curso de lingüística general

mayo 13, 2025 § Deja un comentario

Hay dos manera de situarse ante la dimensión desconocida. O también, de encontrarse abiertos a lo que nos supera. La primera es la más común: hay signos. Como el humo que vemos apunta a la combustión que no vemos. De ahí nace el sentimiento de formar parte. La segunda, en cambio, comprende simbólicamente la existencia. Y la comprende a flor de piel. Pues el símbolo, propiamente, remite a la parte que falta de una unidad original, una parte que perdimos de vista in illo tempore y cuya naturaleza, de haberla, ignoramos. Es lo de la rosa sin porqué del Silesius.

La música de fondo de la primera es armónica —y de ahí que su horizonte sea, precisamente, el de sintonizar con la buena onda. La de la segunda, disonante. Hay algo en lo dado que no podremos reparar por nuestra cuenta y riesgo. Aunque tampoco parece que pueda hacerlo un deus ex machina. Al menos, porque el carácter irreparable de la totalidad arraiga en un más allá de cuanto es, incluida la dimensión desconocida. Aquí lo que está en juego no es la posibilidad de armonizar —pues existimos como los arrancados—, sino un tener que responder a la situación.

La primera, termina con un dejarse llevar de corte ascético. Y eso, sin duda, puede resultar saludable. La segunda, con un primero obedeceremos y luego ya veremos. Y aquí la obediencia, la cual no excluye un hallarse en gracia, pasa por Mt 25… lo que ya nos da a entender, de por sí, que no estamos ante una variante de la antigua gnosis. Pues los salvados ignoraban que dieran de comer al hambriento en nombre de Dios. Puede que la carga de profundidad de ambas espiritualidades no sea la misma. Ni quizá complementarias. Aunque tampoco inevitablemente excluyentes.

la tecno del alma

mayo 12, 2025 § Deja un comentario

El cuidado de sí va con el trabajo sobre uno mismo. En esto los estoicos fueron unos expertos. Así, Marco Aurelio, a la hora de vencer la tentación de caer en los brazos de una mujer, recomendaba imaginarla como una saco de vísceras que corre hacia ti. Ciertamente, efectivo… si uno consigue interiorizar la imagen. Y del estocisimo al cristianismo medió un paso. El monje siempre fue un soldado. Es posible que las profundidades más oscuras del alma masculina se materialicen a través de la figura del héroe. Los cowboys, aunque supieran gozar del cuerpo de una mujer, nunca quisieron permanecer en el hogar.

Sin embargo, más inquietante sería que el anhelo más abisal de una mujer fuese, precisamento, retener al héroe, algo así como un imposible. Y aquí uno podría preguntarse en qué podría consistir el cuidado de sí donde no cabe lidiar con las contradicciones del propio deseo.

problemas de lógica

mayo 9, 2025 § Deja un comentario

“Cada uno tiene su manera de expresar el cariño” -escucho, como quien no quiere la cosa, en un café. De acuerdo. Pero ¿vale cualquier manera? No me atrevería a decirlo. Y creo que tampoco lo firmaría quien lo dijo. Muchos tópicos están para no entrar al trapo: de esto no vamos a hablar. O incluso: sobre esto no quiero pensar.Mosca cojonera no fue simplemente un apodo para Sócrates.

Moisés ante Yavhé

mayo 8, 2025 § 1 comentario

Solo en la intimidad somos lo que somos, es decir, nadie. Aún. Como Yavhé ante Moisés. De aquí que la mayoría busque desesperadamente la distracción, ir de un sitio a otro como gallina sin cabeza. A nadie le gusta no ser, en el fondo, el que es: nadie. Sin embargo, esto tiene que ver con lo que preferimos, no con lo que queremos. Y es que, probablemente, lo que quisiéramos es desaparecer, habiendo, eso sí, dejado alguna huella. No en vano somos una réplica, acaso defectuosa, de Dios.

sin juez

mayo 7, 2025 § Deja un comentario

Nihilismo significa no habrá juicio. Da igual haber sido un genocida que Francisco de Asís. Nadie —ni nada— nos juzgará. Esto es, no esperes un nuevo comienzo. Tan solo el eterno retorno de lo mismo.

Por tanto, no nos enfrentamos al nihilismo poniendo encima de la mesa un ideal —o no, sin caer en el ridículo—, sino con otra actitud frente a la nada. De hecho, la disyuntiva ya la planteó Nietzsche en su momento: o Cristo o Dioniso. Y es que ambos, a una enorme distancia del común de los mortales, se acercaron al abismo. Y el abismo les devolvió la mirada.

La respuesta, sin embargo, no fue la misma. Dioniso se puso a bailar. Y esto, de algún modo, supone hacer las paces con los poderes demoníacos que nos superan. El crucificado, en cambio, en su respuesta a Dios —a su silencio— se enfrentó al lado oscuro de Dios. Y se enfrentó con Mt 25, por así decirlo. En el primer caso, no hubo resistencia, sino una salida por la tangente. En cambio, sí hubo resistencia en el segundo. Aunque aquí esta sea el envés de la sumisión. En tanto que expresa una rebeldía de fondo, la obediencia cristiana es, de hecho, paradójica . Al fin y al cabo, el enfrentarse a Dios se lleva a cabo en nombre de Dios. Esto es, en su lugar. De ahí que quien nos juzga —quien nos sitúa en la posición de quien debe responder a la acusación— no es Dios, sino su lugarteniente. En cristiano, Dios hecho hombre.

regreso al Gólgota

mayo 3, 2025 § Deja un comentario

El catolicismo romano se encuentra en fase terminal. Es obvio. Y no solo porque en Europa ya no sepamos qué hacer con el Dios que cuelga de una cruz, sino también porque China es, salvo imprevistos, el futuro. Y China es Confucio. O el Tao.

Sin embargo, si prescinidimos de la dimensión política del asunto, esta situación fue, de hecho, la del Gólgota. Pues no dio la impresión de que Dios estuviera de parte de su enviado. Así, me atrevería a decir que la respuesta cristiana a la crisis del cristianismo no pasa por actualizar un sentido que se supone garantizado. Más bien, por recuperar la respuesta de Israel a los pies del Sinaí: primero obedeceremos y luego ya veremos. Esto es, Mt 25 y esperar lo que no está en nuestras manos anticipar. Ni siquiera idealmente. Al fin y al cabo, las imágenes de la esperanza creyente siempre fueron delirantes.

la vida y la supervivencia

mayo 2, 2025 § Deja un comentario

Al fin y al cabo, nadie vive hasta que no resucita. La crisis es el principio. Antes, tan solo la inercia, la distracción, el polvo bajo la afombra. Israel, cuando menos, lo intuyó hace ya milenios. Como caídos, hemos de enfrentarnos a la culpa de Adán. O por decirlo en clave psicológica, se trata de sobrevivir al fracaso de nuestros padres. Aunque también es verdad que ello no dependerá solo de nuestras fuerzas.

trois brèves pièces pour piano (3)

mayo 1, 2025 § Deja un comentario

Dice el puritano, por ejemplo: hemos de en valorar el presente o evitar siquiera tener tentaciones. De acuerdo. Pues sería lo ideal. Pero la pregunta es si podemos hacerlo. Y la respuesta es que no. El puritanismo olvida que existimos como los que cayeron. De ahí su rigidez, su impostura, su máscara. En realidad, esta posibilidad depende de un hallarse en gracia. Y la gracia, al menos la que nos vuelve a poner en pie, siempre se nos dio al pie de una cruz. Nadie vive hasta que no está de vuelta. O por decirlo en cristiano, hasta que no regresa de los gólgotas con vida.

trois brèves pièces pour piano (2)

abril 30, 2025 § Deja un comentario

Dice el positivismo: el amor de una madre no es más que instinto encubierto de palabras que sobran. Pero ¿es así? No me atrevería a decirlo. Y es que, de por sí, ya es algo más. Tan solo porque la vida del hijo, incluso el instinto, es una excepción —un milagro— desde el fondo de la nada que abraza cuanto hay.

Ahora bien, este aparecer ¿no sería, por eso mismo, apariencia, un como si fuese un milagro, esto es, algo que solo tendría que ver con nosotros, los impresionables? Sin duda, lo sería… si fuese una perspectiva, un manera de ver lo que está más allá de cualquier perspectiva (y por eso mismo, permanece invisible). Así, en los cuerpos bellos, pongamos por caso, se muestra —se hace presente, aparece— una belleza que, en su carácter absoluto, no aparece. Pues los cuerpos bellos son siempre hasta cierto punto o relativamente bellos, nunca por entero. Lo dicho: en perspectiva. Pero el que haya algo en vez de nada no admite una descripción, ni, consecuentemente, una perspectiva. En vez de perspectiva, asombro. Al fin y al cabo, y a diferencia de los hechos, el acontecimiento del haber de lo que hay no representa nada. O mejor, representa la nada, esto es, ocupa su lugar. O como decía el Silesius con respecto a una rosa, a saber, que es sin porqué. Para una madre, la vida del hijo no ejemplifica ningún hijo ideal —o en platónico, la idea del hijo. Es don. Y ante el don, únicamente cabe dar gracias. De nada.

En cualquier caso, de la perspectiva dependería el caer en la cuenta o no.

trois brèves pièces pour piano (1)

abril 29, 2025 § Deja un comentario

Si Dios se apareciera, entonces no sería Dios, sino, a lo sumo, un ente superior. Más aún: si se apareciese y permaneciese ahí, frente a nosotros, o si se prefiere, a nuestro lado, entonces, con la costumbre, dejaría de parecernos incluso un dios. Dios solo puede valer como desaparecido. Esto es, como espíritu. Y por eso mismo, como el que ha de regresar. Eternamente.

