargo, esto significa que la negación de sí es inherente a la nada. Literalmente, la nada no es nada. Y por eso mismo hay lo que hay. Ex nihilo.
La expresión teológica de esta especulación surge de inmediato. Si Juan escribe lo que escribe es porque, de algún modo, intuye que el Hijo, desde el principio, es el envés de la negación de sí del Padre. La Encarnación no fue una decisión que Dios tomase en un momento dado… como quien decide bajar al sótano para reparar una cañería suelta. De hecho, defenderlo supondría caer, de nuevo, en el docetismo y sus variantes. Dios, en sí mismo, es su kenosis. Por consiguiente, al principio era la Palabra, y la Palabra estaba en Dios y la Palabra era Dios. De ahí que el de Nazaret no fuera una representación, entre otras, del Hijo, sino el Hijo. Dios en sí aún no es nadie sin el cuerpo que, abandonado de Dios, se abandona a Dios. En el abandonado de Dios que se abandona a Dios se revela que Dios en sí es el sacrificio de Dios. Por este motivo, Dios es más que Dios, a saber, cuerpo de Dios. Y por eso mismo, alguien.
El mito da que pensar, decía Ricouer. Y, en cierto modo, es así. De hecho, es lo que hemos estado haciendo, aunque sea torpemente, al escribir estas líneas. Pero este pensar no se resuelve en una traducción. El mito está bien como está. Solo hace falta aprender a leerlo bien. Pero esto es, precisamente, lo difícil.
sin perspectiva
agosto 9, 2025 § Deja un comentario
Un paisaje siempre es contemplado desde una perspectiva. Un paisaje es un hecho. O mejor dicho, todo hecho es, al fin y al cabo, paisaje. Pues un hecho es una relación entre cosas, una textura —y, por eso mismo, puede dar pie a un texto. La perspectiva se dibuja desde el lugar en el que nos encontramos en medio de un paisaje. No hay, por tanto, algo así como una única visión del paisaje. No puede haberla. Cada perspectiva genera un mapa mental, una representación del conjunto en la que la mayoría de las piezas encajan y, consecuentemente, hace posible una orientación. Ahora bien, de lo anterior se deduce que, en cada perspectiva, por el simple hecho de serlo, siempre habrá puntos ciegos.
Sin embargo, con respecto a lo que hay ahí, no todo es perspectiva. No me refiero a los enunciados de la matemática. Pues si bien proporcionan una descripción de la estructura subyacente a las diferentes perspectivas —y por eso mismo, pueden darnos a entender que han dado en el clavo del en sí—, presuponen igualmente un punto de vista, aunque sea distante. Y porque sigue siendo una perspectiva, a pesar de la distancia, lo que no ve el matemático —lo que se ahorra, su punto ciego— es, precisamente, el compromiso con el paisaje de quien se encuentra en medio.
El prejuicio del cientifismo moderno es que este compromiso impide el acceso a lo real —a su en sí—… cuando lo cierto es lo contrario. El precio de la objetividad cientifica es que el sujeto del conocimiento permanece fuera de lo que conoce o cree conocer y, en definitiva, del mundo que cuantifica. Se trata de la moderna escisión entre sujeto y objeto a la que da pie el pensamiento de Descartes. Ahora bien, al permanecer fuera o más allá del mundo, la realidad del sujeto del conocimiento solo podrá afirmarse como distinta del mundo objetivo, esto es, al margen de su pertenencia a un mundo. Desde esta posición, el exceso de lo real —su trascendencia— solo podrá pensarse, por consiguiente, en relación con la propia finitud. Esto es, relativamente. Así sucede, por ejemplo, en Descartes cuando demuestra la existencia de Dios. Pero también, en quienes llegan a Dios desde la constatación de nuestra común impotencia. Y aquí el creyente, como el cogito cartesiano, permanece en el centro de la experiencia… aun cuando diga, pongamos por caso, que la iniciativa es de Dios o que nos hallamos expuestos a su trascendencia.
