maranata

julio 17, 2011 Comentarios desactivados en maranata

Supongamos un mundo feliz, una humanidad en la que tan solo cuentan el pan y el circo. Una humanidad, como quien dice, distraída con sus cosas. En esa humanidad, aún quedan unos pocos, pongamos por caso unos miles entre la decena de miles de millones del conjunto, que leen aún a Shakespeare, que se interesan como Sócrates por las grandes palabras o por las contradicciones de los hombres. O por su culpa. Estos pocos no podrían evitar creer que lo que para ellos es irrenunciable está a punto de desaparecer. Mejor dicho: en verdad, no podrían creerlo. Esos hombres y mujeres seguirían convencidos que una humanidad que renuncie a las preguntas que no puede resolver es una humanidad perdida. Poseen la certeza —la llevan tatuada en la piel— que la inquietud por lo que en cierto modo nos supera pertenece al núcleo duro de lo que humanamente somos. Contra toda evidencia, aguardarían a que resurgiera de nuevo el espíritu de la vieja humanidad. Ellos no pueden concebir otra posibilidad.

(Trasládese esto al caso de esos esclavos que creyeron que tenían a Dios de su parte y quizá comprendamos mejor de qué va esto de la fe judía. Y es que la fe no es un posibilidad entre otras disponibles, sino un síntoma de quienes somos o seguimos siendo en un mundo hostil.)

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