De hecho, esto es lo que proclama el cristianismo: que Dios solo puede aparecer como hombre de Dios que, experimentando el abandono de Dios, se abandona a Dios.

hallarse en paz

abril 26, 2025 § Deja un comentario

Hallar la paz. Es decir, haber abandonado la posición de quien se encuentra sub iudice. Como si hubiéramos sido exculpados de nuestros fracasos. Como si nuestra existencia fuese absoluta, literalmente, absuelta. Como si fuese la de un dios. En la paz, no somos nadie. Al fin. Hay sol. Las olas alcanzan la arena serenamente. Eso basta. Nada más. Para el dios, nunca hubo un más allá que no fuese el de la caída.

Pero ¿exculpados también de nuestros crímenes? Eso no dependerá de nosotros, sino de que nuestros muertos puedan perdonarnos. Pero para ello deberían resucitar. O esto, o aceptar que no hay redención para el genocida. A lo sumo, la inocencia del monstruo, la que se cegó al porvenir de una genuina alteridad.

inviable

abril 25, 2025 § 1 comentario

Creer en Dios no es tanto creer en la posibilidad del milagro como en la de lo imposible. En todo caso, el milagro sería un trailer. Evidentemente, hablamos de un poder capaz de resucitar a los muertos. Ahora bien, por eso mismo, es difícil que crea quien no parte de un hallarse en manos de —quien, ingenuamente, dé por descontado que es cierto que uno puede lograr cuanto se proponga. Tú sí que puedes.

La condición material de este sentimiento de dependencia fue, hasta hoy, la figura del padre. Pero ya no hay padres que valgan. Y de esas lluvias, estos lodos. El malcriado no puede creer. A lo sumo, se conducirá, espiritualmente, por lo que sabe o cree saber, algo así como seguir una dieta.

gay

abril 23, 2025 § Deja un comentario

Leo en una entrevista a una psicóloga: el homófobo no puede soportar al gay porque no puede admitir al homosexual que lleva dentro. De acuerdo. Pero la pregunta es si eso tiene que ver con lo que el homófobo es. O por decirlo en general: si lo que somos se reduce a nuestro inconsciente. La tesis habitual insiste en que somos lo que dicta nuestro insconsciente, en definitiva, aquello que nos hace posible o explica: el gen, el cerebro, la circunstancia… Pero ¿es así? Tengo mis dudas. Pues más bien diría que somos el conflicto con aquello que nos explica. Y por eso mismo, algo más que lo que nos explica.

nietzscheanas 68

abril 18, 2025 § Deja un comentario

El sacerdote venció. Pero la venganza del noble consistió en hacerse garante de la cristiandad. Pues el cristianismo, al convertirse en la religión oficial del Imperio, dejó atrás el Dios que se humilló a sí mismo para colocar al ente supremo en su lugar. Y de aquí a que este se revelase como ficción media un paso. La astucia del noble fue hacernos creer que fue él quien lo dio, aunque antes tuviera que transformarse en burgués, cuando lo cierto es que quién nos reveló el carácter ilusorio del dios-ente fue Dios mismo en la cima del Sinaí —y por extensión, en la del Gólgota.

nietzscheanas 67

abril 17, 2025 § Deja un comentario

Hay algo de nostalgia del padre en el desprecio del noble hacia el esclavo. Quiero decir que podríamos entender la figura del noble como un intento, aunque ciertamente inconsciente, de reivindicar, por parte de Nietzsche, la figura paterna en un mundo que, tras la muerte de Dios, ya no sabe qué hacer con ella. Y es que un padre —y aquí conviene tener presente que un padre no coincide necesariamente con nuestro padre biológico— no es quien, a diferencia de la figura materna, se deja llevar por el emotivismo ante la debilidad del hijo, sino aquel que le ordena levántate y anda. Algo así como la resurrección de los muertos. Un padre siempre dice: no te lamas las heridas, exigiendo que los demás te tengan en cuenta como si no hubiera nadie más que tú en el mundo. Aún queda mucha mies por segar.

nietzscheanas 66

abril 15, 2025 § 1 comentario

Alguien podría haberle objetado a Nietzsche que el desprecio del noble hacia el débil expresa, más bien, la debilidad que el noble no puede soportar en sí mismo. Y que por eso mismo, la nobleza del noble no sería, en el fondo, tan inocente como Nietzsche nos da a entender.

Sin embargo, Nietzsche hubiera respondido que este tipo de desprecio es propio, más bien, del esclavo. Pues el noble no tiene necesidad de despreciar de este modo. Pues su desprecio sería análogo a apartar la mosca que nos molesta. O más bien, aplastar.

narcisismo y muerte de Dios

abril 14, 2025 § Deja un comentario

Exponerse en Instagram… con la misma foto, una y otra vez… ¿acaso no es enfermizo? ¿Qué pretendes? ¿Que los demás te aprueben? Y luego dirás que te vistes como quieres… Pero el espejo nunca miente: no eres la más bella. Sin embargo, insistirás. No saldrás del bucle de Narciso, el cual acabó ahogándose en las aguas que le reflejaban, y no porque se gustase a sí mismo, sino por todo lo contrario. Como dijera Nietzsche con respecto al ateísmo, si no crees en Dios, pregúntate qué dios has puesto en el altar vacío de Dios. El ateísmo es, ciertamente, lo más difícil.

Traducción: ¿crees que te liberaste del padre —crees que nadie te juzga, que haces lo que quieres? Simplemente, pregúntate quiénes han ocupado su lugar. Son los cualquiera, la gente. Y quien depende de juicio de cualquiera es un cualquiera. Sin un padre que nos aleje del bucle narcisista, caemos reos de lo impersonal: de lo que se hace, se dice… Ciertamente, te dirás que no es así. Pues tus camisetas son singulares. Pero te equivocarás. La mona sigue siendo una mona, aunque se vista de seda.

La muerte de Dios va con la de la figura paterna. Nadie sabe lo que quiere mientras no se enfrente a lo que su padre, no necesariamente el biológico, quiere de él. Ahora bien, lo que nuestro padre exige de nosotros trasciende cuanto podamos desear. Pues, lo primero que te dirá un padre es tú no importas, el tema no eres tú; importa lo que hay que hacer —la cosa, encarar el mundo. Donde falta el padre, seguimos atados —asfixiados— por el cordón umbilical que nos une al útero materno. Los hábitos quizá sigan siendo patriarcales. Pero nuestra época, al menos en Occidente, está, sin duda, dominada por la madre. Que no se rompa el niño —que disfrute mientras pueda. Y así, hasta la cuarentena.

Con todo, el padre más eficaz fue siempre el padre muerto —el que te da como herencia su voz, su mandato. Pero, como Hamlet, ya no sabemos qué hacer con el fantasma del padre. No debería extrañarnos, pues, que las espiritualidades tan en boga hoy en día prefieran un océano plácido a Yavhé.

Es posible que a Nietzsche se le escapara que la muerte de Dios va, en realidad, con Dios; que el creyente no es el que da por descontado que Dios está en el piso de arriba, sino el que, al no oír ningún paso, acepta su testamento y se pone manos a la obra —al fin y al cabo, Mt 25—… mientras permanece a la espera del imposible regreso de Dios. El fantasma expresa la verdad de Dios. Y es que un fantasma clama por volver a tener un cuerpo.

la oración cristiana

abril 13, 2025 § 1 comentario

Sentirse un insecto. Por tu traición. Por la pérdida de quien amaste y no supiste amar. Entonces diriges tu llanto hacia un cielo vaciado de presencia. Más allá incluso de dios. Y por eso lo diriges a Dios. Como el náufrago que deja su mensaje en las aguas del océano, ahora violentas. Pero no obtendrás otra respuesta que la de las manos tendidas de los huérfanos que deambulan por el arrabal.

fe y poder

abril 12, 2025 § Deja un comentario

La fe en Dios es fe en el poder de Dios. No puede ser de otro modo, tratándose de Dios. ¿Cómo, si no, el creyente puede esperar lo imposible, la resurrección de los muertos? Y este es el problema. Pues si Dios no es un deus ex machina ¿cómo podrá? ¿Qué poder para el Dios que, desde el principio, no quiso ser Dios al margen de la carne?

Ciertamente, el crucificado, según las Escrituras, fue levantado de entre los muertos por el poder del Espíritu de Dios. Y el Espíritu es un resto, lo que queda de Dios donde, en el presente, ya no queda nada de Dios. Tampoco es poca cosa. Pues el Espíritu de Dios es la fuerza de Dios. Ahora bien, si Dios es, en verdad, un Dios encarnado, entonces la fuerza de Dios no es independiente de aquella de la que sea capaz la comunidad de creyentes. Dios no tiene otros brazos que los nuestros, decía la Hillesum. No es posible, por tanto, tomarse en serio la realidad del mal —y por extensión, la fe en el poder del cuerpo de Dios— donde falta el espíritu de combate.

