sospechosos habituales

noviembre 9, 2010 § Deja un comentario

Incluso en la piel de la mujer bella habitan los ácaros más infectos. ¿Qué hay pues ahí? ¿Un cuerpo bello? ¿Un mundo de bichos minúsculos? ¿Partículas elementales danzando al azar en un inmenso vacío? ¿Cuándo ya no será posible mirar más allá? No hay hechos, pues. Mejor dicho: en los hechos no encontramos nada último, nada que nos obligue a decir ‘es esto, no hay más’. Que veamos una cosa u otra dependerá, en definitiva, de qué nos interese ver. Así, la cosa última no es nada. O lo que viene a ser lo mismo: aquello último es el advenimiento mismo de la nada. Al fin y al cabo, un silencio de muerte.

(Y quizá sea por eso que Dios no pueda darse más que como resucitado.)

aporética

noviembre 8, 2010 § Deja un comentario

Quien se encuentra sometido a Dios —quien sostiene, aplastado contra la Tierra, el peso de su Altura— sabe que este mundo no tiene remedio. Que no hay salida para los sinsalida. Y, sin embargo, quien se encuentra, precisamente por ello, sometido al mandato de Dios —quien en lugar de Dios se ha convertido en rehén del otro hombreha de actuar como si el mundo fuera transformable. Un creyente espera, pues, contra toda expecativa. Por eso no es casual que las imágenes de la esperanza creyente sean apocalípticas, esto es, absurdas, inviables, u-tópicas. Que el león comerá hierba solo puede decirlo quien, sometido a la demanda infinita de los muertos, sabe que lo imposible es, con todo, aquello que debe acontecer.

abba

noviembre 8, 2010 § Deja un comentario

No es casual que la palabra abbapapá en arameo—, aquella que, según muchos exegetas, empleaba el mismo Jesús para referise, provocativamente, al Dios lejano de los judíos, aparezca en los evangelios una sola vez, en Marcos, acaso el evangelio más duro. El momento es Getsemaní: cuando Jesús de Nazareth invoca de rodillas a un Dios… que no aparecerá por ningún lado. Como si el momento de mayor intimidad fuera el momento del mayor abandono. Como si solo el abandonado de Dios estuviera en verdad cerca de Dios. Como si solo las víctimas soportaran el peso de la trascendencia divina. Como si el hombre, en definitiva, no fuera otra cosa que el sostén de un Dios con exceso de carga. Al fin y al cabo, solo porque el abandonado de Dios no abandonó a Dios, el centurión pudo ver a Dios mismo clavado en la Cruz. Por eso duele ver como a veces se presenta esto de la intimidad con Dios como si fuera un asunto de cosquillas interiores. Sin duda, cabe mantener el fuego de la intimidad, si es que uno regresa con vida de la mordida de Dios, pero resulta difícil imaginar esta intimidad como una doméstica satisfacción.

saber leer

noviembre 8, 2010 § Deja un comentario

Suele atribuirse al evangelista Juan la deriva mítica del cristianismo. Y, sin duda, esto de la preexistencia de Jesús junto a Dios desde el origen de los tiempos huele a fantasma (Jn 1, 1-3). No obstante, estamos lejos de comprender el alcance del prólogo con el que comienza el cuarto evangelio, mientras sigamos leyéndolo como si, en verdad, se refiriese a la Palabra de Dios, Jesús de Nazareth. La brutal imagen de Juan —a saber, la que sitúa de buen principio a un crucificado junto a Dios— bloquea, por inaceptable, cualquier posibilidad de una interpretación mítica de la vida y milagros de Jesús de Nazareth, aquélla en la que el Jesús es, precisamente, visto como un dios paseándose por la tierra. Y es que cualquier lector de Juan, de entrada ya sabe que ése del cual se dice que habitaba junto a Dios desde el origen de los tiempos, no es otro que aquel murió crucificado como un apestado de Dios. Nadie puede proclamar que el Crucificado era en el principio y el Crucificado estaba junto a Dios, sin trastocar la noción tipicamente religiosa de Dios. Como si el ser mismo de Dios no pudiera concebirse sin su identificación con el abandonado de Dios. Por eso mismo, a menos que se considere la Cruz como una anécdota, la declaración inicial no se centra tanto en Jesús de Nazareth como en Dios mismo: si el Crucificado es uno con Dios, si la Cruz forma parte de la definición de Dios —tal y como diríamos, si pensáramos in abstracto y no, como hace Juan, con imágenes—, entonces Dios para el hombre —aunque no desde el hombre— no es nada más allá de la Cruz. Que Dios no pueda percibirse sin el Crucificado —que no haya más experiencia de Dios que la que tiene lugar en el Gólgota— es aquello que difícilmente admitirá quien aún confie en la divinidad de las cimas. En este sentido, el prólogo de Juan sería propiamente y a pesar de las apariencias, un antimito: como si Juan hubiera empleado el lenguaje del mito para decir lo que ningún mito puede decir sin dejar de serlo. Al fin y al cabo, que la Cruz sea algo así como el destino mismo de Dios; que el sacrificio que reconcilia al hombre con Dios no esté del lado del hombre, sino del lado de Dios; que la víctima propiciatoria —el cordero del día del perdón— sea Dios mismo, el Dios que es uno con el abandonado de Dios… es algo que debería escandalizar a cualquiera con un mínimo de sensibilidad religiosa.