Sin embargo, lo real es uno. De ahí que la escisión entre el cogito y la exterioridad solo pueda resolverse desde el lado de lo real… lo que solo es posible lógicamente. Es lo que hizo Spinoza y, posteriormente, Hegel. Aunque antes lo hiciese el cuarto evangelista, aunque con la lógica de la intuición simbolica, dando por sentado que la realidad de Dios es lo real par excellence. De hecho, el pensamiento de Hegel sería algo así como poner en abstracto lo que Juan expone en clave mítica. Y lo que sostiene Hegel es, cogiendo el lápiz grueso, que lo primero es la nada que se niega a sí misma —una doble negación, actus primus, el hágase. Y de estas lluvias, la carne en los huesos.
¿Qué se desprende de lo dicho hasta ahora? O mejor ¿qué, con respecto a la idea de que no todo es en perspectiva? Pues que antes de que perteneciéramos a un mundo —antes de formar parte del paisaje—, tuvo lugar la aparición. Y la aparición acontece desde el fondo de una nada que es no siendo nada. Quiero decir que todo, en verdad, nos ha sido dado. Y lo dado es sin porqué. Como la rosa del Silesius. Ante la aparición, como es obvio, no cabe la perspectiva —y por tanto, tampoco la pregunta por el criterio de verdad de esta verdad. Únicamente, el heme aquí.
Ahora bien, la aparición es, precisamente, lo que tuvimos que dejar atrás al integrarnos en el mundo —y, por tanto, al vernos obligados a negociar. Me atrevería a decir que esta constatación es la raíz de la vida del espíritu.
reducción
agosto 8, 2025 § Deja un comentario
La descripción matemática del mundo es como una fuga de Bach ejecutada en un piano eléctrico que no admita pulsación y, por extensión, contrastes dinámicos. Ciertamente, percibiremos su estructura —y esto, en el caso de Bach, basta para provocar nuestra admiración… como la pueda provocar un dios hierático. Pero perderemos su alma, la que nos trasnmite, precisamente, las pulsaciones del intérprete. Incluso cuando se equivoca. O sobre todo.
ciencia y muerte de Dios
agosto 7, 2025 § Deja un comentario
La ciencia no es compatible con el exceso de Dios, el cual anda abrazado a la nada. En todo caso, con el teísmo que concibe a Dios como mente suprema, en definitiva, como demiurgo. Pero un ente superior, aunque nos ponga circunstancialmente de rodillas, aún no es Dios.
En realidad, la ciencia moderna es el envés de la muerte de Dios. Pues mientras Dios aún estaba en el ambiente, la inquietud por lo verdadero permanecía vinculada a la espontánea comprensión de nuestro estar en el mundo como quienes se hallan expuestos a lo que les sobrepasa por entero. Una vez dejamos, culturalmente, de estar enfrentados al misterio esencial —una vez el lenguaje que lo expresa deja de ser vinculante—, podemos desplazarnos impunemente al Olimpo, la atalaya desde la que el mundo es observado con la indiferencia del dios, aun cuando ande teñida de curiosidad. Pero desde el Olimpo no habrá comprensión que valga, sino solo explicación. La diferencia consiste en que el sujeto que expllica no se encuentra implicado en lo explicado. Es decir, no juega el juego cuyas reglas pretende entender.
Es verdad que el hombre puede ocupar, aunque sea tambaleándose, el lugar de lo divino. Pero caben dos modos de hacerlo. El primero es el descrito: como quien se sitúa en la posición del dios que observa como si la cosa no fuese con él. Aunque aquí no ocuparía, estrictamente, el lugar de Dios, sino el de un dios. El segundo, en cambio, sería el del crucificado, aquel que negándose a sí mismo se enfrenta a lo otro de sí, no con el puño cerrado sino con las manos abiertas. Como Dios mismo al crear cuanto es. Al fin y al cabo, lo más real es kenosis.