Sin embargo, ¿cómo comprender desde esta óptica un final de los tiempos? ¿Acaso como el triunfo de los ejercitos de Dios y, por extensión, de la Ley de Dios, la que nos empuja a la fraternidad? Habrá una nueva tierra… Pero ¿sin muerte? El deus ex machina saca su nariz entre las perplejidades de la esperanza creyente.

autómata

abril 11, 2025 § Deja un comentario

Cuando muere alguien cercano decimos “se ha ido”. ¿También lo diríamos del humanoide? Ciertamente, decimos algo parecido de un ordenador: “se ha muerto”. Pero dejar de funcionar —morir— no equivale a irse a otra parte. Como si al lenguaje —al menos, al nuestro— le costase aceptar que la muerte es un final y no un punto y aparte.

Sin embargo, quizá otro gallo cantara si llegáramos a reconocer al humanoide como semejante, esto es, si pudiéramos empatizar o encariñarnos con él. Ahora bien, como siempre, la pregunta es si aquí el lenguaje se limita solo a expresar nuestra impresión —lo que nos parece— o, al hacerlo, da en el clavo de lo que es. No podemos saberlo… y ello al margen de los interrogantes que surgen ante la posibilidad de una vida más allá: ¿seguiríamos siendo nosotros?; ¿hasta qué punto podríamos soportar una dicha eterna?…

Aun así, la sospecha de que difícilmente esperaríamos encontrarnos con un humanoide en el otro mundo —el tú no debes morir que un padre le exige al hijo difícilmente se lo exigiríamos a un mecanismo— sugiere, cuando menos, que la esperanza de reencontrarnos con quienes quisimos se decide en el terreno de los sentimientos, y que, por eso mismo, no traspasa el horizonte de los que nos parece. Y quien dice esto último dice de lo que nos gustaría que fuese.

Y dicho sea de paso, puede que no sea secundario que la sensibilidad religiosa del primer Israel, aquella que asume la mortalidad como lo propio del hombre frente a Dios —y consecuentemente, la vida como gracia—, estuviese más cerca de saber qué significa estar ante Dios que quienes, posteriormente, dieron por descontado que Dios garantiza la inmortalidad de los bienaventurados. Aunque también es cierto que el Israel posterior a la época de los Macabeos nunca lo dio por descontado. Su esperanza de una justicia post mortem estuvo, más bien, construida con los materiales del imperativo: Dios no puede abandonar a las víctimas inocentes de nuestra impiedad. No diría que sea exactamente lo mismo.

lo que pasa

abril 10, 2025 § Deja un comentario

Una madre, joven, le dice a su amiga, mientras toman un café: “no sé, tía, pero siento que aún tengo que realizarme. Alfredo bien, es el hombre de mi vida… pero no me veo toda la vida con él, haciendo siempre lo mismo.” En resumen, un lío. Nietzsche fue más lúcido: ¿qué esperas? No habrá más que el eterno retorno de lo mismo. Traducción: una vez Dios ha muerto, todo pasa y nada termina de tener lugar. Es decir, la novedad —otro trabajo, la independencia del hogar, una nueva pareja…—, salvo que la decisión inicial haya sido una flagrante equivocación, tarde o temprano se revelará como repetición de la que ya viviste. Quizá cambien las correas. Pero los perros serán los mismos. Ya lo dijeron los antiguos: de lo que se trata es de saber vivir, esto es, de caer en la cuenta de que el juego no va de lo que, de entrada, te imaginaste. Sin embargo, ese saber nos está vedado donde el mundo se percibe, de facto, como un enorme supermercado. Y es que quien vive como consumidor nunca se liberará de sí mismo. A lo sumo, cambiará de marca… creyendo, ingenuamente, que todo comienza de nuevo. Pero, como decía, no hay nada nuevo en la novedad. Al fin y al cabo, nihilismo significa que lo ordinario —el desmentido, el No— prevalece frente a la ilusión.

distancias

abril 9, 2025 § Deja un comentario

Ninguna reflexión de sí —ninguna superación del bonobo— es posible donde no tomamos una debida distancia. Sin embargo, aquí caben dos posibles distanciamientos. Aquel que se sitúa en las gradas del dios —el que da pie, precisamente, a la teoría— y la de quien vive a flor de piel el hecho de que la existencia suponga un vivir como arrancados. En ambos casos, hay extrañamiento. Pero no el mismo. En el primero, el de la mirada del entomólogo, no vamos a ver más que insectos que dicen no serlo. Y, por eso mismo, la conclusión será que, en el fondo, somos aquellos que no podemos hacernos cargo de lo que, en definitiva, somos, a saber, nada más que insectos. En el segundo, sin embargo, el insecto se enfrenta a la posibilidad de la nada —a su paradójica realidad. Ahora bien y debido a ello, el insecto será algo más que un insecto.

Sea como sea, dirimir entre ambas distancias exige plantear la cuestión de en qué consiste el haber, esto es, la cuestión de la metafísica par excellence. Pues de lo que se trata es si somos o no algo más. En definitiva, si hay algo más en relación con lo cual seamos algo más que insectos. Aunque ese algo más sea el de una nada que es no siendo nada. Sin embargo, solo formando parte de la escena podemos aventurar esto último. Al menos, porque no hay el haber sin nada —y este no hay es, en definitiva, lo que hay. Tiempo.

reflexión y parálisis

abril 8, 2025 § Deja un comentario

Un ciempiés sabe —y no simplemente cree saber— cómo mover sus cien pies a la hora de desplazarse. Pero si le preguntásemos cómo lo hace no sabría qué decirnos. Y si se entretuviera analizando su movimiento, ese nuevo conocimiento de sí tampoco le serviría a la hora de andar. Es decir, que sepa andar no depende de aplicar un conocimiento teórico. Más aún: si lo intentara, no sabría cómo moverse. Quedaría paralizado.

Algo parecido sucede con cuanto nos traemos ente manos. Y digo parecido porque no sucede exactamente lo mismo. Pues en nuestro caso, el resultado de la reflexión no es la constatación de que, antes de ponernos a reflexionar, sabíamos, por ejemplo, en qué consiste el amor o el bien , sino, más bien, que creíamos saberlo (y ahora no). Y ello porque, a diferencia del ciempiés, nos interesa la verdad… aunque prefiramos vivir de espaldas a ella.

Aparentemente, que el horizonte de la reflexión sea una saber paradójico —el solo sé que no sé nada socrático— compromete la posibilidad de un dominio de sí, en definitiva, de una tekné del alma. Sin embargo, lo cierto es que esta docta ignorancia nos eleva por encima de lo impersonal —de lo que se dice, se hace… Al menos, porque lo impersonal ha sido configurado con los materiales de lo que, comúnmente, damos por descontado… sin habernos atrevido a ponerlo en cuestión. Y donde no hay cuestionamiento de sí seguimos siendo unos bonobos, quizá más listos, pero bonobos al fin y al cabo.

De ahí que las ciencias del espíritu no terminen de congeniar con las que se ocupan de la naturaleza de las cosas. El saber del ingeniero —el resultado de haber analizado las estructuras— sirve para levantar puentes, pero no para levantarse a uno mismo. Entre otras razones, porque solo el espíritu se enfrenta a la posibilidad de la nada.

meditaciones cartesianas 22

abril 7, 2025 § Deja un comentario

La posibilidad de que nuestras representaciones mentales del mundo sean falsas, aun cuando nos parezcan indiscutiblemente verdaderas, no conduce a la certeza del cogito: la presupone. El ejercicio de la duda metódica no deja de ser un espléndido ejemplo de retórica eficaz. Un viejo chamán podría admitir, por ejemplo, que sus visiones solo son posibles durante el sueño o a través de alguna sustancia alucinógena. Pero nunca aceptaría la posibilidad de que no tengan nada que ver con el mundo al que accede, precisamente, mientras sueña o ingiere peyote. Pues está convencido de que, aunque sea necesaria una traducción, es posible la comunicación entre los mortales y el espíritu de los muertos, como quien dice. En cambio, una sospecha por defecto solo es posible donde, de algún modo, damos por sentado nuestra enajenación del mundo. Dicha sospecha presupone, de hecho, una alteración de la noción de verdad.

En el caso del chamán, lo verdadero es lo que tiene lugar o acontece en medio de cuanto sucede. Ciertamente, el chamán admite la posibilidad del error. Pero la entendería como un error de interpretación, en modo alguno como un delirio que solo estuviese en su cabeza. Esta posibilidad solo se plantea una vez la representación mental sustituye al haber del mundo como punto de partida de la aspiración a la verdad. Al partir de nuestras representaciones, la verdad solo podrá concebirse como adecuación entre estas y los hechos, la cual, al depender de un criterio de adecuación, será siempre problemática. Así, al tomar como punto de partida el contenido mental, la verdad, de haberla, únicamente podrá determinarse en relación con las condiciones de posibilidad de la experiencia y, por eso mismo, en relación con los esquemas conceptuales de la subjetividad. En este sentido, no es casual que la reflexividad moderna comience con la cuestión de la certeza, y no con la que se interroga sobre lo que tiene lugar en medio de cuanto simplemente pasa, esto es, no con la pregunta sobre lo que aparece en el aparecer. En realidad, las Meditaciones Metafísicas tienen muy poco de metafísicas. La certeza del cogito, al estar cargada de prejuicio, quizá no sea tan apodíctica como Descartes nos dio a entender.

espacios seguros

abril 5, 2025 § Deja un comentario

Hoy topamos, y de manera a menudo agresiva, con la necesidad de habilitar espacios seguros. Vale. Sin embargo, la pregunta es hasta qué punto podemos asegurar un espacio. Donde pretendemos asegurarlo normativamente hasta el final, es decir, al margen del sentido común, caemos en una especie de neurosis colectiva… como podemos constatar casi a diario. Y es que la búsqueda de un espacio seguro es lo más parecido a diseñar un espacio virtual… en donde el otro no tiene cabida. Pues que haya otros significa que pueden irrumpir molestamente, incluso dañándonos.