(La operación de Juan es semejante a la que realizará Duchamp al colocar un retrete en una sala de exposición: aquí ya no tenemos simplemente otra concepción, aunque polémica, de la belleza, sino la imposibilidad misma de seguir entendiendo lo bello a la manera de siempre. Pero éste ya es otro asunto….)

orujo de oliva

noviembre 6, 2010 § Deja un comentario

¿Qué dice el cristianismo? Básicamente dos cosas: que no hay más vida que la que ha sido dada a los muertos; y que esa vida no puede dártela más que un crucificado. Ambas cosas del todo inaceptables para quien cree que tiene en sus manos la posibilidad de alcanzar una vida plena.

andersen

noviembre 6, 2010 § Deja un comentario

Quien comprende de qué va esto de la confesión cristiana —quien comprende el alcance de la identificación de Dios con los homo sacer de este mundo, aquellos que ni siquiera son dignos de ser enterrados— difícilmente podrá admitir la crítica ilustrada al cristianismo, aquella que lo tacha, precisamente, de superstición. Desde la confesión creyente, la impresión es, más bien, la contraria. Y es que para quien soporta el peso de la Cruz —para quien deposita su fe en quienes regresan con vida de la muerte—, cualquier expectativa humana no deja de ser un cuento para niños.

cristiandad

noviembre 6, 2010 § Deja un comentario

Como es sabido, el cristianismo sobrevive históricamente tolerando las herejías que condena —esto es, permitiendo que muchos de los fielas crean, de hecho, en lo que cristianamente no podrían creer—. A nadie que sepa de qué va esto de la confesión creyente, se le escapa, por ejemplo, que para muchos cristianos de a pie, Jesús de Nazareth es algo así como un dios vestido de hombre. Ahora bien, es muy posible que de ello se desprenda que el cristianismo no sobreviviría a la defensa oficial de su verdad.

 

cristiandad (y 2)

noviembre 6, 2010 § Deja un comentario

Con el propósito de preservar la divinidad de Jesús, un cristiano conservador suele defender sin pestañear que Jesús es algo así como un dios paseándose por la tierra. Frente a esta posición —de hecho, la posición de la antigua herejía doceta— tenemos la propia del cristiano progresista. Así, con el propósito de sintonizar con el espíritu de los tiempos, ese espíritu que no puede dar por sentada la existencia de Dios, el progresista termina sustituyendo la divinidad por la figura de una vida entregada a los demás, el ideal de una bondad sin mácula. En este sentido, Jesús sería el que alcanzó —al modo de los antiguos héroes— la cima de una existencia plena, una cima a la que podemos referirnos perfectamente con el nombre de Dios. Ahora bien, ni una cosa ni otra son propiamente cristianas. Ni la posición conservadora, ni la posición progresista acaban de admitir aquello tan inadmisible de la dogmática: que el Crucificado fue en verdad Dios y en verdad hombre. La primera posición no sabe qué hacer con el hombre, el cual existe, por defecto, como enajenado, separado de Dios. La segunda, en cambio, no sabe que hacer con la trascendencia de Dios, la cual, al fin y al cabo, es reducida a una imagen ideal del hombre. Ni el carca ni el progre han visto que si el Crucificado es verdaderamente Dios y verdaderamente hombre es porque nada de Dios se encuentra más allá del Crucificado, esto es, de las víctimas que son sacrificados en el altar del Mundo. Y es que la identidad entre Dios y lo que queda del hombre cuando ya no queda nada del hombre es lo que nadie que aún confie en su posibilidad puede aceptar sin morir.

incipit

octubre 30, 2010 § Deja un comentario

La cuestión acerca del propio origen es irresoluble —y, así, impertinente—, pues uno es para sí mismo solo en tanto que no puede reconocerse en su causa. Lo que hace viable que un cuerpo se vea a sí mismo como si fuera algo otro —lo que hace posible la conciencia de sí— permanece opaco a esa misma conciencia: no puede ser de otro modo, si tiene que haber conciencia. Así, no es que la conciencia de sí carezca de causas naturales, sino que esa conciencia de sí, en cuanto tal, no puede reconocerlas como su propio origen. En este sentido, la causa de sí es, por defecto, algo traumático. O lo que viene a ser lo mismo: nadie puede reconocerse en lo abyecto que le sostiene… pues, en tanto que cuerpos conscientes de sí mismos, somos, precisamente, esa imposibilidad.

in-vocación

octubre 30, 2010 § Deja un comentario

Dios no responde tal y como esperamos que responda. La invocación de Dios se resuelve, bíblicamente, como la invocación de Dios. Esto es: Dios no responde ofreciendo una solución, sino reclamando del hombre una respuesta. Como si la réplica del Dios no fuera otra que el eco de la invocación del hombre, el que resuena, precisamente, en el estómago de los muertos antes de tiempo. Porque el cielo es un muro, el clamor del inmolado en el altar del mundo se nos revela como el clamor mismo de Dios. Cuesta creer que, después de tanta revelación, aún sigamos confiando en una imagen de Dios, al fin y al cabo, una variante del deus ex machina de las tragedias griegas. Será cierto que los hombres tenemos un corazón de piedra.

( Y si esto es cierto, ¿cómo puede ser que haya algún cristiano que aún se anime a rezar con los budistas, los hinduistas, los animistas…? El gesto del buen rollista acaba confundiendo a las gentes, pues resulta obvio —o casi— que no nos encontramos ante el mismo Dios. Y es que el Dios que se identifica con el huérfano, la viuda, el sin patria… no puede ser el mismo que el que acepta el dolor humano como aquello debido a un karma maldito. Una cosa es darnos la paz —¡cómo no!— y otra rezar juntos. Una cosa es rezar de rodillas y otra con el culo.)

cervezas en el Moon

octubre 30, 2010 § Deja un comentario

Con Alexis hablamos, una vez más, de esto de Dios. Le digo aquello de que Dios se revela sólo en medio de la catástrofe como la imposibilidad de la imagen de Dios, al fin y al cabo, como la inviabilidad de una bendición que, sin embargo, el hombre no puede dejar de exigir. Y, precisamente por ello —digo—, Dios se muestra como el Dios que se identifica con nuestras víctimas. Todo esto, ya se ve, son las cervezas. Pero Alexis toma siempre una (o dos) menos que yo… y por eso puede añadir: «…por eso el Dios de la Cruz es un Dios católico, esto es, universal, un Dios para todos. En medio de la catástrofe, no hay diferencia que valga.» Enorme.