De hecho, el crucificado fue condenado en nombre de Dios. Esto es, en su lugar.
pertenencia y sujeto
agosto 6, 2025 § 1 comentario
Es obvio que somos dependientes. Así, pertenecemos a la constelación de significados que constituyen un mundo. No partimoss de cero. El punto de partida es siempre un encontrarse en medio de. Como sujetos estamos sujetos a. Esto significa que el yo es resultado, sea del contexto socio-cultural, el inconsciente, el ciego impulso de una voluntad de poder… La hermenéutica de sí —la comprensión del existir— parte de este factum.
La pregunta, sin embargo, es si acaso, una vez constituido, el sujeto no se emancipa, precisamente, de las condiciones materiales que lo configuraron. Esto es, si en su búsqueda de lo verdadero, y en tanto que sujeto a las exigencias de la razón, no se libera, precisamente, de su estado de pertenencia. La tesis de Heidegger es que no —o no del todo: en cualquier caso, estamos imbuidos en un modo de ver, cuyo envés es un modo de ser o estar en el mundo.
Ciertamente, la perspectiva científica se comprende a sí misma como un desmarque, en la medida que dicha perspectiva es la del juez imparcial para el que solo hay en verdad lo que admite una cuantificación. La decisión teórica, por consiguiente, hace abstracción de nuestro hallarnos enfrentados al exceso de un puro haber con respecto al haber de las cosas. Un juez imparcial no existe. En cualquier caso, es. Y lo que simplemente es, a la manera de una piedra, una bestia o un ordenador, no puede hacerse cargo de lo que significa existir —y, de paso, cargar con ello. Un juez imparcial solo verá hombres y mujeres que reaccionan y que, además, dicen cosas.
La reflexión de quien permanece en la escena, y porque no puede rebasarla, solo puede problematizarla en la dirección de lo real avant la lettre. Esto es, en la de una absoluta alteridad que, tarde o temprano, se revelará como perdida. Es verdad que una vez se atreva a problematizar el lugar común —el mapa mental— en el que habita, el sujeto se extrañará de su propia circunstancia, al igual que alma difiere del cuerpo en el que siempre està. Pero se trata de una extrañeza distinta al desmarque que proporciona la ciencia moderna. En el caso del sujeto que comprende, la extrañeza es la del arrancado de una absoluta alteridad. Y, por eso mismo, la de arrojado al mundo. En el de quien explica, la del separado del mundo. No es exactamente lo mismo.
En el primer caso, cabe interiorizar, al menos hasta cierto punto, los resultados de la reflexión… a través de imágenes que solo sirven a su propósito si las tomamos como símbolos y no como signos. En el segundo, no es posible incorporarlos, es decir, ver las cosas conforme a los resultados de la reflexión. Pues aun cuando, por ejemplo, sepamos que en la materia que podemos ver y tocar en realidad hay más vacío que matería… seguiremos tratándola como si no hubiese vacío.
Con todo, este es también el riesgo de los símbolos: que acabemos, como insinuaba hace un momento, considerándolos como etiquetas… de lo que no puede admitirlas — de lo que es, aun cuando, en sí mismo, no posea entidad. Hablamos, obviamente, del puro haber o lo absolutamente otro.
qué me pasa
agosto 5, 2025 § 1 comentario
Para la Modernidad, el centro reside en el yo. ¿Qué significa esto con respecto al haber —a nuestro estar originariamente expuestos? Pues que si, de repente, se impusiera la más completa oscuridad y silencio, quien sufriera esta situación se preguntaría, no sin espanto, qué me está sucediendo. Esto es, no hay imposición como tal —y por eso mismo, tampoco revelación. El mundo no desaparece —diríamos—, sino que, simplemente, habríamos perdido nuestras facultades.
Sin embargo, la oscuridad y el silencio sostienen el mundo. Y esto es lo que no podemos pensar desde los presupuestos del cientifismo moderno: que existimos como arrojados porque la nada es en su negación de sí. O por decirlo en clave teológica, lo impensable para el cientifismo moderno es que el mundo nos ha sido dado por la kenosis de Dios —por la kenosis que es Dios en sí.
Es verdad que no parece que la cuestión acerca de Dios sea, hoy en día, de una cuestión crucial. Pero no nos lo parece porque no hemos estado al pie de ninguna cruz.