La cuestión, ciertamente, es en qué medida pueden molestarnos —qué cantidad de daño deberíamos poder tolerar. Pero donde la respuesta es ninguno, la convivencia deviene un infierno. Pues vivir significa rozarse. Y los roces, inevitablemente, hieren la piel… aunque el tamaño de la herida dependerá, sin duda, del tipo de piel. Más aún: porque esto es así, tenemos palabras como disculpa y perdón. La tolerancia cero con respecto a cualquier roce o insinuación es un eufemismo de intolerancia. Y donde rige la intolerancia, no hay perdón que valga. En su lugar, el peso de la dura lex. Aunque, a continuación, añadamos el sed lex.

nietzscheanas 65

abril 4, 2025 § Deja un comentario

Según Nietzsche, no hay algo así como la verdad. Todo sería perspectiva… si la palabra fuese adecuada. Pues una perspectiva es, en cualquier caso, relativa a algo que se sitúa más allá de cuanto podamos decir al respecto desde un punto de vista. Y, por eso mismo, suponemos que ese algo es un en sí al que podríamos acceder a través de un lenguaje cuya validez trascendiese, precisamente, la perspectiva. Para el racionalista este lenguaje sería, de hecho, el de la matemática. Ahora bien, según Nietzsche, al igual que para los empiristas, la matemática no dejaría de ser un artificio, una simplificación excesiva del en sí… si lo hubiese. De hecho, la idea de un en sí por debajo de las apariencias es, en última instancia, un truco del lenguaje —una ilusión lingüística.

Así, para Nietzsche no hay verdad —ni puede haberla— porque no cabe la posibilidad de hechos puros, hechos con respecto a los cuales, al estar al margen de la perspectiva, fuera posible establecer la verdad de nuestros enunciados acerca del mundo. No hay hechos que sean con independencia de los presupuestos que constituyen una cosmovisión —es decir, una perspectiva— y, por ende, un mundo. Los presupuestos que rigen, pongamos por caso, una cosmovisión religiosa —hay otro mundo por encima del que habitamos— no son los mismos que los que dibujan el perfil de nuestra actual visión científica del mundo. Por consiguiente, los hechos de la primera cosmovisión no serán los mismos que los de la segunda (y de ahí que Nietzsche dijera que hubo Dios… y que ahora en modo alguno podía haberlo). El chamán admitirá que tiene visiones del más allá porque ha ingerido peyote. Pero añadirá que no solo porque lo haya ingerido: si puede ver lo que ve es porque no cuestiona que haya otro mundo.

El ver es siempre un ver como. No hay visión que no posea una carga teórica —que no incorpore un cierto saber. Así, quien ve un martillo ve un clavo. Si no lo viese al ver un martillo, no vería un martillo, sino otra cosa —por ejemplo, un arma defectuosa o rara. El martillo sería la metáfora del clavo. La esencia del lenguaje es, por eso mismo, metafórica: cualquier cosa remite al resto. Todo es lo que no es —aunque Nietzsche, al carecer de instinto dialéctico, no llegó, ciertamente, tan lejos.

Sin embargo, qué ve aquel al que se le aparece algo incomparable —algo que, aun cuando pueda decir que es, no sabe qué es o en qué consiste. Ese algo absolutamente extraño se mostraría como un puro algo-ahí… y, por eso mismo, sería la metáfora de Dios, su símbolo o índice. Pues Dios es el nombre de lo absolutamente extraño u otro —de una pura alteridad. De asimilar a Dios —de verlo como, por ejemplo, un padre… a la hora de una idea de lo que pueda ser Dios—, Dios dejaría de ser Dios para devenir un dios a medida —a la medida, precisamente, de las condiciones de nuestra receptividad. Al fin y al cabo, lo extraño siempre se hace presente como algo relativo a unos esquemas sensoriales o mentales —y de ahí lo inevitable de la analogía: esto es como…. O dicho de otro modo, al añadir un cierto saber a la aparición de lo absolutamente extraño, Dios pasaría a formar parte del mundo. Y esto sería así aun cuando, debido a que ese saber continuaría siendo incompleto, al mismo tiempo dijéramos que pertenece a un mundo superior. En realidad, siendo más precisos, formaría parte del todo. Sin embargo, lo cierto es que lo absolutamente extraño u otro tiene que permanecer, por definición, como ab-suelto del todo, esto es, sin juicio —sin lenguaje. Nuestra necesidad de comprender a Dios expresaría, por tanto, nuestra congénita incapacidad para soportar a Dios y, en definitiva, para enfrentarnos a una alteridad sin rostro.

Es cierto que llegados a este punto, alguien podría objetar que los humanos seríamos absolutamente extraños para los ácaros del polvo, si fueran conscientes, y no por ello seríamos dioses. Sin duda, esta —que fuéramos dioses— sería su impresión. Pero se equivocarían. Pues no somos dioses. Como tampoco un dios es Dios.

Ahora bien, quien plantease dicha objeción no tendría en cuenta que esto es así tan solo con respecto a cualquier objeto insólito, no con respecto a la nada. Al menos, porque la nada es, de hecho, lo que en modo alguno cabe asimilar. Y por eso mismo, es lo único que puede comprenderse como lo absolutamente extraño. En modo alguno, la nada se hace presente como tal. Ninguna metáfora ontológica vale para la nada… salvo el todo, lo que no implica que la nada sea asimilable. Pues el todo tampoco lo es. Ciertamente, podríamos creer que la nada remite a, por ejemplo, el vacío. Pero esta remisión sería meramente literaria o epistemológica, en modo alguno ontológica. El martillo remite al clavo —y esta remisión es entre cosas (y por eso mismo, hablamos de una remisión ontológica: no se trata simplemente de hacerse una idea de la naturaleza de un martillo… como cuando comparamos la nada con el vacío). Ontológicamente, la nada solo puede remitir al todo. Pues hay el todo porque la nada no es. Es decir, porque la nada es en su negación de sí, hay el todo. Y aquí topamos, de nuevo, con Dios —con el acto creador que es Dios en sí. Pues Dios crea el mundo retirándose —o por decirlo en cristiano, vaciándose de sí mismo. Sin embargo, esto no deberíamos entenderlo como si primero hubiera Dios y, posteriormente, se vaciase de sí mismo. Nada hay antes del acto creador. Dios, en sí, es el acto de negación de sí en pos de lo otro de sí —en filosófico, el no es nada de un puro haber. En esto consiste el amor de Dios. Y nadie dijo que el amor no fuese excesivo, sin medida,terrible. Por el amor de Dios, hay Dios como el eterno por-venir de Dios. Y, consecuentemente, por este mismo amor hay el todo.

Evidentemente, lo anterior no es Nietzsche. Pero conecta con Nietzsche. O mejor, es lo que acaso hubiera dicho Nietzsche de poseer, como decía, un instinto dialéctico más afilado. Con todo, lo que sí intuyó Nietzsche es la profunda conexión entre nihilismo y el monoteísmo cristiano. Y esto es lo que cuesta, religiosamente, de tragar.

nietzscheanas 64

abril 3, 2025 § Deja un comentario

En Nietzsche podemos rastrear dos críticas al cristianismo. Una es explícita —y es la que figura en los manuales. La otra es subyacente y tira de ironía. Bastante. La primera se dirige directamente a la cristiandad —y podríamos decir que tiene que ver con la transformación del cristianismo en un platonismo para el pueblo, una vez se impone como la religión oficial de Occidente. La segunda es, según mi parecer, la más interesante. Pues se sirve del cristianismo para dinamitar la cristiandad. Pero aquí hay que leer entre líneas. En este sentido, es posible que Nietzsche entendiera el cristianismo mejor que muchos cristianos.

Conforme a la primera, el cristianismo, en tanto que platonismo popular, proporciona una sentido a la existencia —un hacia dondedesde las alturas, por decirlo de algún modo. Así, la vida posee un significado únicamente en la medida que encarna el ideal, lo que debe ser, en definitiva, lo que realmente vale… aun cuando sea hasta cierto punto. La vida, por consiguiente, no posee valor en sí misma. Ahora bien, lo que esto implica es que, desde la perspectiva cristiano-platónica, la vida, en cuanto tal, queda devaluada. Hasta aquí nada que no sepa quien haya leído a Nietzsche con un mínimo de interés.

En cambio, según la segunda, el ateísmo moderno es un hijo bastardo de la proclamación cristiana. Nietzsche, como decía, no lo afirma explícitamente (y por eso, hay que leer entre líneas). Pero es imposible, debido a su sólida formación teológica, que Nietzsche ignorase que los primeros en proclamar la muerte de Dios fueron, precisamente, los cristianos. Me cuesta imaginar que Nietzsche no tuviera en mente, al escribir y nosotros lo hemos matado tras proclamar la muerte de Dios, las resonancias cristianas de este nosotros. Y es que, conforme a la confesión creyente, quien colgó de una cruz no fue simplemente el enviado de Dios, sino el quién de Dios, aquel con el que Padre se identifica, —el Hijo—… y sin el cual Dios aún no es nadie.