(Un griego, sin embargo, diría: todo lo que tiene que ver con la catástrofe, no tiene que ver con el hombre. Cuando caen los muros de la polis, tan solo podemos topar con lo que se sitúa por debajo o por encima del hombre. Esto es, con lo infrahumano o lo sobrehumano. La catástrofe, suele decirse, o bien nos deshumaniza —que es lo más común— o bien nos diviniza —pero estos dioses ya dejaron de ser, por eso mismo, uno de los nuestros…—. En cualquier caso, no parece que la catástrofe revele nada que tenga que ver con el hombre. Por eso la confesión creyente  —la que sostiene que el hombre sólo puede sobrevivir al infierno como resucitado— resulta tan excesiva para quien sabe ver más allá de los tópicos. Que lo sobrehumano sea una posibilidad del hombre sólo porque Dios renuncia a su divinidad es lo que, en definitiva, ningún hombre puede humanamente admitir.)

idolatría

octubre 25, 2010 § Deja un comentario

El hombre no tiene necesidad de Dios, sino de dioses. Un dios es una promesa de felicidad, mejor dicho, la figura de una existencia intachable, sin lacra. En un dios no hay defecto, debilidad. Un dios siempre es capaz. Ciertamente, ya no estamos dispuestos a creer que los dioses existen por encima de nuestras cabezas. Sin embargo, eso no significa que hayamos dejado de estar sometidos a su influencia. Están quizá más cerca de nosotros —habitan el olimpo de Hollywood, las playas californianas, los despachos de wall street, las pasarelas de Milán…— pero siguen siendo, en cierto sentido, intocables. Son nuestros ídolos. Y es que no hay vida humana que no se diga fácilmente a sí misma: yo quiero ser como tal o cual, siendo el tal o cual no estrictamente el tal o cual de carne y hueso, sino su abstracción, su imagen más amable, estilizada, idealizada. Un ídolo, por defecto, no puede oler mal. Y, así, higiénicamente, nuestros ídolos se van conviertiendo en señores de nuestras vidas. ¿Quién podrá resistirse a su promesa? ¿Quién no quiere para sí el poder, la pureza, una completa satisfacción? Precisamente, porque estamos convencidos que ellos sí que viven en verdad, nos disponemos a los mayores sacrificios con tal de alcanzar, o cuanto menos participar, de su fuerza: el ejecutivo traicionará al amigo, si con ello consigue llegar a la cima;  los ascetas deberán renunciar al cuerpo, si pretenden una vida elevada; las actrices perderán su virginidad por un papel… Sea como sea, el esquema sacrificial sigue siendo el mismo que el de la antigua sensibilidad religiosa: los altares cambian, pero el corte permanece. Quien aspire al cielo debe estar dispuesto a pagar un alto precio.

Por esto, dónde haya ídolos ¿quién podrá confiar en un Dios sin rostro, aquel para quien no hay pureza que valga —el Dios ante el cual todo hombre está siempre fuera de lugar—? Quien se encuentra herido de Dios —quien encuentra a Dios en falta, precisamente, porque en verdad no hay amparo para el hombre— ya no tiene otra urgencia: debe responder al clamor de su hermano, ese abandonado de Dios. Quien se halla sometido a la altura de Dios —a la presencia de su ausencia— no puede hacer otra cosa. Desde la experiencia del mal radical, cualquier promesa de felicidad se revela como ficticia. Un creyente, al fin y al cabo, es alguien que, por haber descendido al infierno de las víctimas, está demasiado cerca del nihilismo como para poder seguir confiando en imágenes. En cualquier caso, podemos seguir respirando: nadie puede creer honestamente desde sí mismo. Antes debemos morder el polvo, desaparecer.

waldo

octubre 24, 2010 § Deja un comentario

El otro día Waldo, el camarero del café de siempre, me dijo: «yo sólo sé hacer cafés… y algunos me salen mal.»

intelectualismo moral

octubre 24, 2010 § Deja un comentario

La librería de segunda mano es atendida por un empleado gris. Nunca le he visto sonreir. Vive solo y es muy probable que en casa se pase las hora muertas colgado del televisor o del sexo virtual. Tampoco se le conocen amigos. Lo dicho: un hombre gris, un hombre triste. Sócrates diría que es como es porque no sabe ser de otro modo. Que su infelicidad es, al fin y al cabo, fruto de su ignorancia. La circunstancia no lo explica todo: en un mismo mar, hay quienes saben sortear tempestades y quienes ni siquiera saben cómo levar anclas. Es difícil no admitirlo: su vida parece, pues, un error. Y probablemente lo sea. Con todo ¿es posible que tan sólo quienes fracasan, aquellos que no saben llevar su vida a buen puerto sean más sensibles, en definitiva, a la nada que nos soporta? Como si la felicidad fuera simplemente una ilusión…

Sin embargo, la buena vida de Sócrates en modo alguno fue un espejismo. ¿Acaso puede seguir fantaseando quien reconoce que, al fin y al cabo, él sólo sabe que no sabe nada? La confesión socrática ya nos da a entender que el saber propio de quien sabe vivir no puede entregarse como receta, con sus ingredientes y sus tempos; que, en cierto sentido, se trata de un saber acerca de la nada. Y es que, en cualquier caso, caben dos actitudes ante esa nada fundamental, subyacente, decisiva: la de quien se hunde con ella y la de quien reconoce desde esa misma nada el milagro de un día de más. Esto es: o depresión o ironía.

