mar adentro

octubre 25, 2011 § Deja un comentario

No hay metáfora inocente. Así, no es lo mismo el mar que el desierto a la hora de intentar dar cuenta del lugar de Dios. No estamos ante diferentes visiones de una misma cosa, sino ante visiones de cosas diferentes. Una visión habla de lo divino, la otra de Dios. Parece ser que hay estudios que están a punto de demostrar que el cerebro del hombre entra fácilmente en sintonía con el mar. Esto explicaría por qué el sonido de las olas nos relaja o la visión de un horizonte lejano nos anticipa la experiencia misma de la libertad. El mar nos haría sentir bien casi por defecto. Como si fuese nuestro hábitat natural; como si viniéramos del mar y en la tierra estuviéramos simplemente fuera de sitio, desencajados, lejos de casa. Uno puede suponer que esto es verdad, pues en el fondo somos una oscilación. Y si el agua cristaliza más bellamente escuchando a Bach que, pongamos por caso, a Iron Maiden, ¿cómo no va a pasarnos esto a nosotros que estamos hechos en gran medida de agua? Si de lo que se trata es de alcanzar una cierta plenitud, entonces es indiscutible –o casi– que uno debe acercarse al mar, de sintonizar con el rumor de las olas, de dejarse invadir por él. Sin embargo, no parece que en verdad Dios se haga presente como aquél que promete la dicha del hombre, aunque sea bajo ciertas condiciones. Un dios de este palo, lo que en bíblico se dice un ídolo, aún nos queda demasiado cerca –aún es algo del mundo– como para que sea en verdad Dios. Podemos decir que el mar es divino, pero no que sea propiamente Dios. A diferencia de lo divino, Dios no se nos muestra como el horizonte de lo humano o como la mejor posibilidad del hombre. Dios siempre se encuentra más allá de cualquier imagen que pretenda garantizar la felicidad del hombre. Y es que un dios que se muestre como la medida del hombre, como su paradigma o ideal, es un dios que se da en relación con el hombre y, por tanto, un dios aún demasiado humano como para que pueda valer como Dios. No es Dios quien se da en relación con el hombre, sino el hombre quien se da en relación con Dios. Ahora bien, un hombre que se da en relación con Dios, solo puede experimentar a Dios como aquél que llama o, mejor dicho, como aquél que llama desde el más allá de lo creado, incluyendo el mundo divino, sobrenatural. La relación con Dios es, pues, una relación con una voz. No es casual que bíblicamente el lugar de la experiencia de Dios sea el desierto, pues solo en medio del desierto puede uno escuchar la voz de Dios. Un desierto es una noche y una noche es un tiempo de desamparo. Nadie puede ver nada en la oscuridad. Durante la noche, no hay quien puede suponer que hay alguien ahí sin que esa suposición tenga que ver solo con él, con su necesidad de que haya alguien ahí. O por decirlo de otro modo, en la noche la nada se revela como la nada misma de Dios. Pero lo cierto es que solo en la noche más cerrada el hombre queda por entero en manos de Dios. Todo es expectación –todo pende de un hilo– cuando acontece el silencio de la noche. Por tanto, quien se encuentra ante Dios, no está frente a ese mar al que uno debe aproximarse y, si cabe, conectarse, si de lo que se trata es de alcanzar la plenitud, aunque sin duda uno vive mejor cerca del mar que en las cuevas del desierto. Quien se encuentra ante Dios –quien es alcanzado por Dios, quien sufre una experiencia de Dios– sabe, aunque sea a trompicones, que debe responder a la voz que clama en el desierto como la voz misma de Dios. Pues en el desierto nadie oye otra voz que la de aquéllos que claman a Dios. Podríamos decir que la voz del desamparado de Dios es la voz que escuchamos en lugar de la de un Dios que prefiere, como quien dice, guardar (el) silencio. Sin embargo, solo porque esa voz ocupa su lugar podemos recibirla como la voz misma de Dios.

(No obstante, uno puede tomarse en serio la imagen del mar como metáfora de Dios siempre que se tenga en cuenta que el mar tanto nos relaja como nos provoca pavor. Sin duda, ante el mar uno se siente bien. Pero también es cierto que el mar –el habitat de Leviatán– puede tragarse a los navegantes. Un mar profundo es, al igual que el desierto, tan bello como terrible… como lo saben, perfectamente, los náufragos. Así, desde esta óptica, mejor dicho desde la verdad de Dios, ¿qué podríamos decir del hombre religioso? Pues que se queda siempre con uno de los dos lados de Dios y, por tanto, con una de sus imágenes, por lo común, la más amable, la más bonita. Al fin y al cabo, no habría mucha diferencia entre el creyente naïve y el cínico, entre quien cree que Dios es como el fantasma de Heidi y aquél que da por sentado que el universo se encuentra, como quien dice, en manos de Satán. Ambos trabajan con los espectros de Dios.)

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