Para el cristianismo, Dios tiene cuerpo. Al margen de su cuerpo, el haber de Dios anda rozando el del un nadie. Pues la encarnación no debe entenderse como si Dios adoptase un aspecto humano. De hecho, esta lectura del hacerse cuerpo de Dios fue condenada —y ferozmente— por la Iglesia, desde casi el principio. La presencia de Dios, al margen de la corporalidad, es la de un eterno ausente o en falta. Es decir, Dios no tiene otra entidad que la del cuerpo de quien acabó muriendo como un perro bajo el implacable silencio de Dios, aunque también abandonándose a Dios… lo que para Nietzsche sería, ciertamente, absurdo. Por consiguiente, según la confesión creyente, el único aspecto de Dios —su forma, esencia o modo de ser— es el de un crucificado en nombre de Dios… esto es, en su lugar. Desconcertante —muy desconcertante— para los que poseen una típica sensibilidad religiosa. Pues esta da por descontado que Dios existe en una especie de dimensión desconocida a la manera de un ente superior —o, si se prefiere, supremo—, tutelando, de manera a menudo incomprensible, la vida de sus criaturas. Y digo desconcertante, por no decir escandaloso o, sencillamente, inaceptable… para quien necesita decirse a sí mismo que goza del amparo de un poder sobrehumano.

En este sentido, podríamos sostener que, en tanto que aún no es nadie sin la adhesión incondicional del hombre de Dios, el Dios cristiano nos libera de la dependencia de lo divino, en definitiva, de lo gigantesco. Y nos libera porque la cruz revela la impotencia de Dios, al fin y al cabo, el envés del poder de la nada. Pues el poder que puede con el todo —el todopoderoso— es el de una nada que permanece agazapada en su negación de sí —y en esto consiste el amor de Dios— más allá del todo (y por eso mismo, de los tiempos). En realidad, el horizonte del amor siempre fue la inmolación.

Evidentemente, para el cristianismo el asunto no termina con la cruz. Pues hubo resurrección. Esta proporcionaría, por tanto, un hacia donde a la existencia. Sin embargo, probablemente Nietzsche nos diría que hay que aprender a leer. Pues que la resurrección de los muertos —ese imposible— se venda como la solución es como decir que no hay solución. En este sentido, el cristianismo, bien leído, sería un brutal ejercicio de ironía.

Así, en nombre de este Dios, estamos solos. Y por eso caben dos opciones. O bien, asumimos que somos hermanos debido a una común orfandad (y actuamos en consecuencia… esperando lo imposible). O bien, y esta sería la propuesta de Nietzsche, nos ponemos a bailar. Y da igual si lo hacemos rodeados de amapolas o encima de la pira de los gaseados. Todo vale. Y por eso mismo, nada vale. O al revés. Sin embargo, en el caso de emular a Dioniso, el dios bailongode la Antigüedad, lo que dejaríamos atrás sería, precisamente, lo que hasta el momento había constituido nuestra humanidad. No secundariamente, Nietzsche entendió el dilema de la existencia como un tener que apostar por Cristo o por Dioniso.

Con todo, la cuestión es quién será capaz de bailar de este modo. Pues este baile no es, ciertamente, para el hombre.

recursividad

abril 1, 2025 § Deja un comentario

Podemos preguntarnos en qué consiste la realidad de Dios. Pero también en qué consiste la creencia en Dios. De hecho, la reflexión es recursividad, la posibilidad de desplazar la interrogación sobre el objeto a la interrogación misma. Ahora bien, el efecto lateral de este desplazamiento es, precisamente, el extrañamiento del sujeto de su creencia. Pues no es lo mismos dirigirse a Dios —invocarlo— que inspeccionar el sentido de esa invocación.

Ahora bien, esta interrogación de segundo orden tiene también sus presupuestos. Pues no es lo mismo pensar la creencia en Dios donde Dios se da por descontado que donde no. Agustín, Anselmo, Tomás de Aquino… no dudaron. O mejor: a pesar de sus dudas, nunca se pusieron en el lugar de Dios. Así, no es que la sospecha moderna conduzca a la increencia, sino que esta —al fin y al cabo, la negación de Dios— precede al ejercicio de la sospecha.

Aunque, en realidad, cristianamente, el gran extrañamiento tuvo lugar sobre el Gólgota. No es el mismo extrañamiento que el del filósofo. A pesar del aire de familia.

cambio climático

marzo 29, 2025 § Deja un comentario

Una vez las escuelas renuncian a educar en la cultura del esfuerzo —una vez, la mentalidad del maestro de primaria se impone en las etapas posteriores—, la escuela renuncia a la formación del carácter. Y esto es así, incluso, en aquellas que, por tradición, siempre han tenido esto último como objetivo principal. Ciertamente, no es esto lo que se dice. Pero es lo que sucede. Normal, cuando se nos insiste en que el alumno es el centro. Y lo que hay que hacer es cuidarlo como una madre cuida de sus polluelos. Sobre todo, que no se frustre —que esté satisfecho emocionalmente.

Nadie niega que hay que tener en cuenta dónde se encuentran los chicos —cuál es su punto de partida. Pero una cosa es esta y otra, muy distinta, adaptar los programas a su nivel. Pues el centro no es el alumno, sino el asunto —lo que hay que aprender. Y nada interesante se aprende donde se presupone que no hay que picar piedra. Es lo que tiene lo interesante: que en un momento u otro se pone cuesta arriba.

Una escuela seria debería tener muy en cuenta que el mundo no juega a su favor. Que, al menos en Occidente, tiende a infantilizarnos. Y donde la escuela se encarga de prolongar la infancia, con la aquiescencia de tantos padres helicóptero, el resultado será, inevitablemente, el de hombres y mujeres que no tendrán munición suficiente para afrontar la realidad. Es lo que tiene el rechazo de la figura paterna. Ciertamente, esta tiene su lado oscuro. Pero lo que no deberíamos comprar es que su contraparte, la figura materna, carezca de sombras. De hecho, son las que ahora cubren el panorama escolar como si fuesen una niebla espesa. Y asfixiante.

retrasada verdad

marzo 27, 2025 § Deja un comentario

El estar en deuda con alguien, en el sentido no monetario de la expresión, es uno de los vínculos más estrechos que podemos llegar a tener. Así, por ejemplo, estamos en deuda con nuestros padres, con el amigo… con nuestros hijos. En el fondo, la pregunta es a quién le debemos la vida que vivimos.

Ahora bien, podemos estar en deuda y no sentirlo. Y este es, precisamente, el asunto. De hecho, por ahí van los tiros de la escisión que nos apartó del chimpancé —la que divide cuerpo y alma, por decirlo a la manera tradicional. Sin embargo, no hay que haber leído a Hume para constatar que los motivos que nos impulsan son siempre corporales. Así, aun cuando sepamos que estamos en deuda con aquel o aquella a quien le debemos la vida, podemos vivir como si no lo estuviéramos. Y más, con el paso del tiempo. Pues el tiempo erosiona cuanto alcanza. El mundo nos obliga al trato. Y cualquier trato no deja de ser un contrato, un intercambio comercial (y por eso mismo, un maltrato). Existimos, por tanto, como los que fueron apartados de lo verdadero.

Con todo, hay momentos epifánicos en donde el cuerpo sigue a la visión. Es decir, momentos en los que lo verdadero —lo que es o tiene lugar en cuanto simplemente pasa— es incorporado. Se trata de un caer en la cuenta de lo que quizá ya sabíamos o dábamos por descontado, en este caso que nos hallamos en deuda. No obstante, estos momentos suelen ser terminales. Quiero decir que suelen presentarse cuando el otro ya no está —una vez deviene el ausente. Será cierto que hay verdad, pero no para nosotros. Para nosotros, su eco —su espíritu, su hálito. Y lo que acaso constituya su envés: la penitencia, la responsabilidad, la obediencia.

Kant, en plan práctico (y 4)

marzo 26, 2025 § Deja un comentario

Esta es la pregunta que rige la ética kantiana: ¿qué nos interesa a todos, seamos de aquí o de allí —que queremos, en el fondo, por el simple hecho de ser algo más que simios? Según Kant, como mujeres y hombres —aunque Kant diría como seres racionales… pues admite la posibilidad de racionales que no sean humanos—, no queremos otra cosa que libertad, no depender de nada que se nos imponga desde fuera, es decir, heterónomamente. Y esto por las razones que ya expusimos en su momento, la cuales apuntan, en definitiva, al hecho de que, espontáneamente, condenamos, pongamos por caso, a quien, cumpliendo con lo que exige una amistad, no tiene otro interés que servirse de ella para su propio beneficio, aunque este sea únicamente el de sentirse bien.

Sin embargo, la respuesta a nuestra pregunta inicial ¿no debería ser felicidad? Hume es lo que hubiera dicho. Y probablemente cualquiera de nosotros. Al fin y al cabo, no pretendemos nada que no sea sentirnos bien. Para Hume, y con respecto a los fines, no cabe ir más allá del sentimiento, las emociones, las pasiones. Toda intención —interés, propósito, fin— arraiga en la sensibilidad. De ahí que haya una multiplicidad de intereses. Y es que, aun cuando todos buscamos la felicidad, no tenemos tan claro qué es lo que nos hace particularmente felices.