el creyente

octubre 23, 2010 § Deja un comentario

Para Sócrates y sus descendientes, la vida verdadera pasa por anticipar el momento del final. Como si solo comenzásemos a vivir en verdad donde encaramos el no va más de la propia muerte. Todo es milagro para quien sabe que le quedan pocos días. En cambio, lo que tiene presente un creyente no es la posibilidad de la propia muerte, sino la de quienes fueron condenados por el mundo a una muerte indebida. Sócrates se asombra de que haya algo ahí —algo en vez de nada—. Un creyente, en cambio, se escandaliza de que sea posible morir sin dejar huella —que no baste con la bendición de Dios para alcanzar una vida capaz de sobrevivir a la muerte—. Los elegidos, al fin y al cabo, siempre aguardaron la irrupción de Dios en las fosas comunes de la historia.

la sombra de Buda es alargada

octubre 23, 2010 § Deja un comentario

Puede que la cuestión última no sea qué debemos hacer para dejar de ser unos capullos… —esto es, qué pasos hay que dar para transfigurarnos en crisálidas—, sino si es posible salir de infierno, ese lugar del cual uno solo puede salir con los pies por delante. Puede que, al fin y al cabo, no se trate de cómo hemos de elevarnos —o incluso, evitar la caída–, sino de si es posible levantarse, una vez hemos caído hasta el fondo. En definitiva, puede que la cuestión última sea si hay o no vida más allá de la muerte, de esa muerte que se nos da tan cruelmente en vida. La preocupación por la vida elevada es, en cualquier caso, una cuestión penúltima, de hecho, nuestra cuestión, a saber, la de quienes pertenecen a la ciudad, esos que no sufren el peso de una impotencia determinante. De hecho, la ciudad es, por defecto, el lugar en donde se plantea, precisamente, la posibilidad de una vida que trascienda los límites de la vida animal. Un cristiano, sin embargo, es aquel que no puede ya creer en las posibilidades del ciudadano, en las imágenes de una existencia sin mácula. Y no porque la elevación sea, al fin y al cabo, una piel de cordero —el efecto, al fin y al cabo, provisional de la buena educación—; no sólo porque el hombre no pueda alcanzar la justificación desde sí mismo, sino porque cualquier elevación —cualquier conquista espiritual— es, en medio del infierno, impertinente, por no decir blasfema. Aquellos que creyeron sobrevivir a Auschwitz, Dachau, Treblinka… porque consiguieron participar de la fuerza de Dios —porque lograron conectarse debidamente— toman el nombre de Dios en vano. Como si la desgracia fuera debida a la ignorancia, la incompetencia, el error. Y es que, en definitiva, la cuestión bíblica no es con quién debe identificarse el hombre, pues el hombre, desde sí mismo, solo puede identificarse con el poder —sea el que detenta el tirano, el hombre de éxito o la divinidad—, sino con quién se identifica Dios… y ya es sabido que Dios se identifica con los dejados de la mano de Dios, esos impotentes. O lo que es lo mismo: bíblicamente, Dios es, al fin y al cabo, su impotencia como Dios… aunque por eso —y sólo por eso— el hombre se encuentra bajo el mandato de Dios. Y es que tan sólo quien se encuentra falto de Dios deviene rehén de su hermano.

pan-(de)-rico

octubre 23, 2010 § Deja un comentario

Una cosa dedicar gran parte de tu vida a, por ejemplo, aumentar la venta de donuts y otra preguntarse qué hay más allá de todo eso. Una cosa es adaptarse con mayor o menor eficacia a la circunstancia y otra cruzar el desierto. Una cosa es ganarse la vida y otra ganarla. Una cosa es ceder al deseo y otra preguntarse qué quiero en verdad. Una cosa es verte como cuerpo digerible y otra asombrarme ante el hecho de que estés ahí, frente a mí. Una cosa es el cuerpo y otra el alma. Entre una cosa y otra se diferencian los hombres. La vida de quien se interroga a sí mismo —la vida sin quietud de quien busca eso inalcanzable que, sin embargo, debe ser alcanzado— no posee el mismo valor, el mismo alcance, precisamente, que la de quien se contenta con reaccionar… aun cuando la primera no sepa a ciencia cierta qué hacer de sí misma y la segunda, probablemente, lo sepa demasiado. La primera vuela —sus manos están vacías—, la segunda se arrastra por ahí.

(Y, sin embargo, este el vértigo: que ninguna de estas diferencias valga ante Dios. Cualquiera de los que desprecias, sea una sucia rumana o una pija —un kumba o un snob— puede, perfectamente, responder antes que tú. No obstante, si alguien puede responder es porque ya ha dejado de ser lo que parece —ya habrá sido debidamente despellejado—: y es que nadie responde a Dios —en realidad, a sus enviados, las víctimas de la Tierra— como aquello que es en medio de la vida, sino como ese resto que pervive más allá de la muerte.)

dogma

octubre 23, 2010 § Deja un comentario

Esta es la verdad creyente: solo porque no hay Dios —solo porque Dios quiso morir en manos del hombre—, el hombre puede vivir con el espíritu de Dios, esto es, enteramente sometido al clamor del pobre. Quienes digan otra otra cosa, tarde o temprano, dormitarán sobre el ombligo de Buda.

one more time: that’s the question

octubre 23, 2010 § Deja un comentario

Al fin y al cabo la pregunta es muy simple: ¿qué te interesa en verdad? —qué buscas, qué persigues, qué amas—. Como si solo hubiese una división: la de quienes han sido arrojados a la intemperie —la de aquellos que no son otra cosa que su desazón, su búsqueda— y la de quienes permanecen en el hogar. Una cosa es el Dios de Abraham —aquel que habiendo huido del mundo obliga al hombre a partir—  y otra el que exige sacrificios: para la belleza del hombre, para su felicidad. La diferencia es enorme: como la que media entre el volar y el arrastrarse, entre la vida y la satisfacción.

