lingua franca

junio 15, 2011 Comentarios desactivados en lingua franca

Las afirmaciones bíblicas acerca de Dios, a pesar de las apariencias, no dicen nada acerca de Dios, sino acerca de la incomprensible relación de Dios con el hombre. No son descriptivas, sino problemáticas. El significado de los enunciados acerca del Dios bíblico no pueden comprenderse, pues, del mismo modo en que, por ejemplo, comprendemos el enunciado “hay un tanque en el jardín”. Si entendemos un enunciado descriptivo es porque nos hacemos una idea de cómo serían los hechos en el que caso de que el enunciado fuera verdadero. Pero no podemos hacernos una idea de cómo sería Dios en el caso de que los enunciados sobre Dios fueran verdaderos. ¿Qué idea podríamos hacernos de un Dios que se autorrevela precisamente ante Moisés diciendo aquello de yo soy el que soy —o en traducción más afinada: yo soy el que seré? De Dios en verdad no tenemos ni idea. O por decirlo en abstracto, porque Dios se encuentra más allá de los diferentes modo de ser, Dios no es en modo alguno. Y, con todo, para el creyente bíblico es innegable que debe haber Dios. Quien encuentra a Dios en falta —en el doble sentido de la expresión— permanece a la espera de Dios. Por tanto, un creyente no es aquel que dice que Dios existe a la manera de un poder sobrenatural, sino quien se encuentra sometido al por-venir de Dios en nombre de un Dios que decidió negarse a sí mismo, como quien dice, para que el hombre pudiera abrazar la vida como el sagrado don de Dios. Dios —su palabra, su veredicto— se da como aquello pendiente de una existencia que, a pesar de haber sido arrojada en brazos del Mal —o quizá precisamente por ello—, preserva el carácter sacro de la vida más desnuda. Quien se encuentra ante YWHW no se encuentra, así, ante algo determinado, aunque sea de naturaleza sobrenatural o, como suele también decirse, ante una fuerza divina, sino ante un don nadie. En este sentido, no debería extrañarnos que el judío defienda con tenacidad bíblica que sólo el desválido —aquel que se pregunta una y otra vez por dónde para Dios— pueda hablar legítimamente de Dios. Dios no se muestra, pues, como el agente de aquellos poderes que el hombre debe ritualmente controlar. La profesión de fe monoteísta que encontramos en Is 45, 5 —yo soy el Señor, no hay otro; fuera de mí no hay Dios—, no dice simplemente uno, donde otros dicen muchos. Donde Dios se muestra como el que deja (de) ser, el significado de la palabra “Dios” no puede entenderse del mismo modo que en la religión. Es como si los viejos creyentes se hubieran dado cuenta que el hombre sólo es ante Dios donde Dios no se revela como aquél que está ahí, frente al hombre, sino como aquél que fue dejado atrás para que los noblesaquellos que viven elevadamente, por encima del restopudieran reconocer en el leproso a un igual.

 

 

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