Los tiros de Kant no irán, como sabemos, por ahí. Kant traza su pensamiento con punta fina. Pues hay que prescindir del rotulador grueso a la hora de distinguir entre las inclinaciones propias de las apetencias o deseos y la propia del querer —o en palabras de Kant, la propia de la voluntad—… lo que Hume, ciertamente, no hace. Esta distinción, en el fondo, corre pareja a la que media entre el sujeto trascendental y el empírico. Y, ciertamente, el sujeto empírico, aquella parte de nosotros que se encuentra sujeta a lo que de hecho prefiere —a inclinaciones heterónomas, sean biológicas o el producto de nuestra pertenencia a una determinada cultura— no pretende otra cosa que sentirse bien, esto es, felicidad. Hume se detiene aquí. Pues no encuentra razones para afirmar que seamos algo más que cuerpos que buscan, aunque conscientemente, su satisfacción.

Kant es, sin duda, más perspicaz. Y es que nuestra resistencia feroz a ser utilizados como medios de propósitos ajenos —al fin y al cabo, nuestra resistencia a la esclavitud—, para Kant, no expresa simplemente que, de hecho, ello nos disgusta enormemente. Pues si fuese solo que de hecho nos disgusta, podría darse la situación en la que no nos disgustase. Ciertamente, expresa un interés, pero un interés en modo alguno contingente —esto es, un interés que pueda darse… o no. Al contrario. Estamos ante un interés universal y necesario o inevitable. Esto es, ante un interés racional, independiente de nuestro particular modo de ser o de cómo hayamos sido educados. Pues tanto la universalidad como la necesidad son rasgos de la razón. De hecho, los rasgos. Kant se refiere, en definitiva, al interés que constituye nuestra dignidad y, por eso mismo, presente en cualquier hombre o mujer… aunque también en Yoda, por así decirlo.

Es verdad que podemos sentirnos muy a gusto siendo utilizados. Por ejemplo, cuando conseguimos ese objeto que tanto deseamos… debido a una campaña publicitaria eficaz. Pero una cosa no quita la otra. Pues lo que significaría este encontrarse tan a gusto siendo manipulados es que, al identificarnos con el deseo —al creer, aunque en falso, que es nuestro—, ignoramos que estamos siendo, precisamente, manipulados (y que, por eso mismo, no es nuestro). De hecho, basta con que nos digan que, sin ser conscientes de ello, hemos formado parte de un experimento que consiste en irnos inyectando deseos durante una temporada… para que nos extrañemos de lo que, hasta el momento, hemos considerado nuestro. Y si nos extrañamos —si vemos esos deseos como extraños— es porque, al fin y al cabo, lo más nuestro es el interés de no tener otro interés que el de hacer lo que queremos, es decir, querer —y aquí, para comprender lo que pretende decirnos Kant, no hay que ponerse demasiado románticos. Y es que uno solo quiere lo que se manda incondicionalmente a sí mismo, a saber, hacer lo debido por hacer lo debido, libremente, sin otro motivo que no sea el del respeto absoluto que el otro exige. Al fin y al cabo, somos, en el ámbito de lo práctico o moral, este obligarnos a nosotros mismos a la libertad. Más aún: en esto consiste la libertad, en un querer querer.

Con todo, la cuestión que, seguidamente, se planteará Kant es qué relación mantienen entre sí la integridad moral —la autonomía— y la felicidad. De hecho, no parece que vayan de la mano. Pues, lo habitual, es que, en este mundo que nos ha tocado en suerte, las personas moralmente íntegras no tengan las de ganar. Sin embargo, sería absurdo que integridad moral y felicidad no terminasen yendo de la mano. Deberían ir de la mano. De ahí que Kant remita al reino de los fines —esta es su expresión—, aquel en el que una será el envés de la otra. Evidentemente, Kant tiene en mente un reino post mortem. Pues nuestro mundo no puede garantizar que integridad y felicidad anden a la par. Tan solo, Dios en su reino. Por eso Kant sostendrá que Dios es el postulado de la razón práctica.

¿Se trata de una mera creencia? No, exactamente. Pues la base de este postulado no es la necesidad de que la película termine bien —de que tenga un final feliz—, sino el absurdo que supondría que, de hecho, no fuese así. La esperanza de que libertad y felicidad vayan de la mano reposa, por tanto, en que lo contrario, de darse definitivamente, sería inconsistente, no ya con nuestra persistente inclinación a la felicidad —al sentirse bien—, sino con nuestra naturaleza racional. Pues la libertad solo se ejerce en relación con lo bueno —con la máxima moral. Y, dado que también somos seres sensibles, el otro lado de la realización de lo bueno es el sentirse bien. Si de hecho integridad moral y felicidad no van a la par es porque el mundo, sencillamente, no lo admite. No porque no tenga que ser así. Por eso Kant dirá que, en relación con la felicidad, de lo que se trata, mientras sigamos en este mundo, no es de buscarla a cualquier precio —pues, en ese caso, renunciaríamos al ejercicio de la libertad—, sino de hacernos dignos de ser felices.

intereses dispares

marzo 26, 2025 § Deja un comentario

¿Qué le interesa genéticamente a una mujer? Intimar. Esto es, que el hombre forme parte de ella… aunque para esto suceda, salvo que su carácter sea tóxico, ella ha de de formar parte de él. En definitiva, poder decirse a sí misma que ese hombre no la abandonará. Pues este es su temor fundamental.

¿Qué le interesa genéticamente al hombre? No formar parte de ninguna mujer. En cualquier caso, tenerlas a su disposición. Su campo es el campo abierto, allí donde se caza y pelea. Ciertamente, a la mujer también le interesa que el hombre sea capaz de salir al campo. Pero siempre con una correa. Para tirar de ella si hiciera falta.

¿No es posible, por tanto, el encuentro? No, si se entiende como coincidencia. Sin embargo, sí… de entenderlo como salto sobre el hiato, en definitiva, como reconciliación. Y quizá, por eso mismo, los amantes —es decir, los que se aman— se encuentran, en el instante. verdadero, “fuera del mundo”. Como escribiera Rimbaud.

Kant, en plan práctico (3)

marzo 23, 2025 § Deja un comentario

Llama la atención que Kant considere la voluntad como razón práctica. Pues ¿de qué modo la voluntad podría presentarse como racional? Para entender qué es lo que pretende decirnos Kant al respecto, hay que tener en cuenta que, como sujetos, estamos sujetos a diferentes demandas —pues de no estar sujetos a nada no seríamos nadie. Sin embargo, no todas son racionales, es decir, incondicionales. La razón manda —y manda sin que sea posible plantear objeción alguna (y en esto consiste su carácter incondicional). En tanto que seres racionales somos quienes se hallan sujetos al mandato de la razón. Así, en el terreno del saber, la razón exige pensar conforme a las reglas de la lógica. Pues no hay mundo que no se ajuste a dichas reglas. Sencillamente, no pueden haber hechos contradictorios. Necesariamente, si A es mayor que B, y B mayor que C, entonces A será mayor que C. No puede ser de otro modo. Es decir, la validez de este principio no depende de que se cumplan ciertas condiciones, por ejemplo, que el mundo no sea el de los Orcos. La pregunta sería, por tanto, qué manda la razón en el ámbito de la moral. Ahora bien, el territorio de lo práctico es, en términos de Kant, el del interés. De ahí que la pregunta sobre el mandato de la razón práctica equivalga a la que se interroga sobre la posibilidad de un interés —una motivación— racional… es decir, incondicional. ¿Qué es lo que queremos “sí o sí”, esto es, incondicionalmente?

La respuesta no puede apuntar, como es obvio, a un interés en concreto. Pues que nos interese esto o aquello dependerá de cuál sea nuestra circunstancia. De hecho, difícilmente nos interesaría lo que ahora nos interesa en particular —el nuevo iPhone, trabajar en una empresa de marketing, una casa en la Cerdanya…— si hubiéramos nacido, pongamos por caso, en la Mongolia más rural. En el caso de que hubiese un interés racional, este tendría que pertenecer a cualquier sujeto racional, sea europeo, indio… o extraterrestre. Esto es, no tendría que expresar un determinado carácter o psicología. Teniendo en cuenta que este interés es lo que somos en tanto que nos hallamos sujetos a la razón —y teniendo en que un interés exige, por definición, ser satisfecho —, el mandato con el que se expresa el interés racional debe comprenderse como un mandarse a uno mismo, y en definitiva, como voluntad. A este mandarse a uno mismo, Kant lo denomina autonomía (y aquí conviene recordar que este mandarse a uno mismo no se entiende si no tenemos en cuenta la escisión, en terminología kantiana, entre el sujeto trascendental y el empírico). Este mandato, en tanto que nos constituye como seres racionales, es categórico. O por decirlo de otro modo, no admite excusas.

La autonomía no debe entenderse, consecuentemente, como un obligarme a realizar un interés particular, por ejemplo, a terminar los estudios de medicina. Esto último tendría que ver con la fuerza de voluntad y, por extensión, con un particular modo de ser. Pues no todo el mundo posee la misma fuerza de voluntad o firmeza a la hora de llevar a cabo lo que se propone. En cambio, todos los seres racionales se encuentran sujetos al interés de no depender de nada ajeno a ellos mismos, de nada que no pertenezca intrínsecamente a lo que, en definitiva, son, a saber, sujetos racionales. A este interés, como decía, Kant lo denomina voluntad. Por eso, Kant sostiene que tan solo es buena la buena voluntad, esto es, la voluntad en su sentido más universal, la que se expresa a través del imperativo categórico, aquel que exige hacer lo debido —el mandato de la máxima moral: dirás la verdad, no robarás…— con el único interés o propósito de hacer lo debido, al fin y al cabo, por el otro. La mala voluntad sería, por tanto, aquella cuyo propósito o interés obedece principalmente al temor a ciertas consecuencias o a la búsqueda de la aprobación de los demás. Así, la mala voluntad, al centrarse en un interés particular, no podría evitar que tratásemos al otro como medio y no como un fin en sí mismo. En este sentido, la mala voluntad no sería más que reacción a los estímulos del entorno. Como las bestias. De ahí que la buena voluntad sea sinónimo de libertad. Otro asunto es que, además, el cumplimiento del deber por puro sentido del deber nos haga sentirnos bien con nosotros mismo. Pero la genuina libertad no tiene nada que ver con el sentirnos bien… aun cuando, a menudo, confundamos la libertad con el sentirse libre —y por eso mismo, bien— ante la posibilidad de conseguir cuanto deseamos.