coordenadas

octubre 21, 2010 § Deja un comentario

Si tuviéramos que trazar una línea para representar la relación que el hombre mantiene con el Dios bíblico —el único que duele en verdad, precisamente, porque no se encuentra disponible— ésta no podría ser otra que una línea vertical. Tan sólo una perfecta verticalidad puede mostrar la radical trascendencia de Dios. Dicho de otro modo, no cabe ningún ascenso donde no hay pendiente. Puede que algunos hombres se empeñen en intentar la escalada. Pero aquí no hay donde agarrarse, ninguna cornisa que nos permita mantener el equilibrio. Y ya se sabe, cuanto más arriba, más dura es la caída. Como si solo la altura de Dios —es decir, su inaccesibilidad— nos obligara, de hecho, a mirar a a quien tenemos a nuestro lado—. Sin embargo, algunos cristianos —incluso judíos— de hoy en día siguen empeñados en dar por hecho que la línea bíblica es, de hecho, un plano inclinado: como si fuera posible llegar, aunque sea con esfuerzo a Dios; como si fuera posible respirar el aire puro de las cimas. Como si una Cruz pudiera torcerse… Ninguna cima llega a escandalizarnos y un Dios que pueda ser admitido ¿hasta que punto puede doblegarnos, esto es, valer como Dios? Las promesas de la ascesis —los ideales de un programa de vida— son aún demasiado creíbles como para que merezcan la fe. Sea como sea, para el creyente de los relatos bíblicos, la cuestión no es la de cómo lograr la beatitud —o, si se prefiere, una vida plena—, sino cómo responder a la voz de los que marcados por el estigma de Dios, esos desgraciados.

patriarcas

octubre 17, 2010 § Deja un comentario

Bíblicamente, Dios es siempre el Dios de Abraham, de Isaac, de Jacob. El Dios de Moisés, de Isaías, de Jesús de Nazareth… Esto es: Dios no es accesible con independencia del elegido por Dios para dar testimonio de Dios. Si así fuera, entonces Dios sería como una fuerza que cualquiera podría alcanzar con el debido esfuerzo —o mejor dicho: que podría poseer a cualquiera que hiciera lo debido—.  Desde esta óptica un elegido sería, en el mejor de los casos, un maestro, un guía —un gurú—, pero en modo alguno uno de los pocos que pueden testimoniar a Dios. En la Biblia, el elegido no es un poseído por Dios, sino un llamado por Dios, esto es, alquien por entero sometido a su altura o, lo que viene a ser lo mismo, exigido por esa ausencia sin la cual la voz de Dios no llegaría a identificarse con el desconsuelo del pobre. La diferencia es crucial. En el caso de un Dios-fuerza, la experiencia de Dios —la conexión— se encuentra más o menos garantizada por un ascenso, un método, una ascesis. En el segundo, la experiencia de Dios solo pueden alcanzarla, como quien dice, algunos elegidos… y solo a través de ellos podemos creer quienes aún padecemos de sordera. Y es que una cosa es un hecho —en principio, algo captable por cualquiera que esté en la correcta situación— y otra la llamada, de la cual, por defecto, solo pueden dar fe quienes responden, siendo que no hay modo humano de avalar ni la llamada ni, por supuesto, la respuesta. Dios se hace presente como aquel que llama a quien quiere… a través de la garganta del abandonado de Dios. Y solo porque hubo quienes respondieron a esa llamada, podemos, quienes ni siquiera la oímos de lejos, creer. Por eso —porque Dios no se encuentra en las alturas— podemos decir que Dios no te eleva, sino que te aplasta contra la tierra. Mejor dicho: en realidad es Dios mismo —su inaccesible altura— quien te impide elevarte hacia Dios. En verdad —y esto es lo que confiesa la existencia creyente— la única elevación es la de la Cruz.

NBA

octubre 17, 2010 § Deja un comentario

Aquellos sacerdotes que animan a su parroquia como si fueran cheerleaders de la fe, probablemente se engañan a sí mismos, pues de lo que se trata no es de decir a la gente «ven que te lo pasarás bien», sino de dar la fe a quien no la posee, esto es, dar esperanza a quienes ya ni siquiera pueden concebirla. Necesitamos más Manolos Fortuny y menos coristas, más sacerdotes —o simples creyentes— que se atrevan a constatar con amable desprecio —esto es, como quien constata un día de sol— que, quienes nos pasamos el día en medio del super, llevamos, sencillamente, una vida de mierda. El cristianismo necesita, al fin y al cabo, sacerdotes que no tengan demasiado miedo a quedarse sin parroquia por decir las cosas por su nombre.

Te Deum

octubre 17, 2010 § Deja un comentario

Hay que decirlo: Bruckner fue el único dios que andó sobre la tierra. (Y Celibidache su profeta…)

