papito

noviembre 1, 2011 § Deja un comentario

Desde que J. Jeremías lo dijera, los teólogos más o menos progresistas no se cansan de repetirlo: que Jesús empleara la expresión abba para dirigirse a Dios, las sílabas que pronuncian los niños cuando comienzan a balbucear el nombre del padre, nos permite al menos entrever el tipo de experiencia de Dios que tuvo Jesús de Nazareth en contraste con la de los judíos de por aquel entonces. Así, el Dios de Jesús sería, frente al inaccesible YWHW, un Dios cercano, familiar, íntimo. Como si la revelación cristiana consistiera principalmente en haber caído en la cuenta de que el Dios de Jesús es el Dios verdadero. Sin embargo, el inconveniente de esta manera de entender la invocación de Dios como abba es que no parece que se ajuste a la verdad histórica, sino a nuestro interés en confirmar retrospectivamente nuestra confortable experiencia de Dios. Abba, ciertamente, era la expresión que balbuceaban los niños para dirigirse al padre. Pero un niño en la Palestina de la época era poco más que un animalito: un niño no contaba para nada, ni siquiera para los asuntos de Dios. En tanto que su humanidad estaba pendiente de confirmación –en tanto que su relación con Dios se le presentaba como algo porvenir–, un niño era un ser deficiente, alguien aún por hacer. Así pues, la invocación de Jesús no podía ser menos que provocativa para la sensibilidad religiosa del momento. Es como si Jesús les dijera a quienes creían estar mas cerca de Dios por cumplir con sus preceptos, que solo como niños, esto es, como incapaces de Dios, podían invocar verdaderamente a Dios. No es casual que en los evangelios Jesús solo se dirija explícitamente a Dios como abba estando de rodillas en Getsemaní, precisamente donde Dios guarda silencio ante la inminencia del final. Toda una declaración de intenciones por parte de Marcos, de hecho, el único evangelista que pone en labios de Jesús la palabra abba. Nada que ver, pues, con ese dios íntimo del que muchos hacen gala sin haberse levantado de la cama y que, en verdad, no sería más que la imagen espectral de un interlocutor afable. Y es que no hay que olvidar que Jesús fue un judío y para un judío la relación de hombre con Dios es la de quien se encuentra sometido a su radical trascendencia y, por tanto, a su bendición, sin duda, pero también a su silencio. La experiencia de Dios de Jesús de Nazareth no fue, pues, esencialmente distinta que la de los profetas de Israel, aquélla según la cual solo el pobre, el que invoca a Dios desde su falta de espíritu, se encuentra en la correcta situación ante Dios. De hecho, Jesús fue un profeta escotológico, alguien que en la línea de Juan el Bautista, anunciaba la inminencia del final de los tiempos, aunque, a diferencia de Juan, ofrecía el perdón de Dios como última oportunidad para las ovejas perdidas de Israel. La novedad de ese Dios no fue, por tanto, la que muchos hoy en día se imaginan, la de una bondad sin juicio, sin autoridad, la bondad del abuelito de Heidi. Al contrario. Para Jesús de Nazareth el perdón, la compasión de Dios va por delante, pero no a la manera de un cheque en blanco, sino a la manera, como decíamos, de una última oportunidad, de modo que los condenados, los que se apartarán para siempre de Dios, serán precisamente aquellos que creyéndose algo más que niños no acepten ese perdón. Jesús de Nazareth creyó que solo el perdón de Dios decidía el sí o el no de nuestra existencia. Sin duda una novedad, pero no tan radical como para que por si sola dé pié a una nueva religión. No es, por tanto, casual que quienes siguen creyendo que la innovación cristiana se decide por entero en la experiencia de Dios como la de ese buen amigo que está en los cielos, crean a su vez que la Cruz no revela nada de Dios, sino solo nuestra resistencia a aceptar, precisamente, al Dios de Jesús. Para esos creyentes, el significado de la Cruz se cargaría por entero en la espalda de los hombres y no en la de Dios. Ahora bien, si la Cruz no representara el sacrificio mismo de Dios, entonces la Encarnación no sería nada más que la enésima versión de el exorcista pero en bueno. Y quizá sea por eso que los que creen que Dios es el abuelito de Heidi estén tan dispuestos a sostener lo que defendían algunos de los antiguos gnósticos, a saber, que Jesús dijo lo que dijo de Dios porque estaba enteramente poseído por Dios. Pero difícilmente Pablo hubiera atribuido al Crucificado el título de Señor, algo que un judío solo podía decir de Dios mismo, si se hubiera tratado solo de un hombre que sufrió la posesión de Dios hasta su muerte en Cruz.

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