Consecuentemente, Kant distingue el imperativo categórico de los que denomina imperativos hipotéticos, aquellos cuya obligación depende de que admitamos una determinada condición. Por ejemplo, no debes robar… si no quieres ir a la cárcel o sentirte a disgusto contigo mismo. Resulta evidente que los imperativos hipotéticos no nos obligan incondicionalmente. En este sentido, son, en palabras de Kant, heterónomos. Su obligación se nos impone desde fuera, por así decirlo. Incluso cuando esta procede de nuestro cuerpo… como cuando tememos las consecuencias o buscamos una compensación. Pues el cuerpo, en tanto que conscientes de nosotros mismos, siempre se encuentra, en cierto sentido, enfrente. En cambio, el imperativo categórico es al que nos encontramos sujetos… en tanto que sujetos racionales, al margen de cuál pueda ser nuestro carácter particular. Al fin y al cabo, hablamos de un imperativo universal, el que nos manda, precisamente, ser libres. Este es el único interés de los seres racionales (y como racionales).

Así, conforme al imperativo categórico, no basta con cumplir solo con la máxima —no robarás, dirás siempre la verdad…—, sino cumplir con la máxima sin otra intención, propósito, o interés… que el de cumplir con la máxima. Es decir, sin otra voluntad. Según Kant, no somos buenos, moralmente hablando, solo porque cumplamos con la máxima. Pues cabe hacerlo impulsados solo por el miedo o la necesidad de agradar. En cualquier caso, seríamos simplemente legales , pero no moralmente íntegros. Ahora bien, esto no es así porque lo dijera Kant —no es una opinión de Kant—, sino que Kant lo dice… porque es así. De hecho, nadie, sea de dónde sea, diría de alguien que da de comer al hambriento que es bueno, moralmente hablando, porque lo hace para mostrarse como individuo ejemplar. O, por poner otro ejemplo, Incluso un esquimal condenaría al amigo interesado, aquel que es fiel movido únicamente por una fin particular, esto es, utilizando al amigo como medio para conseguir ese fin. Quien comprende lo que quiso decirnos Kant, comprende, por tanto, que la voluntad que, en definitiva, somos exige cumplir con el deber por puro sentido del deber —la expresión es de Kant. Es decir, nuestro interés racional exige —e incondicionalmente— hacer lo debido por hacer lo debido, esto es, con buena voluntad.

Con el fin de clarificar el imperativo categórico, Kant ofrece, principalmente, tres formulaciones. La primera dice más o menos lo siguiente: que, a la hora de cumplir con la máxima, tu interés pueda ser el de cualquiera. Es decir, que tu único interés sea el de cumplir con la máxima desinteresadamente, esto es, sin un interés particular.

La segunda formulación —que tu máxima pueda entenderse como una ley universal— constituye una vuelta de tuerca. Pues se trata de evitar caer en la tentación de procurarse una máxima a medida. No cualquier máxima puede presentarse como máxima que podamos obedecer con buena voluntad. Tan solo aquellas que puedan valer para cualquiera. Por ejemplo, no podríamos mentir por mentir como si podemos decir la verdad por decirla. Pues sería contradictorio obligarse a uno mismo a mentir siempre. Esta máxima no puede, lógicamente, convertirse en ley universal sin bloquear el uso del lenguaje. De ahí que la libertad solo puede realizarse en relación con la máxima moral. La verdadera autonomía —el darse a uno mismo la ley— no debe entenderse, por tanto, como darse a uno mismo la máxima.

La tercera —trata al otro como un fin en sí mismo, y no como un medio— es, diría, la más reveladora. Pues expresa lo que está en juego con el hacer lo debido por hacer lo debido, a saber, el ser fiel por serte fiel, el decir la verdad por decirte la verdad. En definitiva, por ti. Kant, en este contexto, hace referencia al sentimiento de respeto que acompaña a la buena voluntad, un sentimiento que Kant considera… racional. Esto último resulta un tanto extraño, si se piensa bien. Pues no parece que los sentimientos casen con la razón. Ahora bien, si Kant utiliza el adjetivo racional en relación con el sentimiento de respeto es porque se revela, una vez comprendemos qué significa estar sujetos al imperativo categórico, como el envés del interés racional. En cualquier caso, para comprender mejor el carácter racional del sentimiento de respeto, podemos leer las entradas tituladas el ego de Kant (1 y 2).

Sea como sea, lo que Kant viene a decirnos es que no hay otra libertad que la del querer por querer. Y uno solo puede querer honestamente el bien. Preguntarse por la existencia de un interés racional equivale a preguntarse por lo que queremos incondicionalmente. Por eso mismo, no deberíamos confundir el querer con el desear o el apetecer. Al menos, porque todo deseo o apetencia son, de hecho, un implante —o, en términos de Kant, demandas heterónomas. Aun cuando nos resulte gratificante el que podamos realizar cuanto nos apetece o deseamos. Por contra, la demanda de la voluntad se nos impone a priori —pues de entrada,somos este estar sujetos al mandato racional. Esto es, su exigencia no depende de nuestra educación o de la cultura a la que pertenezcamos.

Ciertamente, nunca podremos determinar hasta qué punto de hecho nuestro interés es inmaculado. Pues, humanamente, no hay interés —intención, propósito…— que sea químicamente puro. Al fin al cabo, no solo estamos sujetos a las exigencias de la razón. En el terreno de lo humano, todo es mezcla. Pero esto no impide que ignoremos en qué consiste la integridad moral. Pues lo que queremos, en el fondo, es querer. Es decir, libertad. Otro asunto es que creamos, equivocadamente, que la libertad va de la mano de sentirse libres porque podemos hacer cuanto deseamos.

nihilismo común

marzo 19, 2025 § Deja un comentario

Dice el nihilista: no hay sentido. La vida no es más que ruido y furia —un cuento narrado por un idiota. Ningún hacia dónde —un final que resuelva nuestras incógnitas. ¿La respuesta? Puede que haya un final —una finalidad, un propósito. Pero en ningún caso, lo habrá para nosotros, los desplazados de cualquier presente. El todo —el final— nunca puede ser el todo para quien se encuentra más allá de sí mismo. El sentido es, en cualquier caso, un porvenir incierto. Y debe ser así: nunca como presente.

Hay sentido, precisamente, porque la vida no tiene sentido. Ni podrá tenerlo. Está es, en el fondo, la moraleja de la resurrección de los muertos. La esperanza creyente, a diferencia de la mera expectativa, apunta a lo imposible —a aquello que el mundo no puede admitir como posibilidad. Y lo imposible en modo alguno es una ficción. Aunque se exprese con el lenguaje del mito. O por eso mismo.

paradojas creyentes

marzo 17, 2025 § Deja un comentario

El devoto cree que Dios existe… a la manera de un ente superior y de naturaleza algo así como espectral. Pero, a la vez, cree —o al menos, hoy en día— que no puede creer en ello, aun cuando esta segunda creencia sea implícita. Pues si se le apareciese Dios mismo tras haberle invocado… creería que se la ha aparecido, precisamente, un fantasma. O que se encuentra bajo los efectos de una alucinación. En realidad, Dios, en tanto que desmesurado, no puede aparecer… como tal. Pues cualquier aparición implica una reducción a la medida humana, esto es, a las condiciones de posibilidad de la recepción.

De hecho, su aparición —su hacerse presente—, cristianamente hablando, fue colgando de un madero como un apestado de Dios.

el miedo a la sensación perturbadora

marzo 15, 2025 § Deja un comentario

Cuando tenía unos seis o siete años, llegó a la escuela donde estudiaba música una niña protestante. También recuerdo que la sensación fue muy perturbadora. No podía evitar verla como extraña. ¿Podía haber alguien así? Luego, al irnos conociendo, esa sensación fue disolviéndose como azúcar en el café. Pero, con ella, la adhesión a la propia creencia. Con el tiempo, fue perdiendo vigor identitario, familiar, tribal. La identidad fue rehaciéndose con materiales menos duros, más sofisticados o sutiles. Sin embargo, podía haberme enrocado en mi rechazo inicial. Es decir, podía haber permanecido en la infancia.

Ana Arendt dejó escrito que el origen del mal —un origen, según ella, transido de banalidad— tiene que ver con la ausencia de reflexión, en el sentido socrático de la expresión, aquel que remite a la capacidad de cuestionarse a un mismo y, por extensión, a lo que damos por descontado. Sin embargo, lo que vale para el individuo no vale para los grupos —y menos, para la masa. La polis nunca fue la suma de las máscaras.

vesper

marzo 14, 2025 § Deja un comentario

Vesper es una película distópica, muy bien filmada. El ambiente, acaso el protagonista principal, es irrespirable, aunque hay algún que otro apunte de belleza, eso sí terminal. No hay atisbo de Dios. ¿Esto demuestra algo? Quizá que no hay Dios porque ya no quedan creyentes. Y no porque Dios sea una proyección, sino por aquello que podemos leer en el Talmud: si crees en mí, Yo soy; si no crees, no soy. O por la escandalosa declaración cristiana. Pues encarnación significa que sin su quien —un crucificado—, Dios no es aún nadie.

sinceridad

marzo 12, 2025 § Deja un comentario

No tengo secretos para él —dice ella. Confío plenamente.