Tote King

octubre 17, 2010 § Deja un comentario

¿Por qué estaríamos tan dispuestos a dar por bueno un rumor que revelase el lado oscuro de Gandhi? Quizá por la misma razón por la que nos resulta más verosímil la historia de un criminal que es capaz de un momento de piedad que la de un criminal arquetípico. Cuestión de credibilidad. Quienes son por entero buenos o bellos —o por entero monstruosos— no son, ciertamente, de este mundo. Espectros. Por eso yerran quienes pretenden mostrarnos a Jesús de Nazareth como alguien de corazón sin mácula, alguien de bondad irreprochable, como si la tentación —la posibilidad de hacer el mal— no fuera con él… cuando lo cierto es que el diablo, tras la prueba del desierto, «se alejó de él por algún tiempo» (Lc 4, 13). Con ello, sólo consiguen una cosa: convertir a Jesús de Nazareth en un mito y, por consiguiente, en una figura quizá ejemplar pero, en cualquier caso, increíble… salvo para aquellos que se necesitan creer que pueden llegar a ser puros o perfectos. Y es que si Jesús de Nazareth consiguió que el espíritu de Dios habitara completamente en su interior, entonces su historia no es la de un Dios que se autoinmola para que el hombre pueda vivir con el espíritu de Dios donde ya no cabe concebir ninguna vida digna del hombre, sino la de un hombre convertido en Dios, al fin y al cabo, algo que no parece que pueda concernir a los destinatarios del Evangelio, esos que ni siquiera pueden soñar con alcanzar ni siquiera la pureza de una bondad sin lacra. Y es que la imposibilidad de Dios no acontece como la encarnación del arquetipo, esto es, como los paseos terrenales de un alma bella, sino como la bondad de quienes, convertidos en nadie, se encuentran más allá del bien y del mal. Dicho de otro modo, el Dios del Evangelio no se da como la chispa divina que habita en el seno del enviado, sino como la inviable misericordia de los muertos (en vida). Quizá la tópica de la resurrección de la carne no signifique otra cosa. En cualquier caso, el fantasma del monofisismo —el espíritu de quienes antiguamente creyeron que Jesús, en definitiva, no podía ser humano— aparece de nuevo en la convicción de aquellos cristianos que, intentando hacer las paces con la Modernidad, han preferido convertir a Jesús en un arquetipo de la luz antes que reconocerlo como aquel hombre en donde se consumó el destino mismo de Dios.

la boquería

octubre 17, 2010 § Deja un comentario

El otro día en una charla sobre las nuevas sensibilidades religiosas tuvimos que oir aquello de que el verdadero dialogo interreligioso no se da en los foros de los «especialistas», sino en la cola del mercado, en el autobús, en la sala de espera del CAP… allí donde, se sobreentiende, nos vemos obligados a compartir espacio con el musulmán, el hindú, el animista. Sin embargo, esto sencillamente no es cierto. En la cola del mercado, por lo común, no se dialoga sobre religión. Lo que se lleva en las colas del mercado es, en el mejor de los casos, un modelo de convivencia o un comportamiento ejemplar, cuyo presupuesto es, precisamente, vamos a dejar a un lado nuestras diferencias religiosas y, sobre todo, sociales. Así, una cosa es que no debamos pelearnos por los asuntos de Dios y otra creer que sólo podremos estar en paz, mientras podamos decir que en el fondo todos creemos en lo mismo o, lo que es peor, mientras no le demos una especial importancia a nuestras certidumbres. Pero donde nos tomemos en serio el diálogo con quien piensa de otro modo, difícilmente podremos ahorrarnos la cuestión de la verdad. Es posible que la verdad —y más en estos temas— no se imponga, al fin y al cabo, como algo constatable por cualquiera. Sin embargo, lo cierto es que, sea como sea, la cosmovisión que comprendre el sufrimiento humano como debido a un karma maldito no parece armonizable con la fe que invoca infructuosamente a un Dios que debiera ser justo. Una de las dos, sencillamente, tiene que estar equivocada. Y es que el Dios de los arrojados de este mundo —el Dios de los deportados— no puede ser, precisamente, una divinidad cósmica, un dios presente por doquier. Una vez más, el pensamiento progre de hoy en día termina por escupir, contra pronóstico, sobre los cuerpos de las víctimas en nombre de una divinidad devaluada.

facts

octubre 16, 2010 § Deja un comentario

Nada de lo que sucede en verdad puede ser constatado. El acontecimiento —lo que provoca nuestra estupefacción— no es propiamente el hecho, sino lo que tiene lugar en el hecho. Un simple hecho no tiene nada de simple: ahí todo es mezcla. De este modo, un mal aliento, una mirada distraída o preocupada, el crujido de los intestinos… pueden, sin duda, aparecer en el momento decisivo, aquél en que nuestra mano de príncipe, por ejemplo, busca a tientas y no sin temblor acariciar los párpados de nuestra bella durmiente. Será cierto, pues, que para caer en la cuenta de lo que en verdad sucede necesitamos alejarnos, tomar las debidas distancias, abstraer. Como si la verdad solo pudiera darse como lo que fue. Como si lo que debe ser solo pudiera acontecer como la fatalidad del ayer o de un destino vacilante.

Manolo Fortuny

octubre 15, 2010 § Deja un comentario

O la verdad pertenece a los comienzos. O la verdad pertenece a la alianza. En el primer caso, el origen es un destino y ésta es la convicción del mito. En el segundo, lo decisivo es el empecinamiento —la obsesión, el mandato—… y esta es la certeza bíblica. O ADN o anillo. Por eso, la cuestión que importa no es por qué comenzaste, sino por qué sigues ahí, ciega, fielmente.

ex machina

octubre 15, 2010 § Deja un comentario

Dios no responde. Dios no resuelve. La respuesta de Dios en cualquier caso se da como el ruego de Dios en boca del que ha sido descuidado por Dios. Como si su contestación fuera el eco de la pro-vocación del hombre. Y quizá la Biblia no diga otra cosa: que no es el hombre quien invoca realmente a Dios —pues acaso el hombre solo pueda invocar con sentido una imagen de Dios—, sino que en realidad es Dios quien invoca al hombre. Que el vínculo entre el hombre y Dios no se da desde el hombre sino desde Dios, un Dios del cual solo poseemos sus restos —su huella, su hálito—.

patmos

octubre 13, 2010 § Deja un comentario

¿Qué queda de la relación con Dios, si prescindimos del peligro? Un Dios que no pro-voca nuestra desviación, no puede valer como Dios. Y un Dios provocador no puede ser otro que aquel que no responde cuando se le invoca.

diván

octubre 13, 2010 § Deja un comentario

Cuesta entender cómo es que muchos se empeñan en defender su fe diciendo, más o menos, que siempre ayuda creer en algo: como si lo que estuviera en juego fuera, precisamente, la salud mental. Pero nadie dijo que la salvación creyente fuera una terapia. De hecho, un salvado por la fe se encuentra más cerca de la desmesura propia de la enajenación que del buen sentido del equilibrista.

poder decir yo

octubre 12, 2010 § Deja un comentario

Ni siquiera la mujer más hermosa puede comprender el deseo de un hombre hacia ella. Y es que no hay mujer que logre aceptar la verdad de su cuerpo. Con todo, gracias a ello consigue mirarse al espejo y decir yo.

(Aunque consuela, quizá, que tampoco haya aquí un hombre que pueda admitirse por entero, el motivo, sin embargo, no es el mismo. Una vez más, el adjetivo provoca la diferencia más sustancial.)

all you need is love (segunda parte)

octubre 12, 2010 § Deja un comentario

Si los amantes comunes creen que se aman y no sólo se satisfacen —esto es, ‘contratan’ entre sí sus servicios— es porque eso que van viviendo coincide en mayor o menor medida con una historia ejemplar. Quienes creen que su historia es una historia de amor es porque se reconocen, al menos en cierta medida, en los protagonistas de las típicas películas románticas, esos mitos de hoy en día.  Prescindir de las historias ejemplares es quedarse con los puros hechos y en el plano de los hechos tan solo hay bolas de billar, esto es, cuerpos sometidos a fuerzas… « Leer el resto de esta entrada »

excursus

octubre 12, 2010 § Deja un comentario

La experiencia de la realidad propiamente dicha no coincide con las sensaciones que provoca nuestro trato habitual con las cosas. Ciertamente,   no puedo evitar la sensación de que estoy cogiendo una botella real cuando efectivamente la cojo. Pero cuando la cojo con un determinado propósito, por ejemplo, cuando pretendo tomar un trago, difícilmente caigo en la cuenta de  que se trata de algo otro ahí. Lo que tengo presente —lo que se hace presente— no es la alteridad de la botella, sino mi propósito, o siendo más preciso, la imagen de aquello que lo satisface. « Leer el resto de esta entrada »

antiguo ateísmo

octubre 11, 2010 § Deja un comentario

No hace falta llegar hasta Feuerbach. Con Lucrecio nos basta: timor fecit deos. Esto es: el temor creó a los dioses. Y, sin embargo, la verdad es otra: es Dios —el Dios bíblico, aquel que se identifica con los dejados de la mano de Dios— quien provoca el temor, mejor dicho, el temblor del hombre. (Pues ¿quién no se pone a temblar ante la ley que nace de la garganta de los que siguen (como) muertos?)

 

Eckhart de Hochheim

octubre 10, 2010 § Deja un comentario

Por lo común, la posibilidad de la experiencia mística pasa por transformar a Dios en una deidad. Podríamos decir que para el místico no se trata propiamente de responder al mandato de Dios, sino de participar de su naturaleza. En cambio, para el judío, el hombre en modo alguno puede conectarse a Dios. Un judío sólo espera poder obedecerle. Más aún: es el hecho mismo de que no pueda conectarse, lo que le obliga a responder. No debería, pues, extrañarnos que el místico no sepa a ciencia cierta qué hacer con la voz imperativa de Dios, aquélla que bíblicamente coincide —y esto conviene recalcarlo— con el grito ahogado de las víctimas. Y es que el místico difícilmente admitirá que aquellos que fueron capaces de responder a Dios sigan siendo unos alejados de Dios.

pachá

octubre 8, 2010 § Deja un comentario

Una cosa es ponerse a bailar y otra ponerse a bailar sabiendo lo que está en juego. Si le preguntaras a quien mueve el esqueleto en las pistas de Pachá por qué mueve el esqueleto de ese modo, probablemente te diría que porque le gusta. Sin embargo, cualquiera que observase una pista de baile desde una cierta distancia —cualquier espectador, cualquier teórico— no tardaría mucho en darse cuenta de que lo que está en juego no es, propiamente, el darse un gusto, sino el hecho de ofrecerse como un cuerpo reproductivamente apto. De lo que se trata es —cómo no— de ligar. Una discoteca es, en el fondo, un mercado. La cuestión, sin embargo, es si uno puede regresar a la pista —o mejor dicho: cómo puede hacerlo— una vez sabe de qué va tot plegat. Esto es: si uno puede volver a bailar diciéndose que va a ofrecerse como cuerpo reproductivamente apto. Hay ciertos juegos —probablemente, aquellos que importan— que solo pueden jugarse si no se explicitan las reglas del juego. Una vez éstas han salido a la luz —una vez uno es consciente de lo que se juega en verdad— o bien deja de jugar o bien juega irónicamente, esto es, con aquella sinceridad con la que el buen actor representa su papel. Sin embargo, ¿qué tipo de relación —qué tipo de vínculos— podrá establecer el actor con quienes comparten la representación, si solo él es consciente de lo que, en el fondo, se trata? ¿Acaso podrá darse un trato entre iguales? Es obvio que el yo que subyace en cada caso no es el mismo. El yo de quien baila porque le gusta no es el mismo que el de quien se pone a bailar manteniéndose a una cierta distancia de su deseo de bailar. Este segundo yo es, sin duda, más elevado o, si se prefiere, más abisal. Al fin y al cabo, puede que la cuestión del regreso sea la única cuestión pendiente de quien ha visto más de lo debido.