Sin embargo, ¿podría estar con quien fuera capaz de leer su mente? No me atrevería a decirlo. ¿Por qué? ¿Quizá porqué siempre mantenemos una reserva con respecto a nuestra sinceridad? De hecho, no podemos evitarlo… en tanto que somos un continuo diferir de nosotros mismos —un no terminar de ser lo que somos. Este es nuestro secreto —aquel que no podemos confesar sin interrumpir, precisamente, la relación de confianza. ¿Impostura? No. En cualquier caso, un saber de qué va el juego.

Es como si un hombre le declarase su amor a una mujer diciéndole que la ama, pero añadiendo a continuación que no acaba de estar por entero en ese compromiso. Y ello aun cuando se ate a ese compromiso. De hecho, porque no termina de coincidir consigo mismo, debe atarse si quiere seguir con esa mujer, mejor dicho, amarla hasta el final. Sin embargo, ninguna mujer aceptará que la quieran así. Es decir, ninguna mujer admitirá la fidelidad de quien ya no siente por ella lo mismo de antes, salvo acaso el cariño. Y puede que este fuera su error.

Kant, en plan práctico (2)

marzo 11, 2025 § Deja un comentario

NB:

Alguien podría preguntarse —y sirva este comentario como nota al pie— qué significa decir que somos “ambos sujetos” —el sujeto empírico y el trascendental. ¿Quién está sujeto, por un lado, a las exigencias de lo empírico y, por otro, a las de lo trascendental? No parece que haya un quien al margen de este estar sujeto a ambas exigencias. Pues el quien —el hecho de ser alguien— va, precisamente, con este hallarse sujeto a. Sin embargo, es igualmente obvio que tiene que haber algo así como un sustrato que esté sujetado por. ¿Cuál sería su naturaleza? Si por naturaleza entendemos modo de ser, ese sustrato, en sí mismo, carecería de naturaleza… en tanto que el modo de ser es determinado por un estar sujeto a. Hablamos, por tanto, de una realidad sin naturaleza, la de una pura conciencia de sí, del estado que consiste, precisamente, en un continuo diferir de sí mismo, es decir, de la serie de rasgos, demandas, expectativas… con las que nos identificamos y, por extensión, hacen posible el alguien —el quien.

Ahora bien, el peso de la exigencias que constituyen al sujeto trascendental no es el mismo que el de aquellas que conforman al sujeto empírico. Y ello porque el que seamos conscientes depende de la racionalidad, esto es, de su mandato, el que nos obliga, en definitiva, a la libertad. Como veremos, el que, en el fondo, no queramos otra cosa que la independencia de las contingencias que nos atan o someten, por muy gratificantes que sean —al fin y al cabo, que en lo más íntimo queramos ser libres— es el envés de la conciencia de sí. Pues esta conciencia es, como decía, un continuo diferir —un continuo hallarse más allá— de cuanto, estando en nosotros, nos obliga simplemente a reaccionar. Y ello a pesar, como decía, de que estas reacciones nos resulten satisfactorias.

Kant, en plan práctico (1)

marzo 11, 2025 § Deja un comentario

  1. Kant se pregunta si la razón tiene un interés práctico. Es decir: si la razón, en lo relativo a la moral —práctico, en Kant, es sinónimo de moral—, posee fuerza motivadora, un interés propio. La cuestión se plantea frente a Hume, el cual, como sabemos, sostuvo la tesis de que la razón es esclava de las pasiones. Así, esta podrá indicarnos cuál es el mejor medio para alcanzar un determinado fin, pero en modo alguno puede señalarnos cuál tiene que ser, precisamente, ese fin. Para Hume, son las emociones —las pasiones— las que determinan la finalidad de cuanto hacemos o dejamos de hacer. Por tanto, la pregunta sería si el deber de respetar a nuestro semejante, pongamos por caso, se nos impone simplemente porque nos hace sentir bien o si, por el contrario, se trata de un deber exigido por la razón… al margen de cómo nos podamos sentir al respecto
  2. Conviene tener presente que cuando Kant se refiere a la razón práctica, la palabra razón no arrastra las connotaciones habituales, a saber, aquellas que remiten a la lógica, la matemática…, en definitiva, al conocimiento. En este contexto, lo que Kant tiene en mente es, sobre todo, el carácter coercitivo de la razón, el hecho de que la razón manda —y manda categóricamente, es decir, sin posibilidad de objeción. Ahora bien, el mandato racional no es extrínseco o, por emplear el término de Kant, heterónomo —esto es, no se nos implanta desde fuera, como podría ser, por ejemplo, una buena costumbre—, sino que nos pertenece como aquello más íntimo. Y nos pertenece en tanto que sujetos racionales. La subjetividad —el que seamos alguien para nosotros mismos— es indisociable de estar sujetos a obligaciones, mandatos, exigencias que van más allá del instinto. De lo contrario, seguiríamos siendo unos bonobos más o menos satisfechos. Por consiguiente, que seamos sujetos racionales significa que somos los que se encuentran sujetos a los requerimientos de la razón (y no solo a los del instinto). La pregunta es, por tanto, qué es lo que manda la razón en el territorio de la moral, en definitiva, qué es lo que nos exigimos a nosotros mismos en tanto que seres racionales.
  3. Entender lo anterior supone entender que la razón, moralmente hablando, es sinónimo de voluntad. Pues la voluntad, en tanto que supone un obligarse a uno mismo, es imperativa. Ciertamente, la apetencia o el deseo poseen también un carácter imperativo. Así, cuando algo nos apetece o es deseado nos sentimos empujados —y a menudo fuertemente— a poseerlo. Pero esta obligación, como decía, siempre se nos impone desde fuera. Nos apetece, por ejemplo, tomarnos un trozo de pastel porque el cuerpo necesita azúcar. O deseamos esa camiseta fosforito… porque es la que llevaba Taylor Swift en su último concierto. Toda apetencia o deseo son un implante externo. Si creemos que el deseo es nuestroes únicamente porque nos identificamos con él —porque damos por descontado que nuestra identidad o, incluso, felicidad dependen de que podamos realizarlo. Pero nadie elige su deseo o apetencia. Más aún —y por eso mismo, según Kant—: nadie es su deseo o apetencia, aun cuando nadie pueda desembarazarse de ellos.
  4. Es verdad que cuando nos proponemos alcanzar un objetivo cueste lo que cueste —cuando le ponemos voluntad a algo— el fin nos viene inicialmente dado. Es decir, que tampoco lo elegimos. Quienes estudian medicina, por ejemplo, comenzaron sus estudios porque fueron previamente motivados por su entorno. No hay nada racional en ese fin. Pero que esto sea así no quita que tenga sentido decir que eligieron estudiar medicina cuando, sintiendo la tentación de abandonar, perseveraron en su propósito inicial. Sin embargo, según Kant, los tiros de la razón práctica —de la voluntad como razón— no van por ahí. En Kant, el término voluntad no es sinónimo de fuerza de voluntad… a pesar del aire de familia. La fuerza de voluntad sería, más bien, un rasgo del carácter, mientras que cualquier sujeto racional, sea cual sea su carácter, se encuentra, precisamente, sujeto al mandato de la voluntad —de la razón práctica—, el cual, como veremos, se caracteriza por su incondicionalidad. La voluntad, más allá de la fuerza de voluntad, es un querer querer. O por decirlo en kantiano, autonomía, una darse a uno mismo la ley, en definitiva, un mandarse que no admite excusas o condiciones. Pero esto lo explicaremos con calma más adelante.
  5. De ahí que Kant distinga entre el sujeto empírico y el trascendental. Y es que, si no fuese posible distinguirlos, la expresión darse a uno mismo carecería de sentido. Somos ambos sujetos —y quizá por eso esta distinción nos recuerde, aunque sin coincidir, a la que establecieron en su momento Platón y Descartes entre cuerpo y alma, cada uno a su modo. El sujeto empírico sería nuestro particular modo de ser —nuestra psicología o carácter—, siendo en buena medida el resultado de cómo reaccionamos, tanto intelectual como emotivamente, a los estímulos de nuestra circunstancia. El sujeto trascendental, en cambio, está por entero sujeto al dictado de la razón… con independencia del contexto histórico o cultural del que de hecho —empíricamente— forme parte. En realidad, es este hallarse sujeto. Podríamos decir que se encuentra por encima del sujeto empírico. Esto es, lo trasciende. Al fin y al cabo, no hay modo de comprender la subjetividad donde nos ahorramos la escisión que la constituye. Recordemos lo que hemos dicho tantas veces sobre el chimpancé, a saber, que, a diferencia de los humanos, no tiene cuerpo, sino que es cuerpo. Esta distinción entre el sujeto empírico y el trascendental corre paralela a la que media entre la apetencia o el deseo, por un lado, y el querer, por otro. Aun cuando a menudo no distingamos entre apetecer, desear y querer, no se trata exactamente de lo mismo.

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