 

all you need is love (primera parte)

octubre 7, 2010 § Deja un comentario

¿Hay amor antes de que se declare el amor? ¿Podemos decir que hay amor mientras el poeta no encuentra sus metáforas? Inicialmente, podríamos entender que el amor no es más que un cóctel hormonal, una inclinación, especialmente acentuada, por un determinado cuerpo. En este sentido, el amor sería tan solo un hecho, un hecho interior, el hecho de encontrarse sometido a una determinada pasión. La palabra amor, como tantas otras, funcionaría como un nombre. Primero, la cosa o el hecho. Luego, el nombre. Así, cuando declarásemos nuestro amor por alguien no haríamos otra cosa que constatar aquello que nos pasa por dentro. Ahora bien, si la palabra ‘amor’ fuese tan solo el nombre de un hecho, entonces podríamos sustituir la declaración de amor por la descripcición definida de ese hecho. En vez de decir te amo, podríamos perfectamente decir: siento un chute hormonal cada vez que te veo. O siendo más típicos: me gustas mucho… (y si esto no bastara siempre podemos añadir unos pocos mucho de más). Sin embargo, nadie estará dispuesto a declararse recurriendo a un manual de fisiología. Es posible que esa declaración funcionase, pero solo porque quien la acepta da por hecho que no se trata solo de una cuestión de chute hormonal. Mejor dicho: quizá quienes se declaran su amor de este modo ‘tan simple’ creen que el amor no es más una fuerte inclinación, una intensa preferencia, una pasión… pero, al mismo tiempo, suponen, ingénuamente, que se trata de una inclinación para siempre. Ahora bien, si solo se tratara de una inclinación, por muy fuerte que fuera, no parece que pudiéramos esperar sensatamente que fuese para siempre. El típico me gustas mucho, dicho así, a secas, podría traducirse como sigue: estaré contigo, mientras me gustes… Sin embargo, nadie estará dispuesto a admitir esta declaración como una declaración de amor. Aquí en principio permanecemos dentro de los límites del (con)trato. No decimos que, de hecho, podamos ir más allá de lo contractual. Decimos que cuando declaramos nuestro amor por alguien nos resistimos a admitir que nuestra relación sea simplemente contractual. Una relación que se acoja por entero a la lógica del do ut des es una relación interesada, al fin y al cabo, un negocio. Y nadie que crea amar puede dar por bueno que el amor tenga, de entrada, fecha de caducidad. O el amor es para siempre o no parece que pueda hablarse de amor. Así, desde esta óptica, quienes declaran su pasión por otro cuerpo declaran estrictamente dos cosas: a) me gustas mucho; b) creo que es para siempre. Ahora bien, ¿cómo pueden llegar a creer tal cosa? ¿Deberíamos reconocer que quienes se aman, en este sentido, se hallan bajo el hechizo de una ilusión?

(continuará…)

 

traduttore traditore

octubre 6, 2010 § Deja un comentario

Si la fuerza te acompaña es porque te encuentras sometido a la fuerza. (Variante: Dios te acompaña, es decir, te encuentras sometido a Dios. Un Dios que no sujete al hombre, al fin y al cabo, no deja de ser algo de lo que podemos prescindir. Con todo, lo cierto es que el hombre no se halla sujeto a Dios en el mismo sentido en que pueda estar sometido a una fuerza. En tanto que mandato ineludible, Dios sujeta sin poseer.)

friendship

octubre 6, 2010 § Deja un comentario

Cuando la amistad es un valor lo de menos es que sea importante tener amigos. Con respecto a lo que importa uno aún es demasiado protagonista, demasiado yo. Lo decisivo aquí es que si la amistad es un valor —si la amistad deviene sagrada—, entonces se sitúa incluso por encima de esas cosas que tanto necesitamos porque hacen de nuestro mundo algo con sentido, habitable. Así, por ejemplo, en tiempos de guerra uno jamás delatará al amigo… aunque sea de los otros. Y es que el valor está siempre por encima de cualquier visión de las cosas, por muy verdadera que sea. A diferencia de lo que ocurre con las ideas que decimos defender, uno siempre se encuentra sometido al valor.

siete delirios verdaderos

octubre 6, 2010 § Deja un comentario

1. La realidad es diversa —la realidad se muestra de modo diverso— porque, en sí misma, es una. O bien, lo real se muestra como un mundo de cosas diferentes porque, en última instancia, no hay diversidad.

2. La realidad se encuentra en continúa transformación porque, en sí misma, es inmutable. O bien, para que la realidad se muestre como cambiante, la realidad propiamente dicha no ha de cambiar.

3. Si podemos ver cosas es porque podemos decir de una cosa que es algo determinado. En consecuencia, si podemos ver cosas es porque ese algo que se detemina visiblemente no se encuentra, en sí mismo, determinado. Dicho de otro modo: si podemos ver cosas es porque aquello que vemos en último término es en sí mismo invisible.

4. La realidad es lo que se manifiesta de un modo u otro. Ahora bien, si esto es así —si podemos decirlo—, entonces cabe preguntarse por la realidad con independencia de su manifestación. Siempre podremos preguntarnos qué es eso que se manfiesta bajo tal o cual aspecto. Sin embargo, admitir esto último supone admitir que la realidad absoluta, esto es, la realidad con independencia de su manifestación, en sí misma, no se manifiesta.

5. Si podemos ver cosas —si las cosas son— es porque la realidad en sí misma no es —porque lo absoluto no se da—. En consecuencia, nada de lo que vemos acaba propiamente de ser: las cosas son porque les falta el ser. Y porque no acaban de ser, las cosas tienen pendiente (el) ser.

6. Así, la condición misma del aparecer —la condición de la manifestación de lo real— es la ocultación misma de lo real. Si hay hechos —si hay estados de cosas— es porque lo real es continuamente dejado atrás en su hacerse presente. Toda presencia real es la presencia de una ausencia.

7. La experiencia de lo real —la experiencia sin más— es la experiencia del gran silencio que sostiene el mundo.

PS : substituid “realidad” por “Dios” y tendréis un breve tratado de teología negativa…

¿Dónde estoy?

Actualmente estás explorando la categoría WOW en la modificación.